viernes, 30 de junio de 2017

Bolsitas decorativas

Tengo el privilegio de vivir en una ciudad pequeña. Por si esto fuera poco, vivo en un piso exterior que da, todo él, a unos jardines públicos con parque incluido. Las vistas desde mi casa son excepcionales, la luz es inigualable y los ruidos, al amanecer, son muy similares a los del pueblo: gorriones, palomas, tórtolas, petirrojos…  que elevan su saludo al sol  cada mañana.

Sin querer, desde mi cocina observo el trasiego del parque a lo largo del día. El parque tiene sus rutinas, sus tardes álgidas de máximo aforo, con las risas y gritos de los niños, la intimidad de los rumores nocturnos, el silencio de la mañana… y en cada momento es visitado por diferentes tipos de personas: los que vienen a divertirse, los que buscan intimidad, los que quieren silencio…

Y están también esas personas “relámpago” y furtivas, que aparecen por el parque tres veces al día: por la mañana, al mediodía y por la noche. Llegan  temprano o tarde, según el momento del día, pero siempre cuando el parque suele estar vacio. Acostumbran a hacerse  acompañar por uno o varios perritos de diferentes razas y tamaños. Se colocan en una esquina, miran a la derecha, a la izquierda, para atrás… y sueltan a sus mascotas para que correteen… ¿para que correteen?... ¡No, que va! Para que hagan sus caquitas y sus pises. Y en cuanto esto ocurre… recogen… ¡no!, no vayáis a pensar que sus excrementos, ¡qué va!,… a sus perritos y desaparecen, como alma que lleva el diablo, por el mismo lugar que llegaron. Creen que nadie les ha visto y se van, dejando sobre el césped, tal y como su canino dueño lo trajo al mundo, el paquetito.

Y esto lo repiten tres veces al día. No vayáis a pensar que es una excepción, nada de eso. Son más de los que os pensáis. Dan el pego por que procuran no ser vistos y como testigo de su “inocencia” y buena urbanidad, está la siempre bien doblada y limpia bolsita recoge-cacas que, permanece atada a su servil  correa… impoluta en el viaje de salida e impoluta en el viaje de vuelta… Siempre una y siempre la misma que, una vez fuera del parque, en cuanto dan vuelta a la esquina, se convierte en el emblema de los dueños responsables y les convierte a ellos en ciudadanos ejemplares.

A veces la jugada les sale mal. En aquel momento puede que alguna persona merodee por la zona, y nos les queda más remedio que desplegar  su emblema y doblar la rodilla. Desde casa, veo la cara y la postura de asco y repulsión que les produce el gesto de responsabilidad forzada  al percibir el aroma y sentir el tacto cálido de unas heces recién depositadas y, entre risas, observo como sujetan su bandera con el índice y el pulgar extendiendo el brazo lo más posible para que no se les pegue nada de aquel repulsivo contenido.

Algunas de estas personas, ya no sé si por asco hacia el producto residual de su amigo más fiel o por despecho hacia el resto de la sociedad, llegados a este  caso, de verse obligados a doblar la rodilla y embolsar las hediondas sustancias, no se dignan ni a llevarlas a la papelera… “¡vamos anda, sólo faltaba eso!...” y, en el caminillo hacia ella, repiten la operación primera de hacerse el despistado mirando a un lado y otro para ver si ha pasado el peligro y… ¡zas!... lanzan contenido y continente hacia un lado, volviéndose a desentender del asunto, esta vez bien empaquetado y dos veces contaminante por las heces y por la bolsa.

Y esto no es todo. ¡No os vayáis todavía que aún hay más!... Son los más divertidos, si es que esto tiene algo de diversión: Son los que tienen complejo navideño. Aquellos que recogen las caquitas, anudan la bolsa primorosamente y… buscan un lugar donde colocarlo… ¿a modo de bola de navidad en un árbol, una valla…? Pues sí,  y allí lo dejan colgado… ¡O a lo mejor es un nuevo tipo de arte que yo no he descubierto!... Porque como las bolsitas son de colores… “queda muy decorativo…”

Desde la ventana de mi cocina, tengo el privilegio de desenmascarar a estas personas relámpago y furtivas,  “cerdos de dos patas” irresponsables que, ensucian nuestros parques y ciudades a sabiendas, como si no pasara nada.


