viernes, 8 de diciembre de 2017

Una pildorita

A veces ocurre que, ciertas  cosas, sonidos… sólo son tolerables dentro  de un contexto; es más son tan habituales que dejan de ser lo que son y pasan a formar parte del ambiente como lo es el propio aire: no lo vemos, pero es obvio que está, puesto que seguimos respirando. Me refiero a los sonidos de fondo que pueblan nuestros recuerdos, esas bandas sonoras propias de cada hogar, que instintivamente reconocemos y  que, desde ese instinto casi inconsciente y primario, sosiegan nuestro ánimo o nos avisan de lo que va a acontecer… 

En mi casa pasamos del runrun de la radio con su “aquí radio Andorra” que anunciaba la hora de levantarse, o la lacrimógena novela radiofónica de “Simplemente María” que escuchaba mi madre y preconizaban la hora de merienda… a ese soniquete continuo e ininterrumpido de multitud de canales con los que nos apabulla hoy la televisión. 

A ella, a mi madre, le costó hacerse a este invento de la tele. Pero con los años, el uso, la pérdida del miedo a lo novedoso del asunto y el continuo incremento del número de canales y programaciones, fueron haciendo de este electrodoméstico el eje vertebrador de la familia: Se le destinó un lugar privilegiado en la cocina primero y después también en el salón. Un lugar desde el que poder ser visto pero al resguardo de cualquier peligro. 

A las horas claves, la melodía propia de cada programa televisivo,  nos convocaba en torno a él para ver nuestras series y documentales favoritos. Íbamos saliendo de nuestros cubículos mientras la sucesión de notas nos iba aposentando en nuestros sitios respectivos. Curiosamente, en aquellos primeros años todos coincidíamos en gusto (o quizás porque no había más). Nadie se perdía “el tíu y la tierra” (El hombre y la tierra) como decía mi madre o el “Un, dos, tres” por poner algunos ejemplos.

Lo cierto es que pasando, pasando los años, muchos años… el televisor y su soniquete se convirtió para mis padres, y ya para todos, en algo imprescindible, una mascota o algo parecido. Nada más levantarse, como si de un animalillo se tratase, un gato o un perro a los que hay que alimentar, y por pura rutina,  le daban a la corriente y el aparato comenzaba a emitir un sinfín, sonoro y absurdo, mientras ellos se dedicaban a sus tareas. Y el hombre de la tele estaba “charla que te charla”, todo el día, para no tener apenas ningún espectador. Generando ambiente… y quizás, dejando en el aire algún comprimido indeseado.

Para mi madre dejó de ser un electrodoméstico más y pasó a ser “un miembro de la familia” ¡por favor!...”Un sustituto de” : “¡la tele ni se toca!, que te crees, me hace compañía…” me dijo, cuando cansada de tanto ruido, le pedí que la apagase. Con los años, también, el volumen del aparato había ido subiendo en la medida inversa en que sus oídos iban decayendo. Ni qué decir tiene que, mi madre especialmente, se sentía muy orgullosa de, entre otros, tener por amigo a Joaquín Prat “a quien veía casi a diario”…

Bueno, a lo que iba: el runrun de fondo de la tele encendida, que nadie estaba viendo ni escuchando…, era una de esas “bandas sonoras” de mi familia: no la oyes  pero sabes que está. Y, de alguna manera, iba marcando  el ritmo de la cotidianidad: “¡Ahí va pero si es Arguiñano y aún no he puesto la mesa!”; y el paso de los años: “…en cuanto acabe el discurso del rey…cenamos”…

Recientemente he vuelto con mis hijos a pasar unos días a la casa de mi infancia. En nuestra casa, no es habitual tener encendido el televisor pero, no sé porqué, el primer día que amanecí allí, nada más levantarme, en un acto reflejo e inconsciente, encendí el aparato y comencé a trastear por la cocina ajena a todo el ruido que salía de la caja tonta. Tranquila, sosegada… como si fuera mi madre y la historia se repitiese.

