viernes, 16 de febrero de 2018

¿Asistencia en la búsqueda de empleo?


Hace unos días recibí una carta emitida por el Ecyl  en la que se me citaba en otra entidad a “participar en una acción de ORIENTACIÓN E INSERCIÓN LABORAL con el fin de asistirme en la búsqueda de empleo”. 

Vayamos por partes: En primer lugar en mi corta o larga vida laboral NUNCA, en ninguna circunstancia, he accedido a un puesto de trabajo que me haya facilitado esa entidad. Todos me han llegado vía amigos, conocidos, entrega personal del currículum, etc. Eso sí, en todos los casos, previo a la firma del contrato, he tenido que acudir a apuntarme “al paro” porque, por algún motivo que desconozco (¿Beneficios al contratador?, ¿Creación de listas?, ¿Estadísticas?), éste es un requisito indispensable para acceder a un puesto de trabajo. Por ello, un día decidí, como la mayoría, mantenerme apuntada para evitar colas el día que lo necesitase, si es que llegaba el caso, amén de otros beneficios como prestaciones, cursos retribuidos… de los que he oído hablar pero que, misteriosamente, nunca han estado a mi alcance o llegué demasiado tarde…

Tengo que reconocer que en dos ocasiones accedí a dos cursos de mi interés pero, no porque me convocaran o hubiera salido seleccionada por el sistema, sino porque me enteré “del dónde y el cuándo” y allí me presenté con todo mi morro, sin haber sido invitada, e hice saber  a los responsables de la selección mi grado de interés. Esperé hasta el final del acto de presentación y, en cuanto uno de los seleccionados manifestó el rechazo de la oferta….allí estaba yo para ocupar su puesto. Lógicamente mi inscripción interesaba a los responsables del curso, puesto que garantizaba la viabilidad y la finalización del mismo, requisito imprescindible para poder cobrar las subvenciones que se otorgan a las entidades que los ofertan.
En segundo lugar decir que, es la tercera vez que se me convoca para este motivo. La primera  me atendió una jovencita monísima  a la que no le calculé más de 25 años. Probablemente acababa de terminar la carrera no hacía mucho - de esos nuevos grados que nadie sabe en qué consisten-  y, en consecuencia, éste debía de ser su primer trabajo. Desbordaba energía e ilusión y estaba encantada de mostrarnos, a los parados, cómo se debe buscar un empleo. No quise decepcionarla ni desanimarla y la dejé hacer. Permanecí con ella durante una hora y media, más o menos, tiempo en el que creyó, ilusamente, que me enseñaba a hacer un currículum. Su inocencia no le hizo sospechar que yo ya los hacía cuando ella aún estaba en la cuna. Después me contó aquello de cuidar el aspecto para las entrevistas de trabajo… se vio que no le gusto mi forma de vestir… y me explicó  los lugares donde se publicaban ofertas de empleo como si me estuviera descubriendo un mundo nuevo… ¡Y en todo la dejé hacer!

En la segunda ocasión, la mujer que me atendió ya no era la misma jovencita, y yo ya sabía de qué iba el asunto. Tenía la impresión de sentirme utilizada para justificar el salario de otros, engordar estadísticas y, a la vez, la ligera sensación de que me hacían perder mi valioso tiempo, por lo que decidí vestirme de forma sencilla y elegante y, darme un toque de color en los ojos y los labios… vamos, como si fuera a una entrevista de trabajo. Después metí en una carpeta, primorosamente ordenadas, dos copias respectivas de los dos modelos de currículum que guardo en el ordenador desde hace un montón años que voy  actualizando, añadiendo cursos nuevos, retirando los más añosos etc., para ahorrar tiempo… La entrevista se dio por concluida en media hora… ¡porque llevaba los deberes hechos! Se me facilitó una clave para acceder a una página web donde había ofertas de trabajo a la que accedí diariamente, durante un año sin encontrar ningún trabajo que se ajustara a mi perfil.

Cuando he recibido esta última, la tercera, al ver de qué se trataba, la tiré sin más, sobre el montón de papeles… ¡¡¡…y encima me citan a cuarenta kilómetros de mi domicilio!!! Por si hacerte perder el tiempo, aprendiendo lo que ya se sabe, no fuera poco, ahora iba a perder una hora más, en el mejor de los casos,  por el trayecto. A todo ello sumarle el importe del viaje. A la ausencia total de ingresos hay que restarle otro  gasto innecesario y absurdo. 

No sé muy bien por qué decidí acudir a la cita. Tenía muy claro que no volverían a hacerme perder mi valioso tiempo de parada, que es lo único que tengo, y del que dispongo a mi antojo. Pero, de poco serviría mi pataleta si no traspasaba el umbral de mi cocina.  Así es que esta vez, sin cumplir ni el rito del disfraz, ni la impresión de currículum, me presenté puntual, en el lugar y hora citada, sólo para decirle, a la señorita que me recibió, que declinaba la invitación a “ser asistida en la búsqueda de empleo”. A ella le sorprendió mi rechazo y a mí que me dijera que era la primera vez que aquello le  ocurría. ¿De verdad todas las personas paradas aceptan estas panoplias sin rechistar?