Y desde mi ventana también, va el aplauso para esos otros que SI cumplen con su responsabilidad.

viernes, 23 de junio de 2017

¿Los reyes del universo?

¿Alguna vez os habéis parado a pensar de qué distinta manera se siente la vida cuando el mundo ha girado y lo que estaba abajo pasa arriba y lo que era oscuro se vuelve claro..? Estoy pensando en las relaciones entre las personas. Todos somos libres de elegir en cada momento lo que más nos gusta, nos conviene o nos interesa: Elijo ser amigo de fulano porque es elegante, de mengana porque es la líder del momento y de zutano porque me abrirá puertas en el futuro… o simplemente, como dicen los niños, “porque me da la gana”.
 Y, en el mejor de los casos, descartamos y olvidamos a las otras personas que están al lado por razones también semejantes: porque la ropa que lleva no nos gusta, porque es el pringado del grupo, porque su amistad no nos aporta nada… o sencillamente porque no quiero.
Funcionamos de una manera simple y sencilla. Al más puro y básico instinto primario. Y no siempre nos damos cuenta de que, al ejercer nuestra libertad de forma tan inconsciente, inmadura e interesada, estamos ya diseñando nuestro futuro que, luego, no es tan real como nos lo habíamos imaginado. Nos sorprendemos,  demasiado tarde eso sí, cuando descubrimos que esta vez los que eligen son otros y los excluidos somos nosotros….
No digo por eso que tengamos que ser “amiguitos” de todos, como ingenuamente se pretende en los colegios. Eso es una tarea ingente e imposible. Los amigos no se imponen. Eso sí, elegir una amistad es una cosa y respetar al resto de los no escogidos es otra. Ambas, se tienen que dar a la par como cara y cruz de una moneda.  ¿Que siempre nos hemos llevado mejor con unas personas que con otras?… tan cierto como que existe el aire, y seguirá siendo así mientras existan las diferencias y la capacidad para elegir.
Pero, en algún momento nos hemos perdido y hemos pensado que al escoger, la parte desestimada se convierte en enemigo y entonces la despreciamos. Esto ha hecho que los elegidos estén conmigo y se conviertan en los “guays” y el resto estén contra mí y sean los pringados, los “friquis”, los indeseables… Y este pensamiento ha generado una actitud de desprestigio y de desprecio hacia el otro: lo que yo hago es lo bueno y lo correcto… y mis amigos y relaciones son las únicas auténticas y verdaderas… los demás son una mierda y no valen nada.
Sólo nos vemos a nosotros mismos y a nuestro mini-ridículo mundo. El entorno deja de existir. Pasamos por los lugares como si no hubiera nadie. Nos sentamos en las terrazas como si fuéramos los únicos clientes. Entramos en las tiendas como si estuvieran vacías a expensas de que nosotros lleguemos… y, si por un casual la circunstancia nos obligara a reconocer la existencia de otro, lo hacemos sólo para que éstos se sintieran honrados de servirnos… Quedará bien claro y sentado que somos “los reyes del universo”. 
La vida está llena de momentos en los que debemos elegir. No por eso debemos pasar por ella como burros destrozando todo lo que no sea cebada. Es más, la vida es precisamente eso… escoger: escojo cada día la ropa que me pongo, decido en cada momento lo que voy a decir, me inclino por un camino determinado, selecciono lo que quiero comer y, por supuesto, me relaciono con quien quiero o más me gusta estar. He escogido. Y al hacerlo, he dejado de lado otras opciones. Y digo “de lado” porque, lo que hoy no me convenía o interesaba, puede que mañana me venga de perlas… ¿Quién lleva siempre la misma ropa?, ¿Quién come siempre el mismo alimento?, ¿Quién habla toda la vida con las mismas personas?...
A mí me gusta cambiar. Me gusta descubrir otras vidas, otras formas de ser, de opinar… Me abren la mente… entonces ¿Por qué manchar hoy lo que en este momento no se me acomoda y puedo necesitar después?, ¿Por qué pisotearlo como el burro? No será fácil que alguien a quien se haya ignorado y maltratado nos admita en su grupo de escogidos… ¿Libertad de elegir? Por supuesto pero, eso sí, siempre con respeto. Tan sencillo como decir: ¡buenos días!


viernes, 16 de junio de 2017

¡Siéntese y espere!


