viernes, 20 de abril de 2018

Amistades fantasma

Me considero una persona afortunada y privilegiada: en mi entorno más cercano aún conservo un buen puñado de familiares y amigos, de esos que se sientan a una mesa para algo más que atiborrarse de las últimas exquisiteces sugeridas por los “realitys” de cocina. Un buen número de entrañables amigos capaces de prolongar, con su profunda y sincera conversación, una sobremesa más allá de las últimas chorradas que circulan por Facebook. Unas cuantas personas de mirar honesto que te acogen con los ojos cuando les hablas y te sienten en el corazón cuando te escuchan. De esos pocos de los que, cuando están contigo… “están contigo” que se desconectan del mundo para prestarte toda su atención. Sé que es así porque lo veo,  porque, previo a sentarnos a la mesa, apagan sus móviles, que se pierden en el fondo de los bolsos o se van con sus abrigos al perchero, sin que aparezcan en toda la velada sobre la mesa, como si de un fantasmagórico comensal se tratase… 

Son amigos con los que no te da miedo desnudar el alma porque, desnuda te muestran la suya… y, ante un gesto tan grande de honestidad, es imposible mantener un rincón  oscuro. Tu alma sale sin querer en busca de aquello que se le está ofreciendo y de lo que tan necesitada se encuentra. 

Me vienen a la cabeza cantidad de lugares… hermosos sobre todo, por la infinidad de recuerdos y sentimientos que llevan  aparejados: Santander, Segovia, Zaragoza, Palencia… Apenas conozco esas ciudades, quizás incluso me perdiera por sus calles. También afloran otros más humildes y chiquitos sin más arte ni historia que la que cada uno quiera darle… el patio de Luis y Cande, el porche de Eva… Sin embargo, en todos esos sitios he tenido la oportunidad y suerte de haber estado en varias ocasiones. Poco recuerdo de su arquitectura, de su arte o gastronomía… Nada tengo que dé testimonio visual o táctil de mi paso por todos esos sitios  que pueda mostraros. Sin embargo,  mi corazón y mi alma sí recuerdan emociones vividas que deslumbran como joyas: mi piel aún conserva el sabor salado de un abrazo de impotencia en Segovia, el corazón sigue sintiendo la sonoridad de una carcajada en Palencia, aún sigue vivo el calor de la acogida en la casita de la playa en Santander…

Sí, no me puedo quejar. Soy una mujer afortunada y rica: aunque va pasando el tiempo, han ido quedado un buen puñado de personas con las que la conversación fluye como si todo hubiese ocurrido ayer. Con  ellos, el tiempo y la distancia, no ha hecho sino acrecentar la intensidad de la relación…

Y todo esto, en el fondo, no es otra cosa que un canto al tiempo, a su disponibilidad, a los momentos que dedicamos a los demás, a su calidad, a su intensidad… El tiempo  que es el que hace que todo SEA, mientras que su ausencia destruye o no deja ser, que es lo mismo.

Ya tengo edad como para haber acumulado la suficiente historia que me sirva de auto reflexión y tengo que decir que, en mis cincuenta años, después de haber viajado y conocido buena parte de mi país y algunos cachitos de otros; después de haber visitado grandes catedrales e imponentes museos; subido montañas y explorado alguna que otra cueva… los lugares que mejor recuerdo son aquellos que visité en buena compañía y a los que les regale´ tiempo para que se fueran acomodando en el interior. Y ahí han quedado en forma de sensación indeleble, con nombres propios de personas…

Y, siento una gran inquietud al ver cómo esta falta de tiempo, cada vez  más notoria, genera un montón de carencias afectivas, de madurez… en las nuevas generaciones y que, a su vez, conlleva una insatisfacción generalizada… Veo a mis hijos, absorbidos por el “TODO-YA-Y-RÁPIDO” tan preocupados como están en acumular pertenencias y miles de amistades fantasmas…”, privarse de estas posibilidades de atesorar encuentros que es lo único que perdura.

