domingo, 17 de junio de 2018

Enfermedades de género

Ya sabéis que, mi humilde hogar no es un gran laboratorio donde archivar documentos, ni dispongo de una gran base de datos… en mi cocina. Polvo, acaso sí, se me va quedando en abundancia en las estanterías si me descuido y entretengo en estos menesteres de escribir.  No vayáis por tanto a buscar en mis escritos verdad científica avalada por sesudos estudios, abundante bibliografía o un muestreo exhaustivo. La cosa es mucho más sencilla. Observo, percibo, siento… y concluyo. Dejo para los expertos los análisis pormenorizados y la rigurosidad documental. Aún así, no creo que tanta parafernalia sea necesaria para poder opinar y constatar algunas realidades.

Una de esas cosas que me ha llamado mucho la atención es que, en el mundo de la publicidad, existen enfermedades propias del sexo masculino y enfermedades propias del sexo femenino. Y no me refiero únicamente a que ellos padezcan de próstata y nosotras de dismenorrea. Eso es tan obvio que no tiene ni gracia. Estoy pensando en cosas mucho más sutiles pero tan a la vista… que a veces me resultan hasta escandalosas. 

A los hombres, en la publicidad, casi siempre se les asignan enfermedades ubicadas de la cintura para arriba: angina de pecho, infartos cerebrales…el corazón y la cabeza son los lugares por excelencia que se les estropea a nuestros varones, quizás  por aquella antigua teoría griega de que son los órganos donde se albergan las cualidades más altas y nobles atribuidas a este sexo: el pensamiento, la pasión y el impulso y, por ende, las que ellos más cultivan y utilizan. 

Sin embargo a las mujeres nos asignan enfermedades ubicadas de la cintura para abajo. Más propias del bajo vientre donde se albergan los instintos más básicos y primarios: comer. defecar, orinar, procrear… aquello que de común tenemos con los animales. Sí, ya sé que es una visión terriblemente primitiva y arcaica. Pero, no creo yo que esté tan superada como las mentes bien pensantes creen.

¿Díganme entonces cómo es que en los anuncios de la tele siempre son los hombres los que cuidan el corazón y por el contrario sólo las mujeres sufrimos de hemorroides? ¿Por qué a ellos les sigue doliendo la cabeza y nosotras somos las que corremos al retrete por que sufrimos de estreñimiento? Y para colmo… deben de creerse  que nos gusta eso de introducir algo por el ano para evacuar… porque la cara de placer y satisfacción que les obligan a poner a esas mujeres…

Ya no vamos a entrar en el negociazo que se ha hecho con la mujer en torno a la menstruación… para nosotras compresa, tampax… que hacen de esos días una fiesta nacional. ¡Pero si estamos jodidas aunque usemos tampax! No conozco ninguna mujer de la vida real que haga tanta idiotez por que le ha bajado el periodo. Cómo si para nosotras tener la regla fuera el sumun de nuestro ser y  lo único a lo que aspiramos.
Para ellos sin embargo,  coches de alta gama y, en el peor de los casos, un desodorante… eso sí para realzar su masculinidad. Tengo ganas de que en algún momento aparezcan compresas de incontinencia para ellos. Ya veo el anuncio con un atractivo y sonriente cuarentón diciendo: “Para que la última gota… no quede en el calzón”…y todas las demás por supuesto. Porque claro, los hombres ¡por dios, no sufren esa vergüenza! ¡Como que no supiéramos las mujeres lo que hay! ¿Os imagináis a George Cloney diciendo un slogan del tipo: “Pon este paño “sir” junto a tu paquete, lo sentirás seco y grandote… ¿qué si no?” mientras en su mano muestra sonriente un artilugio de celulosa en forma de huevera y una cámara obscena se acerca despacito hacia el lugar de colocación…¡¡¡¡Gritarían las mentes decentes!!!! E “ipso facto” sería retirado de las pantallas.

Tampoco quiero pasarme al otro lado pero, me queda la sensación que, del trato degradante y evidente de la mujer en la publicidad hemos pasado a una degradación más sutil y menos visible y eso, me parece más peligroso. 