Cuando pasas mucho tiempo en un sitio, terminas por darte cuenta que, en todas partes, existe una especie de rutina que va dirigiendo las actividades y manteniendo el ritmo que le es propio a ese lugar. Al principio te puede parecer caótico, porque vienes de tu propio ritmo y entrar en otro requiere desconectar de ti mismo, mucha paciencia, observación y estar dispuesto a descubrir otras realidades.

También está el miedo que nos atenaza frente a lo desconocido. Estamos tensos, expectantes, listos para saltar, como felinos al acecho pero, poco a poco, nos vamos relajando y descubrimos la rutina que se esconde allí y comenzamos a distinguir las individualidades que la componen y… ¡hasta somos capaces de sentir la ansiedad del que acaba de llegar!...como nosotros cuando aparecimos por allí por primera vez.

Me recuerdo a mí misma aquel primer día en el que el mundo se me había echado encima destruyendo mi bien asegurada existencia. Tenía un nudo en el pecho y todo mi ser se centraba en contener las lágrimas. Buscaba con los pocos restos de visión que me dejaban las amargas lágrimas, algo o alguien a lo que aferrarme  y me devolviera a mi cotidianidad.

Entorno a mí reinaba el silencio. La sala estaba llena de gente pero nadie hablaba. En mi ingenuidad y egocentrismo llegué a pensar que todas aquellas personas eran inhumanas porque ninguna se dignaba decirme algo, dirigirme una mirada o compadecerse por mi situación… Ni siquiera se me ocurrió pensar que todas ellas estaban tan solas y tan angustiadas como yo. A fin de cuentas, si estábamos allí era por el mismo motivo. Eso lo descubrí con el tiempo.

Te mandan ir allí y vas. No rechistas. Ni te importa que sea a cientos de kilómetros de tu casa. Te recoge una ambulancia que conduce un señor al que no has visto en tu vida. Te ordena subir y subes. Te acomodas como buenamente puedes y empiezas a devorar minutos de ansiedad que no avanzan en tu reloj mientras otras personas, igualmente adormiladas y acongojadas, se van sumando al viaje. Simulas dormir para evitar encontrarte con alguna mirada perdida que te desmorone… y después de millones de minutos psicológicos llegas a tu destino…

A tu destino… qué ironía… Un lugar inmenso, totalmente desconocido, abigarrado de más personas venidas a saber de qué planeta. “¡Diríjase a aquel mostrador que allí le dirán…! Volveré a buscarla a mediodía”. Y vas. Claro que vas. Y te dejas guiar por extraños vestidos de blanco que te van llevando por pasillos largos y fríos sospechando que, aquel buen hombre que prometió recogerte no va a poder encontrarte en aquel laberinto. “¡Siéntese aquí y espere!”. Vuelves sumisamente a obedecer y te sientas. Miras mil veces el reloj como si eso fuera a cambiar algo… y esperas. Y mientras esperas y miras el reloj, ves llegar a más personas a las que se le repiten las mismas consignas: ¡Siéntese y espere!

Y allí permanecemos todos, mirando las paredes blancas, el suelo gris gastado, el techo de láminas de yeso…y la desesperación en la mirada. Hasta que un altavoz de voz cansina, grave y gangosa dice tu nombre, que sólo entiendes tú, porque estás acostumbrado a oírlo y, entre sorprendida por que alguien allí te conozca y asustada por que ha llegado tu turno, saltas en la silla sin saber muy bien hacia dónde ir, qué hacer con tus pertenencias, de las que no quiere separarte por que son lo único que te une a los tuyos, a tu casa… y vuelves a obedecer ahora a una voz…”¡Sala 3!”…

…Y entras… Fuertes luces blancas que te ciegan. Máquinas rarísimas que te aterran. Más desconocidos, esta vez, vestidos de verde… alguien te ordena: “desnúdese detrás de la cortina, deje la ropa en la percha y cuando esté salga…”. Si el pudor a la desnudez frente a extraños acude en algún momento… yo ni lo noto tan ocupada como estoy en controlar el miedo que me invade. Y, extrañamente, obedezco… Me quito toda la ropa y, como Dios me trajo al mundo, salgo de detrás de la cortina intentando aparentar normalidad… ¡Como si eso lo hiciera todos los días a petición de cualquiera..!