Quisiera poder dejar a mis hijos, como la mejor de las herencias, el hábito de sentarse a charlar, escuchar y compartir. El  gran tesoro de acumular vivencias y recuerdos…

miércoles, 4 de abril de 2018

Así nació un músico

No es lo mismo haber nacido y haber vivido en una ciudad, que haber nacido y vivido en un pueblo. De la misma manera que, no es lo mismo haber nacido y vivido en un pueblo que, haberlo hecho en una aldea. Tampoco lo es haber nacido en una familia o en otra… El dónde es un factor muy importante a la hora de determinar qué seremos en el futuro. Las condiciones ambientales y el entorno, son la base de un buen despertar. No podemos aprender aquello que nunca hemos visto, o aquello de lo que nunca hemos oído hablar. Necesitamos al menos que alguien, aunque sea de forma muy rudimentaria, nos ponga en camino.

Eso creo que fue lo que le ocurrió a mi tío. La aldea en la que nació no daba para mucho más. Muchos recursos naturales, eso sí : la montaña, los árboles, los pájaros, el viento, el sol… de todo eso dio buena cuenta desde la más tierna infancia y sus sentidos se acostumbraron, enseguida, a distinguir el canto del jilguero del canto del canario, el viento que trae calor del que arrastra la lluvia… tampoco pasaron desapercibidos los terroríficos sonidos nocturnos que para él sonaban como nanas: El ulular del búho que sale de caza, el ratón que revuelve la hojarasca… todos ellos formaban parte de su repertorio sonoro y habían colaborado al desarrollo de una agudeza auditiva capaz de distinguir los sonidos más  sutiles del entorno.

Como cualquier niño de campo, que carece de otros entretenimientos más sofisticados, al menos en aquella época, pronto descubrió la capacidad y posibilidad de la imitación. Enseguida se dio cuenta de que podía repetir con su boca, silbando, muchos de aquellos sonidos con una exactitud tan asombrosa que atraía a los individuos propios de la especie que imitaba.

El abuelo, aunque hombre rudo de campo y sin ningún tipo de formación académica, (apenas sabía leer),  notó, con cierta prontitud, que aquello que su hijo hacía tenía algo que ver con un don. Y la curiosidad de ver “que pasaría si”, propia de cualquier ser humano, le llevó, una de esas escasas tardes de ocio, a tomar de la mano a mi tío y caminar hasta la chopera. Allí el abuelo sacó la navaja que siempre llevaba en el bolsillo y, con mucha tranquilidad, sin prisas, le fue mostrando cómo hacer un “chiflito” con la rama tierna de un chopo.

Sólo fue necesario un rudimentario silbato para despertar en la mente de mi tío la cantidad de posibilidades que aquello le abría. A partir de aquel tosco instrumento, fue construyendo otros cada vez más precisos a los que fue incorporando longitud y agujeros… y, se construyó sus primeras flautas… dejando muchas astillas y virutas  y, de cuando en cuando, un trocito de piel que la navaja no perdonaba.

Cuando mis abuelos decidieron llevarle a la ciudad a un internado para que estudiara, el germen de la música ya estaba bien arraigado y, los cantos de la oración de la mañana, de la misa y las vísperas de la tarde con los frailes, lo que  hicieron fue aumentar sus conocimientos y agrandar el deseo de seguir aprendiendo y tocando. Cuando esto había ocurrido, ya habían pasado los mejores años de aprendizaje y, todavía tuvo que esperar unos pocos más hasta que consiguió ahorrar para comprarse su primer instrumento: Aquella flauta travesera cuyo sonido armonizaba a la perfección con  la música que nacía en el valle.

Mi tío llegó a ser músico y, tocando y enseñando, consiguió vivir, aunque humildemente, de la música. Quizás si no hubiera nacido en una aldea, si no hubiera pertenecido a una familia humilde… quizás… No es lo mismo…

Pero también gracias a una mente observadora y abierta y a un “chiflito” de madera nació jugando y sin querer, sin querer… UN MÚSICO.

viernes, 16 de marzo de 2018

La "señoritonga"

Esta mañana, tempranito, uno de mis hermanos me ha enviado, por whatsapp, un vídeo de Thais Villas (colaboradora de “El Intermedio”). Mi hermano era muy consciente de que aquello tenía “cierta gracia”. Efectivamente y, también, … ¡muchos huevos!, por lo que me lo hizo llegar, a sabiendas de que me iba a reír pero, además, porque sabía que no lo iba a dejar pasar. Por algo somos hermanos. Haber vivido tantos años juntos da cierto conocimiento sobre las cosas que nos hacen reaccionar…

