viernes, 22 de septiembre de 2017

Palabras que hacen cambiar

El burro es burro sólo por que ha nacido burro pero, hay personas que han nacido personas y se convierten en burros, con permiso y perdón de los burros.

Mis padres fueron unas personas muy sencillas y de origen humilde. No pudieron asistir mucho a la escuela por lo que no adquirieron ni grandes ni pequeños conocimientos de filosofía, aritmética o literatura, pero sí observaron la vida con atención y delicadeza, y descubrieron que las palabras amables y corteses abren puertas y acercan a las personas, por lo que siempre nos insistieron en la conveniencia de su uso.
No sé si son palabras de cortesía, de educación o de respeto, pero en cualquier caso, estoy echando de menos, cada vez más, su utilización en la sociedad y a lo mejor se está haciendo necesario volver a repasarlas y estudiarlas.

 Un ¡Buenos días!, o un ¡Buenas tardes!, al entrar o salir de algún lugar da una buena imagen del que entra y es un signo de respeto hacia las personas que están dentro, dejando bien sentado que te has dado cuenta de que están allí. Los has visto que es lo importante… porque a veces parece que llevamos orejeras puestas y no distinguimos más allá de la punta de nuestro zapato o nuestra nariz.  El silencio, omitir el saludo, al entrar en algún sitio donde hay personas, borra a las que allí están, como la goma al lápiz, por decirlo de una forma poco hiriente.

Lo mismo ocurre si el saludo lo dices al paso por la calle con un simple ¡Adiós!... vuelves a dejar sentado a la persona con la que te has cruzado que la reconoces y la distingues de entre la multitud. No se necesita más. Nadie te pedirá que cuentes tus intimidades o que fragüéis una amistad. Sin más, sencillo, elegante, correcto y educado. No hacerlo da una invisibilidad vejatoria al otro: “no eres nada para mí por lo que no te veo y en consecuencia no eres digno de mi saludo”. Y al que ha negado el saludo… le aumenta el brillo corrosivo de la soberbia.

Cuando entramos en algún lugar y saludamos, con nuestro saludo, además nos hacemos ver, sin estridencias, soberbias  ni ofensas. Y, aunque parezca un acto de egocentrismo, obligamos a las personas que están dentro, cuando menos,  a mirarnos y, por unos segundos, nos  prestarán atención y se predispondrán positivamente hacia nosotros, atendiéndonos si es el caso  o, simplemente, acogiéndonos con su saludo de respuesta. A no ser, claro está, que sea otro “transformer” a equino. Con aquellos con los que te cruzas, reciben el mensaje e inconscientemente, la próxima vez que os encontréis, te distinguirán de lejos y  prepararán una sonrisa para regalarte.

En realidad son palabras asépticas, sin ningún tipo de interés para nadie, pero que tienen la particularidad  de mover al cambio si se usan con regularidad. Puede que cambie mi futuro o quizás el tuyo, independientemente de que seas el emisor o el receptor. Si además las decimos con una sonrisa… hasta es posible que no haya que esperar para ver su efecto y lo empieces a notar en el acto. Nadie, absolutamente nadie, aunque parezca una roca, es inmune a una palabra amable.

Esto lo conocen muy bien los responsables de supermercados, grandes almacenes y superficies comerciales y lo explotan estupendamente, sacándole el máximo partido al inculcárselo a sus empleados. Estos nos lo hacen llegar, aunque a veces de una forma un poco mecánica y forzada,  sin que nos demos cuenta. Presta atención la próxima vez que vayas a uno de estos  lugares y veras que, por muy larga que sea la cola de la caja, la persona que  atiende, no da un saludo general para que cada uno coja su parte si no que, pacientemente, nos va saludando uno a uno según nuestro turno y nos dedica unos segundos de exclusividad que nos hace ser únicos. Eso nos gusta y nos sentimos bien.

Es una pena que, como padres, hayamos dejado de educar a nuestros hijos en estas pequeñas cosas y tenga que venir alguien, con intereses mercantiles, a redescubrirnos lo importantes que son y el poder que tienen.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Desfase generacional


Soy la número once de una familia súpernumerosa. Y, no. No soy la pequeña. Después de mí, la naturaleza todavía tuvo a bien, agasajar a mis padres con un vástago más. Y, sólo tuve el privilegio de disfrutar del puesto honorífico de benjamina de la familia dos años escurridos.
Mis padres nos tuvieron a Benjamín y a mí casi a la edad de ser abuelos. Y sin “casi”, ¡como que mi hermana mayor y mi madre pasearon juntas sus respectivos carricoches! Allí dentro iban Benjamín y nuestra primera sobrina con apenas unos meses de diferencia. Yo, me agarraba como podía a alguno de los laterales de los carritos para no perder pie o que no me dejaran atrás. ¡Qué más hubiera querido yo que hubiesen existido esos cochecitos dobles  que veo hoy por la calle o los complementos que, a modo de patinetes, se adosan al carrito principal…! De todas formas, no había tanta prisa como ahora por lo que tampoco había necesidad.
  Y es que… es lo que  tiene pertenecer a una familia tan grande… se confunden los hijos con los nietos, los sobrinos con los hermanos… todo un pupurrí de parentescos y generaciones.  Hay tal variedad de edades, colores, tonos  y matices que el arcoíris se queda corto para definirnos. Nadie hay igual a otro. Cada uno tiene su peculiaridad y su forma de pensar y educar. Todos nos aprovechamos de la pluralidad y la riqueza que eso supone aunque, también tiene sus inconvenientes. Uno de ellos, que a mí me generó muchos dolores de cabeza, fue el desfase generacional.
Benjamín y yo teníamos prácticamente la misma edad que nuestros primeros sobrinos. Jugábamos a los mismos juegos, teníamos los mismos amigos y nos gustaban las mismas cosas.  Aquellos “artilugios de los demonios”, como llamaba mi madre a la radio, radiocasete y el tocadiscos, “causantes de la perversión de los jóvenes” rozaban con el sacrilegio en nuestra casa y sin embargo, formaban parte de la cotidianidad de nuestros sobrinos… También es verdad que los recursos económicos de una casa y de la otra no tenían nada que ver.  Deseábamos aquellos objetos con tanto ahincó… y, cuando llegaron, gracias a los trabajillos de los hermanos mayores,  ya habían perdido la característica de la novedad, pero lo vivimos  como el acontecimiento de la década.
La diferencia más notable estaba en la forma de educar. Mientras fuimos muy pequeños, hasta los cuatro o cinco años, no recuerdo que mi hermana mayor y mi cuñado fueran muy distintos a mis padres. Era una educación basada en los cuidados de atención primaria: alimentación, higiene, sueño… aunque ahora que lo rememoro, me doy cuenta que incluso en esto ya había diferencia. Si lo recuerdo ahora es porque lo observé entonces. Cuando realmente me di cuenta de la distancia abismal a la que estaban mis padres fue en el primer contacto con el colegio… los míos eran los únicos padres viejos, sus vestidos no estaban acordes con los del resto de los padres y en consecuencia los nuestros tampoco.
Aquel primer día salí maravillada de clase al ver a varias niñas… ¡con pantalones! Haber estado centrada esos primeros años en un círculo social tan pequeño, que es la familia, aunque la mía fuera inmensa, me había llevado a aceptar sin más, como algo normal y lógico, que los hombres llevaban pantalones y las mujeres faldas. Nunca antes, ni por la corta edad ni por el cuestionamiento de la autoridad paterna, se me había pasado por la cabeza plantear el deseo de ponerme unos pantalones como los de mis hermanos. ¡Aunque bien lo deseaba! Las faldas, los pololos y los leotardos no eran buena vestimenta para  encaramarse por árboles, tapias o verjas a lo que era tan aficionada. Siempre acababa con un roto  en alguna prenda, lo que enervaba a mi madre, o una rozadura en la rodilla que me fastidiaba a mí.
Hacía tiempo que las mujeres llevaban pantalones, pero mi madre seguía pensando que aquella prenda era patrimonio exclusivo de los varones, y que las mujeres que las llevaban, además de unos marimachos, eran hijas del demonio. Mi hermana mayor vestía algunas veces pantalones, aunque no osaba ponérselos cuando venía a casa de visita. Mi madre lo sabía y no decía nada públicamente, consciente que aquel pajarillo ya había escapado del nido. Mis sobrinas, sobretodo en invierno, los llevaban con regularidad y yo… suspiraba, lloraba y suplicaba por uno de aquellos.
Tuve que esperar "sólo" hasta los catorce años para estrenar mis primeros pantalones… Eran marrones, de pana fina y… me quedaban grandes. “¡No importa!, ¡Yo me los pongo así! ¡No pasa nada!” Fue mi respuesta cuando mi madre propuso devolverlos a la tienda. ¡Cómo iba a permitir que se los volvieran a llevar, de regreso a la ciudad, la semana siguiente, para cambiarlos por otros, después de tantos años de espera! Mira que si por el camino a mi madre le daba la ventolera de la pecaminosidad y volvía con otro vestidito mojigato… No, mejor grandes que nada.
Imagino que, aquella pequeña y ridícula concesión de la prenda de vestir, para mi madre especialmente, supuso un esfuerzo tremendo, porque tuvo que romper sus esquemas educativos, aquellos que le sirvieron para sus hijas mayores pero que sonaban rancios y  decimonónicos para los pequeños. Para nosotras fue una batalla más de tantas que tuvimos que librar en este desfase generacional y por supuesto, no fue ni la más dura ni la de mayor relevancia  para el futuro.
Mi madre, que murió en el 2005, lo hizo sin haberse puesto nunca unos pantalones. Es más, no se los puso ni siquiera para dormir, los pijamas gozaban del mismo prestigio y moralidad.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Áreas de descanso