Te ordenan...,  más bien te gritan, te tocan y te agarran con brusquedad… para colocarte bajo la máquina… Yo, como si no tuviera ninguna voluntad, me dejo hacer. Ellos estarán acostumbrados y quizás eso sea efectividad y profesionalidad aunque…  No puedo dejar de sentirme como un pedazo de carne en un matadero. Y te vuelven a mandar salir: “Vístase. Salga fuera y espere.”. Aquí… casi agradecí salir aunque supusiera volver a la incertidumbre de la espera. No voy a decir que fuera humillación pero cómoda, lo que se dice cómoda no estuve…

Y después de tres horas me encontró. ¿Habría estado tanto tiempo buscándome?. ¡El señor de la ambulancia! ¡Por fin una cara, esta vez sí, conocida! Aunque fuera sólo del viaje. ¡Cuánto me alegré de verle…! Sobre todo porque era el único capaz de sacarme de allí y devolverme a mi casa.

A la semana siguiente se repitió la experiencia y, esta vez, el viaje fue más corto aunque fuimos al mismo sitio. El conductor de la ambulancia estaba más simpático. Los compañeros de viaje tenían ganas de compartir. El lugar de destino parecía despertar del sueño. El blanco era menos frío y el verde tenía rostros… Y las semanas que siguieron fueron dando forma al lugar, sentido a los sonidos, paz a la espera, nombres a las personas… y descubrí que aquello no era tan caótico como parecía.

viernes, 9 de junio de 2017

Mosquitos electrónicos

Cierto es que cada tiempo o momento histórico tiene sus peculiaridades artísticas y culturales, al menos así se define en los libros de historia, del mismo modo que cada una de ellas tiene sus lacras, pestes, epidemias y plagas aunque de esto se habla menos y no queda tanta constancia.
Una de esas plagas de nuestro tiempo son los “mosquitos electrónicos”, no es idea mía. Lo he oído en algún sitio. Y no es necesario decir a qué me estoy refiriendo. ¡Chacho!, ¡están en todos los sitios! ¡Zumban sin piedad a todas las horas! Y no puedes ni dormir… Al menos, los de verdad..., los que pican… lo hacen a la salida y a la caída del sol dándote una tregua el resto del día.
Que quedamos la familia para comer… hay que agrandar la mesa  porque, cada comensal necesita una media de entre 6 y 9 cm más de espacio que el de antaño. A saber: a la derecha del plato colocamos el tenedor de pescado, el de carne, la cuchara… y ¡¡¡EL MOVIL!!! Nada más sentarnos, como un acto reflejo cultural y recientemente adquirido, cada cual mete la mano en el bolso, bolsillo o similar  y, delicada y primorosamente, busca el espacio donde colocar su  amado artilugio. Allí, bien a la vista de todos… que se note. A ver quien lo tiene más grande… Es un signo de distinción y diferenciación.  Nadie lo dice pero es así. 
Pero no. Yo no me dejé intimidar. ¡Se iban a pensar la caterva de hermanos, sobrinos, cuñados  y demás parentela y comensales  que, aquí, la menda, iba a ser menos…! Y, ¡allá que me fui!...digo, a mi habitación, al primer cajón de la mesilla que es dónde lo guardo. ¡Se pensarán que sólo sé manejar la batidora! Y toda ufana y diligente saqué mi “XX”. Aquel fantástico primer móvil que le regalaron a mi marido, que a su vez él regaló a nuestro hijo mayor y éste a su vez, otra vez… a mí, porque el pequeño no lo quería  obviamente: “Ese armatoste yo no lo quiero. ¿Os pensáis que soy tonto? Todos se reirían de mí.”
Verdaderamente, teatralicé un poco el momento. Sí. La situación no era para menos. ¿Iba a ser yo la única que no mostrara en público tan impúdicamente su cachivache? Esperé al momento propicio. En cuando se produjo un pequeño silencio y parte de los comensales volvieron sus caras hacia mí esperando… ¡no os engañéis!… para que comenzara a servir la comida… y entonces… ¡zás! Dándole ampulosidad al gesto y con un poco de estridencia al ponerlo sobre la mesa (casi lo rompo), coloqué mi artefacto un poco más allá del plato: “Pa que se vea”.
¿Si se quedaron boquiabiertos?... ¡qué va! Lo que se oyó fue una colectiva y estridente carcajada al ver mí… “telefonino”, como lo llaman los italianos. Ciertamente, el mío era el más pequeño de toda la familia. “Pero, ¿dónde vas con esa cafetera?” dijo uno de mis sobrinos… y vuelta otra vez a la carcajada. “ ¡Qué dices de cafetera si funciona de maravilla..!”.
Y esto fue sólo el comienzo de la cena. Pasados los entremeses que, “matan ese hambre que nos mata”, enseguida empezaron a verse miraditas libidinosas a los “chismes” entre bocado y bocado, caricias disimuladas a las pantallas bajo las servilletas, sonrisitas de medio lado ocultas, sin venir a cuento…. Sospechosas vibraciones… de las copas de vino. Todo esto entre el primer y segundo plato que son los que más guardan el decoro porque… pasando ya a los postres y el café… se pierde la compostura: déjamelo ver, pasa el dedo así, a ver el tuyo…
Son totalmente disruptivos y enervantes. Rompen el ritmo de cualquier conversación, sea seria o jocosa, sin ningún tipo de remordimiento, dejándote con la palabra en la punta de la lengua y la boca abierta. Estropean momentos idílicos: “Espera que me están llamando… Luego te doy un beso…” y quien dice beso…