Y en ese trastear sin escuchar, con la mente ahora atenta en el cuchillo y la patata que estaba pelando, una neurona, suelta y despistada, vino a captar, en el sonido de fondo,  una frasecita de un anuncio que casi consiguió que me llevara por delante la punta del dedo gordo: “QUERER más es lo que nos hace humanos”… ¡No, no, no! No se vayan a pensar ustedes que este “querer” era el que hace referencia al amor entre personas que, efectivamente, nos haría más humanos ¡qué más quisiéramos! No era ahí donde los hábiles publicistas querían poner el énfasis del eslogan si no en el ¡MÁS! ¡MÁS! ¡MÁS!...Y  no cabe la menor duda que eso es lo que subyace en nuestra actual cultura: el ansia de tener…

Estamos asistiendo a la crianza de unas generaciones insaciables y acríticas pervertidas primero por una inocente mascota que se coló hace tiempo en nuestras cocinas iniciando, con su ingenuo runrun, el lento pero eficaz lavado de cerebro de varias generaciones… la mía incluida y la primera… hasta los más novedosos cachivaches electrónicos.

¡Qué triste!...el ser humano reducido, sin darnos cuenta,  al tener…

Después de que aquella frasecita, se colara en mi cerebro, me dio miedo sestear durante el telediario, como vengo haciéndolo normalmente,  por temor a que una pildorita “de esas”, envuelta en hábiles notas musicales, se le colara a la neurona vigía y al despertar… lo hiciera deseando compulsivamente… ¡vete tú a saber qué!

sábado, 25 de noviembre de 2017

Gran evento

¡No me lo podía creer!  Aquello, podríamos decir, era para nosotros el acontecimiento por excelencia de la década. ¡Qué década! Una década y un lustro por lo menos. Me sentía nerviosa y emocionada. Pasé la tarde arreglándome y componiéndome como si fuera una adolescente preparándose para su primera cita. Miraba a cada poco el reloj comprobando el tiempo que me restaba para terminar de componerme y acudir al tan deseado evento y, me daba la impresión que, por primera vez en muchos años, Cronos se había olvidado de nosotros: no se oía su latido y las agujas andaban lentas y perezosas.

Hacía tanto tiempo que no hacíamos una salida solos, sin llevar colgados a ambos lados a nuestros hijos, unas veces bailoteando y otras protestando, que casi había olvidado todo el ritual que conlleva  arreglarse a uno mismo. No estar pensando  en botellines de agua, toallitas húmedas o pañuelos para los mocos…  sacar, tranquilamente, aquellos vestiditos  tan monos y elegantes  olvidados en el fondo del armario,  esperando tiempos mejores cuando, un chicle o una piruleta, no fuesen una continua amenaza para la fina seda, me parecía toda una hazaña. ¡Prepararse para un evento…! y  además… ¡para adultos…! nada de gatos parlantes, objetos animados y voces chillonas.

Parecíamos dos pincelillos recién sacados de su envase. Era una única sesión de tarde/noche… a la que van los mayores y “la buena gente”, para luego completar la velada con una cena que, ese día, prometía romántica. Ya… según nos íbamos aproximando al teatro, viendo el fluir de gente que caminaba presurosa en la misma dirección que nosotros, comencé a pensar que… desentonábamos un pelín. Una vez que llegamos a las puertas comprobé que, no era sólo nuestro atuendo el que andaba desfasado… allí abundaban tantas palomitas, gusanitos, gominolas y coca-colas… como en una sesión de cine infantil en hora punta. No me dejé llevar por la desolación y apelé a la tranquilidad confiando en el  buen criterio de la madurez.

Buscamos nuestras butacas y nos sentamos a esperar pacientemente que pasaran esos minutos que restaban hasta el inicio de la obra. En el teatro se observaba el ambiente de emoción  y nerviosismo propio de un estreno… o al menos a mí eso me quiso parecer: “ires y venires”, colocación de ropas de abrigo, personas que no encuentra su sillón, otras que se han equivocado… nada muy diferente que no recordara de otros tiempo… salvo el avituallamiento.

…. Hasta que se abrió el telón!...