Y por último recordar a los señores que gestionan las listas de parados y a la sociedad en general que, el hecho de no tener un trabajo retribuido y no cotizar a la Seguridad Social,  ni es sinónimo de ignorancia e incultura, como podrán comprobar en sus archivos, ni es un tiempo de ociosidad o cualquiera de sus sinónimos (vagancia, pereza, inactividad, gandulería, holgazanería, desidia, …). Cada cual completa su formación con aquello que más le interesa y  agrada y decide en qué ocupar su valioso tiempo. Muéstrenme algo que realmente sea interesante  y no me obliguen a hacer lo que no quiero porque… no pienso dejarme arrastrar como una escoria.

Como castigo la Administración me retiró de la lista del paro durante 6 meses y perdí los supuestos derechos que estar ahí me hubiera aportado, que no sé cuáles serían, porque nunca recibí ninguno.

viernes, 2 de febrero de 2018

Merengues de papel

Recientemente andábamos mi marido y yo un poquito “melosos” y decidimos salir a pasear, igual que en nuestra época de novios. Nos cogimos de la mano, como dos adolescentes, y nos dejamos llevar por el recuerdo y el romanticismo. Sin darnos cuenta, quizás por el exceso de almíbar que aquel día nos envolvía, aparecimos en el viejo parque al que, de jóvenes, como tantas otras parejas, acudíamos  al atardecer para… besarnos y “toquitearnos” al resguardo de miradas indiscretas. 

¡Ya, ya!, ya sé que da un poco de risa porque, claro,  como hoy puede uno darse un buen morreo con lengua sin ningún pudor en cualquier sitio, darle un buen repaso a tu novia  para ver de qué color lleva el tanga en mitad de la plaza o calentar el paquete de tu novio en la misma esquina de tu casa… Lo de dejarte acariciar  ¡¡¡por encima de la ropa y medio en privado!!! Parece antediluviano. Pero, no hace mucho era así.

A lo que iba, sin querer, sin querer… llegamos allí… y no para retozar porque, a partir de cierta edad el cuerpo no soporta incomodidades, pero no digo que, aquello no nos hubiera servido para calentar motores y que luego en casa… Pues eso ”hubiera o hubiese” sucedido algo… ¡ja! ¡Con el subjuntivo habíamos topado y en hipótesis nos movíamos! Porque de eso “ná de ná”. Acaso la visión de lo que allí descubrimos, por la vista, el olfato especialmente y hasta el tacto, consiguió que ese libido adormecido y perezoso no fuera capaz ni de asomarse a la ventana.

Los árboles seguían estando, más grandes y frondosos, lógicamente, que durante nuestra época de jovenzuelos pero, los complementos móviles que decoraban el conjunto… eran otra cosa.  Ya de entrada, en cuanto sobrepasamos unos metros la puerta principal del parque, el fuerte olor a orines nos hizo girar la cabeza a modo de rechazo. En un rincón  se amontonaban desperdicios y basuras de diferentes etiologías  a las que miramos con cierta pena pero, lo peor vino un par de pasos más adelante al descubrir todo un sembrado de… ¡¡¡heces humanas!!! 

Síii, podéis reíros y quizás pensar cómo pude saber que aquellos restos pertenecían a este sucio animal… Si acaso el olor o el lugar algo apartado y protegido de las miradas del paseo central podían haber dejado alguna duda de su procedencia, el adorno, a modo de merengue de papel, de unos clínex sobre cada una de las obras de arte dejaba, a modo de firma, bien sentado quienes eran los autores de aquel cuadro. Que yo sepa, y hoy por hoy, ningún perro es tan pudoroso para esconderse al hacer sus necesidades, ni lleva bolso donde guardar sus clínex, ni toallitas húmedas para higienizar sus partes. 

Así que, todo nuestro empalagoso romanticismo, de principio de la tarde, se quedó literalmente hecho mierda ante aquella visión de suciedad e  hizo que los recuerdos, tan excitantes por eróticos y furtivos,  quedaran vinculados para la posteridad con  esas desagradables imágenes y olores apestosos.

Tengo que confesar que el enfado  por el mancillamiento de mis recuerdos fue posterior, casi diría que lo hice consciente en el preciso momento en el que escribí estas líneas porque, lo que me surgió todo aquel espectáculo, fue indignación e impotencia: ¡qué poco valoramos y cuidamos lo que es de todos! ¿Acaso cada uno de nosotros defecaríamos en un rincón de nuestro jardín o entre los tiestos de nuestra terraza?.. No espero la respuesta porque ya me la sé… es obvia.

viernes, 19 de enero de 2018

Tickets para todo


Acabo de llegar a casa y nada más entrar he ido derechita al espejo del cuarto de baño. Sólo quería comprobar si llevo algún cartel en la frente donde ponga escrito algo que diga más o menos así: Esta mujer es tonta y capaz de soportarlo todo. Y es que, algunas personas, parece que tenemos un imán especial para atraer la adversidad, la mala suerte o a los gilipollas.