Lo peor de todo es que, por más que busco en las estanterías del supermercado, no consigo encontrar ningún repelente y continuamente voy dando manotadas al bolsillo, al bolso… ,Y observo que a muchas otras personas también les pasa, … que no terminan de DAR con él “¿dónde está?” y buscan y rebuscan… ¡zzz! ¡zzz! ¡zzz! ¡coño!, ¿dónde suena? ¡Ahí va la leche!, ¡pero si no es el mío…!

viernes, 2 de junio de 2017

Gazpacho lingüístico

El padre de una de mis mejores amigas decía con mucha frecuencia y con no menos sabiduría: ¡uy, las
palabras…son perras necias! Y no le faltaba razón porque, en el tema de la  comunicación, que se realiza en un porcentaje muy alto por vía de la palabra, siempre hay que tener en cuenta muchos parámetros: “lo que se quiere decir”, que queda reducido al ámbito privado de la mente del hablante;  “lo que se ha dicho”, que queda expuesto y evidenciado, pudiendo ser un dardo caliente o una mansa caricia. Aquí… tanto emisor como receptor juegan un papel interpretativo considerable: el tono en el que se ha dicho, el tono en el que se ha percibido... el contexto, “el no sé qué que intuí” y  “el no sé qué que pretendí”…en fin…mucha susceptibilidad.

Y luego queda,  ¡cómo no!.. y muy importante, el conocimiento que se tenga del idioma y cómo se haga uso de él. No es lo mismo tener una herramienta, que saber usarla. Y, tampoco es igual saber usarla que sacarle todo el partido… o usarla incorrectamente…

En este asunto, nuestro idioma castellano no se ha dignado ponérnoslo nada fácil y ha tenido la genialidad de darnos miles de palabras sinónimas y otras tantas más polisémicas, todas ellas enriquecidas con sus pequeños y sutiles matices, para que pudiéramos, a gusto del consumidor, componer cada uno nuestro propio gazpacho lingüístico. Con lo cual…la polémica está servida y a la carta.

Porque claro, un pueblo tan temperamental como es el nuestro, tan orgulloso y tan dado a la chanza… maneja con bastante soltura y habilidad el tema de los matices y las sutilezas, y por supuesto los utiliza a diario, enriqueciendo más si cabe, nuestra querida lengua, o complicándola para aquellos que no tenemos tanta verborrea. Y, en estas circunstancias,  no es extraño que algunas veces oigamos: “cuando dije lo que dije, no dije lo que dices que dije si no que, dije lo que dije”. 