Este verano, aprovechando la buena disposición de nuestros hijos adolescentes, decidimos hacer un viajecito en familia por nuestra querida España. Dejamos un poquito de lado el sector costero (playero), por el que nos habíamos movido hasta ahora por aquello del sol, la arena, el agua, los castillos… y salimos en busca de otros más reales y monumentales y, por supuesto, con mucha más historia.
El asunto requería algunos días más de las hasta ahora escapadas de fin de semana a las que estábamos acostumbrados y, por supuesto, de un desembolso mayor del que veníamos haciendo. Sólo la pernoctación de cuatro personas adultas,  (por más que les insistí a los hosteleros,  no fueron capaces de ver “a mis niños” como tales), ya nos suponía… ¡casi la mitad de la extra de verano! Añoré, monetariamente,  aquel tiempo en el que en una habitación de cama de matrimonio dormíamos los cuatro y con dos menús  era más que suficiente para sentirnos ahítos.
Para abaratar costes, decidimos emplear un día entero para llegar a nuestro destino y otro para regresar haciendo dos rutas diferentes y conociendo los lugares de paso. Para ambos casos había propuestas más que suficiente para ocupar el tiempo, de hecho, no pudimos verlo todo. Como preveíamos que serían días de aventura y no sabíamos cómo estarían las carreteras, si encontraríamos lugares para comer,… nos decantamos por volver a la época del seiscientos y tirar de nevera y fiambrera.
¡Qué tristeza! ¡ya no puedes parar dónde te apetezca, te venga bien o lo necesites! Tienes que parar en las zonas habilitadas para tal fin. Obviamente, si vas por autovía, tienes que hacerlo en los espacios que te marcan y sólo te quedan dos posibilidades: parar en las áreas de servicio (privadas) o en las áreas de descanso (públicas). Como íbamos bien pertrechados de pan, embutidos, cervezas-sin, coca-colas y un par de mantas en el maletero… nos decantamos por estas últimas. ¡¡¡Pero qué pedazo de ingenuos fuimos!!!
…Julio, …interior de la península, …área libre de descanso… ¡Esto es España señores! ¡Doblemente España!: ¿A qué deslumbrante ingeniero de obras y caminos se le habrá ocurrido hacer áreas de descanso SIN UNA SOMBRA? Muy ingenioso y considerado fue al pensar en los aseos pero… ¡¡¡olvidó dejar la llave!!! Y qué decir de los usuarios… ¿para qué llevar los desperdicios a la enooorme papelera si la mayor parte son biodegradables o se los lleva el viento…? Y ¿que no hay llave en el servicio? … pues, aquí mismo en la puerta… ¡para que aprendan!...
Pasamos, prácticamente de largo por el primer área, tal era su aspecto. El segundo… más de lo mismo. En el tercero… era ya tarde y paramos por necesidad. No había nadie, como no podía ser de otra manera. Nos instalamos en la zona más alejada del edificio apestoso de los aseos donde no llegaban sus efluvios, ya casi en la zona de salida, como quien tiene prisa. Y, realmente, en esas circunstancias, la teníamos. Aunque el olor no llegaba allí, el sol nos daba de pleno y, a pesar de las improvisadas sombrillas construidas con las mantas… hasta la fiambrera crujió del calentón.
Supongo que estos señores que viajan en jets privados, en limusinas y coches con chófer, que tienen reservas en restaurantes de cuatro tenedores… y se ocupan de nuestro bienestar proyectando, desde sus despachos con aire acondicionado, lugares para nuestro reposo… jamás han sentido la necesidad, ¡¡ni por asomo!!, de tener que parar en una de estas zonas de “ÁREA DE DESCANSO”  si no, tendrían por ejemplo más en cuenta la meteorología de la zona, la vegetación más adecuada o la importancia de una pequeña llave.

Y así, sin haberlo proyectado ni pensado, tuvimos la oportunidad de mostrar a nuestros hijos  esa otra España que no sale en los folletos turísticos ni en los libros de historia. Por si aún no habían tenido tiempo ni lugar de conocerla en nuestra ciudad.

viernes, 30 de junio de 2017

Bolsitas decorativas

Tengo el privilegio de vivir en una ciudad pequeña. Por si esto fuera poco, vivo en un piso exterior que da, todo él, a unos jardines públicos con parque incluido. Las vistas desde mi casa son excepcionales, la luz es inigualable y los ruidos, al amanecer, son muy similares a los del pueblo: gorriones, palomas, tórtolas, petirrojos…  que elevan su saludo al sol  cada mañana.

Sin querer, desde mi cocina observo el trasiego del parque a lo largo del día. El parque tiene sus rutinas, sus tardes álgidas de máximo aforo, con las risas y gritos de los niños, la intimidad de los rumores nocturnos, el silencio de la mañana… y en cada momento es visitado por diferentes tipos de personas: los que vienen a divertirse, los que buscan intimidad, los que quieren silencio…

Y están también esas personas “relámpago” y furtivas, que aparecen por el parque tres veces al día: por la mañana, al mediodía y por la noche. Llegan  temprano o tarde, según el momento del día, pero siempre cuando el parque suele estar vacio. Acostumbran a hacerse  acompañar por uno o varios perritos de diferentes razas y tamaños. Se colocan en una esquina, miran a la derecha, a la izquierda, para atrás… y sueltan a sus mascotas para que correteen… ¿para que correteen?... ¡No, que va! Para que hagan sus caquitas y sus pises. Y en cuanto esto ocurre… recogen… ¡no!, no vayáis a pensar que sus excrementos, ¡qué va!,… a sus perritos y desaparecen, como alma que lleva el diablo, por el mismo lugar que llegaron. Creen que nadie les ha visto y se van, dejando sobre el césped, tal y como su canino dueño lo trajo al mundo, el paquetito.

Y esto lo repiten tres veces al día. No vayáis a pensar que es una excepción, nada de eso. Son más de los que os pensáis. Dan el pego por que procuran no ser vistos y como testigo de su “inocencia” y buena urbanidad, está la siempre bien doblada y limpia bolsita recoge-cacas que, permanece atada a su servil  correa… impoluta en el viaje de salida e impoluta en el viaje de vuelta… Siempre una y siempre la misma que, una vez fuera del parque, en cuanto dan vuelta a la esquina, se convierte en el emblema de los dueños responsables y les convierte a ellos en ciudadanos ejemplares.

A veces la jugada les sale mal. En aquel momento puede que alguna persona merodee por la zona, y nos les queda más remedio que desplegar  su emblema y doblar la rodilla. Desde casa, veo la cara y la postura de asco y repulsión que les produce el gesto de responsabilidad forzada  al percibir el aroma y sentir el tacto cálido de unas heces recién depositadas y, entre risas, observo como sujetan su bandera con el índice y el pulgar extendiendo el brazo lo más posible para que no se les pegue nada de aquel repulsivo contenido.

Algunas de estas personas, ya no sé si por asco hacia el producto residual de su amigo más fiel o por despecho hacia el resto de la sociedad, llegados a este  caso, de verse obligados a doblar la rodilla y embolsar las hediondas sustancias, no se dignan ni a llevarlas a la papelera… “¡vamos anda, sólo faltaba eso!...” y, en el caminillo hacia ella, repiten la operación primera de hacerse el despistado mirando a un lado y otro para ver si ha pasado el peligro y… ¡zas!... lanzan contenido y continente hacia un lado, volviéndose a desentender del asunto, esta vez bien empaquetado y dos veces contaminante por las heces y por la bolsa.

Y esto no es todo. ¡No os vayáis todavía que aún hay más!... Son los más divertidos, si es que esto tiene algo de diversión: Son los que tienen complejo navideño. Aquellos que recogen las caquitas, anudan la bolsa primorosamente y… buscan un lugar donde colocarlo… ¿a modo de bola de navidad en un árbol, una valla…? Pues sí,  y allí lo dejan colgado… ¡O a lo mejor es un nuevo tipo de arte que yo no he descubierto!... Porque como las bolsitas son de colores… “queda muy decorativo…”

Desde la ventana de mi cocina, tengo el privilegio de desenmascarar a estas personas relámpago y furtivas,  “cerdos de dos patas” irresponsables que, ensucian nuestros parques y ciudades a sabiendas, como si no pasara nada.


Y desde mi ventana también, va el aplauso para esos otros que SI cumplen con su responsabilidad.

viernes, 23 de junio de 2017

¿Los reyes del universo?