¡Efectivamente!, pasada la sorpresa inicial y la gracia, mi cabeza comenzó a “runrunear” dejando en un segundo plano las tareas cotidianas, que fui haciendo de forma mecánica, porque mi mente andaba ya pensando en este pequeño vídeo como un reflejo de lo que, realmente, hay en la sociedad. En él, una señora confiesa tener una persona que le hace las tareas de la casa y, curiosamente, no sabe determinar su horario: “Ella duerme allí, se pone a limpiar, pone la comida, luego descansa, plancha, nos pone la cena y ya está”. ¿¡TE PARECE POCO!? ¡De sol a sol! ¡Oiga usted! Y dicho así de rápido y breve parece que no hace “NADA”. Tendrían que haberle preguntado, ya de paso, a cuánto ascendía el salario de esa persona. Pero ese es otro tema.

Menos mal que  la señora tiene al menos la decencia de reconocer  que respecto a la casa, no da palo al agua. Ya nos lo había dejado bien claro con anterioridad pero es que, confiesa, que no trabaja en ningún otro sitio y que… ¡¡¡ES AMA DE CASA!!!...: ”No trabajo. Soy ama de casa”. Al grueso de mujeres y amas de casa, estoy casi segura que les chirriará esa afirmación, como a mí.  ¡La “señoritonga” hace una ecuación en la que las partes de la igualdad son NO TRABAJA = AMA DE CASA! ¿Acaso realizar las tareas de casa no supone un esfuerzo, un tiempo, una dedicación y un saber como en cualquier otro trabajo?... ¡Ya sé!… Sólo se  considera trabajo si cobras un salario y cotizas…

No puedo decir nada respecto a que esta mujer disponga del dinero suficiente para pagar a otra persona que le haga las tareas de la casa… ¡si existe un contrato de trabajo justo!… y he dicho JUSTO no legal. Es bueno para las dos partes. Pero…el “No trabajo. Soy ama de casa”… ¡Perdone usted, señora!, pero…, no nos engañemos, lo que se dice “SER ama de casa”… a mi no me parece que lo sea…. En tal caso… ¡dice y decide lo que tiene que hacer otra persona! Y eso, tiene otro nombre. ¿Cuál?  Mire usted, no lo sé, ¿o sí?  pero, lo que sí es seguro es que, no es “Ama de casa”. No al menos como yo lo entiendo. Quizás es que tengamos diferentes concepciones del concepto “ama de casa”: la mía, más humilde, es la de aquella mujer que cuida directamente, con sus manos, tiempo y esfuerzo de su propia casa y familia. Y la suya… es la de “dueña” que se enseñorea sobre bienes y criados y, en tal caso, ya estaríamos hablando sólo de “el ama”. Es una cuestión de semántica.

Lo cierto es que hay un porcentaje muy alto de personas, entre ellas más mujeres de las que desearía, que piensan que el oficio de “Ama de casa” consiste en horas en la peluquería, sesiones de rayos uva, tertulias de té y café, la manicura… que es lo que, en el fondo, hace esta mujer y el resto… para la “Chacha”.
En oposición a ese grupo, por desgracia más visible y apetecible, existe otro mucho más grande y real que, por decisión personal o necesidad, realizan ellas mismas el trabajo que sí es propio al “Ama de casa”, sin estridencias, sin banderas, con la sencillez y naturalidad  que lo caracteriza. Y a veces, sólo a veces, les queda tiempo y dinero para concederse el capricho y el lujo de poder ir un día a la peluquería ¿o es una necesidad?

Y, no olvidemos, que hace falta tener muchos huevos, en los tiempos que corren, para ser una auténtica “ama de casa” por vocación y, asumir TODAS las tareas que conlleva además de aceptar la discriminación social a la que te vas a ver sometida. Decir que lo eres cuando hay otra persona detrás que solventa todo el grueso del trabajo pesado… me parece un insulto hacia todas las demás amas de casa que cada día realizamos ese trabajo a cambio de un abrazo y un beso de nuestros seres queridos.