Hacía años que no pasaba por el INSS. En ese tiempo, las oficinas de mi ciudad, han cambiado de lugar y,  en la actualidad, ocupan un nuevo edificio mucho más luminoso y espacioso que el anterior, en un entorno también mucho más grato. Las buenas sensaciones que me produjo su vista se sumaron al buen ánimo que me había producido el cafetito del desayuno y el paseíllo de media hora que me  llevó ir de mi casa hasta allí.
La entrada… espectacular: puertas con sensores de movimiento que, al abrirse a tu paso, te hacen sentir un poco especial y, junto al buen humor… la sensación se agranda. Un guardia de seguridad que amablemente y de forma personal e individual nos invita a cada usuario a poner el bolso y otros objetos personales llaves, teléfono móviles, etc. en una cajita sobre la “cinta de detección de metales”. ¡Impresionada por tanta amabilidad y con ese dispositivo de seguridad para una ciudad tan pequeña…!

Un paso adelante y… ¿y ahora por dónde? Un pasillo lleno de mesas numeradas con sus respectivos funcionarios concentrados en sus tareas a mí derecha. La misma imagen a la izquierda y, por detrás, se intuye otro pasillo de las mismas características. Un mostrador da acceso al pasillo derecho. Tras él, se deja ver la cabeza de un funcionario que, más parece la de un “bulldog” cabreado. Observo y espero a ver qué pasa con las personas que me preceden… Dos ladridos y una dentellada lanzados al aire me previenen de lo que puede pasar. Por suerte el mostrador lo mantiene en su sitio.

 Es mi turno. Procuro evitar el error cometido por mis predecesores pero… siempre hay nuevos errores que cometer: “¿Es que usted no sabe leer o qué?”. Ladró el señor funcionario. Sobrecogida por el aullido de la autoridad, me excusé argumentando que la máquina expendedora  de tickets no contenía entre sus opciones la demanda que  me había llevado hasta allí por lo que, había pulsado  la tecla que por contenido más se aproximaba a mi necesidad. El hombre masculló un gruñido que no entendí y con agresivas formas me hizo entender que el asunto que allí me había llevado se resolvía en el pasillo “semioculto” a mi espalda. Me dirigí hacia allí y él  se quedó babeando palabrejas para el cuello de su camisa.

Hagamos un paréntesis reflexivo a la narración: Eran las nueve y diez de la mañana. Hacía apenas cinco minutos que las oficinas se habían abierto al público. Fui la segunda en acceder al mostrador para solicitar información… ¿tan cansado estaba ya el señor funcionario como para tratarnos de aquello guisa? Cuando se hacen exámenes para acceder a estos puesto de trabajo ¿se tienen en cuenta la educación no académica, el respeto y las buenas maneras de los candidatos? Me pregunto: ¿Cuánto tiempo duraría este buen hombre en su puesto de trabajo si en vez de trabajar para la administración lo hiciera para el sector privado?

Volviendo a lo nuestro. Entré en el pasillo que me había indicado para volver a enfrentarme a otro mostrador con otro funcionario. Este, un poco más amable y con mejor café que el anterior, me confirmó que, efectivamente,  mi gestión sí se realizaba en aquel pasillo pero… para hacerla… HABÍA QUE PEDIR CITA PREVIA. Cabreo y contrariedad servidos en menos de diez minutos. ¿Qué hacer? Pues nada. Con la administración hemos topado y, aquí, el buen funcionario, consciente de mi contrariedad, no pudo hacer más que encogerse de hombros, y yo, me quedé con mi disgusto y sin poder rechistar porque, su educación y talante, que sí dependían de él, fueron los correctos.

Acepté resignadamente “la cita previa” y regresé dos días después a las nueve menos diez, unos minutos antes de la hora de citación. A las puertas de acceso de las oficinas, se había concentrado un número considerable de personas pero, no me inquietó en absoluto puesto que tenía reservada la hora… ¿reservada la hora…?. ¡Qué ingenua!

Entré con decisión repitiendo las mismas medidas de seguridad del día anterior y me dirigí directamente, esta vez sin mirar siquiera al bulldog de la derecha, hacia el pasillo donde ya sabía que me atenderían. Me senté en la sala de espera que me correspondía, saqué el librillo que siempre llevo para hacer más llevaderas las esperas y, antes de abrirlo, una mujer con una sonrisa indefinida, llamó mi atención: “Perdone señora. ¿Tiene usted cita previa?”. Sin ninguna intención de moverme ni abandonar la tarea para la que me estaba disponiendo, le confirmé lo que me preguntaba. Con la misma sonrisa y sin mover un ápice el rostro, ella me respondió: Si, pero es que ahora, tiene que sacar ticket en la máquina para coger turno. ¡Otra máquina!, ¡otra cita! ¿Os imagináis mi cara? Intenté balbucear unas palabras de sorpresa e incredulidad pero, puesto que no iba a conseguir sino enfadarme más… decidí levantarme y ponerme a la cola.

A todo esto, una docena de personas más experimentadas que yo en todo el proceso de acceso a la administración, se habían dispuesto en fila delante del aparato expendedor de turnos y,  me tuve que poner al final. Obviamente ellos no eran culpables de mi ignorancia procesual y no me iba a poner a reclamarles mi primer puesto cuando ellos mismos eran  sufridores del mismo proceso.