¿Alguna vez os habéis parado a pensar de qué distinta manera se siente la vida cuando el mundo ha girado y lo que estaba abajo pasa arriba y lo que era oscuro se vuelve claro..? Estoy pensando en las relaciones entre las personas. Todos somos libres de elegir en cada momento lo que más nos gusta, nos conviene o nos interesa: Elijo ser amigo de fulano porque es elegante, de mengana porque es la líder del momento y de zutano porque me abrirá puertas en el futuro… o simplemente, como dicen los niños, “porque me da la gana”.
 Y, en el mejor de los casos, descartamos y olvidamos a las otras personas que están al lado por razones también semejantes: porque la ropa que lleva no nos gusta, porque es el pringado del grupo, porque su amistad no nos aporta nada… o sencillamente porque no quiero.
Funcionamos de una manera simple y sencilla. Al más puro y básico instinto primario. Y no siempre nos damos cuenta de que, al ejercer nuestra libertad de forma tan inconsciente, inmadura e interesada, estamos ya diseñando nuestro futuro que, luego, no es tan real como nos lo habíamos imaginado. Nos sorprendemos,  demasiado tarde eso sí, cuando descubrimos que esta vez los que eligen son otros y los excluidos somos nosotros….
No digo por eso que tengamos que ser “amiguitos” de todos, como ingenuamente se pretende en los colegios. Eso es una tarea ingente e imposible. Los amigos no se imponen. Eso sí, elegir una amistad es una cosa y respetar al resto de los no escogidos es otra. Ambas, se tienen que dar a la par como cara y cruz de una moneda.  ¿Que siempre nos hemos llevado mejor con unas personas que con otras?… tan cierto como que existe el aire, y seguirá siendo así mientras existan las diferencias y la capacidad para elegir.
Pero, en algún momento nos hemos perdido y hemos pensado que al escoger, la parte desestimada se convierte en enemigo y entonces la despreciamos. Esto ha hecho que los elegidos estén conmigo y se conviertan en los “guays” y el resto estén contra mí y sean los pringados, los “friquis”, los indeseables… Y este pensamiento ha generado una actitud de desprestigio y de desprecio hacia el otro: lo que yo hago es lo bueno y lo correcto… y mis amigos y relaciones son las únicas auténticas y verdaderas… los demás son una mierda y no valen nada.
Sólo nos vemos a nosotros mismos y a nuestro mini-ridículo mundo. El entorno deja de existir. Pasamos por los lugares como si no hubiera nadie. Nos sentamos en las terrazas como si fuéramos los únicos clientes. Entramos en las tiendas como si estuvieran vacías a expensas de que nosotros lleguemos… y, si por un casual la circunstancia nos obligara a reconocer la existencia de otro, lo hacemos sólo para que éstos se sintieran honrados de servirnos… Quedará bien claro y sentado que somos “los reyes del universo”. 
La vida está llena de momentos en los que debemos elegir. No por eso debemos pasar por ella como burros destrozando todo lo que no sea cebada. Es más, la vida es precisamente eso… escoger: escojo cada día la ropa que me pongo, decido en cada momento lo que voy a decir, me inclino por un camino determinado, selecciono lo que quiero comer y, por supuesto, me relaciono con quien quiero o más me gusta estar. He escogido. Y al hacerlo, he dejado de lado otras opciones. Y digo “de lado” porque, lo que hoy no me convenía o interesaba, puede que mañana me venga de perlas… ¿Quién lleva siempre la misma ropa?, ¿Quién come siempre el mismo alimento?, ¿Quién habla toda la vida con las mismas personas?...
A mí me gusta cambiar. Me gusta descubrir otras vidas, otras formas de ser, de opinar… Me abren la mente… entonces ¿Por qué manchar hoy lo que en este momento no se me acomoda y puedo necesitar después?, ¿Por qué pisotearlo como el burro? No será fácil que alguien a quien se haya ignorado y maltratado nos admita en su grupo de escogidos… ¿Libertad de elegir? Por supuesto pero, eso sí, siempre con respeto. Tan sencillo como decir: ¡buenos días!


viernes, 16 de junio de 2017

¡Siéntese y espere!


Cuando pasas mucho tiempo en un sitio, terminas por darte cuenta que, en todas partes, existe una especie de rutina que va dirigiendo las actividades y manteniendo el ritmo que le es propio a ese lugar. Al principio te puede parecer caótico, porque vienes de tu propio ritmo y entrar en otro requiere desconectar de ti mismo, mucha paciencia, observación y estar dispuesto a descubrir otras realidades.

También está el miedo que nos atenaza frente a lo desconocido. Estamos tensos, expectantes, listos para saltar, como felinos al acecho pero, poco a poco, nos vamos relajando y descubrimos la rutina que se esconde allí y comenzamos a distinguir las individualidades que la componen y… ¡hasta somos capaces de sentir la ansiedad del que acaba de llegar!...como nosotros cuando aparecimos por allí por primera vez.

Me recuerdo a mí misma aquel primer día en el que el mundo se me había echado encima destruyendo mi bien asegurada existencia. Tenía un nudo en el pecho y todo mi ser se centraba en contener las lágrimas. Buscaba con los pocos restos de visión que me dejaban las amargas lágrimas, algo o alguien a lo que aferrarme  y me devolviera a mi cotidianidad.

Entorno a mí reinaba el silencio. La sala estaba llena de gente pero nadie hablaba. En mi ingenuidad y egocentrismo llegué a pensar que todas aquellas personas eran inhumanas porque ninguna se dignaba decirme algo, dirigirme una mirada o compadecerse por mi situación… Ni siquiera se me ocurrió pensar que todas ellas estaban tan solas y tan angustiadas como yo. A fin de cuentas, si estábamos allí era por el mismo motivo. Eso lo descubrí con el tiempo.

Te mandan ir allí y vas. No rechistas. Ni te importa que sea a cientos de kilómetros de tu casa. Te recoge una ambulancia que conduce un señor al que no has visto en tu vida. Te ordena subir y subes. Te acomodas como buenamente puedes y empiezas a devorar minutos de ansiedad que no avanzan en tu reloj mientras otras personas, igualmente adormiladas y acongojadas, se van sumando al viaje. Simulas dormir para evitar encontrarte con alguna mirada perdida que te desmorone… y después de millones de minutos psicológicos llegas a tu destino…

A tu destino… qué ironía… Un lugar inmenso, totalmente desconocido, abigarrado de más personas venidas a saber de qué planeta. “¡Diríjase a aquel mostrador que allí le dirán…! Volveré a buscarla a mediodía”. Y vas. Claro que vas. Y te dejas guiar por extraños vestidos de blanco que te van llevando por pasillos largos y fríos sospechando que, aquel buen hombre que prometió recogerte no va a poder encontrarte en aquel laberinto. “¡Siéntese aquí y espere!”. Vuelves sumisamente a obedecer y te sientas. Miras mil veces el reloj como si eso fuera a cambiar algo… y esperas. Y mientras esperas y miras el reloj, ves llegar a más personas a las que se le repiten las mismas consignas: ¡Siéntese y espere!

Y allí permanecemos todos, mirando las paredes blancas, el suelo gris gastado, el techo de láminas de yeso…y la desesperación en la mirada. Hasta que un altavoz de voz cansina, grave y gangosa dice tu nombre, que sólo entiendes tú, porque estás acostumbrado a oírlo y, entre sorprendida por que alguien allí te conozca y asustada por que ha llegado tu turno, saltas en la silla sin saber muy bien hacia dónde ir, qué hacer con tus pertenencias, de las que no quiere separarte por que son lo único que te une a los tuyos, a tu casa… y vuelves a obedecer ahora a una voz…”¡Sala 3!”…

…Y entras… Fuertes luces blancas que te ciegan. Máquinas rarísimas que te aterran. Más desconocidos, esta vez, vestidos de verde… alguien te ordena: “desnúdese detrás de la cortina, deje la ropa en la percha y cuando esté salga…”. Si el pudor a la desnudez frente a extraños acude en algún momento… yo ni lo noto tan ocupada como estoy en controlar el miedo que me invade. Y, extrañamente, obedezco… Me quito toda la ropa y, como Dios me trajo al mundo, salgo de detrás de la cortina intentando aparentar normalidad… ¡Como si eso lo hiciera todos los días a petición de cualquiera..!

Te ordenan...,  más bien te gritan, te tocan y te agarran con brusquedad… para colocarte bajo la máquina… Yo, como si no tuviera ninguna voluntad, me dejo hacer. Ellos estarán acostumbrados y quizás eso sea efectividad y profesionalidad aunque…  No puedo dejar de sentirme como un pedazo de carne en un matadero. Y te vuelven a mandar salir: “Vístase. Salga fuera y espere.”. Aquí… casi agradecí salir aunque supusiera volver a la incertidumbre de la espera. No voy a decir que fuera humillación pero cómoda, lo que se dice cómoda no estuve…

Y después de tres horas me encontró. ¿Habría estado tanto tiempo buscándome?. ¡El señor de la ambulancia! ¡Por fin una cara, esta vez sí, conocida! Aunque fuera sólo del viaje. ¡Cuánto me alegré de verle…! Sobre todo porque era el único capaz de sacarme de allí y devolverme a mi casa.

A la semana siguiente se repitió la experiencia y, esta vez, el viaje fue más corto aunque fuimos al mismo sitio. El conductor de la ambulancia estaba más simpático. Los compañeros de viaje tenían ganas de compartir. El lugar de destino parecía despertar del sueño. El blanco era menos frío y el verde tenía rostros… Y las semanas que siguieron fueron dando forma al lugar, sentido a los sonidos, paz a la espera, nombres a las personas… y descubrí que aquello no era tan caótico como parecía.

