viernes, 1 de mayo de 2020

No somos lo mismo

No recuerdo qué ha sido lo que ha hecho que mientras fregaba los platos me viniera a la cabeza un pequeño intercambio de opinión que tuve hace tiempo con una amiga sobre “el día de la mujer trabajadora”. Y pensaba yo, entre cacerolas y platos sucios que, a lo largo de la historia, amplia y compleja, de la que yo apenas conozco una milésima parte, siempre ha habido grupos humanos que se han apropiado de símbolos que, en realidad,  no les pertenecían: los cristianos se quedaron con la cruz latina, los nazis con la esvástica, los de derechas con la bandera española,  los gays y lesbianas con el arcoíris y… las mujeres autónomas y asalariadas con la expresión “mujeres trabajadoras”. 

Este era el “quiz” de la cuestión. El día “D”, del que desconozco su origen, vaya por delante mi ignorancia, salen a la calle a celebrar TODAS las mujeres (confieso secretamente que yo nunca he salido). Mi amiga, miembro de una asociación de mujeres “trabajadora autónomas y asalariadas”, manifestaba el malestar de su asociación por el “totum revolutum” que había en la calle ese día. “No somos lo mismo” decían. ¡Por supuesto! Siempre hubo clases. Y, desde su grupo, buscaban hacer “algo” que las distinguiese de entre la marabunta. 

Claro que no somos lo mismo, el resto somos mujeres trabajadoras en paro, amas de casa, trabajadoras sin ninguna retribución, mujeres solas que crían a sus hijos como pueden, mujeres con míseras pensiones de viudedad que trabajan en negro para llegar a fin de mes… y un largo etcétera de falta de reconocimiento y valoración. Me alegra que algunas hayan salido de esta sombra, en la que permanecemos el resto, y sean reconocidas a nivel social. Y supongo que, de esto se trata eso de la igualdad de géneros: de que todas vayamos saliendo de la oscuridad independientemente de que percibamos o no un salario. Reconocimiento, respeto, valoración… Pero, si en cuanto unas afloran buscan inmediatamente distinguirse y diferenciarse de “la chusma” ¿qué clase de solidaridad existe entre las mujeres?

Ni siquiera es una cuestión de semántica, pero, jugamos con ella y repetimos estereotipos: la mujer sólo es trabajadora si sale del hogar, entra en el mercado laboral… y percibe un salario…Triste ¿no?
La mujer siempre es trabajadora: la casa, los hijos, la familia extensa, el empleo… y lo seguirá siendo incluso después, cuando su edad diga que es tiempo de descansar, de jubilarse… ¡Que ahora la economía, la percepción de un salario nos haga sentirnos en el derecho de apropiación de este “adjetivo calificativo” y convertirlo en lo contrario, “descalificativo”, para diferenciar, separar… me apena! Y, sobre todo, me apena porque, aunque ahora queramos distinguirnos para manifestar nuestra individualidad… esto es y ha sido siempre una lucha colectiva. Las mujeres independientes económicamente hoy, deben su autonomía a la lucha de otras, que buscaron en la unión la fuerza para salir.

Y confieso que no soy muy dada a celebraciones de ningún tipo de días “D”, todos me parecen, al final, discriminatorios para “alguien” pero, imagino que, quien quiso dar nombre y notoriedad a este, no pretendía generar discriminación. Y, ahora que lo pienso, nos hubiera bastado con un simple “día de la mujer” limpio, orondo, sin adjetivos que dieran lugar a derechos de representación y confusiones. O, por el contrario, crear un sinfín de días “D”: De la mujer asalariada, de la mujer autónoma, de la mujer parada, de la mujer ama de casa, de la mujer empobrecida, de la mujer discriminada, de la mujer explotada…

Soy Ana Casado. Soy ama de casa y soy una mujer muy trabajadora.