Algunas marcas ya cuidan un poco estos temas y comienzan a verse tímidamente anuncios que publicitan por igual y con el mismo producto para los dos géneros, pero aún queda mucho camino que recorrer.

sábado, 2 de junio de 2018

Patchwork por necesidad

Se me había acabado la pila del reloj y aquella tarde decidimos salir a pasear y aprovechar para pasar por la joyería y ponerle una pila nueva. Era víspera de una fiesta comercial y… en la calles se notaba ese aire apresurado de quienes aún no habían encontrado lo que necesitaban para agasajar a su ser querido. Como no podía ser menos, la joyería sufría del mismo “síndrome de la última hora” y se encontraba abarrotada de personas ansiosas e indecisas que exasperaban más todavía al resto de clientes. 

Como la cosa parecía que iba para largo y, presionar con una mirada inquisitiva no iba a acelerar el proceso, me decanté por fisgonear en los estantes pero, en realidad, lo que hacía era escuchar las conversaciones ajenas… ¡Ya sé!, ¡ya sé  que no está bien¡ pero, es que… ¡es una fuente de información excepcional! 

Una de las señoras, que estaba siendo atendida, comenzó a contar una historia de cuando era pequeña y, discretamente, me coloqué detrás de ella para no perder detalle. La buena mujer había llegado allí con la secreta esperanza de poder arreglar el viejo reloj de cadena de “su difunto marido” y poder regalárselo a su hijo en la fiesta que se aproximaba. Mientras el reloj era valorado por el técnico, la dependienta, como propietaria y buena profesional que cuida de su negocio, siguió prestando toda la atención a su anciana clienta. El gesto me llenó de ternura, por la delicadeza que manifestó y por la  prioridad que dio a la persona. Esto hizo que la señora se relajara y nos deleitara con la historia que paso a relataros a continuación:

“Antes, no había tanto dinero cómo ahora y lo poco que había se gastaba con mucha prudencia. La verdad es que había mucha necesidad y en mi casa no era menos que en las otras. Siempre se miraba cómo arreglar las cosas que se estropeaban, o como darles un nuevo uso o alargarles la vida de la forma que mejor se le ocurriese a cada uno. Jajajaja. Recuerdo que mi madre siempre me decía “Si remiendas el sayo, pasas el año y, si lo vuelves a remendar… lo vuelves a pasar”.  Jajajaja ¡y tanto que lo hacía! Todavía guardo la imagen de aquellas sábanas de algodón tan “requeterremendadas” y que, siempre me pregunté si quedaría algo de la sábana original.

Pero, de lo que más me acuerdo, siguió la señora,  es de la ropa. Cada año estrenábamos ropa. Pero, no os engañéis. No íbamos a ningún centro comercial. Todo se confeccionaba en el taller-cocina de mi madre de cuatro a seis de la tarde, mientras de fondo se escuchaba la novela radiofónica. El vestido del año anterior se iba estirando por arriba y por abajo. Primero se sacaban los bajos y costuras y después, se iban añadiendo trozos de otras telas  viejas que mi madre guardaba enrolladas. Lo colocaba todo sobre la mesa e iba buscando la mejor combinación posible. Luego, lo cosía con gusto y primor dando un nuevo aire a lo que ya parecía no tener ni aliento. 

¿Y los jerséis? Jajaja, las franjas de colores iban apareciendo en las mangas y el cuerpo y,  con los años, quedaba un bonito arcoíris. Podían haber sido la envidia de los pediatras actuales… pues, ¿no era aquello una auténtica  curva  de crecimiento?  El grosor de la franja marcaba los centímetros crecidos”.
Evocaba la anciana sus recuerdos con pausas de pequeños silencios… ¡lo que hubiera dado por ver y oír esos espacios! Y, después de una de esas paradas, un poco más pronunciada que el resto, a modo de conclusión, nos volvió a decir: “… Y a veces, me daba vergüenza salir a la calle o ir a la escuela con aquella ropa… (Silencio)…Y hoy, mira tú por dónde, ¡estaría de moda!”.