Apenas llevábamos unos minutos de obra, esos que son necesarios para terminar de acomodarte buscando tu ángulo cómodo de visión, con un ligero murmullo… cuando empezaron a oírse por delante, por detrás, a los lados… ruiditos de bolsas… Y a mi nariz comenzó a llegarle, además del aroma de las palomitas, el inconfundible olor del ketchup y el queso parmesano… Miro atónita a todos los lados  , sin ver nada obviamente porque las luces estaban apagadas, molesta de percibir todas esas sensaciones que me impedían centrarme en los diálogos de la obra y buscando, supongo, de alguna manera, la mirada cómplice de algún otro espectador que se encontrase en mi misma situación… La única respuesta que recibo, como si de un escupitajo en el ojo se tratase es un “clok…chiiiiiisf” de una lata de coca-cola, cerveza o vaya usted a saber qué…

No pude dejar de sentirme inquieta e irritada pero, no tanto por las horas que había pasado componiéndome para estar presentable y un poco elegante, como por esa sensación de seguir estando en un cine lleno de niños y adolescentes ruidosos e irreverentes que confunden un espacio público con el salón de su casa y a quienes sólo les falta colocar los pies sobre el sillón de enfrente y tirarse un eructo o un par de pedos…

Procuro serenarme para que, “estas pequeñeces” de modernidad, no den al traste con la noche soñada haciendo un ejercicio de obstrucción del sentido del olfato y semi-oclusión del oído periférico. Sobrevivo, no sin cierto disgusto,  hasta el final de la obra. Vienen los aplausos, saludos, reverencias de los actores y el revuelo general por abandonar la sala.

Decidimos permanecer sentados unos minutos más para librarnos de empujones y pisotones y evitar un embotellamiento en las salidas para… ¡para ver en su plenitud cómo había quedado la sala…!. Mi ojo inquisitivo de ama de casa, entrenado a percibir pequeños desordenes y suciedades, se salió de sus órbitas al contemplar tanta marranería: por encima, por debajo… latas de bebidas, bolsas de chuches, cartones de palomitas, vasos de plástico… olvidados a propósito o sin recoger porque “…como nadie lo hace…”. En las puertas unas grandes papeleras, que casi nadie utilizaba, morían de inanición.

¿Quién ha pasado por el teatro? ¿El hombre super-culto y mega-informado del siglo XXI con su modernísima tecnología o una piara de gorrinos?


La próxima vez, casi mejor,  en la televisión, con el pijama y las zapatillas… y en el salón de mi casa.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Adverseando

A veces ocurre que ves a una persona fuera de su entorno de trabajo habitual, se ha cambiado el atuendo, como es lógico;  ha dejado los objetos y herramientas que le relacionan con su profesión, ya que nadie se los lleva colgados de la solapa todo el día, claro está, ni se ponen un cartel donde diga “soy la persona que te pone gasolina”; te la encuentras paseando por los jardines principales de tu ciudad y,… te cuesta reconocerla.

El rostro te suena familiar y la buena educación te dice que seas cortés y saludes como si la conocieras y realmente te acordaras de ella cuando, en ese momento, no tienes ni la más remota idea de quién es. La mente, como un viejo ordenador renqueante, se vuelve loca buscando en el disco duro la imagen primigenia y contextualizada  que relacione el “aquí y el allí” tratando de poner nombre al rostro… mientras te vas diciendo: ¿De qué le conozco? ¿De qué, de qué? ¿Dónde la he visto? Pudiendo pasarse, en esta tarea de relectura de recuerdos e imágenes, un rato largo, incluso días hasta logar visualizar y superponer las dos imágenes. ¡Eureka¡ ¡Pero si es …!

Sin embargo, no me ha pasado nunca con este hombre.

No sé cómo se llama. Le llevo viendo más de veinte años casi a diario. Siempre está solo y nunca le he visto hablar con nadie. Alguna vez le he dicho  “buenos días”, en un intento de decirle simplemente: te veo, valoro tu trabajo, lo respeto y te lo agradezco. Pero, estaba tan concentrado en su tarea, que creo que no me oyó porque, ninguna de las veces, obtuve respuesta.