viernes, 9 de junio de 2017

Mosquitos electrónicos

Cierto es que cada tiempo o momento histórico tiene sus peculiaridades artísticas y culturales, al menos así se define en los libros de historia, del mismo modo que cada una de ellas tiene sus lacras, pestes, epidemias y plagas aunque de esto se habla menos y no queda tanta constancia.
Una de esas plagas de nuestro tiempo son los “mosquitos electrónicos”, no es idea mía. Lo he oído en algún sitio. Y no es necesario decir a qué me estoy refiriendo. ¡Chacho!, ¡están en todos los sitios! ¡Zumban sin piedad a todas las horas! Y no puedes ni dormir… Al menos, los de verdad..., los que pican… lo hacen a la salida y a la caída del sol dándote una tregua el resto del día.
Que quedamos la familia para comer… hay que agrandar la mesa  porque, cada comensal necesita una media de entre 6 y 9 cm más de espacio que el de antaño. A saber: a la derecha del plato colocamos el tenedor de pescado, el de carne, la cuchara… y ¡¡¡EL MOVIL!!! Nada más sentarnos, como un acto reflejo cultural y recientemente adquirido, cada cual mete la mano en el bolso, bolsillo o similar  y, delicada y primorosamente, busca el espacio donde colocar su  amado artilugio. Allí, bien a la vista de todos… que se note. A ver quien lo tiene más grande… Es un signo de distinción y diferenciación.  Nadie lo dice pero es así. 
Pero no. Yo no me dejé intimidar. ¡Se iban a pensar la caterva de hermanos, sobrinos, cuñados  y demás parentela y comensales  que, aquí, la menda, iba a ser menos…! Y, ¡allá que me fui!...digo, a mi habitación, al primer cajón de la mesilla que es dónde lo guardo. ¡Se pensarán que sólo sé manejar la batidora! Y toda ufana y diligente saqué mi “XX”. Aquel fantástico primer móvil que le regalaron a mi marido, que a su vez él regaló a nuestro hijo mayor y éste a su vez, otra vez… a mí, porque el pequeño no lo quería  obviamente: “Ese armatoste yo no lo quiero. ¿Os pensáis que soy tonto? Todos se reirían de mí.”
Verdaderamente, teatralicé un poco el momento. Sí. La situación no era para menos. ¿Iba a ser yo la única que no mostrara en público tan impúdicamente su cachivache? Esperé al momento propicio. En cuando se produjo un pequeño silencio y parte de los comensales volvieron sus caras hacia mí esperando… ¡no os engañéis!… para que comenzara a servir la comida… y entonces… ¡zás! Dándole ampulosidad al gesto y con un poco de estridencia al ponerlo sobre la mesa (casi lo rompo), coloqué mi artefacto un poco más allá del plato: “Pa que se vea”.
¿Si se quedaron boquiabiertos?... ¡qué va! Lo que se oyó fue una colectiva y estridente carcajada al ver mí… “telefonino”, como lo llaman los italianos. Ciertamente, el mío era el más pequeño de toda la familia. “Pero, ¿dónde vas con esa cafetera?” dijo uno de mis sobrinos… y vuelta otra vez a la carcajada. “ ¡Qué dices de cafetera si funciona de maravilla..!”.
Y esto fue sólo el comienzo de la cena. Pasados los entremeses que, “matan ese hambre que nos mata”, enseguida empezaron a verse miraditas libidinosas a los “chismes” entre bocado y bocado, caricias disimuladas a las pantallas bajo las servilletas, sonrisitas de medio lado ocultas, sin venir a cuento…. Sospechosas vibraciones… de las copas de vino. Todo esto entre el primer y segundo plato que son los que más guardan el decoro porque… pasando ya a los postres y el café… se pierde la compostura: déjamelo ver, pasa el dedo así, a ver el tuyo…
Son totalmente disruptivos y enervantes. Rompen el ritmo de cualquier conversación, sea seria o jocosa, sin ningún tipo de remordimiento, dejándote con la palabra en la punta de la lengua y la boca abierta. Estropean momentos idílicos: “Espera que me están llamando… Luego te doy un beso…” y quien dice beso…

Lo peor de todo es que, por más que busco en las estanterías del supermercado, no consigo encontrar ningún repelente y continuamente voy dando manotadas al bolsillo, al bolso… ,Y observo que a muchas otras personas también les pasa, … que no terminan de DAR con él “¿dónde está?” y buscan y rebuscan… ¡zzz! ¡zzz! ¡zzz! ¡coño!, ¿dónde suena? ¡Ahí va la leche!, ¡pero si no es el mío…!

viernes, 2 de junio de 2017

Gazpacho lingüístico

El padre de una de mis mejores amigas decía con mucha frecuencia y con no menos sabiduría: ¡uy, las
palabras…son perras necias! Y no le faltaba razón porque, en el tema de la  comunicación, que se realiza en un porcentaje muy alto por vía de la palabra, siempre hay que tener en cuenta muchos parámetros: “lo que se quiere decir”, que queda reducido al ámbito privado de la mente del hablante;  “lo que se ha dicho”, que queda expuesto y evidenciado, pudiendo ser un dardo caliente o una mansa caricia. Aquí… tanto emisor como receptor juegan un papel interpretativo considerable: el tono en el que se ha dicho, el tono en el que se ha percibido... el contexto, “el no sé qué que intuí” y  “el no sé qué que pretendí”…en fin…mucha susceptibilidad.

Y luego queda,  ¡cómo no!.. y muy importante, el conocimiento que se tenga del idioma y cómo se haga uso de él. No es lo mismo tener una herramienta, que saber usarla. Y, tampoco es igual saber usarla que sacarle todo el partido… o usarla incorrectamente…

En este asunto, nuestro idioma castellano no se ha dignado ponérnoslo nada fácil y ha tenido la genialidad de darnos miles de palabras sinónimas y otras tantas más polisémicas, todas ellas enriquecidas con sus pequeños y sutiles matices, para que pudiéramos, a gusto del consumidor, componer cada uno nuestro propio gazpacho lingüístico. Con lo cual…la polémica está servida y a la carta.

Porque claro, un pueblo tan temperamental como es el nuestro, tan orgulloso y tan dado a la chanza… maneja con bastante soltura y habilidad el tema de los matices y las sutilezas, y por supuesto los utiliza a diario, enriqueciendo más si cabe, nuestra querida lengua, o complicándola para aquellos que no tenemos tanta verborrea. Y, en estas circunstancias,  no es extraño que algunas veces oigamos: “cuando dije lo que dije, no dije lo que dices que dije si no que, dije lo que dije”. 

Así, podemos encontrarnos situaciones comprometidas sin habérnoslas buscado, si por un casual quien nos escucha es alguien buen conocedor del idioma y susceptible a él. No puedo ni imaginarme qué hubieran hecho los clientes de un restaurante, en pleno centro de Madrid, si hubieran escuchado a su propietario decirle a un amigo que todos sus clientes eran “personas muy simples que comen aquí a diario”. Yo, que estaba a la barra del bar, tomando un vermut y medio leyendo el periódico, interrumpí mi poco atractiva lectura, para contemplar al imbécil que acababa de insultar a toda su clientela, incluyéndome a mí, claro está, en un paleto alarde cultural.

El muy culto y honorable restaurador quiso decir que en su restaurante comían, habitualmente, personas que viven de su salario, empleados (no jefes) de los servicios y negocios del entorno; personas “SENCILLAS” que no se dan el pote y que tratan a los demás con la corrección debida y de igual a igual. Sin embargo,  lo que en realidad dijo fue que, todos sus clientes “éramos tontos”, perdón “muy tontos” o “de corto entendimiento” que no sé si es mejor.

Como habréis podido daros cuenta, “pegué un poco más la oreja” y enseguida capte que aquel buen hombre no nos estaba insultando sino, echándonos unas florecitas… aunque, vistas así…valía más que las hubiese dejado donde estaba…


Y no es el único caso que he oído de confusión entre las palabras “simple” y “sencillo”. Algunos otros se podrían enmarcar: “Este vestido tan sencillo es para aquella señora. Es que, es una señora muy simple”… Que se lo oí a una dependienta de una tienda de novias. Tuvo suerte la empleada de que “la señora” no la oyera. Bueno, ¡quién sabe!... a lo mejor la señora en cuestión realmente era tonta de remate…y la trabajadora, al modo de Quevedo, lo hizo a propósito.

viernes, 26 de mayo de 2017

Chocolate clasista

Creo que a estas alturas ya os habré dicho que nací con conciencia social, con un profundo sentido de la
justicia y una sensibilidad especial para captar situaciones de abusos de poder. No está mal ¿verdad? Para nada. Una cualidad tan digna como cualquier otra si no fuera porque el destino tuvo a bien hacerme nacer en una familia sin posición ni clase social ni “na de na”. Y cuando digo “na” es “na”: no teníamos ni nombre ni apellido. A mis padres les llamaban por el mote y a nosotros, sus hijos, lo mismo pero con el diminutivo. Teníamos suerte si los vecinos del pueblo, al dirigirse a nosotros, el mote no iba acompañado de un retintín  sonoro de desprecio.

Con tres años nada más, yo ya captaba todos aquellos matices lingüísticos y sonoros y, sin saber nada de gramática, iba guardando aquellos vocablos y sonidos despectivos en mi diccionario de “malas expresiones y palabras”. Sabía que no eran buenas porque me dolía el corazón al escucharlas y me daban ganas de llorar. Me sentía, hoy lo sé, profundamente herida, sola y despreciada, por el mero hecho de haber nacido en mi familia. Mi mente infantil, de entre tres y cinco años, por más que se esforzaba, no podía encontrar ningún otro motivo por el que aquellas personas tenían especial interés en herirme. Y, obviamente, siendo tan niña, no tenía ni las armas (palabras), ni los recursos para poder defenderme.

Crecí deseando ser invisible y, a tal efecto, cuando iba por la calle y tenía que pasar por delante de algún grupo de personas nocivas, agachaba la cabeza, como el niño que se cubre la cara pensando que, al no ver, tampoco es visto, y apretaba el paso o echaba a correr hasta sobrepasar la barrera peligrosa. Con el tiempo creo que lo conseguí, porque dejaron de dirigirse a mí, de mirarme…

Una de aquellas frasecitas, que tuve a bien almacenar para el recuerdo, y que dejaba bien a las claras dónde estaban ellos y dónde estaba yo…, si es que estábamos en algún sitio, fue: “pero, ¿tú sabes con quién estás  jugando?”. Hasta que fue pronunciada, (la primera vez que la oí) bien me creí que, mi compañera de juegos, era alguien igual que yo: dos piernas, dos brazos, cabeza, cuerpo, mismos ojos, mismo pelo… En una situación semejante: el juego del escondite, con sus normas y reglas que todos debemos respetar. A partir de ese momento, empecé a indagar para encontrar aquello que tanto nos diferenciaba… Os juro que toda la sabiduría de mis cuatro o cinco años no alcanzaba para encontrar ese matiz y… ¡cuidado que presté atención y observé con dedicación!