Así, podemos encontrarnos situaciones comprometidas sin habérnoslas buscado, si por un casual quien nos escucha es alguien buen conocedor del idioma y susceptible a él. No puedo ni imaginarme qué hubieran hecho los clientes de un restaurante, en pleno centro de Madrid, si hubieran escuchado a su propietario decirle a un amigo que todos sus clientes eran “personas muy simples que comen aquí a diario”. Yo, que estaba a la barra del bar, tomando un vermut y medio leyendo el periódico, interrumpí mi poco atractiva lectura, para contemplar al imbécil que acababa de insultar a toda su clientela, incluyéndome a mí, claro está, en un paleto alarde cultural.

El muy culto y honorable restaurador quiso decir que en su restaurante comían, habitualmente, personas que viven de su salario, empleados (no jefes) de los servicios y negocios del entorno; personas “SENCILLAS” que no se dan el pote y que tratan a los demás con la corrección debida y de igual a igual. Sin embargo,  lo que en realidad dijo fue que, todos sus clientes “éramos tontos”, perdón “muy tontos” o “de corto entendimiento” que no sé si es mejor.

Como habréis podido daros cuenta, “pegué un poco más la oreja” y enseguida capte que aquel buen hombre no nos estaba insultando sino, echándonos unas florecitas… aunque, vistas así…valía más que las hubiese dejado donde estaba…


Y no es el único caso que he oído de confusión entre las palabras “simple” y “sencillo”. Algunos otros se podrían enmarcar: “Este vestido tan sencillo es para aquella señora. Es que, es una señora muy simple”… Que se lo oí a una dependienta de una tienda de novias. Tuvo suerte la empleada de que “la señora” no la oyera. Bueno, ¡quién sabe!... a lo mejor la señora en cuestión realmente era tonta de remate…y la trabajadora, al modo de Quevedo, lo hizo a propósito.

viernes, 26 de mayo de 2017

Chocolate clasista

Creo que a estas alturas ya os habré dicho que nací con conciencia social, con un profundo sentido de la
justicia y una sensibilidad especial para captar situaciones de abusos de poder. No está mal ¿verdad? Para nada. Una cualidad tan digna como cualquier otra si no fuera porque el destino tuvo a bien hacerme nacer en una familia sin posición ni clase social ni “na de na”. Y cuando digo “na” es “na”: no teníamos ni nombre ni apellido. A mis padres les llamaban por el mote y a nosotros, sus hijos, lo mismo pero con el diminutivo. Teníamos suerte si los vecinos del pueblo, al dirigirse a nosotros, el mote no iba acompañado de un retintín  sonoro de desprecio.

Con tres años nada más, yo ya captaba todos aquellos matices lingüísticos y sonoros y, sin saber nada de gramática, iba guardando aquellos vocablos y sonidos despectivos en mi diccionario de “malas expresiones y palabras”. Sabía que no eran buenas porque me dolía el corazón al escucharlas y me daban ganas de llorar. Me sentía, hoy lo sé, profundamente herida, sola y despreciada, por el mero hecho de haber nacido en mi familia. Mi mente infantil, de entre tres y cinco años, por más que se esforzaba, no podía encontrar ningún otro motivo por el que aquellas personas tenían especial interés en herirme. Y, obviamente, siendo tan niña, no tenía ni las armas (palabras), ni los recursos para poder defenderme.

Crecí deseando ser invisible y, a tal efecto, cuando iba por la calle y tenía que pasar por delante de algún grupo de personas nocivas, agachaba la cabeza, como el niño que se cubre la cara pensando que, al no ver, tampoco es visto, y apretaba el paso o echaba a correr hasta sobrepasar la barrera peligrosa. Con el tiempo creo que lo conseguí, porque dejaron de dirigirse a mí, de mirarme…

Una de aquellas frasecitas, que tuve a bien almacenar para el recuerdo, y que dejaba bien a las claras dónde estaban ellos y dónde estaba yo…, si es que estábamos en algún sitio, fue: “pero, ¿tú sabes con quién estás  jugando?”. Hasta que fue pronunciada, (la primera vez que la oí) bien me creí que, mi compañera de juegos, era alguien igual que yo: dos piernas, dos brazos, cabeza, cuerpo, mismos ojos, mismo pelo… En una situación semejante: el juego del escondite, con sus normas y reglas que todos debemos respetar. A partir de ese momento, empecé a indagar para encontrar aquello que tanto nos diferenciaba… Os juro que toda la sabiduría de mis cuatro o cinco años no alcanzaba para encontrar ese matiz y… ¡cuidado que presté atención y observé con dedicación!