No sé dónde vive. Estoy segura de que en algún lugar tiene una casa a donde va cuando acaba su jornada laboral pero… ¿dónde está? ¿Tiene mujer? ¿Tiene hijos? Sólo sé que trabaja en mi barrio y que, antes del amanecer, ya está en su puesto en trabajo. No me le he encontrado nunca en ningún otro lugar que  no sea aquí o, si le he visto, sin el uniforme y sin los accesorios y herramientas laborales, no le he reconocido.
Y para mí es todo un misterio. He visto, a lo largo de los años, cómo su pelo iba pasando suavemente del negro al perlado blanco, cómo su espalda con el tiempo y el trabajo se corvaba ligeramente… es  ¡¡¡El barrendero de mi barrio!!!…

Dos cosas me han llevado a dedicarle hoy unas líneas. La primera es que su trabajo puede ser tan alienante como el mío de ama de casa, y el de otras muchas profesiones. Si no le ponemos un poquito de salsa… y amor: nuestros trabajos  consisten en hacer para que otros deshagan. Un trabajo efímero y rutinario. Pero necesario. Al igual que el mito de Sísifo: conseguir subir con gran esfuerzo la roca a la cima de la montaña para verla rodar nuevamente hasta la falda y… tener que volver a subirla otra vez en un bucle sin fin.
Y la otra… ¡mmm el dichoso lenguaje!... ¿o la soberbia profesional?...

No sé si esta vez fue en la frutería o en la pescadería. Esperaba mi turno y, aunque parecía absorta con el móvil, observaba  la impaciencia de algunos clientes en su quietud tensa y las miradas furtivas al reloj. Todos estaban pendientes de la pantalla donde aparecía el número de turno ajenos  al entorno…  pero, allí estaba yo, a la caza de un nuevo relato…

Y le tocó el turno a aquel joven tan apuesto y guapo que había mantenido todo el tiempo una postura elegante y estirada siendo imposible no reparar en él. El momento de exclusividad, que le aportó la atención del dueño de la tienda, le soltó la espita del desahogo, como si el mostrador fuera un confesionario y el tendero un cura dispuesto a escuchar todas sus penalidades: “… y llevo un año en el paro. Estoy desesperado. Lo único que quiero es un trabajo… AUNQUE sea de barrendero”. ¡…AUNQUE…!
Entiendo la desesperación, el sufrimiento por la falta de trabajo pero el “¡AUNQUE!”… La palabra chirrió en mi interior como un resorte oxidado. Levanté la cabeza con indignación y desaprobación y me encontré con otras miradas tan contenidas y enfadadas como la mía. ¡No insulte usted jovenzuelo!

AUNQUE es una palabra (conjunción adversativa) que nos avisa de que aquello que la sigue… no es bueno, no nos gusta, no nos agrada… Con esa palabra añadida “AUNQUE” usted está denigrando a todo un gremio que se esfuerza silenciosamente para que el resto de ciudadanos estemos cómodos y sanos. Y, si por un casual piensa que es un puesto al que puede acceder cualquiera, pruebe a opositar para llegar hasta él y, si llega el caso… ¿sería capaz de soportar el estrés de la rutina, de las miradas de quienes como usted piensan que son seres inferiores que no saben ni pueden hacer otra cosa….? .

¿Acaso se considera con más dignidad que el resto de los humanos?... ¿o piensa que hay profesiones de primera y de segunda? No nos equivoquemos, no es la profesión la que dignifica al ser humano si no todo lo contrario.

Un poco de respeto y un poco de cuidado con el lenguaje  porque, estoy segura que, en el ánimo de aquel joven, no hubo intención de ofender AUNQUE hay que reconocer que, el de barrendero, se ha convertido en los últimos tiempos en un empleo muy ambicionado.


(Al barrendero de mi barrio y a mi amigo Jesús)

sábado, 11 de noviembre de 2017

Resumen sin residuos

No sé qué habrán hecho el resto personas pero yo, me he leído una sola vez el texto de la Constitución, en mi época de estudiante por obligación, y me pareció un tostón. Habitualmente nunca leo las publicaciones de leyes, decretos y enmiendas que hace el gobierno y, cuando he leído alguna lo he hecho por pura necesidad. Siempre me han parecido un “tubazo” y he tenido que hacer auténticos esfuerzos por fijar la atención y entender lo que allí se decía con un lenguaje lento, espeso y pesado.

He preferido, sobre todo por pereza y desidia, esperar a que otros se lo leyeran (llamémoslos partidos de la oposición, sindicatos, asociaciones… etc) y escuchar o leer sus resúmenes y opiniones en los medios de comunicación. Por contraste y dierencias entre todos ellos, siempre más vivos y apetecibles que los textos originales, me he ido fraguando una idea aproximada de lo que se busca y se pretende con cada uno de ellos. Craso error lo sé. Lo que nos llega, tanto de unos como de otro,s ya viene muy contaminado, y las ideas que nos hacemos, me hago, en este caso,  pueden ser… totalmente erróneas.