Por si la señora administración aún no se hubiera reído suficiente de mi y de todos los que estaban allí, a través de sus sumisos, serviles, educados y malhumorados empleados, quiso rizar el rizo un poquito más expendiendo un ticket en el que en primera línea se leía: “El ticket NO indica el orden de llamada”. Y entonces… ¿para qué tanto protocolo? Me dio la risa cínica y las ganas de gritarle a alguien: ¡Pero ESTO  ¿de qué va?!

A todo esto tengo que añadir para finalizar que, al funcionario que me atendió, le llevó realizar la gestión que generó todo este proceso dos minutos y medio. El tiempo de escribir mi DNI, la palabra “BAJA”, pulsar el botón de la impresora y lo que ésta tardó en imprimir la hoja. ¡Dos medias mañanas perdidas por una gestión de dos minutos y medio!


Está visto que “en este país” el tiempo del usuario no tiene ningún valor.

viernes, 5 de enero de 2018

¡¡¡Un libro!!!

¡A mí, que se me confundían las letras en la cabeza y se me amontonaban los fonemas en la garganta, que me resultaba más que imposible aquella tarea tan tediosa de leer con la que me martirizaban día y noche en casa y en la escuela, y que no llegué a comprender hasta bien cumplidos los ocho años…! ¿Cómo se les pudo ocurrir a los Reyes Magos  tan desafortunado regalo para aquellas navidades? ¿Dónde estaba la muñeca que llevaba pidiendo desde que tenía recuerdo? Miraba atónica aquel extraño regalo que hacía girar en mis manos intentando descubrirle alguna gracia con el único propósito de contener las lágrimas de decepción que apuntaban por salir. 

¡¡¡Un libro!!!  ¡En qué carta habrían leído que lo que quería era un libro…! ¡Si dibujé bien clarito y a todo color la muñeca que quería…! ¿Se estarían riendo de mí? Además, ¡ni siquiera tenía unas bonitas ilustraciones con las que alegrar la vista y despertar la imaginación! ¿Querían decirme algo los reyes magos? Seguro que alguien les había contado que era la única niña de la clase que AÚN NO SABÍA LEER… ¡Malditos chismosos!

Conseguí a duras penas contener las lágrimas no fuera a ser que, los reyes, que lo ven todo, percibieran mi enfado y pensaran que era una desagradecida. Sólo hubiera faltado que, además del tan desafortunado regalo, por no ser capaz de contener el llanto, tuviera que soportar una reprimenda y las mofas de los otros niños…

Mi decepción, al ver los regalos de mis hermanos y amigos, fue en aumento y, no mermó un ápice los días siguientes a la noche de reyes aunque tuve buen cuidado de no manifestarlo. Paseaba y enseñaba con aparente orgullo aquel regalo que sólo parecía gustar a los adultos: “¡Mira qué bueno, un libro!, ¡Eso sí que es práctico y no tanto juguete!”...  ¡Pues quédatelo tú! Pensaba para mis adentros. ¿Cómo se juega con un libro? Mientras todos parecían disfrutar de sus juguetes yo no terminaba de encontrar el sentido práctico de aquel “telar” y de repetirme sin descanso: “¡Cómo pueden haber sido tan torpes los reyes…pero, SI NI SIQUIERA SÉ LEER!”. Confieso que lloré aquella noche y unas cuantas más.

Por supuesto la muñeca nunca llegó y los regalos que siguieron años después al libro, tampoco fueron como para hacerme bailar de agradecimiento y emoción pero, ninguno volvió a herirme tanto como aquel  estupendo libro de “Las fábulas de Esopo, Iriarte y Samaniego” (lo de estupendo lo digo ahora no vayáis a pensar…) Supongo que sus majestades se adaptaban al presupuesto que había… todo muy discutible.

Lo cierto fue que allí estaba aquel libro. ¡Mi primer libro!...el que tuvo que esperar meses hasta que comencé a poder silabear algunas palabras, más de un año para poder leer con soltura y toda una vida y más, para ir entendiendo los mensajes ocultos de las fábulas. Sí, llegué a aprenderme muchas de ellas de corridillo y era capaz de recitarlas hasta con soniquete pero, el misterio oculto quedó para la posteridad. Muchas de sus enseñanzas sobrevivieron en mi memoria al libro físico.

Y hoy interpreto  así una de aquellas fábulas de Iriarte: Nací pato y enseguida fui consciente de mi naturaleza. Sabía que podía nadar, que podía volar… y caminar. Ya de muy niña me movía con soltura y elegancia por el lago y, mi gracejo, no pudo por menos de llamar la atención de la escurridiza serpiente siempre escondida tras algún rostro cercano. La envidia la llevaba continuamente a menospreciar todos mis dones dejándome bien clarito desde la más tierna infancia lo poquita  cosa que era, lo nada que valía con respecto a los demás y a lo “cerquita” que iba a llegar.