Soy Ana Casado. Soy mujer y  trabajo como  “Ama de Casa”.


viernes, 2 de marzo de 2018

El mito de la feliz embarazada

¿A qué mujer no se le ha caído el mito maravilloso y romántico de la feliz gestación después de tener el primer hijo? Lo mío fue una caída en picado desde lo más alto de Everest. Era la mía una imagen tan, pero que tan idílica, que me pasé, desde el primer día de la gestación, recogiendo los trocitos que se iban cayendo por doquier. Tal vez parte de la culpa la tuvo la edad porque, llegar a la maternidad siendo madurita o  ser madre “añosa”, como tuvo a bien llamarme el ginecólogo el primer día de consulta, hizo que viviera engordando ese mito de la feliz embarazada durante más tiempo.

Para empezar, concebir un hijo no es tan sencillo como parece. Te pasas los primeros años de tu relación de pareja pendiente de tomarte la píldora, de que tu compañero utilice el preservativo e incluso, alguna vez arriesgando con la marcha atrás… en fin, todo un periplo de historias para evitar un embarazo tempranero y a destiempo, para que, cuando finalmente decides que ya es hora, que deseas tener un hijo… ¡que si quieres arroz…! te das cuenta que aquello ni es tan fácil como parecía, ni  cosa de una decisión personal, ni aún de dos… si no de tres porque, la futura criatura, ya antes de ser concebida tiene mente propia y decide SER… cuando le viene en gana.

Pasan los meses, a veces incluso pueden haber sido años esperando, ilusionándote en cada ciclo para, finalmente decepcionarte. Cuando te rindes, cuando desistes en el empeño de la maternidad y te has armado de argumentos, que por otro lado no necesitarías ni tendrías porqué, para justificarte ante las preguntas y comentarios tan irritantes e inoportunos de familiares y amigos… “¿para cuándo el niño?”… ese mes… la mente de la futura criatura ha tenido a bien pasarse al estado del ser. Y, mira por donde, de repente, te descubres embarazadísima en un momento de tu vida en el que ya habías planeado una cosa totalmente distinta.

Y aquello no era más que el principio de toda una odisea… Comienzas un periplo de visitas médico-sanitarias que abarrotan tu agenda: analíticas, ecografías, ginecólogo, matrona, enfermera… y un sinfín de recomendaciones: toma ácido fólico, cuida el azúcar, presta atención al peso… que acatas sin rechistar en aras del bienestar de tu retoño.  Empiezas a sospechar que aquello no tiene nada que ver con lo que habías leído en las revistas: “Ser padres”, “tu niño y tú…” ¡¡¡¡…y toda una sociedad, oiga usted!!!… Ya no eres tú misma y pasas a formar parte de ese gran “segundo plano” del que ya nunca más vas a regresar.

Y lo que comenzó siendo un acto de amor y sexo privado entre tu marido y tú, el acontecimiento más ilusionante de una pareja que es dar vida a un ser… algo tan íntimo, tan nuestro, tan tuyo… pasa a ser un acontecimiento público en el que te conviertes  en mero recipiente… Lo único que importa es lo que hay dentro. Y como no está bien visto que una madre anteponga sus sentimientos al bienestar del hijo… pues callas, escuchas y obedeces, no vaya a ser que, por tu imprudencia,… pase algo. 

Ni que decir de la  entrepierna, ese lugar sagrado de tu ser, que de repente se convierte en la parte de tu cuerpo más visitada… Algunos especialistas, después de nueve meses, es probable que no te reconozcan por la calle porque, en todo ese tiempo, ni una sola vez te habrán mirado a la cara. Sin levantar la vista del informe te ordenaran: desnúdese de la cintura para abajo, súbase a la camilla… y será allí donde miren… mientras, tú miras distraídamente al techo como si aquello no fuera contigo. ¡Todo el recato de años expuesto a las miradas de desconocidos…! Eso sí, te ponen un pañito sobre las piernas para que no veas qué van a hacerte… ¡¡pero se nota!!

¿Y tu cuerpo…?...cuando un día, ya avanzada la gestación, te paseas distraídamente por la casa y, de soslayo, descubres en el espejo del pasillo a… ¡¡¡una extraña!!!… el grito que das llega hasta la casa de la vecina del sexto. ¡Dios mío qué es aquello que estás viendo¡ La estrechez de tus ropas ya había ido avisándote de que este momento llegaría pero, es la imagen que el espejo te devuelve la que te obliga a toquitear cada parte del cuerpo: los pechos, las piernas, la cara… con la única intención de cerciorarte que realmente eres tú. ¡¡Todo es enooorme!! Y lloras en silencio preguntándote si aquello volverá algún día a su sitio…

Son tales y tantos los cambios, los cuidados, las recomendaciones, pruebas…y tanto el tiempo que pasas en hospitales y centros de salud que una se pregunta si realmente se ha quedado embarazada o eres la portadora  del virus de un epidemia.