Los que escuchábamos nos reímos con una carcajada espontánea y llena de empatía hacia la simpática señora, conscientes de lo trágico del tema y, del desenfado y alegría con que lo narraba.

Me quedé callada permitiendo que sus recuerdos calaran en mi interior y sin querer, como una saetilla, nació el título para esta reflexión: “Patchwork por necesidad”…

¡¡ ¿Patchword? Ana!! … Lo confieso, aunque me duela reconocerlo, nació así. Pero, mi ser española y castellana no me permite concluir de esta manera la reflexión de hoy. ¿No es acaso nuestro idioma rico en palabras y matices?... Pues… ¡RETACERÍA! El arte de construir algo a base de trozos se llama RETACERÍA. Y en nuestro país, como en muchos otros, se lleva haciendo desde… ¡toda la vida! Y, lo que surgió para cubrir una necesidad hoy, se ha convertido en toda una técnica artística. Un aplauso para las que lo han hecho posible.

sábado, 19 de mayo de 2018

Desafortunados bichitos

La verdad es que me quedé muy sorprendida con aquel correo: Sanguijuelas… ¿había leído sanguijuelas? La palabra en sí, nada más leerla ya me produjo cierto desasosiego, rechazo, repugnancia… y no precisamente porque haya tenido algún desafortunado encuentro con alguno de estos “bichitos”.

Sin embargo, creo que, mi estimado lector, para nada quería perturbar la vida pacífica de  esos tranquilos anélidos. A lo que quería hacer referencia era a una característica de un tipo de ellos los “Hirudo Medicinalis” que, han sido los que han generado ese rechazo popular tan visceral a los de su especie. No os vayáis a pensar que soy una docta en el tema. ¡Para nada! La ignorancia y la curiosidad me han llevado a recurrir a la “Wikipedia”. Y es que, este tipo de bichitos tienen la buena costumbre, como su nombre indica, de alimentarse del precioso fluido que nos recorre interiormente a los vertebrados, ¡sí también a nosotros!, pegarse a sus cuerpos e ir satisfaciendo sus necesidades a placer…  Su único trabajo y esfuerzo en la vida consiste en mantenerse bien adherido para seguir succionando. 

Y  fue esta característica, sin ninguna duda, la que llevó  a mi seguidor a pedirme una pequeña reflexión sobre estos animales. He tenido que recurrir, como siempre, a la RAE para encontrar y confirmar lo que ya sabía y que no aparece en la gran enciclopedia de internet: ¡¡¡“Existen sanguijuelas de dos patas”!!! ¡Esto es lo que nos interesaba¡… y son muchísimo peores que los invertebrados anélidos! Porque, la sanguijuela animal, se pega a su portador y toma de él únicamente la cantidad necesaria para vivir, cantidad que este a su vez regenera con relativa facilidad, pudiendo continuar su vida sin ninguna dificultad. Una vez satisfecha su apetito, ella sola se desprende y abandona a su presa.

Pero, esos otros “seres de dos patas”, se pegan a sus congéneres, generalmente más débiles y desvalidos, para vivir a su costa hasta que acaban con todos sus bienes y energías. “Las desposeen…” dice el diccionario… que es más educado que yo.

Dejadme que os cuente cómo fue mi experiencia: Empezó por preparar un escenita “¡uy, no llevo nada encima ¿te importaría prestarme diez euritos?”. Ahí estaba comprobando de qué calado era mi corazón. Y como eres buena persona te apresuras a echar mano de la cartera e instintivamente vas por el billete azul  que no el rojo. ¡Faltaría más!  Ahí, ¡ya la has liado!
Pasados unos días se repitió el asunto con un escenario parecido. Esta vez la cartera se la habría dejado sobre la mesilla y la cantidad solicitada, curiosamente, era la que le había dado la vez anterior. El instinto, que aunque de bondadoso tiene mucho y no es tonto, esta vez iba más tranquilo, en busca de la cartera, sopesando las posibilidades: “huy, fíjate sólo tengo un billete de cincuenta”. ¡Vayaaaaaa! ¡Volviste a caer! “¡Estupendo, ya te lo devuelvo todo en cuanto cobre!” Y no me dio tiempo a reaccionar. Me quedé con la boca abierta y la cartera pelada. 