Pero esa… mala víbora, no tuvo suficiente con dañar a un polluelo, si no que se fue apareciendo de muy diferentes maneras como compañera de clase, como profesor, como jefe…, siseándome continuamente  al oído y royéndome el cerebro como si de una rata se tratase a lo largo de mis muchas etapas: ¡Te creesss muy lisssstas! ¡Quien te creesss que eresss...!, picasss muy alto…, ¿de dónde creesss que has sssalido…?, ¿quién te va a apoyar…?, ¿quién te va a creer?, ¡como que ssssse van a fijar en ti…¡ … y yo, como niña primero, como adolescente después y más tarde como adulta fui permitiendo que sus palabras viperinas hicieran mella en mi naturaleza y quedé convertida en un pato de corral sin más perspectiva que la cotidiana lucha diaria por unos granos de maíz.

No señor Iriarte, los comentarios de la serpiente no son los correctos. El pato tenía razón: hay que ser agradecidos con “los dones que el cielo nos da” y, “lo importante y raro” es saber reconocer y aceptar cada uno nuestra naturaleza y sacarle el máximo partido.

…y cincuenta años… no es demasiado tarde para darse cuenta.

                        (Fábula de “El pato y la serpiente” Iriarte)

 Más vale saber una cosa bien que muchas mal. 
A orillas de un estanque, 
diciendo estaba un pato: 
«¿A qué animal dio el cielo 
los dones que me ha dado?
Soy de agua, tierra y aire:
cuando de andar me canso, 
si se me antoja, vuelo; 
si se me antoja, nado».
Una serpiente astuta, 
que le estaba escuchando,
le llamó con un silbo 
y le dijo «¡Seó guapo!
no hay que echar tantas plantas; 
pues ni anda como el gamo, 
ni vuela como el sacre,
ni nada como el barbo;
y así, tenga sabido 
que lo importante y raro 
no es entender de todo,
sino ser diestro en algo».

martes, 19 de diciembre de 2017

Cuento de navidad: ¡No han venido!

Caían los primeros copos de nieve. El día anterior había anochecido oscuro pronosticando que, en cualquier momento,  comenzaría  a nevar. Se despertó sobresaltado como intuyendo que aquello por lo que había estado rezando la noche anterior no hubiera ocurrido. Miró por encima de las mantas y vio que su padre y su madre aún dormían en la cama de al lado. Debía de ser muy temprano. Apenas empezaba a clarear. Volvió tranquilo a meterse entre las cálidas mantas y retomó los rezos con los que se había quedado dormido por la noche. De repente se sobresaltó con el ruido del cacharreo en la estancia de al lado. Ya era mañana avanzada y su madre se afanaba en la cocina. El calor del fuego aún no había caldeado suficientemente la estancia y, sin salir de la cama, en una mezcla de nerviosismo y temor, más que preguntar, lanzó un grito: ¡¡¡Mamá ¿ha nevado?!!! Como si de una premonición se tratara, al mismo tiempo que su madre respondía y retiraba el ropón que hacía de puerta a la habitación, saltó de la cama en calzoncillos y descalzo y, sin dar tiempo a más, corrió hacia la puerta para ver el acontecimiento.

Allí se quedó contemplando el exterior, lo que sus “enclencles” piernas y el punzante frio le permitieron estar, habiendo desoído  las palabras de su madre para que se vistiera antes de salir. Cuando su escuálido cuerpo comenzó a tiritar se apresuró a la habitación en busca de los pantalones. Mientras, no dejaba de gritar y darle ordenes suplicantes a su madre: “¡mamá, prepárame el desayuno!, ¡búscame los guantes de la nieve! ¡Porfa! ¡… y las botas!, ¡… y la pala de papá!” Su madre hacía, callaba y sonreía interiormente. Creía adivinar sus pensamientos y entender el trajín que le movía por dentro: salir a jugar con la nieve y construir un muñeco  para que lo viera su padre cuando regresara de alimentar a los animales.

Pues ¡no!

Terminado de vestirse y desayunar, dedicó el resto de la mañana y parte de la tarde a quitar y retirar nieve de la entrada abriendo camino en dirección al pueblo. La cuadra quedaba hacia la izquierda y de momento, ése que él limpiaba, no era el camino que a ellos les interesaba. De cuando en cuando regresaba a la casa soplando y sacudiendo las manos para desprenderse del frio. Se sentaba en el pequeño taburete junto al fuego y allí permanecía unos minutos hasta que el frio y el dolor de las uñas desaparecían. Recuperada la temperatura corporal volvía pertinaz a reiniciar el trabajo. El oscurecer acabó con aquella frenética actividad. El tiempo que transcurrió hasta la hora de irse a la cama fue un ir y venir de la ventana al fuego y del fuego a la ventana con una notable inquietud.

Su madre observaba y le dejaba hacer. Allá arriba, sin televisor, sin vecinos… no había mucho más en qué entretenerse.

Durmió inquieto toda la noche. Sus padres le escucharon parlotear en varias ocasiones durante el sueño y tantas otras tuvieron que levantarse a arroparle porque sus continuos  movimientos arrojaban las mantas al suelo. El fuego de la cocina llevaba horas apagado y el calor de las dos pequeñas estancias, que componían toda la casa,  había ido remitiendo, indefenso, frente al frío y la nieve que se acumulaba en el exterior.