Cuando se tiene paciencia, los niños suelen tenerla, y permaneces atento y alerta, las respuestas suelen llegar solas. La explicación en mi búsqueda de la diferencia llegó envuelta en papel plateado y rojo con olor a chocolate… porque, no llegué a probarlo. Era la hora de la merienda y jugábamos en la calle, como siempre, aunque esta vez lejos de nuestras casas. La señora que llevaba un rato observándonos en nuestros juegos, quiso obsequiarnos su distraimiento, ofreciéndonos la merienda.

Para mí, añadir la merienda a mis tres comidas diarias, ya era un lujo por lo que, cualquier cosa, en ese momento, estaba más que bien. Merendamos pan y queso. El pan me pareció muy rico, más suave y tierno que el que se comía en mi casa. El queso… una novedad con sabor fuerte. Me sentía una persona especial por poder acceder a aquello, cómo una princesa, si hubiera sabido entonces lo que eso significaba. Pero, enseguida me destronaron. “Y tú, ¿de quién eres?”, preguntó la buena mujer a mi compañera de juegos. “Soy Candela, la hija pequeña de los farmacéuticos”.

 No sé si subió ella o bajé yo, pero la diferencia de trato a partir de ese momento fue notoria. La buena señora comenzó a deshacerse en atenciones y halagos para con Candela y, poco a poco, yo me fui aclarando hasta hacerme invisible…, o a lo mejor desaparecí, porque la anciana, revolviendo en una caja de latón, sacó una sola chocolatina, con un envoltorio rojo y plateado, y se la entregó con verdadera veneración a mi compañera de juegos. Yo, desde mi butaca del escenario, miraba la caja y a la señora… esperando, como actor secundario, entrar en cualquier momento en escena pero, eso, nunca ocurrió.


Entonces pude sentir, en la ausencia del dulce paladeo del chocolate, dónde se encontraba la diferencia con mi amiga y descubrí, perfectamente y con gran tristeza, “con quien estaba jugando”.

viernes, 19 de mayo de 2017

La escoba sigue siendo escoba

A veces ser ama de casa acarrea ciertos “peligros sociales “. Uno de ellos, y muy frecuente, es el de la “desconexión con el mundo real”. Vamos viviendo parcelas de la vida en función de la edad de nuestros hijos, centradas en cada una de las etapas de crecimiento que nos toca vivir, y olvidamos ese otro mundo que está más allá de la casa, la escuela y el parque.
Es verdad, vivir metidas en “estos guisos”, tan centrados en el aquí y ahora, nos hace perder la perspectiva global y dejamos de saber por dónde va el mundo que, para colmo, se mueve a una velocidad vertiginosa. Cuando te quieres dar cuenta, el día que tu hijo pequeño te dice: “no me acompañes a clase que me da vergüenza”, han pasado 12 años, se ha producido un cambio de gobierno, el teléfono fijo ha pasado a la historia, internet es el mejor centro comercial y te comunicas con tus seres queridos por Whatsapp…
Ponerte otra vez al día parece algo imposible. No sabes por dónde comenzar… Quieres echar mano de tus referencias y, te das cuenta que están más obsoletas que el teléfono de ruleta. Ayer, por ejemplo, en la carnicería, escuché a otra ama de casa quejándose de la miseria de salario que le ofrecían por un trabajillo extra por horas. Ciertamente, hice un cálculo rápido, con los escasos datos de que disponía (actividades extraescolares, clases de inglés, la hora de trabajo del técnico de la caldera…) y, 6€… no era para tocar las castañuelas… eso ya se pagaba en mi época por unas horas cuidando a niños por la noche… y me pregunté ¿a cómo estará establecido que se paguen las horas?...
Animada por la curiosidad, al llegar a casa, me conecté a internet y entré en la página de la Seguridad Social para ver, tristemente, por dónde andaba el Salario Mínimo Interprofesional. Tuve que mirarlo varias veces y visité otras páginas para verificar que, lo que estaba viendo, era cierto, porque pensé que me había equivocado: ¡655,20€ mensuales…! Eso son 21,84€ al día y 2,73€ la hora… Si los 6€ de la señora de la carnicería me parecieron irrisorios, esto… me está dando apuro incluso escribirlo. No entiendo cómo a los señores del parlamento no se les cayó la cara o  el boli de vergüenza cuando firmaron el Real Decreto que así lo establece. Pero esta es otra historia.
¡Bienvenida de vuelta al mundo real!, me dije.
 Se me había olvidado el encaje de bolillos que hay que hacer para llegar a fin de mes  con el sueldo base… y, a veces con bastante menos. En mi casa, en los últimos años, sólo ha entrado un sueldo pero, ha sido suficiente como para no pasar estrecheces y llegar a fin de mes. Recuerdo aquello porque, desde la adolescencia hasta el día de mi boda, unos 12 ó 13 años, trabajé como empleada de hogar… “Ni agradecido ni pagado”… A duras penas conseguía mantenerme con el salario que cobraba…
Y… ya, puesta a actualizar…,¿por qué no comenzar por aquello en lo  que primero trabajé cuando era joven?...  Los años han pasado, ¡cuidado que ha girado la vida!… y en este campo… ¡no es para lanzar cohetes!  A nivel legislativo ha habido avances, demasiado pocos, diría yo, pero... Ahora al menos,  el salario de una empleada de hogar se equipara con el Salario Mínimo Interprofesional, se reconocen derechos elementales del Estatuto de los trabajadores, pueden tener contrato escrito, eso sí, si las partes quieren… y Seguridad Social… también si las partes quieren…  pero, se sigue, por ejemplo, sin tener derecho a paro… y, continúa siendo el trabajo menos considerado…
A nivel social… los cambios van mucho más lentos y la dignificación del sector… tardará en llegar. De esto sé bastante más porque, en los parques, los patios de los colegios y en las tiendas de barrio, tristemente, se habla sin ningún pudor y sin pensar quien puede estar escuchando ni el daño que se puede hacer.
En estos lugares he oído auténticas barbaridades y una gran discriminación de mujeres hacia mujeres. Os baste como ejemplo los diferentes nombres que ciertas mujeres les dan a las que trabajan en sus hogares haciendo lo que ellas no pueden, no quieren o no saben: la criada, la sirvienta, la chacha, la que sirve, la doméstica, la chica, la chica del servicio, la del servicio, mi chica, la asistenta, la tata, la del servicio doméstico… unos con el “la” delante, que desvincula la relación y marca la posición social,  otros con el “mi” en un intento de cercanía y falsa solidaridad fruto del enorme egocentrismo. No hablemos ya de quienes despersonalizan el nombre y se limitan a llamarlas por una de las prendas u objetos que utilizan…” la del mandil” o “la de la escoba”…”Mujer contra mujer”.
Ni qué decir tiene  los tonos que emplean  y los comentarios que se hacen… ¡Vergonzoso! Si a estás empleadoras se las tratase la mitad de mal que ellas tratan a sus empleadas de hogar, hace tiempo que los medios de comunicación y asociaciones feministas se hubieran hecho eco de los sucesos y lo hubieran denunciado. Pero…
Y, de todos los nombres utilizados para llamarlas, el que me llegó a lo más hondo, rompiendo con todos los eufemismos, más o menos agradables, que se han querido dar  a lo largo de la historia para nombrar a las personas que trabajan en este sector, tan cercano al de ama de casa (¡como si  con un nombre se llegara a la dignificación!) fue el de “las que friegan”… ¡Dios mío!... y dicho por otra mujer…

A lo que iba, al intentar ponerme al día, descubrí que, en esta era de la velocidad, de la incorporación de la mujer al mundo laboral (como si antes no hubiéramos trabajado), de la conciliación de la vida laboral y familiar, de la lucha por la igualdad de las mujeres y su dignificación en el empleo… la escoba sigue siendo escoba y quienes la manejan…  “las parias del empleo”.

sábado, 13 de mayo de 2017

Cajón desastre

Cuando yo era pequeña, los juguetes eran un lujo al alcance de muy pocos. Nuestras cazuelitas y cacharritos, en el mejor de los casos, eran botes, latas, tapas…, que encontrábamos rebuscando en los basureros de los vecinos. Y allí colocábamos, primorosamente, diferentes tipos de hojas y flores, recolectadas de cualquier planta que tuviéramos a mano, a modo de chuletas, sopas… para hacer una comidita que nos imaginábamos deliciosa  y nos comíamos simbólicamente con unos palitos de distintos tamaños que hacían las veces de cubiertos. A partir de eso… todo  era imaginación.

Obviamente, todo aquel arsenal de restos, basuras y desperdicios que acumulábamos, a lo largo de los días, no nos los dejaban introducir en casa por lo que, al oscurecer… se acababa el juego. Parte de aquel tesoro se arrojaba a la basura y nos veíamos recluidos al espacio de una cocina en la que, la mayor diversión consistía en mirar el fuego, si era invierno, o las vigas del techo si era verano. No, a nuestra casa todavía no había llegado la televisión. Pero, las mentes de los niños tienen esas extrañas manías, o al menos antes las teníamos, de encontrar, en las cosas más disparatadas, un elemento de juego con el que pasar las largas horas nocturnas, sobre todo del invierno.

La caja de la costura de mi madre y el cesto de mimbre donde guardaba los botones… eran nuestra pasión. ¡Qué maravilla!: agujas de todos los tamaños, de coser, de hacer ganchillo, de punto…, alfileres de colores, corchetes, imperdibles, cintas de colores, cremalleras, la cinta métrica, tijeras de varios tamaños, hilos de diferentes grosores y colores…y telas y trapitos en abundancia que mi madre guardaba para futuros remiendos. El cesto de botones tampoco tenía desperdicio. Todo botones sí pero, la variedad de formas, tamaños y colores era espectacular. Sacar todo aquello sobre la mesa, ordenarlo, clasificarlo cada vez con un criterio diferente…¡era un festín para la mente de un niño!