Así pasaron unos meses mientras él preparaba las siguientes estrategias. Primero necesitó dinero para un proyecto magnifico que detalladamente me explicó, y más tarde para subsanar una emergencia que no admitía demora. En cualquiera de ambos casos apeló al chantaje emocional. ¡Cómo no vas a ayudarle! Tampoco soy una desalmada. ¿Y si resulta que es el negocio del siglo y por no darle esos seiscientos euros que le faltan pierde la oportunidad? ¿Y si efectivamente por no hacer el pago en este momento luego la deuda se triplica?... Intentas alargar un poco la situación valorando…: “Es que ahora no tengo ese dinero en efectivo. Tendría que ir al banco”. Mmmmm  ¡Te volvió a pillar! “No sabes cuánto te lo agradezco, ya te acompaño al banco”. Pura estrategia. Lo hizo para que no pensara por el camino, no fuera a ser que cambiase de opinión. Y mientras tanto seguía manteniendo altos mis niveles de generosidad con su verborrea. 

Y así, esos seres van succionándote poco a poco hasta acceder a tu tarjea de crédito. Terminas por ser tú quien pide permiso a ellos para poder disponer de tu dinero y tus bienes. ¡Y te hacen un favor! 

¡¡¡Malditas sanguijuelas de dos patas!!!

 Seguro que todos conocéis a algún bichejo de estos. En mi caso, así fue. Por eso quizás, tuvo  eco el correo de antaño y, a pesar de la repugnancia que me produjo el animal, que ninguna culpa tiene de ser lo que es y de alimentarse de la forma que lo hace, su presencia siguió acompañándome hasta hoy, día en el que he decidió dedicarle unas líneas para que se vaya de una vez. 

El asunto, ahora mi querido lector es, cómo desprenderse de un parásito así. Parece imposible ¿verdad? La “wikipedia” sigue diciendo que es relativamente fácil. Te hago un resumen… a mi manera claro: Hay que ser decididos, ágiles y contundentes; no tenerles miedo, aunque nos resulte repulsivo o amenazador; no mostrar dudas ni debilidad, confiar en que vamos a ser capaces de hacerlo; eso sí, siempre pillarlos por sorpresa, como cuando quieres despegar una lapa de la roca, para que no se agarren con más fuerza, hacerlo con rapidez para que no le dé tiempo a reaccionar; y por último, sacudirlo lejos, con contundencia, para evitar que se vuelva a agarrar. No darles otra oportunidad.

Mi querido lector, si sigues por ahí, te deseo una feliz desparasitación. Por mi parte, con esto, también quedo curada.

viernes, 4 de mayo de 2018

Un mundo sin bolsillos

¡Aquellos sí que eran tiempos difíciles para los niños! Ya de bien chicos aprendíamos el arte del autocontrol por puro instinto de supervivencia. ¡Pobre de aquel a quien, el hormiguillo de la inquietud y la curiosidad, le llevase a salirse de la fila o levantarse de la silla!...La vara andaba siempre presta a posarse en tu trasero, como aquella mano invisible que no viste venir y de pronto  se adhirió a tu oreja… cuando te dabas cuenta, estabas de vuelta en tu sitio con el culo caliente y la oreja colorada  sin entender el por qué. Estas artes persuasorias tenían el poder de devolverte a la insulsa realidad y mantenerte siempre alerta  porque nunca sabias cuando ni por dónde te iba a llegar el premio de una de ellas. Y la imagen se repetía tanto en la escuela como en casa: Cuando tu padre o tu madre decían “¡quieto!”…¡¡¡quieto era quieto…!!! ¡Ni parpadeabas! ¡Por si acaso! La orden imperativa de un adulto era incuestionable… al menos en voz alta y “por lo bajines”… ¡Que no te oyeran! Eso lo aprendí bien pronto.