Se notaba ya el halo gélido previo al amanecer, cuando sus padres se levantaron sigilosos, salieron de la habitación y cada uno se dedicó a sus quehaceres rutinarios: él se fue  hasta la cuadra a ordeñar “la vaca pinta” y traer un poco de leche para el desayuno;  ella, encendió el fuego de la chimenea,  colocó en la trébede el puchero del café, para que se fuera haciendo, y dejó sobre la mesa un trapo viejo, largo y de color rojo.

De regreso el padre con la leche, no mediaron apenas palabras. Lo poco que tenían que hablar ya estaba hablado los días anteriores. Desayunaron en silencio. A la vez que posaba el tazón vacio sobre la mesa, cogió el trapo que su mujer le había dejado. - “Hazlo pronto para que no se te olvide” le recordó María. Ya en la puerta con el chambergo y las botas puestas y el gorro arrebujado  en la mano…  casi ordenó más que decir: - ¡mándamelo en cuanto haya desayunado!

Y despertó. Aún era temprano pero se levantó sin dar tiempo siquiera a que la lumbre terminara de caldear la cocina. Y se repitió la escena del día anterior: descalzo y en calzoncillos… un vistazo rápido a la cocina… y derecho a abrir la puerta. ¡¡Nieve!!, ¡¡todo lleno de nieve!! El trabajo del día anterior... ¡para nada! Y sus rezos… ¡para nada tampoco! ¿Fueron lágrimas o era escarcha lo que había en sus mejillas cuando cerró la puerta y volvió a la cocina? Lo que sea que fuera se lo quitó de un par de manotadas para que su madre no lo viera y, decepcionado, corrió a la habitación a ponerse la ropa.

-          - No han venido, Mamá.
-         -  ¿A quienes esperabas?
-         - ¡A los reyes magos! En la escuela me dijeron que vendrían pero, ha nevado tanto que, seguro que no han podido llegar.
-          - Estamos muy lejos del pueblo y hasta aquí no llegan las máquinas quitanieves.

Ahora entendía sus afanes. El carácter duro y contenido de la montaña apenas dejó escapar  de aquellas dulces manos una caricia que se posó sonriente en su cabeza. Él, pese a su corta edad, ya estaba entrenado en captar y entender estas contenciones afectivas y supo interpretar el cariño. Mantuvo a raya lágrimas y decepción y se sentó, tranquilamente, a tomar el desayuno que ya tenía puesto en la mesa.

-         -  Tu padre ha dicho que cuando termines de desayunar vayas a ayudarle en la cuadra.

No respondió. Asintió con la cabeza y se llevo la escudilla a la boca. El olor, el sabor y el calor de la leche recién ordeñada le reconfortó. Sabían a hogar. Terminado el desayuno y sin decir más, se abrigó para ir a la cuadra. Su madre se quedó unos minutos mirándole marchar con una sonrisa contenida en los labios. Manuel descubrió las grandes huellas de su padre en la nieve abriéndole camino y, como si de un juego se tratase, fue saltando de una a otra hasta llegar a la portalada. Aquel,  le observaba en la distancia silencioso. A su modo, sonreía, y esperó paciente a que llegara.

-          - ¿Desayunaste bien?

Manuel no respondió. Asintió con la cabeza como solía hacer y se le quedó mirando con la admiración que siempre le producía  su gran tamaño y su fuerza. De mayor quería ser como él.

-       - Como ha nevado tanto y no pueden salir, tenemos que echarle de comer a las gallinas. Vete al cobertizo, coge el cesto grande y tráemelo.

Salió corriendo como una flecha, contento de poder ayudar a su padre. Le veía tan poco y era tan feliz con él que, ya había olvidado la decepción del despertar. Su madre no dejaba que le acompañase cuando iba al monte a por leña o a buscar el ganado. Decía que era demasiado pequeño aún. Cuando regresaba por las noches estaba muy cansado y él, la mayor parte de veces, ya estaba dormido. Si su padre le pedía ayuda… ¡a lo mejor es que ya no era tan pequeño!

Entró en el cobertizo dando un portazo de la emoción y por poco se cae al suelo al tropezarse precisamente con el cesto que su padre le había pedido. Alguien lo había dejado allí como a propósito. Para que lo encontrara rápido. Boca abajo… como haciéndose el despistado. Sin dudarlo lo cogió por un lateral dispuesto a salir pitando, como había llegado, pero… “¡¡¡Yaaaa!!! ¡Si que han venido!” ¡papá! ¡papá! ¡ papá!...No paraba de llamar a su padre gritando mientras se agachaba para recoger aquel pequeño cachorrito todo enredado en un enorme trapo rojo que quiso ser lazo.

Salió del cobertizo, volviendo a dejar allí tirado el viejo cesto del pienso, con los ojos inundados  de lágrimas por la emoción y el cachorrito acurrucado en su regazo.