Cuando se tiene paciencia, los niños suelen tenerla, y permaneces atento y alerta, las respuestas suelen llegar solas. La explicación en mi búsqueda de la diferencia llegó envuelta en papel plateado y rojo con olor a chocolate… porque, no llegué a probarlo. Era la hora de la merienda y jugábamos en la calle, como siempre, aunque esta vez lejos de nuestras casas. La señora que llevaba un rato observándonos en nuestros juegos, quiso obsequiarnos su distraimiento, ofreciéndonos la merienda.

Para mí, añadir la merienda a mis tres comidas diarias, ya era un lujo por lo que, cualquier cosa, en ese momento, estaba más que bien. Merendamos pan y queso. El pan me pareció muy rico, más suave y tierno que el que se comía en mi casa. El queso… una novedad con sabor fuerte. Me sentía una persona especial por poder acceder a aquello, cómo una princesa, si hubiera sabido entonces lo que eso significaba. Pero, enseguida me destronaron. “Y tú, ¿de quién eres?”, preguntó la buena mujer a mi compañera de juegos. “Soy Candela, la hija pequeña de los farmacéuticos”.

 No sé si subió ella o bajé yo, pero la diferencia de trato a partir de ese momento fue notoria. La buena señora comenzó a deshacerse en atenciones y halagos para con Candela y, poco a poco, yo me fui aclarando hasta hacerme invisible…, o a lo mejor desaparecí, porque la anciana, revolviendo en una caja de latón, sacó una sola chocolatina, con un envoltorio rojo y plateado, y se la entregó con verdadera veneración a mi compañera de juegos. Yo, desde mi butaca del escenario, miraba la caja y a la señora… esperando, como actor secundario, entrar en cualquier momento en escena pero, eso, nunca ocurrió.


Entonces pude sentir, en la ausencia del dulce paladeo del chocolate, dónde se encontraba la diferencia con mi amiga y descubrí, perfectamente y con gran tristeza, “con quien estaba jugando”.