 Pero si aquello de estar quieto, para un niño lleno de vitalidad, ya era arto difícil… ¿qué me decís de aquella otra frase, tan tentadora,  que seguía al “¡quieto!” cuando nos encontrábamos en un lugar que no fuera nuestra casa?: “¡quieto,Y NO TOQUES NADA!”…mmmm ¡qué peligro tenía aquello! ¡No tocar! ¡En la prohibición estaba la invitación! Ya no veías más que objetos dignos de ser tocados, acariciados, inspeccionados… la mente se devanaba en encontrar una forma de hacer llegar hasta ellos las manos sin ser visto, burlando la estricta supervisión de los adultos y el latigazo del cachete. E ibas notando cómo, involuntariamente, los dedos se despegaban del puño, los brazos del cuerpo y, en cámara lenta, todo tu ser se aproximaba al objeto del deseo, al mismo tiempo que mantenías la mirada vigilante sobre el adulto de turno, sin perder de vista sus manos… y por fin conseguías alcanzar, apenas con el índice, aquello que se prohibía... ¡¡¡No podíamos tocar nada!!!. Poco placer conseguíamos más allá del que produce transgredir una norma.

Éramos una generación de niños paticortos y mancos de tanto estar quietos, de mantener pegados los brazos al cuerpo y esconder las manos en los bolsillos, para no tocar… Eso sí, nuestros ojos se hicieron ¡¡¡enoooormes!!!  después de estar media vida desorbitados mirando para no perderse ningún detalle y, con unos reflejos extraordinarios para esquivar la cachetada o salir corriendo antes de ser visto.

 Todavía hoy, sobre todo cuando entro en unos grandes almacenes, sigo escuchando en mi cabeza la frasecita de advertencia e, inconscientemente, meto las manos en los bolsillos o las sujeto una con la otra a la espalda  para que no me metan en algún lío. E incluso sigo sintiendo la falsa mirada escrutadora del dependiente en la nuca… que me sigue coartando.

Siempre he tenido la sensación de que al atarme las manos me privaron del acceso al conocimiento. Recuerdo, con gran pesar, la llantina que me llevé el día que visité por primera vez una exposición de esculturas y me “obligaron” a meter las manos en los bolsillos… ¡necesitaba tocar aquellas manos de piedra, aquellos rostros…! Y salí de la sala con la sensación de no haber visto…

Sin embargo, observo con cierta diversión, cómo hoy en día, que estamos en la era digital y el “touch it”, los carteles de “Se ruega no tocar” se han colocado, sobre todo, por un exceso de tocamiento e imprudencia: metemos el dedo o la mano incluso en cosas que, por higiene o salud, no deberíamos tocar. 

Y me agrada infinito ver que ahora, aquella curiosidad, inquietud o el deseo de romper la prohibición que nos impelía a tocar a los niños de hace 40 años, sea la misma que lleva a los niños de hoy a tocar sin pudor. ¡Tocar! ¡Tocar! ¡Tocar! No se conocen las cosas de la misma manera con un sentido que con otro. No producen la misma sensación una mirada que una caricia por muy amorosas que ambas sean… y, por supuesto, no descarto ninguna de las dos. Son matices diferentes de una misma realidad.

Tocar… el tacto, debe ser tenido en cuenta y ocupar el puesto que le corresponde como sentido que incorpora y adquiere conocimientos. Cada persona, cada niño…aprendemos de distinta manera. Privar a alguien de aprender de su manera peculiar… es una forma de mutilación.