Desde el cobertizo, su padre, y allá tras los cristales de la cocina, su madre, volvían a hacer  un ejercicio de emoción contenida frente a la felicidad del retoño.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Una pildorita

A veces ocurre que, ciertas  cosas, sonidos… sólo son tolerables dentro  de un contexto; es más son tan habituales que dejan de ser lo que son y pasan a formar parte del ambiente como lo es el propio aire: no lo vemos, pero es obvio que está, puesto que seguimos respirando. Me refiero a los sonidos de fondo que pueblan nuestros recuerdos, esas bandas sonoras propias de cada hogar, que instintivamente reconocemos y  que, desde ese instinto casi inconsciente y primario, sosiegan nuestro ánimo o nos avisan de lo que va a acontecer… 

En mi casa pasamos del runrun de la radio con su “aquí radio Andorra” que anunciaba la hora de levantarse, o la lacrimógena novela radiofónica de “Simplemente María” que escuchaba mi madre y preconizaban la hora de merienda… a ese soniquete continuo e ininterrumpido de multitud de canales con los que nos apabulla hoy la televisión. 

A ella, a mi madre, le costó hacerse a este invento de la tele. Pero con los años, el uso, la pérdida del miedo a lo novedoso del asunto y el continuo incremento del número de canales y programaciones, fueron haciendo de este electrodoméstico el eje vertebrador de la familia: Se le destinó un lugar privilegiado en la cocina primero y después también en el salón. Un lugar desde el que poder ser visto pero al resguardo de cualquier peligro. 

A las horas claves, la melodía propia de cada programa televisivo,  nos convocaba en torno a él para ver nuestras series y documentales favoritos. Íbamos saliendo de nuestros cubículos mientras la sucesión de notas nos iba aposentando en nuestros sitios respectivos. Curiosamente, en aquellos primeros años todos coincidíamos en gusto (o quizás porque no había más). Nadie se perdía “el tíu y la tierra” (El hombre y la tierra) como decía mi madre o el “Un, dos, tres” por poner algunos ejemplos.

Lo cierto es que pasando, pasando los años, muchos años… el televisor y su soniquete se convirtió para mis padres, y ya para todos, en algo imprescindible, una mascota o algo parecido. Nada más levantarse, como si de un animalillo se tratase, un gato o un perro a los que hay que alimentar, y por pura rutina,  le daban a la corriente y el aparato comenzaba a emitir un sinfín, sonoro y absurdo, mientras ellos se dedicaban a sus tareas. Y el hombre de la tele estaba “charla que te charla”, todo el día, para no tener apenas ningún espectador. Generando ambiente… y quizás, dejando en el aire algún comprimido indeseado.

Para mi madre dejó de ser un electrodoméstico más y pasó a ser “un miembro de la familia” ¡por favor!...”Un sustituto de” : “¡la tele ni se toca!, que te crees, me hace compañía…” me dijo, cuando cansada de tanto ruido, le pedí que la apagase. Con los años, también, el volumen del aparato había ido subiendo en la medida inversa en que sus oídos iban decayendo. Ni qué decir tiene que, mi madre especialmente, se sentía muy orgullosa de, entre otros, tener por amigo a Joaquín Prat “a quien veía casi a diario”…

Bueno, a lo que iba: el runrun de fondo de la tele encendida, que nadie estaba viendo ni escuchando…, era una de esas “bandas sonoras” de mi familia: no la oyes  pero sabes que está. Y, de alguna manera, iba marcando  el ritmo de la cotidianidad: “¡Ahí va pero si es Arguiñano y aún no he puesto la mesa!”; y el paso de los años: “…en cuanto acabe el discurso del rey…cenamos”…

Recientemente he vuelto con mis hijos a pasar unos días a la casa de mi infancia. En nuestra casa, no es habitual tener encendido el televisor pero, no sé porqué, el primer día que amanecí allí, nada más levantarme, en un acto reflejo e inconsciente, encendí el aparato y comencé a trastear por la cocina ajena a todo el ruido que salía de la caja tonta. Tranquila, sosegada… como si fuera mi madre y la historia se repitiese.

Y en ese trastear sin escuchar, con la mente ahora atenta en el cuchillo y la patata que estaba pelando, una neurona, suelta y despistada, vino a captar, en el sonido de fondo,  una frasecita de un anuncio que casi consiguió que me llevara por delante la punta del dedo gordo: “QUERER más es lo que nos hace humanos”… ¡No, no, no! No se vayan a pensar ustedes que este “querer” era el que hace referencia al amor entre personas que, efectivamente, nos haría más humanos ¡qué más quisiéramos! No era ahí donde los hábiles publicistas querían poner el énfasis del eslogan si no en el ¡MÁS! ¡MÁS! ¡MÁS!...Y  no cabe la menor duda que eso es lo que subyace en nuestra actual cultura: el ansia de tener…

Estamos asistiendo a la crianza de unas generaciones insaciables y acríticas pervertidas primero por una inocente mascota que se coló hace tiempo en nuestras cocinas iniciando, con su ingenuo runrun, el lento pero eficaz lavado de cerebro de varias generaciones… la mía incluida y la primera… hasta los más novedosos cachivaches electrónicos.