Aclaración: Casi la totalidad de las imágenes que aparecen en este blog proceden de Pixabay.

jueves, 23 de abril de 2020

...a una mujer como ésta

El oído… ¡qué gran sentido! Aporta una ingente cantidad de información y a veces ni nos percatamos o… ¡quizás es que no nos queremos percatar! Hoy, centro mi atención en ese “parece que no oigo, pero sí oigo”. No estoy escuchando, pero, la onda llega, estimula los receptores, hace saltar las alarmas y… ¡mensaje recibido!

Pues bien, así nos encontrábamos una noche cualquiera, después de cenar, sentados en el sofá, mientras esperábamos la hora de comienzo de la serie semanal. Cada uno estábamos a lo nuestro: a la lectura uno y el fisgoneo en facebook el otro. De fondo, la verborrea incansable del televisor. Eso sí, a un volumen bajito para que no distrajera nuestros quehaceres. 

¡De repente lo oí! Entró aporreando mis orejas, hiriendo el tímpano y clavándose en mi cerebro como si de un gran sopapo se hubiera tratado. No importó que el televisor tuviera poco volumen ni que la lectura fuera grata y acaparara toda mi atención. Aquella frase, que pretendía ser galante, era una montaña de piedras arrojadas al conjunto de las mujeres. ¡o quizás no de todas!

A un veterano y prestigioso presentador de televisión, de los que se encuentran en la palestra  y se jactan de modernos y respetuosos, se le escapó esta… no sé si llamarlo pildorita o esputo. El susodicho, a la vista de una hermosa y joven “señorita” que esperaba a su acompañante, tuvo a bien decirle a éste, como quien no dice nada, la frasecita siguiente: “¡Vamos hombre! ¡que no se puede hacer esperar a UNA MUJER COMO ESTA!”. 

Brindo por ella que realmente era preciosa e iba arreglada con una sencillez exquisita. Mirarla, era un placer para la vista. A mí también me llamó la atención. Lo confieso: Soy una “voieur”. Me gusta mirar y contemplar la belleza provenga de donde provenga.

Pero, volvamos a la frasecita porque, su contenido no tiene desperdicio y…, ahora que lo pienso, quizás, “lo mío” no era tanto un exceso de puntualidad… -a fin de cuentas, la puntualidad es eso, llegar a la hora justa: ni antes, ni después- … y es que, siempre me tocaba esperar a mis acompañantes… Claro, si yo hubiera sido “UNA MUJER COMO ESA”… Esto, según el presentador, explicaría aquella ingente cantidad de minutos que pasé esperando… Y me imagino que, lo mismo le habrá ocurrido a muchas mujeres, que como yo, no llegan a dar la talla del 90-60-90. No cumplir con el canon de belleza establecido tiene estas… penalizaciones.

Sí, un aproximado ochenta por ciento de la mitad de la humanidad, entre el que me incluyo, podemos sentarnos tranquilamente y tomarnos una, dos o tres cervezas mientras esperamos a que llegue nuestra cita… y cogernos una buena borrachera. Podemos morirnos de asco contemplando el reloj y oteando el horizonte porque, por el mero hecho de ser como somos físicamente, no tenemos la dignidad ni el caché suficiente como para que un varón nos respete “hasta el punto” de llegar a tiempo a su cita.

¡O, a lo mejor, me estoy equivocando y resulta que los dos televisivos varones, que hasta aquí me han traído, ya conocían en “profundidad” a la “dama” siendo muy conscientes de la cantidad de cualidades valiosas que ésta ocultaba detrás de su sorprendente belleza...!

De todas formas, ¿No hubiera sido mucho más elegante y menos nocivo haber dicho: “No es correcto hacer esperar a una persona”?... La educación no sabe de géneros y engrandece a todos.

Volviendo a lo que me traía aquí esta mañana, mi oído selectivo, como si de una alarma ancestral se tratase, abrió todos los canales de comunicación para advertir del peligro que, aquellas “inocentes” palabritas, llevaban adheridas y me sacó de la lectura al tiempo que gritaba: ¡Pero tú has oído lo que ha dicho ese imbécil!

domingo, 12 de abril de 2020

Sobre ahorros y tarima flotante


Pero, ¡cómo nos han engañado!