Y porque el espacio que, me tengo impuesto para las reflexiones, no da para más pero, de ese tema, tendríamos para un segundo y hasta para un tercero.

viernes, 16 de febrero de 2018

¿Asistencia en la búsqueda de empleo?


Hace unos días recibí una carta emitida por el Ecyl  en la que se me citaba en otra entidad a “participar en una acción de ORIENTACIÓN E INSERCIÓN LABORAL con el fin de asistirme en la búsqueda de empleo”. 

Vayamos por partes: En primer lugar en mi corta o larga vida laboral NUNCA, en ninguna circunstancia, he accedido a un puesto de trabajo que me haya facilitado esa entidad. Todos me han llegado vía amigos, conocidos, entrega personal del currículum, etc. Eso sí, en todos los casos, previo a la firma del contrato, he tenido que acudir a apuntarme “al paro” porque, por algún motivo que desconozco (¿Beneficios al contratador?, ¿Creación de listas?, ¿Estadísticas?), éste es un requisito indispensable para acceder a un puesto de trabajo. Por ello, un día decidí, como la mayoría, mantenerme apuntada para evitar colas el día que lo necesitase, si es que llegaba el caso, amén de otros beneficios como prestaciones, cursos retribuidos… de los que he oído hablar pero que, misteriosamente, nunca han estado a mi alcance o llegué demasiado tarde…

Tengo que reconocer que en dos ocasiones accedí a dos cursos de mi interés pero, no porque me convocaran o hubiera salido seleccionada por el sistema, sino porque me enteré “del dónde y el cuándo” y allí me presenté con todo mi morro, sin haber sido invitada, e hice saber  a los responsables de la selección mi grado de interés. Esperé hasta el final del acto de presentación y, en cuanto uno de los seleccionados manifestó el rechazo de la oferta….allí estaba yo para ocupar su puesto. Lógicamente mi inscripción interesaba a los responsables del curso, puesto que garantizaba la viabilidad y la finalización del mismo, requisito imprescindible para poder cobrar las subvenciones que se otorgan a las entidades que los ofertan.
En segundo lugar decir que, es la tercera vez que se me convoca para este motivo. La primera  me atendió una jovencita monísima  a la que no le calculé más de 25 años. Probablemente acababa de terminar la carrera no hacía mucho - de esos nuevos grados que nadie sabe en qué consisten-  y, en consecuencia, éste debía de ser su primer trabajo. Desbordaba energía e ilusión y estaba encantada de mostrarnos, a los parados, cómo se debe buscar un empleo. No quise decepcionarla ni desanimarla y la dejé hacer. Permanecí con ella durante una hora y media, más o menos, tiempo en el que creyó, ilusamente, que me enseñaba a hacer un currículum. Su inocencia no le hizo sospechar que yo ya los hacía cuando ella aún estaba en la cuna. Después me contó aquello de cuidar el aspecto para las entrevistas de trabajo… se vio que no le gusto mi forma de vestir… y me explicó  los lugares donde se publicaban ofertas de empleo como si me estuviera descubriendo un mundo nuevo… ¡Y en todo la dejé hacer!

En la segunda ocasión, la mujer que me atendió ya no era la misma jovencita, y yo ya sabía de qué iba el asunto. Tenía la impresión de sentirme utilizada para justificar el salario de otros, engordar estadísticas y, a la vez, la ligera sensación de que me hacían perder mi valioso tiempo, por lo que decidí vestirme de forma sencilla y elegante y, darme un toque de color en los ojos y los labios… vamos, como si fuera a una entrevista de trabajo. Después metí en una carpeta, primorosamente ordenadas, dos copias respectivas de los dos modelos de currículum que guardo en el ordenador desde hace un montón años que voy  actualizando, añadiendo cursos nuevos, retirando los más añosos etc., para ahorrar tiempo… La entrevista se dio por concluida en media hora… ¡porque llevaba los deberes hechos! Se me facilitó una clave para acceder a una página web donde había ofertas de trabajo a la que accedí diariamente, durante un año sin encontrar ningún trabajo que se ajustara a mi perfil.