Quizás por eso, cuando de mayor oí la expresión “cajón de sastre”, no presté atención al resto del contexto en el que se decía.  A mi mente acudieron todos aquellos objetos alineados junto a una cantidad ingente de recuerdos maravillosos. “Cajón de sastre” me pareció una forma bonita de resumir aquellas tardes-noches de mi infancia: sentada frente al fuego de la chimenea, en mitad del suelo de la cocina, rodeada de todos aquellos objetos propios de sastres y modistas…

Tiempo después volví a oír esas tres palabras y esta vez sí presté atención al resto de la frase en la que aparecían: Hemos convertido el sistema educativo en un “cajón de sastre”. Aunque el tono en el que las escuché denotaba crispación, a mi me pareció una identificación maravillosa. Visualicé inmediatamente la cesta de botones de mi madre y fui capaz de ver un sistema educativo que acogía en sus aulas tanta variedad de niños como botones había en ella y muchos más… Me emocionaron la cantidad de formas, tamaños y colores, su riqueza…

Aaaahhh pero no. Aquello continuaba y poco hacía referencia a la riqueza intercultural y a la diversidad de los niños que poblaban los colegios. Se refería a los contenidos, a todas aquellas materias que se consideraba debían ser impartidas en el aula. Confieso que algunas de ellas no sabía ni a qué se referían. Otras, me parecieron un asalto a la intimidad de la familia y el absurdo más ridículo. Recuerdo que pensé: terminarán por robarnos el placer de educar a nuestros hijos y los padres nos convertiremos en meros asistentes asistenciales de nuestros vástagos. Y me pregunté ¿No tienen los niños bastante con las asignaturas tradicionales?...

Y pensando, pensando… me fui crispando, crispando…

Volví a las tres palabras que inicialmente tan buenos recuerdos me había suscitado y capté con gran intensidad el tono doloroso en el que fueron pronunciadas. Aún así, no me resigné a que una profesión tan digna como la de sastre y modista quedase denigrada de esta manera, como si ellos no supieran qué se debe guardar en sus cajones y cómo hacerlo. Ni tampoco acepté que los recuerdos de mi infancia se vieran afectados por el desorden y el todo cabe, todo vale. Por lo que decidí hacerle una pequeña corrección al discurso que generó esta reflexión, pero, tan pequeña, que sólo hay que quitar un espacio entre palabras: Hemos convertido el sistema educativo en un “CAJÓN DESASTRE”.

viernes, 5 de mayo de 2017

Dos niñas muy guapinas

A veces la mente es sorprendente: recuerda aquello que le resulta grato y oculta lo que no merece la pena recordar. De alguna manera nuestro cerebro selecciona los recuerdos. Lo que no sé es, por qué unos cerebros tienen el don de recordar lo bueno y otros recuerdan lo malo o menos bueno. Es curioso, porque los recuerdos son aquello que nos configura como persona y, si nuestra voluntad no es libre para recordar lo que le conviene o quiere…... Yo quisiera no recordar ciertas cosas y, sin embargo, me acompañan a lo largo de los años y afectan a las decisiones que tomo en el presente.

 El otro día, hablando con una de mis hermanas mayores, nos fuimos remontando en el tiempo, hasta llegar a la más tierna infancia, cuando teníamos, ella no más de cinco años y, en consecuencia, yo no más de tres. Lo sé, porque recuerdo que, en aquella época, al colegio se empezaba a ir con 6 años y mi hermana aún estaba en casa.  Yo le recordaba algunas escenas de aquellos años… que ella había olvidado.

Una de ellas era aquella estampa de los domingos por la mañana: mi madre comenzaba las sesiones de baños bien temprano. Había que caldear la habitación, calentar el agua en cazuelas… y, como buenamente podía, nos iba bañando en un barreño de metal. No siempre había ni tiempo ni agua para todos… y librarse era una bendición, sobre todo en invierno. Bueno es decir que, a la semana siguiente, empezaba por el que se había librado. No recuerdo cómo ni cuándo se bañaban los mayores. No los vi nunca. Aprovecharían para hacerlo cuando íbamos a la calle a jugar o… vete tú a saber. Lo cierto es que en mi casa no hubo servicio hasta que cumplí, más o menos 6 años, y la bañera… tardó en llegar… al menos un lustro más. No es para escandalizarse. Era normal en la mayoría de las casas de los pueblos.

Y sigo recordando: Cuando ya estábamos aseaditas, nos ponía ropa especial para ir a misa, nos echaba brillantina en el pelo, recuerdo sobre todo el olor, y nos hacía dos trencitas laterales recogidas en una cola de caballo atrás. Después nos mandaba ir subiendo para la iglesia a nosotras solas  y apostillaba: “Tened cuidado con la ropa. No la manchéis”. Era normal movernos solas. No había nada que temer. En los pueblos, por entonces, los niños casi nos criábamos solos en la calle.

Y aquí viene lo bueno y lo malo: Nos cogíamos las dos de la mano y todas estiraditas, orgullosas y pizpiretas nos disponíamos a atravesar y subir todo el pueblo hasta llegar a la iglesia. Me gustaba ir de la mano de mi hermana mayor, con aquella ropa tan chula…

En el trayecto, nos encontrábamos con una vecina, -no recuerdo su nombre-, quien al pasar siempre nos decía “¿a dónde van estas niñas tan guapinas?” y la respuesta, siempre rápida y con resolución, era la misma: “¡a misa!”…  Aquella se reía con simpatía y nosotras seguíamos risueñas nuestro camino. Pero, había otras vecinas… Hay gente doblemente mala: porque hacen daño y porque, encima, se lo hacen a niñas solas e indefensas… Estas personas, al vernos pasar, nos llamaban con desprecio, con el mote que les habían puesto a nuestros padres, arrastrando las sílabas para que durase y fuese más dañino y, añadían con más desprecio si cabía: “¡a dónde creéisssss que vaissss tan chulassss si esa ropa que lleváisssss puesta era nuesssstra…!.” ¿A quién querían herir? y ¿por qué?... ¡Por Dios! Sólo teníamos tres y cinco años…

Mi hermana no recordaba tantas cosas como yo, pese a ser la mayor. No sé si voluntaria o involuntariamente su cerebro había descartado estos recuerdos. Por algo, aún pareciéndonos muchos, somos tan distintas… Pero el cerebro tiene esa capacidad para llevar recuerdos a lo más profundo del desván y, la cualidad de recuperarlos en décimas de segundos si son requeridos… por lo que, cuando terminé de narrarle mi recuerdo, con el rostro inerte y la mirada perdida en otro tiempo y lugar, mi hermana concluyo: “… y te daban ganas de desnudarte allí mismo y tirarles la ropa a la cara aunque, tuvieras que  volver a casa desnuda”…

Quizás mi vida hubiera sido otra sin estos recuerdos o si hubiese sido capaz, como mi hermana, de echarlos al menos temporalmente al fondo del armario.

O quizás hubiera sido otra si algunas personas adultas hubieran solventado sus rencillas, odios y temores como adultos sin vengarse en unas niñas inocentes…

O quizás pensaron que, por pequeñas, el daño quedaría oculto y su rostro en el olvido… Pues se equivocaron porque, al menos en mí caso, no olvidé sus palabras, sus rostros quedaron para siempre grabados en mi retina y sus nombres siguen resonando en mi cabeza.

viernes, 28 de abril de 2017

"Una verdá como un puñu"

Mis padres son, bueno, mi padre, porque mi madre murió hace unos años, de esa pocas personas que aún van  quedando y que, han vivido antes de la guerra, la guerra y obviamente las consecuencias de esta. No dispusieron de mucho tiempo para acudir a la escuela. Su situación económica o posición social no les podía permitir más que asistir unos años, los necesarios para aprender los rudimentos de la lectura y las cuatro, o quizás alguna menos, reglas de la aritmética fundamental.

Recuerdo, siendo niña, haberles escuchado leer aquella revistilla de su tierra “La luz de Liébana” que recibíamos en casa, no sé si mensual o trimestralmente, y que recorrían, primorosamente, con las manos primero, tratando con ello de acariciar a tantos seres queridos que se habían quedado allí; con sus ojos después, intentando encontrar el retrato de alguna persona conocida; y por último leyendo, con aquella lectura lenta, entrecortada… de balbuceo infantil como del que está aprendiendo… Y nos iban explicando: “Éste era…”, “por aquí vivía…” y desgranaban entre párrafo y párrafo historias de una gente que no conocíamos, de un tiempo que nunca ya viviríamos… Y escuchábamos con deleite sus historias y, ¡cómo no!, también descubríamos sus sentimientos, ocultos en las pausas…, en los puntos y aparte de la historia cuando, su mirada se quedaba quieta y perdida porque estaba allá, en esa otra vida anterior. Volviendo a vivir… con alegría algunas veces y casi siempre con tristeza… injusticias, miserias…  y aquel gesto inconsciente de negación con la cabeza… como intentando impedir aquello que ya… no tenía remedio o que quizás, nunca debió de ocurrir.

No percibí la vida de mis padres como una vida fácil… A veces parecía de cuento, pero cuento de miedo y dolor, de humillaciones... Fue una época dura para todos, cierto, pero como siempre, más dura para unos que para otros.