Poquito a poquito, fueron conquistando, con el pago de “los réditos” de la cuenta corriente, nuestra codicia primero y nuestro dinero, después. Todos consultábamos, los intereses producidos a final de año, gozosos. Ahorrar tenía un buen aliciente pecuniario a parte de la satisfacción.

Después, como a niños chicos, nos quitaron el tan rico caramelo y nos dieron una suave gominola disfrazada con un enorme lazo: aquellas famosas campañas de entrega de regalos directos con imposición de una cantidad determinada, encaminadas, a sacarnos los ahorrillos que escondíamos, ¡por si acaso!, debajo de la baldosa.

Y caímos, perdonen la expresión señores asiáticos, como chinos. Fruto del ansia de tener y aparentar, acudimos en tropel, con nuestros dineritos escondidos en la faltriquera, para intercambiarlos por aquellas gominolas. ¡Quién no recuerda ver salir desfilando de los bancos a  tantos  pequeños ahorradores con sus enormes cajas de regalos: Mantas, albornoces, cuberterías, maletas…! Ni nos dimos cuenta del cambiazo. ¡Todo era dulce al paladar! Cuando se aseguraron de que, debajo de las baldosas, no quedaba nada… nos retiraron el azúcar y, a partir de aquí, comenzaron a decirnos que, si queríamos dar “unas chupaditas” a nuestras piruletas, teníamos que esforzarnos en ahorrar más dinero y conseguir puntos…

No fuimos capaces de ver tampoco que, tras aquella servicialidad viperina: “no hace falta que venga usted todos los meses, si usted domicilia su nómina, además de unos caramelillos ganará en comodidad…” Ese día les dimos algo más que dinero: el fruto de nuestro trabajo y ese placer sin igual de abrir “el sobre” a fin de mes.

 Y tras ésta, vinieron, un sinfín de domiciliaciones, “para nuestro descanso”… ¡y para nuestra perdición! Fuimos delegando responsabilidades en aquellos parásitos fagocitadores y hoy… tenemos que pagar por nuestro dinero. Ellos se lo guisaron, ellos se lo comieron y nosotros pusimos la materia prima a cambio de… unas migajas que rápido dejaron de existir.

¿Os acordáis de los “sloganes” que utilizaban para captar nuestra atención y adueñarse de nuestro dinero? Todos hacían hincapié es su labor altruista “al servicio del ciudadano”. ¿Del ciudadano? ¡De vuestros intereses capitalistas! ¡Pero qué necios hemos sido! Alienación del trabajo… y ahora alienación del salario¡

Antaño, las puertas del banco se te abrían y eras bienvenido a cualquier hora. Tus asuntos parecían interesarles y, procuraban buscar soluciones a tu problema desde la misma oficina. Ahora, sólo puedes hacer tus gestiones los martes entre diez y once y media (día y hora depende de cada banco), tienes que pedir cita para ser atendido o coger un número. Te atienden con bastante indiferencia y desdén (¡un pobrezuco que se cree inversor!), se te limita la cantidad a sacar, aunque tu cuenta diga que tienes suficientes fondos, o te obligan a solicitarlo con anticipación. Si la cantidad que necesitas es demasiado pequeña… ¡no te molestes en entrar, tienes que hacerlo desde el cajero!  Y lo que es más gracioso, en la era de la tecnología en la que todo está interconectado, en una oficina del color rojo, no puedes hacer una gestión de otra de ese mismo color y, te obligan a trasladarte a aquella de origen que ahora te queda… lejos de tu domicilio. Ya no os cuento con lo de las comisiones… “¿pero, cómo..? ¿te tengo que pagar por dejarte mi dinero? ¿y una comisión por mantenimiento de qué? ¿y otra por hacer un donativo? ¡Aaaah! ¡sin más palabras!