¡¡¡…volver a aprender en un mundo sin bolsillos!!!

viernes, 20 de abril de 2018

Amistades fantasma

Me considero una persona afortunada y privilegiada: en mi entorno más cercano aún conservo un buen puñado de familiares y amigos, de esos que se sientan a una mesa para algo más que atiborrarse de las últimas exquisiteces sugeridas por los “realitys” de cocina. Un buen número de entrañables amigos capaces de prolongar, con su profunda y sincera conversación, una sobremesa más allá de las últimas chorradas que circulan por Facebook. Unas cuantas personas de mirar honesto que te acogen con los ojos cuando les hablas y te sienten en el corazón cuando te escuchan. De esos pocos de los que, cuando están contigo… “están contigo” que se desconectan del mundo para prestarte toda su atención. Sé que es así porque lo veo,  porque, previo a sentarnos a la mesa, apagan sus móviles, que se pierden en el fondo de los bolsos o se van con sus abrigos al perchero, sin que aparezcan en toda la velada sobre la mesa, como si de un fantasmagórico comensal se tratase… 

Son amigos con los que no te da miedo desnudar el alma porque, desnuda te muestran la suya… y, ante un gesto tan grande de honestidad, es imposible mantener un rincón  oscuro. Tu alma sale sin querer en busca de aquello que se le está ofreciendo y de lo que tan necesitada se encuentra. 

Me vienen a la cabeza cantidad de lugares… hermosos sobre todo, por la infinidad de recuerdos y sentimientos que llevan  aparejados: Santander, Segovia, Zaragoza, Palencia… Apenas conozco esas ciudades, quizás incluso me perdiera por sus calles. También afloran otros más humildes y chiquitos sin más arte ni historia que la que cada uno quiera darle… el patio de Luis y Cande, el porche de Eva… Sin embargo, en todos esos sitios he tenido la oportunidad y suerte de haber estado en varias ocasiones. Poco recuerdo de su arquitectura, de su arte o gastronomía… Nada tengo que dé testimonio visual o táctil de mi paso por todos esos sitios  que pueda mostraros. Sin embargo,  mi corazón y mi alma sí recuerdan emociones vividas que deslumbran como joyas: mi piel aún conserva el sabor salado de un abrazo de impotencia en Segovia, el corazón sigue sintiendo la sonoridad de una carcajada en Palencia, aún sigue vivo el calor de la acogida en la casita de la playa en Santander…

Sí, no me puedo quejar. Soy una mujer afortunada y rica: aunque va pasando el tiempo, han ido quedado un buen puñado de personas con las que la conversación fluye como si todo hubiese ocurrido ayer. Con  ellos, el tiempo y la distancia, no ha hecho sino acrecentar la intensidad de la relación…

Y todo esto, en el fondo, no es otra cosa que un canto al tiempo, a su disponibilidad, a los momentos que dedicamos a los demás, a su calidad, a su intensidad… El tiempo  que es el que hace que todo SEA, mientras que su ausencia destruye o no deja ser, que es lo mismo.

Ya tengo edad como para haber acumulado la suficiente historia que me sirva de auto reflexión y tengo que decir que, en mis cincuenta años, después de haber viajado y conocido buena parte de mi país y algunos cachitos de otros; después de haber visitado grandes catedrales e imponentes museos; subido montañas y explorado alguna que otra cueva… los lugares que mejor recuerdo son aquellos que visité en buena compañía y a los que les regale´ tiempo para que se fueran acomodando en el interior. Y ahí han quedado en forma de sensación indeleble, con nombres propios de personas…

Y, siento una gran inquietud al ver cómo esta falta de tiempo, cada vez  más notoria, genera un montón de carencias afectivas, de madurez… en las nuevas generaciones y que, a su vez, conlleva una insatisfacción generalizada… Veo a mis hijos, absorbidos por el “TODO-YA-Y-RÁPIDO” tan preocupados como están en acumular pertenencias y miles de amistades fantasmas…”, privarse de estas posibilidades de atesorar encuentros que es lo único que perdura.

Quisiera poder dejar a mis hijos, como la mejor de las herencias, el hábito de sentarse a charlar, escuchar y compartir. El  gran tesoro de acumular vivencias y recuerdos…

miércoles, 4 de abril de 2018

Así nació un músico

No es lo mismo haber nacido y haber vivido en una ciudad, que haber nacido y vivido en un pueblo. De la misma manera que, no es lo mismo haber nacido y vivido en un pueblo que, haberlo hecho en una aldea. Tampoco lo es haber nacido en una familia o en otra… El dónde es un factor muy importante a la hora de determinar qué seremos en el futuro. Las condiciones ambientales y el entorno, son la base de un buen despertar. No podemos aprender aquello que nunca hemos visto, o aquello de lo que nunca hemos oído hablar. Necesitamos al menos que alguien, aunque sea de forma muy rudimentaria, nos ponga en camino.