Cuando he recibido esta última, la tercera, al ver de qué se trataba, la tiré sin más, sobre el montón de papeles… ¡¡¡…y encima me citan a cuarenta kilómetros de mi domicilio!!! Por si hacerte perder el tiempo, aprendiendo lo que ya se sabe, no fuera poco, ahora iba a perder una hora más, en el mejor de los casos,  por el trayecto. A todo ello sumarle el importe del viaje. A la ausencia total de ingresos hay que restarle otro  gasto innecesario y absurdo. 

No sé muy bien por qué decidí acudir a la cita. Tenía muy claro que no volverían a hacerme perder mi valioso tiempo de parada, que es lo único que tengo, y del que dispongo a mi antojo. Pero, de poco serviría mi pataleta si no traspasaba el umbral de mi cocina.  Así es que esta vez, sin cumplir ni el rito del disfraz, ni la impresión de currículum, me presenté puntual, en el lugar y hora citada, sólo para decirle, a la señorita que me recibió, que declinaba la invitación a “ser asistida en la búsqueda de empleo”. A ella le sorprendió mi rechazo y a mí que me dijera que era la primera vez que aquello le  ocurría. ¿De verdad todas las personas paradas aceptan estas panoplias sin rechistar?

Y por último recordar a los señores que gestionan las listas de parados y a la sociedad en general que, el hecho de no tener un trabajo retribuido y no cotizar a la Seguridad Social,  ni es sinónimo de ignorancia e incultura, como podrán comprobar en sus archivos, ni es un tiempo de ociosidad o cualquiera de sus sinónimos (vagancia, pereza, inactividad, gandulería, holgazanería, desidia, …). Cada cual completa su formación con aquello que más le interesa y  agrada y decide en qué ocupar su valioso tiempo. Muéstrenme algo que realmente sea interesante  y no me obliguen a hacer lo que no quiero porque… no pienso dejarme arrastrar como una escoria.

Como castigo la Administración me retiró de la lista del paro durante 6 meses y perdí los supuestos derechos que estar ahí me hubiera aportado, que no sé cuáles serían, porque nunca recibí ninguno.

viernes, 2 de febrero de 2018

Merengues de papel

Recientemente andábamos mi marido y yo un poquito “melosos” y decidimos salir a pasear, igual que en nuestra época de novios. Nos cogimos de la mano, como dos adolescentes, y nos dejamos llevar por el recuerdo y el romanticismo. Sin darnos cuenta, quizás por el exceso de almíbar que aquel día nos envolvía, aparecimos en el viejo parque al que, de jóvenes, como tantas otras parejas, acudíamos  al atardecer para… besarnos y “toquitearnos” al resguardo de miradas indiscretas. 

¡Ya, ya!, ya sé que da un poco de risa porque, claro,  como hoy puede uno darse un buen morreo con lengua sin ningún pudor en cualquier sitio, darle un buen repaso a tu novia  para ver de qué color lleva el tanga en mitad de la plaza o calentar el paquete de tu novio en la misma esquina de tu casa… Lo de dejarte acariciar  ¡¡¡por encima de la ropa y medio en privado!!! Parece antediluviano. Pero, no hace mucho era así.

A lo que iba, sin querer, sin querer… llegamos allí… y no para retozar porque, a partir de cierta edad el cuerpo no soporta incomodidades, pero no digo que, aquello no nos hubiera servido para calentar motores y que luego en casa… Pues eso ”hubiera o hubiese” sucedido algo… ¡ja! ¡Con el subjuntivo habíamos topado y en hipótesis nos movíamos! Porque de eso “ná de ná”. Acaso la visión de lo que allí descubrimos, por la vista, el olfato especialmente y hasta el tacto, consiguió que ese libido adormecido y perezoso no fuera capaz ni de asomarse a la ventana.