Con esas historias crecí… otras parecidas viví y, llegué, casi sin darme cuenta, a la adolescencia. Muchas vivencias y recuerdos se habían quedado en algún rincón olvidado de mi mente, como historias, nada más, que se cuentan frente a una hoguera para entretener; otras, por pura necesidad psicológica, se enviaron al desván del olvido.
Y, allí estaba yo. Sábado por la tarde, como una adolescente más, a la entrada del cine, en espera de que llegara la hora, se abrieran las puertas y  poder coger un buen sitio para ver la película que tanto había dado que hablar en el círculo de amigos: “Los santos inocentes” basada en el libro del mismo nombre de Miguel Delibes.

Para inocencia e ignorancia… la mía de aquel momento previo que, ni por asomo sospechaba a qué me iba a enfrentar en cuanto se apagaran las luces de la sala: las historias de noches de hoguera se hicieron realidad delante de mis ojos y los fantasmas del desván se manifestaron con rotundidad… ¡Todo aquello había sido verdad…! Y me deshice en un mar de lágrimas por mis padres, por mis hermanos y hermanas,…por mí misma.

Fuera ya del cine, cuando la película acabó, me di cuenta de que era un bicho raro dentro del grupo: todos mis amigos hablaban de la caracterización de los personajes, de la interpretación de los actores, de lo acertado de los escenarios… Estaba tan afectada y me quedé tan atónita de oírles hablar de lo que a mí me parecieron frivolidades que les grité: “Pero… ¿de qué coño estáis hablando?...”. Ellos, hijos de papá y mamá en su mayoría, no podían entender, bajo ningún concepto, de la misma manera que yo, aquella película. Vieron sólo la parte técnica de la ejecución pero, aquello que Miguel Delibes denunció y que la película evidenciaba… el abuso de poder al que el propio ser humano somete a sus congéneres, la humillación por la que se les hace pasar por el mero hecho de que alguien se considerase una clase social superior y las injusticias y vejaciones a las que son sometidas las personas sencillas y humildes… Parecía ser ajeno a todos ellos.

Seguí llorando los días siguientes mientras rememoraba las historias que mis padres me habían contado y desempolvaba los recuerdos que yo misma había acumulado. Interpreté palabras, gestos, silencios…”!Maldita o dichosa película que me sacó de la inocencia…¡”. Ya no pude volver a ser la misma. Desarrollé una sutil sensibilidad para captar situaciones de injusticia que me dejó el alma a la intemperie…
No fue un cuento de viejos, ni la imaginación delirante de una adolescente; no fue la fantasía de un escritor, ni la habilidad de un cineasta… fue, y es siempre ESA REALIDAD que está ahí y que muchos no ven porque ellos mismos la generan…  y otros muchos… la sienten y padecen, la que de cuando en cuando salta insultante a las grandes pantallas…

“Los Santos Inocentes” fue el único libro que recuerdo haber visto leer a mi madre. La oí bisbisear cada renglón, asentir con la cabeza… y cuando lo acabó  me dijo con su acento lebaniego: “ En ese libru se dice una verdá como un puñu”. (A mi madre)


viernes, 21 de abril de 2017

El señor de traje que no traía niño


Íbamos con cita previa. Las 8.30 era buena hora. Seríamos los primeros en la consulta. Ya había tenido cuidado en pedir esa hora para evitar la acumulación de retrasos e imprevistos. Además, con un poco de suerte, el niño no perdería ninguna clase y mi marido llegaría a la oficina antes del café. Salimos de casa con tiempo más que de sobra conscientes, de que, en el hospital y su entorno, no suele ser fácil aparcar. Llegamos a la consulta con diez minutos de antelación como “Dios manda” o cuando menos  como debería mandar la educación y el respeto hacia el otro: “norma de buena educación y cortesía”.

Lógicamente la sala de espera de la consulta estaba vacía y en la consulta, según nos dijo la enfermera, que llegó minutos después que nosotros, tampoco había nadie. Nos sentamos tranquilamente a esperar. Cada uno sacamos nuestro pasatiempo llevado ya a propósito por si tuviéramos que esperar. En estos sitios nunca se sabe…

A las 8.30 exactamente apareció un señor alto, joven, bien parecido, todo trajeado, con su maletín… y sin niño. En una consulta de pediatría, a no ser que seas el pediatra…, es algo raro acudir sin un infante ¿no?... el maletín… podía hacer sospechar que lo fuera pero en cuanto preguntó a la enfermera por el doctor “X X” quedó bien claro que no.  “Vendrá a recoger algún resultado” pensé sin darle más importancia y volví a sumergirme en mi lectura.

Media hora después, los asientos de la sala estaban casi todos ocupados. El señor del traje miraba cada dos por tres su bonito reloj de pulsera, señal de que comenzaba a dar muestras de cansancio y aburrimiento. Nosotros comenzábamos a estar aburridos también pero nos mantenía la esperanza de que en cualquier momento nos llamaran, ¡porque éramos los primeros!… y el doctor no podía tardar mucho más en llegar.
Pasó otra media hora. Padres, niños, carritos… y el señor del traje, abarrotaban el espacio. En la sala no cabía un alma más y el ambiente… “empezaba a caldearse”. Entre los padres corrió la pregunta, tan típica de las salas de espera, para saber el tiempo de retraso que lleva el profesional de turno…¿a qué hora tenía cita usted y a qué hora dice que ha llegado?...que incrementaba el descontento y el nerviosismo de la gente.
Cuarto de hora después apareció, esta vez sí, otro hombre, sin niño, no tan joven, “de peor ver”, también con su maletín y con bata blanca. Cruzó la sala de espera con aire de soberbia y superioridad y… tan enfrascada como estaba en la lectura… ¡¡NO OÍ!! el saludo de buenos días y, por supuesto, tampoco pude escuchar las DISCULPAS por el RETRASO. El doctor se metió en el despacho seguido de la enfermera y, todavía tuvimos que esperar diez minutos más para que se abriera  de nuevo la puerta y llamaran… ¡AL SEÑOR DEL TRAJE QUE NO TRAÍA NIÑO!...

Se produjo un murmullo de cabreo entre todos los presentes. A esa hora ya todos sabíamos perfectamente cual debería de ser el orden de entrada en la consulta y que, “el señor del traje” no tenía cita. Por si la temperatura del ambiente aún no hubiera llegado a su límite, la enfermera, quizás también enfadada como nosotros y harta de ser el parapeto de un jeta irresponsable, vino a subirla un par de grados más y nos comunicó, eso sí muy dulcemente que “el señor del traje” era un comercial.

Aquello fue como quitar el pitorro de una olla a presión en plena ebullición… Hubo padres que se levantaron de sus asientos incapaces de contener tanta mala leche, otros negaban con la cabeza mirando hacia el suelo, algunos hacíamos esfuerzos por contener las lágrimas de impotencia… y hubo quien comenzó a levantar la voz… para volverla a silenciar en cuanto otro profesional nos recordó aquello de “¡Señores, esto es un hospital…!, ¡guarden silencio!.” Y por respeto a otros pacientes…


Eso sí, tengo que reconocer que, esa mañana, avancé bastante  en la lectura de mi libro.

viernes, 14 de abril de 2017

Esa extraña edad

Tengo una amiga que trabaja para una Asociación cultural de ocio y tiempo libre donde se imparten, un día a la semana, clases de modelado para niños en edades comprendidas entre tres y doce años. Recientemente, por asuntos familiares, la persona que daba las clases tuvo que faltar a la actividad. Y como la inmediatez, y la brevedad de la ausencia, no daban para buscar una sustituta ni para avisar de la suspensión de la actividad,  me pidieron el favor de realizarla durante un par de días. Más por mantener que por enseñar.

Tengo que decir que me asusté un poco: “Pero, ¡si yo no tengo ni idea de modelar!”…”Pásate hoy por la tarde para que veas lo que hacemos”. Me dijeron… “Ya verás cómo no es tan complicado”. ¡Y allá que me fui! Todo sea por una buena amistad.

 ¡Vaya, vaya, vaya…! Cuál sería mi sorpresa al descubrir que “las clases de modelado” no eran otra cosa que… ¡hacer figuritas con plastilina como hemos hecho toda la vida! Renombrar las viejas actividades con nombres menos sobados… da cierto empaque y mueve a la curiosidad. Es una forma de reinventarse. No es lo mismo decir  “hago figuritas de plastilina con los niños” que, “doy clase de modelado”. Lo primero… lo puede hacer cualquiera que, en algún momento, haya tenido una bola de plastilina en la mano, como es mi caso. Lo segundo… ya… requiere o se presupone una preparación algo más especial… Suena más a artista ¿verdad?  Y el que lo ve desde fuera, el posible alumno, capta esa diferencia y se apunta más ilusionado a las clases de modelado que al viejo “churro, churro”.

Tengo que decir que, aunque mi comentario pueda parecer algo despectivo o trivial, hacia la profesional que desempeña habitualmente esta tarea, nada más lejos de esa intención. Puesto que, en cuanto vi a la profesora coger la bola de plastilina, ya en su forma de hacer, descubrí que había algo más. Y, efectivamente, hay que ser un gran artista para trabajar tan bien y con tanta habilidad y rapidez un pedazo de plastilina. En cuestión de segundos, y delante de mis ojos, aquella masa informe se transformó en un precioso gatito. ¡A eso llamo yo magia!

Pues bien. A lo que iba. Al día siguiente, y después de modelar un rebañico entero de ovejas en mi casa para coger práctica y que los niños no notasen demasiado el cambio, me presenté toda animosa en la asociación. Allí estaban todos los niños en fila a la puerta del aula esperando. Les recordé de nuevo mi nombre, por si lo habían olvidado y les expliqué también el motivo de mi presencia. Una niña, con más desparpajo que el resto que no había estado el día anterior, mirándome fijamente y sin cortarse un pelo me dijo: “Profe, eres un poco VIEJA ¿no?”… Pongo puntos suspensivos para no parar a explicar cómo se me quedó la cara ni a dónde se fue todo mi ánimo.