Por si fuera poco, todos ellos disponen de asesores que les ayudan a enmascarar el asunto que se trate y darle la tintura que más les conviene. Por lo que de lo que oímos a lo que es… puede mediar un trecho bastante grande. Utilizan el lenguaje, lo tuercen y retuercen, ponen nobles nombres a grandes mentiras… y nosotros nos lo vamos creyendo a base de bonitos titulares.

Uno de esos hermosos nombres, que a mí me llegó como algo magnífico, fue “conciliación de vida laboral y familiar”. Había pasado por aquello de: levantarse temprano, vestir a los niños, adecentar la casa, llevarlos a la guardería, ir al trabajo, la compra… todo el día corriendo de aquí para allá en un sin vivir por cuatro perras y, lo que es peor, sin disfrutar ni ver crecer a mis hijos. Aquello sonaba muy requeté bien. Aunque yo para entonces ya no trabajaba, sonó en mis oídos como la mejor de las sinfonías. Me alegré infinito.

 Sentí que, con aquello, se comenzaba a valorar no sólo la incorporación de la mujer al mundo laboral y la adquisición del puesto que por derecho nos correspondía como personas, sino también, el reconocimiento de  lo que de trabajo supone la atención a la familia y el cuidado del  hogar que, prácticamente desde siempre, ha recaído sobre nosotras y sin ningún tipo de  reconocimiento ni económico ni social. Porque, claro, ¿cuándo había surgido la necesidad de elaborar una ley que conciliara ambos ámbitos? Cuando nosotras, las mujeres, decidimos mayoritariamente dejar de pasar el día entero “atendiendo los fogones” y salir del hogar a demostrar lo que nosotras ya sabíamos: Que tenemos muchas otras capacidades y cualidades.

Y entonces… surgió el problema.

Para dar respuesta a unas nuevas necesidades y acallar las voces que se comenzaban  a levantar se inventaron este nombre: “conciliación vida familiar y laboral”…pero, resulta que, si rascas, te vas a la fuente y lees la ley… es un engaño. El más beneficiado sigue siendo el empresario porque, lo único que se hace es merodear entorno a unos derechos fundamentales a los que han colocado unas plumas de pavo real, para que parezcan más humanos, y lo que hacen en el fondo es dotar de una serie de recursos para que los hijos están más tiempo recogidos fuera del ámbito familiar mientras sus padres/madres siguen trabajando sus eternas jornadas habituales.

Otra vez la casa y la familia se han vuelto a quedar en segundo plano obviando lo que de base sustentante para la sociedad tiene esta minúscula célula.

¡Cómo nos engañan! Sí, es responsabilidad nuestra mantenernos informados cierto. Pero, tener que mantenerte al día en toda la legislación que se publica… ¿Hay alguien, incluidos profesionales de cada sector, que pueda hacerlo? En casa, como ya hemos dicho, se necesita saber de muchas profesiones y, como no se puede llegar a todo, en democracia se delega…  y confiamos…


Mi tiempo libre como ama de casa apenas da para ver un telediario al día, escribir estas líneas semanales, ojear la prensa los fines de semana, leer algo de literatura durante el verano… y salir a caminar, si se puede, una hora tres días a la semana. ¿Estudiar leyes…? Por favor… hazme un resumen sin residuos.

sábado, 4 de noviembre de 2017

...A fuego lento

En mi pueblo hay un gran nogal pegando a la iglesia en un terreno… digamos que de nadie o quizás de todos. Cuando llega el otoño, el magnífico árbol comienza a despertar la codicia de los vecinos, la mía también, que con mayor o menor descaro nos acercamos a él con palos y varas de diferentes longitudes y lo golpeamos para arrancarle los deliciosos frutos. El destrozo de ramas y hojas que  producimos es bien visible, aunque lo hayamos hecho a escondidas… Pero, hay una vecina que no lo hace y, cuando ve los restos de la batalla, siempre comenta apesadumbrada: “¿por qué generar este destrozo si el árbol te da generosamente las nueces cuando llega el momento?”. Y es tan cierto como que el sol sale cada día. ¡Y además están limpias! Si las coges cuando él te las da… no te manchas de nogalina.