Los árboles seguían estando, más grandes y frondosos, lógicamente, que durante nuestra época de jovenzuelos pero, los complementos móviles que decoraban el conjunto… eran otra cosa.  Ya de entrada, en cuanto sobrepasamos unos metros la puerta principal del parque, el fuerte olor a orines nos hizo girar la cabeza a modo de rechazo. En un rincón  se amontonaban desperdicios y basuras de diferentes etiologías  a las que miramos con cierta pena pero, lo peor vino un par de pasos más adelante al descubrir todo un sembrado de… ¡¡¡heces humanas!!! 

Síii, podéis reíros y quizás pensar cómo pude saber que aquellos restos pertenecían a este sucio animal… Si acaso el olor o el lugar algo apartado y protegido de las miradas del paseo central podían haber dejado alguna duda de su procedencia, el adorno, a modo de merengue de papel, de unos clínex sobre cada una de las obras de arte dejaba, a modo de firma, bien sentado quienes eran los autores de aquel cuadro. Que yo sepa, y hoy por hoy, ningún perro es tan pudoroso para esconderse al hacer sus necesidades, ni lleva bolso donde guardar sus clínex, ni toallitas húmedas para higienizar sus partes. 

Así que, todo nuestro empalagoso romanticismo, de principio de la tarde, se quedó literalmente hecho mierda ante aquella visión de suciedad e  hizo que los recuerdos, tan excitantes por eróticos y furtivos,  quedaran vinculados para la posteridad con  esas desagradables imágenes y olores apestosos.

Tengo que confesar que el enfado  por el mancillamiento de mis recuerdos fue posterior, casi diría que lo hice consciente en el preciso momento en el que escribí estas líneas porque, lo que me surgió todo aquel espectáculo, fue indignación e impotencia: ¡qué poco valoramos y cuidamos lo que es de todos! ¿Acaso cada uno de nosotros defecaríamos en un rincón de nuestro jardín o entre los tiestos de nuestra terraza?.. No espero la respuesta porque ya me la sé… es obvia.

viernes, 19 de enero de 2018

Tickets para todo


Acabo de llegar a casa y nada más entrar he ido derechita al espejo del cuarto de baño. Sólo quería comprobar si llevo algún cartel en la frente donde ponga escrito algo que diga más o menos así: Esta mujer es tonta y capaz de soportarlo todo. Y es que, algunas personas, parece que tenemos un imán especial para atraer la adversidad, la mala suerte o a los gilipollas.

Hacía años que no pasaba por el INSS. En ese tiempo, las oficinas de mi ciudad, han cambiado de lugar y,  en la actualidad, ocupan un nuevo edificio mucho más luminoso y espacioso que el anterior, en un entorno también mucho más grato. Las buenas sensaciones que me produjo su vista se sumaron al buen ánimo que me había producido el cafetito del desayuno y el paseíllo de media hora que me  llevó ir de mi casa hasta allí.
La entrada… espectacular: puertas con sensores de movimiento que, al abrirse a tu paso, te hacen sentir un poco especial y, junto al buen humor… la sensación se agranda. Un guardia de seguridad que amablemente y de forma personal e individual nos invita a cada usuario a poner el bolso y otros objetos personales llaves, teléfono móviles, etc. en una cajita sobre la “cinta de detección de metales”. ¡Impresionada por tanta amabilidad y con ese dispositivo de seguridad para una ciudad tan pequeña…!

Un paso adelante y… ¿y ahora por dónde? Un pasillo lleno de mesas numeradas con sus respectivos funcionarios concentrados en sus tareas a mí derecha. La misma imagen a la izquierda y, por detrás, se intuye otro pasillo de las mismas características. Un mostrador da acceso al pasillo derecho. Tras él, se deja ver la cabeza de un funcionario que, más parece la de un “bulldog” cabreado. Observo y espero a ver qué pasa con las personas que me preceden… Dos ladridos y una dentellada lanzados al aire me previenen de lo que puede pasar. Por suerte el mostrador lo mantiene en su sitio.

 Es mi turno. Procuro evitar el error cometido por mis predecesores pero… siempre hay nuevos errores que cometer: “¿Es que usted no sabe leer o qué?”. Ladró el señor funcionario. Sobrecogida por el aullido de la autoridad, me excusé argumentando que la máquina expendedora  de tickets no contenía entre sus opciones la demanda que  me había llevado hasta allí por lo que, había pulsado  la tecla que por contenido más se aproximaba a mi necesidad. El hombre masculló un gruñido que no entendí y con agresivas formas me hizo entender que el asunto que allí me había llevado se resolvía en el pasillo “semioculto” a mi espalda. Me dirigí hacia allí y él  se quedó babeando palabrejas para el cuello de su camisa.