viernes, 19 de mayo de 2017

La escoba sigue siendo escoba

A veces ser ama de casa acarrea ciertos “peligros sociales “. Uno de ellos, y muy frecuente, es el de la “desconexión con el mundo real”. Vamos viviendo parcelas de la vida en función de la edad de nuestros hijos, centradas en cada una de las etapas de crecimiento que nos toca vivir, y olvidamos ese otro mundo que está más allá de la casa, la escuela y el parque.
Es verdad, vivir metidas en “estos guisos”, tan centrados en el aquí y ahora, nos hace perder la perspectiva global y dejamos de saber por dónde va el mundo que, para colmo, se mueve a una velocidad vertiginosa. Cuando te quieres dar cuenta, el día que tu hijo pequeño te dice: “no me acompañes a clase que me da vergüenza”, han pasado 12 años, se ha producido un cambio de gobierno, el teléfono fijo ha pasado a la historia, internet es el mejor centro comercial y te comunicas con tus seres queridos por Whatsapp…
Ponerte otra vez al día parece algo imposible. No sabes por dónde comenzar… Quieres echar mano de tus referencias y, te das cuenta que están más obsoletas que el teléfono de ruleta. Ayer, por ejemplo, en la carnicería, escuché a otra ama de casa quejándose de la miseria de salario que le ofrecían por un trabajillo extra por horas. Ciertamente, hice un cálculo rápido, con los escasos datos de que disponía (actividades extraescolares, clases de inglés, la hora de trabajo del técnico de la caldera…) y, 6€… no era para tocar las castañuelas… eso ya se pagaba en mi época por unas horas cuidando a niños por la noche… y me pregunté ¿a cómo estará establecido que se paguen las horas?...
Animada por la curiosidad, al llegar a casa, me conecté a internet y entré en la página de la Seguridad Social para ver, tristemente, por dónde andaba el Salario Mínimo Interprofesional. Tuve que mirarlo varias veces y visité otras páginas para verificar que, lo que estaba viendo, era cierto, porque pensé que me había equivocado: ¡655,20€ mensuales…! Eso son 21,84€ al día y 2,73€ la hora… Si los 6€ de la señora de la carnicería me parecieron irrisorios, esto… me está dando apuro incluso escribirlo. No entiendo cómo a los señores del parlamento no se les cayó la cara o  el boli de vergüenza cuando firmaron el Real Decreto que así lo establece. Pero esta es otra historia.
¡Bienvenida de vuelta al mundo real!, me dije.
 Se me había olvidado el encaje de bolillos que hay que hacer para llegar a fin de mes  con el sueldo base… y, a veces con bastante menos. En mi casa, en los últimos años, sólo ha entrado un sueldo pero, ha sido suficiente como para no pasar estrecheces y llegar a fin de mes. Recuerdo aquello porque, desde la adolescencia hasta el día de mi boda, unos 12 ó 13 años, trabajé como empleada de hogar… “Ni agradecido ni pagado”… A duras penas conseguía mantenerme con el salario que cobraba…
Y… ya, puesta a actualizar…,¿por qué no comenzar por aquello en lo  que primero trabajé cuando era joven?...  Los años han pasado, ¡cuidado que ha girado la vida!… y en este campo… ¡no es para lanzar cohetes!  A nivel legislativo ha habido avances, demasiado pocos, diría yo, pero... Ahora al menos,  el salario de una empleada de hogar se equipara con el Salario Mínimo Interprofesional, se reconocen derechos elementales del Estatuto de los trabajadores, pueden tener contrato escrito, eso sí, si las partes quieren… y Seguridad Social… también si las partes quieren…  pero, se sigue, por ejemplo, sin tener derecho a paro… y, continúa siendo el trabajo menos considerado…
A nivel social… los cambios van mucho más lentos y la dignificación del sector… tardará en llegar. De esto sé bastante más porque, en los parques, los patios de los colegios y en las tiendas de barrio, tristemente, se habla sin ningún pudor y sin pensar quien puede estar escuchando ni el daño que se puede hacer.
En estos lugares he oído auténticas barbaridades y una gran discriminación de mujeres hacia mujeres. Os baste como ejemplo los diferentes nombres que ciertas mujeres les dan a las que trabajan en sus hogares haciendo lo que ellas no pueden, no quieren o no saben: la criada, la sirvienta, la chacha, la que sirve, la doméstica, la chica, la chica del servicio, la del servicio, mi chica, la asistenta, la tata, la del servicio doméstico… unos con el “la” delante, que desvincula la relación y marca la posición social,  otros con el “mi” en un intento de cercanía y falsa solidaridad fruto del enorme egocentrismo. No hablemos ya de quienes despersonalizan el nombre y se limitan a llamarlas por una de las prendas u objetos que utilizan…” la del mandil” o “la de la escoba”…”Mujer contra mujer”.
Ni qué decir tiene  los tonos que emplean  y los comentarios que se hacen… ¡Vergonzoso! Si a estás empleadoras se las tratase la mitad de mal que ellas tratan a sus empleadas de hogar, hace tiempo que los medios de comunicación y asociaciones feministas se hubieran hecho eco de los sucesos y lo hubieran denunciado. Pero…
Y, de todos los nombres utilizados para llamarlas, el que me llegó a lo más hondo, rompiendo con todos los eufemismos, más o menos agradables, que se han querido dar  a lo largo de la historia para nombrar a las personas que trabajan en este sector, tan cercano al de ama de casa (¡como si  con un nombre se llegara a la dignificación!) fue el de “las que friegan”… ¡Dios mío!... y dicho por otra mujer…

A lo que iba, al intentar ponerme al día, descubrí que, en esta era de la velocidad, de la incorporación de la mujer al mundo laboral (como si antes no hubiéramos trabajado), de la conciliación de la vida laboral y familiar, de la lucha por la igualdad de las mujeres y su dignificación en el empleo… la escoba sigue siendo escoba y quienes la manejan…  “las parias del empleo”.