Eso creo que fue lo que le ocurrió a mi tío. La aldea en la que nació no daba para mucho más. Muchos recursos naturales, eso sí : la montaña, los árboles, los pájaros, el viento, el sol… de todo eso dio buena cuenta desde la más tierna infancia y sus sentidos se acostumbraron, enseguida, a distinguir el canto del jilguero del canto del canario, el viento que trae calor del que arrastra la lluvia… tampoco pasaron desapercibidos los terroríficos sonidos nocturnos que para él sonaban como nanas: El ulular del búho que sale de caza, el ratón que revuelve la hojarasca… todos ellos formaban parte de su repertorio sonoro y habían colaborado al desarrollo de una agudeza auditiva capaz de distinguir los sonidos más  sutiles del entorno.

Como cualquier niño de campo, que carece de otros entretenimientos más sofisticados, al menos en aquella época, pronto descubrió la capacidad y posibilidad de la imitación. Enseguida se dio cuenta de que podía repetir con su boca, silbando, muchos de aquellos sonidos con una exactitud tan asombrosa que atraía a los individuos propios de la especie que imitaba.

El abuelo, aunque hombre rudo de campo y sin ningún tipo de formación académica, (apenas sabía leer),  notó, con cierta prontitud, que aquello que su hijo hacía tenía algo que ver con un don. Y la curiosidad de ver “que pasaría si”, propia de cualquier ser humano, le llevó, una de esas escasas tardes de ocio, a tomar de la mano a mi tío y caminar hasta la chopera. Allí el abuelo sacó la navaja que siempre llevaba en el bolsillo y, con mucha tranquilidad, sin prisas, le fue mostrando cómo hacer un “chiflito” con la rama tierna de un chopo.

Sólo fue necesario un rudimentario silbato para despertar en la mente de mi tío la cantidad de posibilidades que aquello le abría. A partir de aquel tosco instrumento, fue construyendo otros cada vez más precisos a los que fue incorporando longitud y agujeros… y, se construyó sus primeras flautas… dejando muchas astillas y virutas  y, de cuando en cuando, un trocito de piel que la navaja no perdonaba.

Cuando mis abuelos decidieron llevarle a la ciudad a un internado para que estudiara, el germen de la música ya estaba bien arraigado y, los cantos de la oración de la mañana, de la misa y las vísperas de la tarde con los frailes, lo que  hicieron fue aumentar sus conocimientos y agrandar el deseo de seguir aprendiendo y tocando. Cuando esto había ocurrido, ya habían pasado los mejores años de aprendizaje y, todavía tuvo que esperar unos pocos más hasta que consiguió ahorrar para comprarse su primer instrumento: Aquella flauta travesera cuyo sonido armonizaba a la perfección con  la música que nacía en el valle.

Mi tío llegó a ser músico y, tocando y enseñando, consiguió vivir, aunque humildemente, de la música. Quizás si no hubiera nacido en una aldea, si no hubiera pertenecido a una familia humilde… quizás… No es lo mismo…

Pero también gracias a una mente observadora y abierta y a un “chiflito” de madera nació jugando y sin querer, sin querer… UN MÚSICO.

viernes, 16 de marzo de 2018

La "señoritonga"

Esta mañana, tempranito, uno de mis hermanos me ha enviado, por whatsapp, un vídeo de Thais Villas (colaboradora de “El Intermedio”). Mi hermano era muy consciente de que aquello tenía “cierta gracia”. Efectivamente y, también, … ¡muchos huevos!, por lo que me lo hizo llegar, a sabiendas de que me iba a reír pero, además, porque sabía que no lo iba a dejar pasar. Por algo somos hermanos. Haber vivido tantos años juntos da cierto conocimiento sobre las cosas que nos hacen reaccionar…