Pero, vivimos tan deprisa que, esperar el momento de maduración de los procesos naturales, nos resulta desquiciante…  hacemos lo imposible por adelantar acontecimientos en un afán de… ¿ser los primeros?, ¿distinguirnos del resto?, ¿ser los mejores?... ¡quién sabe para qué! Quemando etapas generamos destrozos que pueden llegar a ser irreparables. La naturaleza tiene sus ritmos, ni todos los frutales maduran en la misma época ni los frutos de un mismo árbol lo hacen en la misma fecha. Tratar de poner otros ritmos es  tan absurdo como absurdo es engañarnos a nosotros mismos en un afán desmedido  por ser igual a los demás… ¿iguales a quién?... todos somos diferentes… y hacer las cosas en los tiempos que se marcan… ¿Qué marca quién?

Las amas de casa, hace tiempo que sabemos que, los productos de la huerta más sabrosos son los de temporada, que han crecido y madurado lentamente al sol, lo mismo que las carnes y pescados… que han crecido en sus hábitats naturales o semi-naturales sin engordes artificiales. Y, si nuestro bolsillo lo permite, siempre nos inclinamos por estos alimentos. Es curioso que seamos tan exigentes con aquello que nos llevamos a la boca y luego permitamos que se aceleren los ritmos de crecimiento y maduración de nuestros hijos… en aras del progreso. Y lo vemos tan natural… es más, lo permitimos y lo fomentamos.

Sabemos por estudios y estadísticas cuándo debe un niño arrancar a andar, cuándo comenzar a hablar… Se marca por ley el momento en el que tiene que haber aprendido a hacer pis y caca, cuándo iniciarse en la lectura… Continuamente estamos comparando a nuestros hijos desde que nacen con unos percentiles de crecimiento y peso…, con unos determinados objetivos y contenidos en el plano educativo, también generales y mayoritarios… y forzamos para que se cumplan las expectativas en las que encaja la mayoría y, si puede ser,… superarlas. Hay que ajustarse y medir desde lo establecido.

Hemos alejado mucho a nuestros hijos de sus procesos naturales de crecimiento y maduración. Se nos ha olvidado que estos “arbolitos” ni nacen todos en la misma estación, ni están sembrados en la misma tierra, ni les da el sol de la misma manera… son árboles de floración indeterminada. Lo mismo brotan en primavera que en otoño y sus frutos bien pueden ser recogidos a pleno sol o bajo las peores inclemencias temporales.
¿No os parece que todo esto que estamos haciendo: estimulación temprana, clases y actividades extraescolares, superación de objetivos y contenidos… se parece mucho a lo de apalear el nogal para ser los primeros en coger los frutos aunque estén verdes y aún conserven la vaina de nogalina? No sé si somos conscientes de que las frutas cogidas a destiempo maduran con mayor dificultad, pierden sabor… y muchas se estropean.

Nuestros hijos reparten su tiempo diario entre las clases del colegio, las actividades extraescolares, los deberes… y las carreras para estar listos con la equipación y el material adecuado para cada  actividad  y… ¡llegar a tiempo a todas ellas! Los llevamos de un lado a otro en volandas y como niños… se dejan hacer y llevar. Igual que el nogal… no puede hacer otra cosa que dejarse hacer. Pero, el ritmo de cada uno es el que es… y podemos vapulear al niño, exponerle a toda clase de estímulos… que él madurará cuando esté listo para hacerlo.

El ansia de “llegar” nos hace perder de vista la singularidad de cada niño y persona y vivir como fracasos procesos naturales que, lo único que requieren es, sencillamente, un poquito de tiempo más de cocción. ¡Una persona se hace A  FUEGO LENTO!