Hagamos un paréntesis reflexivo a la narración: Eran las nueve y diez de la mañana. Hacía apenas cinco minutos que las oficinas se habían abierto al público. Fui la segunda en acceder al mostrador para solicitar información… ¿tan cansado estaba ya el señor funcionario como para tratarnos de aquello guisa? Cuando se hacen exámenes para acceder a estos puesto de trabajo ¿se tienen en cuenta la educación no académica, el respeto y las buenas maneras de los candidatos? Me pregunto: ¿Cuánto tiempo duraría este buen hombre en su puesto de trabajo si en vez de trabajar para la administración lo hiciera para el sector privado?

Volviendo a lo nuestro. Entré en el pasillo que me había indicado para volver a enfrentarme a otro mostrador con otro funcionario. Este, un poco más amable y con mejor café que el anterior, me confirmó que, efectivamente,  mi gestión sí se realizaba en aquel pasillo pero… para hacerla… HABÍA QUE PEDIR CITA PREVIA. Cabreo y contrariedad servidos en menos de diez minutos. ¿Qué hacer? Pues nada. Con la administración hemos topado y, aquí, el buen funcionario, consciente de mi contrariedad, no pudo hacer más que encogerse de hombros, y yo, me quedé con mi disgusto y sin poder rechistar porque, su educación y talante, que sí dependían de él, fueron los correctos.

Acepté resignadamente “la cita previa” y regresé dos días después a las nueve menos diez, unos minutos antes de la hora de citación. A las puertas de acceso de las oficinas, se había concentrado un número considerable de personas pero, no me inquietó en absoluto puesto que tenía reservada la hora… ¿reservada la hora…?. ¡Qué ingenua!

Entré con decisión repitiendo las mismas medidas de seguridad del día anterior y me dirigí directamente, esta vez sin mirar siquiera al bulldog de la derecha, hacia el pasillo donde ya sabía que me atenderían. Me senté en la sala de espera que me correspondía, saqué el librillo que siempre llevo para hacer más llevaderas las esperas y, antes de abrirlo, una mujer con una sonrisa indefinida, llamó mi atención: “Perdone señora. ¿Tiene usted cita previa?”. Sin ninguna intención de moverme ni abandonar la tarea para la que me estaba disponiendo, le confirmé lo que me preguntaba. Con la misma sonrisa y sin mover un ápice el rostro, ella me respondió: Si, pero es que ahora, tiene que sacar ticket en la máquina para coger turno. ¡Otra máquina!, ¡otra cita! ¿Os imagináis mi cara? Intenté balbucear unas palabras de sorpresa e incredulidad pero, puesto que no iba a conseguir sino enfadarme más… decidí levantarme y ponerme a la cola.

A todo esto, una docena de personas más experimentadas que yo en todo el proceso de acceso a la administración, se habían dispuesto en fila delante del aparato expendedor de turnos y,  me tuve que poner al final. Obviamente ellos no eran culpables de mi ignorancia procesual y no me iba a poner a reclamarles mi primer puesto cuando ellos mismos eran  sufridores del mismo proceso.

Por si la señora administración aún no se hubiera reído suficiente de mi y de todos los que estaban allí, a través de sus sumisos, serviles, educados y malhumorados empleados, quiso rizar el rizo un poquito más expendiendo un ticket en el que en primera línea se leía: “El ticket NO indica el orden de llamada”. Y entonces… ¿para qué tanto protocolo? Me dio la risa cínica y las ganas de gritarle a alguien: ¡Pero ESTO  ¿de qué va?!

A todo esto tengo que añadir para finalizar que, al funcionario que me atendió, le llevó realizar la gestión que generó todo este proceso dos minutos y medio. El tiempo de escribir mi DNI, la palabra “BAJA”, pulsar el botón de la impresora y lo que ésta tardó en imprimir la hoja. ¡Dos medias mañanas perdidas por una gestión de dos minutos y medio!


Está visto que “en este país” el tiempo del usuario no tiene ningún valor.