¡Efectivamente!, pasada la sorpresa inicial y la gracia, mi cabeza comenzó a “runrunear” dejando en un segundo plano las tareas cotidianas, que fui haciendo de forma mecánica, porque mi mente andaba ya pensando en este pequeño vídeo como un reflejo de lo que, realmente, hay en la sociedad. En él, una señora confiesa tener una persona que le hace las tareas de la casa y, curiosamente, no sabe determinar su horario: “Ella duerme allí, se pone a limpiar, pone la comida, luego descansa, plancha, nos pone la cena y ya está”. ¿¡TE PARECE POCO!? ¡De sol a sol! ¡Oiga usted! Y dicho así de rápido y breve parece que no hace “NADA”. Tendrían que haberle preguntado, ya de paso, a cuánto ascendía el salario de esa persona. Pero ese es otro tema.

Menos mal que  la señora tiene al menos la decencia de reconocer  que respecto a la casa, no da palo al agua. Ya nos lo había dejado bien claro con anterioridad pero es que, confiesa, que no trabaja en ningún otro sitio y que… ¡¡¡ES AMA DE CASA!!!...: ”No trabajo. Soy ama de casa”. Al grueso de mujeres y amas de casa, estoy casi segura que les chirriará esa afirmación, como a mí.  ¡La “señoritonga” hace una ecuación en la que las partes de la igualdad son NO TRABAJA = AMA DE CASA! ¿Acaso realizar las tareas de casa no supone un esfuerzo, un tiempo, una dedicación y un saber como en cualquier otro trabajo?... ¡Ya sé!… Sólo se  considera trabajo si cobras un salario y cotizas…

No puedo decir nada respecto a que esta mujer disponga del dinero suficiente para pagar a otra persona que le haga las tareas de la casa… ¡si existe un contrato de trabajo justo!… y he dicho JUSTO no legal. Es bueno para las dos partes. Pero…el “No trabajo. Soy ama de casa”… ¡Perdone usted, señora!, pero…, no nos engañemos, lo que se dice “SER ama de casa”… a mi no me parece que lo sea…. En tal caso… ¡dice y decide lo que tiene que hacer otra persona! Y eso, tiene otro nombre. ¿Cuál?  Mire usted, no lo sé, ¿o sí?  pero, lo que sí es seguro es que, no es “Ama de casa”. No al menos como yo lo entiendo. Quizás es que tengamos diferentes concepciones del concepto “ama de casa”: la mía, más humilde, es la de aquella mujer que cuida directamente, con sus manos, tiempo y esfuerzo de su propia casa y familia. Y la suya… es la de “dueña” que se enseñorea sobre bienes y criados y, en tal caso, ya estaríamos hablando sólo de “el ama”. Es una cuestión de semántica.

Lo cierto es que hay un porcentaje muy alto de personas, entre ellas más mujeres de las que desearía, que piensan que el oficio de “Ama de casa” consiste en horas en la peluquería, sesiones de rayos uva, tertulias de té y café, la manicura… que es lo que, en el fondo, hace esta mujer y el resto… para la “Chacha”.
En oposición a ese grupo, por desgracia más visible y apetecible, existe otro mucho más grande y real que, por decisión personal o necesidad, realizan ellas mismas el trabajo que sí es propio al “Ama de casa”, sin estridencias, sin banderas, con la sencillez y naturalidad  que lo caracteriza. Y a veces, sólo a veces, les queda tiempo y dinero para concederse el capricho y el lujo de poder ir un día a la peluquería ¿o es una necesidad?

Y, no olvidemos, que hace falta tener muchos huevos, en los tiempos que corren, para ser una auténtica “ama de casa” por vocación y, asumir TODAS las tareas que conlleva además de aceptar la discriminación social a la que te vas a ver sometida. Decir que lo eres cuando hay otra persona detrás que solventa todo el grueso del trabajo pesado… me parece un insulto hacia todas las demás amas de casa que cada día realizamos ese trabajo a cambio de un abrazo y un beso de nuestros seres queridos.

Soy Ana Casado. Soy mujer y  trabajo como  “Ama de Casa”.