sábado, 28 de octubre de 2017

Maquinaria pesada

Sabía lo que quería hacer pero,  no tenía claro qué era lo que iba a comprar en cuanto a tipo de materiales, ni conocía su nombre por lo que decidí acercarme a la tienda a primera hora de la mañana para evitar, con mis dudas e inseguridades, entorpecer las ventas de la tienda y generar un tapón de clientes nerviosos. Me había levantado de buen humor, aviado la casa y preparado la comida. Iba a dedicar el resto de la mañana a mi pasatiempo favorito para lo que necesitaba ese par de cosillas que me disponía a comprar.
Llegué a la tienda a la hora justa. Ni tarde ni temprano. A las diez en punto, cuando abre todo el mundo. Me tocó esperar pero no me importó y dediqué esos minutos de espera a ensayar una sonrisa para regalar a la persona que me atendiera. Entró en la tienda como una saeta. Apenas me dio tiempo de verla hasta que la tuve delante. Casi que me asustó por lo repentino y… por la cara que traía. Me tragué la ensayada sonrisa y en un intento de disimular mi contrariedad logré balbucir un tembloroso “buenos días”.
Me recompuse interiormente del shock inicial e intenté actuar con naturalidad, si es que aquel rostro de cejas convergentes, labios contraídos  y mirada lacerante me lo permitían. El tiempo siempre es buen tema para romper el hielo, pensé con rapidez intentando dar un giro a la situación y, puesto que ese día las temperaturas, ciertamente, habían descendido unos cuantos grados… ¡zás… allá que me fui!: “¿Ha refrescado hoy? ¿Verdad? Esta mañana me asomé a la ventana, vi el solillo y… me quedé corta con la ropa. Se me están helando las patuquillas”…
Con la cabeza metida entre los hombros como un buitre arrecido y la espalda encorvada como el Jorobado de Notre Dame, la dueña de la tienda giró cuidadosamente la cabeza hacia mí y, sin más aviso que  el que mi instinto de supervivencia me dictaba con la erección del vello de los brazos, como dardos, me lanzó sus aceradas palabras:”No hace falta madrugar tanto para estas tontadas”. Me tragué mi simpatía hecha una bola que, esta vez, se quedó enquistada debajo de la garganta. A la pregunta seca y  cortante que sobrevino después…:”¡¿qué quieres?!” que más parecía una bofetada... ya no fui capaz  de responderla nada más que con monosílabos: Yo…, esto…, quería.., una cosa…
Si en principio ya llevaba inseguridad porque no sabía con certeza el nombre de lo que quería comprar… aquello me descompuso de tal manera que ya no di pie con bola. Procuré respirar en profundidad para recuperar la compostura y para ello, me distraje buscando en el bolso el papel donde tenía el croquis de mi mini-proyecto y las anotaciones con el material necesario. Fui consciente del temblor de las manos, del abandono de las traidoras palabras y la esquiva sintaxis… e incapaz de hacerme entender.
La “buena señora” lejos de percatarse del ambiente que había generado y sin ningún miramiento me lanzó la última estocada, que aunque no fue mortal, me dejó muy tocada: “Si no sabes explicarte ¿cómo demonios quieres que te entienda?”. Aquellas palabras me resbalaron por el rostro como esputos y tuve que esforzarme para contener las lágrimas que se agolpaban de impotencia y humillación.
Sí, hay personas que son como apisonadoras: allí por donde pasan machacan todo lo que se encuentran a su paso sin darse cuenta. Si, además, tienen un mal día, se han levantado con mal pie o simplemente la temperatura ha descendido unos grados… procura no estar en el radio de su influencia porque, se piensan que todo el mundo, al igual que ellos, son “maquinaria pesada” capaces de soportar cualquier inclemencia. Y así, ingenuamente,  arremeten sin ningún pudor y con tranquilidad contra todo lo que se mueve…
Cuando por fin  pareció que nos habíamos entendido, el destino quiso darme un respiro en medio de aquel vendaval escondiendo los materiales que necesitaba en el fondo del almacén. Mientras la huraña propietaria rebuscaba entre las pilas de cajas, tuve tiempo suficiente para controlar las emociones y evitar que se produjese una hecatombe.
No me gusta que me maltraten. A nadie le gusta. Y aquella señora llevaba todo el tiempo agrediéndome desde que había llegado sin haberle dado ningún motivo. El momento de calma que la búsqueda proporcionó, me llevó a tomar un poco de distancia de aquellas bofetadas lingüísticas e icónicas y pensar  que,  aquel armazón metálico debería tener algún resquicio de humanidad.