¡Qué triste!...el ser humano reducido, sin darnos cuenta,  al tener…

Después de que aquella frasecita, se colara en mi cerebro, me dio miedo sestear durante el telediario, como vengo haciéndolo normalmente,  por temor a que una pildorita “de esas”, envuelta en hábiles notas musicales, se le colara a la neurona vigía y al despertar… lo hiciera deseando compulsivamente… ¡vete tú a saber qué!

sábado, 25 de noviembre de 2017

Gran evento

¡No me lo podía creer!  Aquello, podríamos decir, era para nosotros el acontecimiento por excelencia de la década. ¡Qué década! Una década y un lustro por lo menos. Me sentía nerviosa y emocionada. Pasé la tarde arreglándome y componiéndome como si fuera una adolescente preparándose para su primera cita. Miraba a cada poco el reloj comprobando el tiempo que me restaba para terminar de componerme y acudir al tan deseado evento y, me daba la impresión que, por primera vez en muchos años, Cronos se había olvidado de nosotros: no se oía su latido y las agujas andaban lentas y perezosas.

Hacía tanto tiempo que no hacíamos una salida solos, sin llevar colgados a ambos lados a nuestros hijos, unas veces bailoteando y otras protestando, que casi había olvidado todo el ritual que conlleva  arreglarse a uno mismo. No estar pensando  en botellines de agua, toallitas húmedas o pañuelos para los mocos…  sacar, tranquilamente, aquellos vestiditos  tan monos y elegantes  olvidados en el fondo del armario,  esperando tiempos mejores cuando, un chicle o una piruleta, no fuesen una continua amenaza para la fina seda, me parecía toda una hazaña. ¡Prepararse para un evento…! y  además… ¡para adultos…! nada de gatos parlantes, objetos animados y voces chillonas.

Parecíamos dos pincelillos recién sacados de su envase. Era una única sesión de tarde/noche… a la que van los mayores y “la buena gente”, para luego completar la velada con una cena que, ese día, prometía romántica. Ya… según nos íbamos aproximando al teatro, viendo el fluir de gente que caminaba presurosa en la misma dirección que nosotros, comencé a pensar que… desentonábamos un pelín. Una vez que llegamos a las puertas comprobé que, no era sólo nuestro atuendo el que andaba desfasado… allí abundaban tantas palomitas, gusanitos, gominolas y coca-colas… como en una sesión de cine infantil en hora punta. No me dejé llevar por la desolación y apelé a la tranquilidad confiando en el  buen criterio de la madurez.

Buscamos nuestras butacas y nos sentamos a esperar pacientemente que pasaran esos minutos que restaban hasta el inicio de la obra. En el teatro se observaba el ambiente de emoción  y nerviosismo propio de un estreno… o al menos a mí eso me quiso parecer: “ires y venires”, colocación de ropas de abrigo, personas que no encuentra su sillón, otras que se han equivocado… nada muy diferente que no recordara de otros tiempo… salvo el avituallamiento.

…. Hasta que se abrió el telón!...

Apenas llevábamos unos minutos de obra, esos que son necesarios para terminar de acomodarte buscando tu ángulo cómodo de visión, con un ligero murmullo… cuando empezaron a oírse por delante, por detrás, a los lados… ruiditos de bolsas… Y a mi nariz comenzó a llegarle, además del aroma de las palomitas, el inconfundible olor del ketchup y el queso parmesano… Miro atónita a todos los lados  , sin ver nada obviamente porque las luces estaban apagadas, molesta de percibir todas esas sensaciones que me impedían centrarme en los diálogos de la obra y buscando, supongo, de alguna manera, la mirada cómplice de algún otro espectador que se encontrase en mi misma situación… La única respuesta que recibo, como si de un escupitajo en el ojo se tratase es un “clok…chiiiiiisf” de una lata de coca-cola, cerveza o vaya usted a saber qué…

No pude dejar de sentirme inquieta e irritada pero, no tanto por las horas que había pasado componiéndome para estar presentable y un poco elegante, como por esa sensación de seguir estando en un cine lleno de niños y adolescentes ruidosos e irreverentes que confunden un espacio público con el salón de su casa y a quienes sólo les falta colocar los pies sobre el sillón de enfrente y tirarse un eructo o un par de pedos…

Procuro serenarme para que, “estas pequeñeces” de modernidad, no den al traste con la noche soñada haciendo un ejercicio de obstrucción del sentido del olfato y semi-oclusión del oído periférico. Sobrevivo, no sin cierto disgusto,  hasta el final de la obra. Vienen los aplausos, saludos, reverencias de los actores y el revuelo general por abandonar la sala.

Decidimos permanecer sentados unos minutos más para librarnos de empujones y pisotones y evitar un embotellamiento en las salidas para… ¡para ver en su plenitud cómo había quedado la sala…!. Mi ojo inquisitivo de ama de casa, entrenado a percibir pequeños desordenes y suciedades, se salió de sus órbitas al contemplar tanta marranería: por encima, por debajo… latas de bebidas, bolsas de chuches, cartones de palomitas, vasos de plástico… olvidados a propósito o sin recoger porque “…como nadie lo hace…”. En las puertas unas grandes papeleras, que casi nadie utilizaba, morían de inanición.

¿Quién ha pasado por el teatro? ¿El hombre super-culto y mega-informado del siglo XXI con su modernísima tecnología o una piara de gorrinos?


La próxima vez, casi mejor,  en la televisión, con el pijama y las zapatillas… y en el salón de mi casa.