Tengo que reconocer que, la espontaneidad de la niñita, dio un buen mordisco a mi autoestima. Pasé la hora distraída pensando en mi edad y mirándome de soslayo en los cristales de las estanterías: ¿tan estropeada y avejentada estoy?.. Claro, nos miramos al espejo cada día y, de día en día no captamos el paso del tiempo. Es en comparación con nuestros coetáneos, menos frecuentados, con los que observamos ese paso del tiempo y nos preguntamos al encontrárnoslos: ¿ Me habrá hecho a mi esa jugarreta el tiempo?...

No me lo había planteado hasta ahora pero, es cierto que, estar cerca de la cincuentena… ¡¡ya son añitos ya!! de jovenzuela poco queda y, efectivamente, bien podría ser la abuela de algunos de los niños que allí estaban pese a tener hijos en edad escolar. Y es que… es… esa extraña edad en la que, curiosamente te sientes plena,  más joven que nunca y con ganas renovadas de hacer cosas y, por otro lado, biológicamente es el inicio del declive y el comienzo de la invisibilidad social…

viernes, 7 de abril de 2017

Hijos de la abundancia y el aburrimiento

Recientemente mi marido y yo fuimos a visitar a unos amigos que tienen dos niños, uno de siete años y otro de tres. Hacía tiempo que no quedábamos y, un encuentro fortuito en la calle hizo que retomáramos la relación. Como sus hijos eran bastante más pequeños que los nuestros decidimos reencontrarnos en su casa, por aquello de mantener las rutinas y demás.
Recordaba perfectamente la vivienda de esta pareja de cuando estábamos todos recién casados: el orden, la elegancia, los espacios libres… todo indicaba armonía y equilibrio. Por lo que esperaba volver a encontrarme con aquel espacio de sosiego. No contaba yo con que dos churumbeles fueran capaces de acabar, drásticamente, con un ambiente tan oriental. Casi se me escapa una exclamación, de sorpresa e incredulidad, al contemplar aquel salón tan repleto de telares infantiles que no dejaba espacio ni para el aire.
De mi boca no salió ni una palabra pero mi cara… debió de ser menos discreta porque, acto seguido, escuché una retahíla de justificaciones, pedagógico-psicológico-didácticas, que me dejaron más abrumada todavía. ¡Santo Dios!... en mi vida había visto y escuchado tanta… ¿cómo se llama esto?… Tengo dos hijos, uno adolescente y otro a las puertas de serlo. Vivimos en un piso pequeño con dos habitaciones. Cada uno tenemos nuestro espacio y están los espacios comunes. Nadie invade permanentemente el espacio del otro o el común y creo que cuando menos “nuestro sistema educativo” no ha sido tan malo.
Después de la conferencia justificativa, que nadie pidió, nos mostraron el resto de la casa. Todo en la misma línea.  Mientras ellos terminaban de ultimar los detalles de la comida, nosotros les dedicamos esos minutos a los niños y, nos dejamos llevar, de estantería en estantería y de rincón en rincón, VIENDO… “el almacén de la tienda de juguetes” de nuestro barrio. Había juguetes de todas las clases y de todas las épocas. Muchos ni los conocía. Ni qué decir sobre libros infantiles y películas… dos vidas se necesitarían para ver y leer todo aquello. Por supuesto no faltaban los más modernos y sofisticados: PSps, tablets, ordenadores…
Pero lo peor aún estaba por llegar.
Cuando la comida llegaba a su fin y los niños ya se habían levantado de la mesa, por abreviar y no despistarme, comenzó la cantinela del hijo mayor: “¡Me aburro!.., ¡Me estoy aburriendo!.., ¿ya os he dicho que me estoy aburriendo?... ¡cuántas veces os tengo que decir que me estoy aburriendo?...” Ni recuerdo la de veces que repitió la frasecita y sus padres no daban abasto ofreciéndole una alternativa distinta cada vez… Yo no salía de mi asombro y, para mis adentros, pensaba: ¿será este un niño  hiperactivo o con “déficit de atención” o será por el contrario un exceso de la misma?...
Éramos extraños rompiendo el ritmo familiar y,  también como madre, sé que, en estas circunstancias, los niños suelen ponerse un poco pesados y aprovecharse para hacer todo lo prohibido o demandar más atención pero… aquello… el servilismo de los padres… la cantidad ingente de juegos, juguetes… y ¡que nada le entretuviera!..

Intenté recordar algún momento semejante con mis hijos… y lo encontré. No tan acentuado pero ahí estaba. ¿No será, acaso, que les estemos dando demasiado y al mismo tiempo solventándoles todas sus dudas y dificultades?.. Quizás debamos permitir que el aburrimiento realmente lo sea y darle el espacio que se merece en la educación. El aburrimiento forma parte del proceso creativo y necesita tiempo para despertar. Y, por nuestra parte,  no dejarnos asustar por el vacio de actividades ni sucumbir al chantaje del dame más y el… ¡Me aburro!

viernes, 31 de marzo de 2017

Síndrome del ama de casa


Ayer, cuando por fin mi marido y mis hijos se fueron al trabajo y al colegio, antes de dejarme imbuir por la monotonía de los trabajos domésticos, decidí concederme un homenaje de relax y placer. Sin pensármelo dos veces, con el sentido de culpabilidad queriendo despertarse y sin darle tiempo a que soltara sus recriminaciones, me puse el bañador, cogí la mochila y me marché a chapotear a la piscina un ratito desafiando la helada de la mañana.


A primeras horas, en la piscina del centro deportivo, suele haber poquita gente con lo que  predomina el silencio y la tranquilidad. Ayer, cuando llegué, no había nadie en los vestuarios y todas las taquillas estaban a mi disposición, aunque soy animal de costumbres y siempre utilizo la misma. Me quité la ropa y me preparé, sin decir esta boca es mía, totalmente relajada y tranquila. En la piscina, en el espacio destinado al baño, predominaba ese mismo ambiente de serenidad roto sólo por el monótono ronroneo de las máquinas de fitnes del piso superior. Dentro del vaso, únicamente tres personas parecían acariciar el agua con su nado suave temerosas de romper la serenidad reinante. Algo inusual a cualquier otra hora donde  lo normal es que nos amontonemos en las calles.

Me metí en una de las calles libres más alejada de la puerta de entrada y me entregué al placer del dejarme envolver por la tibieza del agua. Sin prisas. Sin afán. Sin ninguna preocupación más que la de respirar rítmicamente… Olvidándome de camas, platos, fregonas… niños, marido… durante… ¡nada más y nada menos que media hora! Esa sensación de ingravidez o cuando menos ligereza que te aporta el agua… como el retorno a un gran útero… ¡Qué placer!

Salí del agua renovada y relajada. Dispuesta a enfrentarme nuevamente a la alienante tarea del ama de casa, con una sonrisa en los labios y los mejores deseos. Pero, ¡ay…! Fue cruzar aquella puerta que separa los espacios de la piscina y el vestuario y, darme de frente con la dura realidad. Allí se encontraba el “boom” de mamás y amas de casa que, como yo, después de dejar a sus retoños en los colegios, venían buscando un lugar donde poder expandirse. Y no fue eso lo que más me aterró, ¡por Dios! Tanto derecho tienen ellas como yo. Lo terrorífico fue el parloteo incesante de dos de ellas que, incapaces de desconectar de su anodina cotidianidad, se empeñaban, además, en hacernos a todas partícipes. ¡Como si cada una de nosotras no tuviera ya suficiente con sobrellevar lo suyo..!

No me quedó más remedio que escuchar pacientemente lo mucho que les había costado, el día anterior, encontrar la respuesta del ejercicio número tres de los deberes de Conocimiento del Medio de sus hijos… Sí, porque las madres, si hemos estudiado, repetimos curso tantas veces como hijos tenemos;  y si no hemos estudiado, la preocupación por nuestros hijos y nuestro deseo de ayudarles, nos prepara para que al término de sus etapas, nosotras también podamos estar preparadas y examinarnos de las mismas asignaturas que nuestros hijos y de los mismos niveles con grandes posibilidades, esta vez sí, de aprobar...¡y con nota!

Y es cierto que, en nuestro ser madres-maestras entra el rememorar todos los conocimientos adquiridos antaño, actualizarlos en algunos casos y en otros aprenderlos para explicárselos a nuestros hijos de forma adaptada a su edad. Esto requiere tiempo y más si no se hizo en su momento. Pero, y aquí me pregunto si seré buena madre, me gusta aparcar esta tarea en cuanto el niño entiende y termina sus deberes. Continuar con ella  más allá del tiempo establecido… me parece aberrante.

 No me parece lógico pasar todo el día con el mismo tema en la cabeza, como tampoco me lo parece que lo único que tenga que ocupar mi mente sean las ofertas del supermercado, las rebajas o la limpieza que me toca hacer en la casa. Hay un mundo fuera de las tareas del hogar, hay otras cosas interesantes además de quitar el polvo, otra tecnología más moderna que la lavadora… Dejarse arrastrar por el “síndrome del ama de casa” puede resultar muy empobrecedor y devastador para nosotras.

Y, aunque el parloteo de aquellas dos buenas madres rompió la magia de la serenidad que me había proporcionado aquel inmenso útero, me sirvió para reflexionar en mi ser como persona y, reafirmarme en lo bueno y sano que es, para mí y en consecuencia para toda la familia,  romper de vez en cuando con la rutina y dejar que entre aire fresco en la cotidianidad. Desconectar  y  buscar otros horizontes más allá del ser ama de casa, madre, maestra…