Con todas las cosas ya en la mano, a punto de salir de la tienda, muy recuperada del sobresalto, me la quedé mirando y con afabilidad  le dije mientras le ponía la mano sobre el brazo: “Deberías de ponerte una chaqueta o una bata porque se te ve encogida y constreñida del frio que tienes”. Ella simplemente estiró la frente, abrió los ojos sorprendida…  y tembló como chatarrilla.

viernes, 20 de octubre de 2017

¿Lenguaje infantil?


A todos nos ha pasado alguna vez que, al encontrarnos con un bebé (considero bebé a aquellos con edades comprendidas entre 0 y 3 años) y dirigirnos a él,  inconscientemente, hemos cambiado el tono de voz y distorsionado y alargado las palabras, en un intento pueril de hacernos entender mejor por ese personajillo que, de entrada, por pequeño de tamaño y corto de edad, hemos dado por sentado que tiene reducida su capacidad de comprensión y desconoce el idioma materno.

Es cierto que algo de eso hay, es obvio. Cuando nace un niño… tiene todo por delante para aprender. Una tarea ingente y descomunal que, a veces los adultos, más que ayudarles y facilitarles el aprendizaje, se lo complicamos… aunque sea en un intento de lo contrario. Me refiero sobre todo al tema del lenguaje. Creo que nadie nos hemos librado, yo al menos no lo he conseguido ni con mis hijos y ni con mis sobrinos, ni aún siendo consciente  del error que estaba cometiendo.

Como suele pasar, con mucha frecuencia, necesité que alguien ajeno a mi círculo de familiares o amigos viniera a ponerme en mi sitio y a mostrarme que, pequeño y joven no es sinónimo de lelo e ignorante. Fue el  caso de una niña que me hizo reír, a toro pasado por supuesto, por mi torpeza y, me enseñó con su inteligencia y espontaneidad el valor de respetar a las personas sin fijarme en edades ni tamaños.

María comenzaba ese año el colegio. Aquel iba a ser su primer día de clase. La conocía desde su nacimiento porque su padre y sus abuelos eran nuestros vecinos. Al verla esa mañana, tan peripuesta, tan contenta… dirigiéndose al cole de la mano de su madre, no pude por menos de pararme a saludarla y elogiarla de forma bastante infantil: “Pero, ¿nonne vas tan boniiiita?, ¿ya vas al coooole?...”. María escuchó mis cuchufletas  educada y pacientemente sin decir palabra y sin dejar de mirarme. Cuando callé, y ella consideró que no iba a seguir con mi ridícula perorata, muy tranquila y sin perder la calma, se volvió hacia su madre y le preguntó: “Mamá, ¿qué le pasa a esta señora?, ¿es un poco tontita…?...” Os doy permiso para reíros.

Ya lo dice el aforismo griego:”Vino y niños son verdad”. ¡Y tan verdad! Os podéis imaginar en aquel momento la tensión que se generó. La madre enrojeció y enmudeció. Pero, no menos que yo… Casi me siento en el suelo de “puritita vergüenza” porque, encima, por si hablar como una “lela” ya fue un poco degradante, me descubrí, ¡¡agachada!! en un gesto en el que creí deferencia hacia mi pequeña interlocutora y que, en el fondo, era todo lo contrario: la muestra de mi superioridad como adulto.

No os describo más el momento y os lo dejo para que lo visualicéis, os regodeéis en vuestra imaginación y os riais a capricho y placer. A mí, en aquel momento…, aunque salí airosa con una carcajada… no me sentó bien. Pero fue una gran lección que, no he olvidado a pesar de que hayan pasado más de 20 años.

Ahora, cuando me acerco a algún niño, por pequeño que sea, procuro hacerlo con cuidado y respeto. Le saludo con educación y, por si acaso, espero que sea él quien dé el primer paso. Lo hago por miedo, ¡no os vayáis a pensar otra cosa! no vaya a ser que, de una boca tan pequeña vuelva a salir otra verdad tan grande como para dejarme sentada de nuevo en el suelo como María.


Supe, tiempo después, que María era una niña de altas capacidades y decir verdades como puños, sin ningún pudor ni miramiento, forma parte de la personalidad de estos chicos para orgullo y enrojecimiento de sus padres, como en este caso. No es para justificarme sino para reincidir en la necesidad del respeto hacia el niño. Nunca se sabe qué genio tenemos delante.