¡Perdónenme ustedes! Yo no sé de economía más allá de la calderilla que maneja un ama de casa pero, a mí, todo esto, me suena a “chufla”. Se están riendo  y aprovechando de nosotros. Hemos generado tal dependencia de los bancos que nos tienen a todos cogidos por… “los perandones” y lo triste es que ya, no podemos prescindir de ellos porque “PARA TODO” se necesita tener una cuenta bancaria. Hoy en día es más importante que el DNI. ¡Qué bien han jugado “arriba” sus cartas estos parásitos!

Y lo peor es que, con la tarima flotante ya no quedan baldosas en las viviendas donde poder volver a esconder nuestros ahorritos.

sábado, 4 de abril de 2020

¡Eso me parecía a mí!


Nadie por la calle a las ocho de la mañana y, de repente, te cruzas con otro madrugador y, al llegar a tu altura, te suelta: “Pero, ¿lo tienes claro o no lo tienes claro?”.  ¡Perdón! ¿Cómo dice? ¡Aaaah que no está hablando conmigo! ¡Perdón, perdón! Y te devuelven una mirada reprobadora como diciendo: ¡Tú de que vas! No ves que voy hablando por mi “Iphone 10”.  Y, efectivamente, descubres que de su oreja cuelga un cablecito… Pasé tanta vergüenza que, he decidido no volver a responder ni siquiera cuando oigo mi nombre. Vete tú a saber…Hay tantas “Anas” en el mundo…

Sí, esta y otra son las cosas que tiene la telefonía móvil.

Las personas vamos hablando por la calle creyendo que tenemos una conversación privada y lejos de ser eso, lo que hacemos es incomodar y media humanidad se pone al corriente de nuestros asuntos.

El otro día escuché una conversación…Ya sé que, una debe de ser respetuosa y no prestar oído a conversaciones ajenas, “no pegar la hebra” que se decía en mi tiempo. Pero, ese día, aunque pasaba ligera por la zona comercial, para no dejarme arrastrar por las rebajas… si el sonido de su teléfono no había sido suficiente llamativo y escandaloso, la respuesta y el saludo a la llamada me frenó en seco: “- ¡Hola chocho!”.  Busqué impactada y rauda a la persona que lo había dicho, pensando que podría haberse equivocado, y le seguí disimuladamente para verificar mi error. ¡Pues no! No había sido un error. Siguió su conversación como si tal cosa a voz en grito: “Chocho” para acá, “Chocho” para allá, como tú digas “Chocho”, vale “Chocho”, hasta pronto “Chocho”, yo también te quiero “Chocho”… Se me puso una cara  de emoticono ¡sí!, los ojos desorbitados y la boca desencajada. ¿Qué nombre admite como diminutivo o apelativo cariñoso “chocho? ¿Será que ha cambiado el significado de esa palabra y no me haya enterado…? ¡Qué me estaré perdiendo! 

Estaba deseando llegar a casa para consultar el diccionario. Y llegué. Y miré. Cómo adjetivo hubiéramos librado. No está mal estar o ponerse “chocho”. Eso indica que estamos contentos, satisfechos con algo, pero, ¡sería un adjetivo! Y, de lo que aquí se trataba, quedó suficientemente claro, era, nada más y nada menos que, de un “sustantivo”. Y como sustantivo… ¡Mire usted!  el asunto ya toma otros matices menos melosos. Vamos, que a alguien le llamen “altramuz”, esas cositas circulares y amarillas que se venden en los puestos de encurtidos de las ferias… ya sería rarito de salero. Nombres más feos y extraños he oído, y darle ese apelativo cariñosamente con ese significado de una legumbre a una persona…pues qué le vamos a hacer, sería aceptable. ¡Para gustos se han hecho los colores! Pero, tengo la ligera sospecha, más que fundada, que aquí el tema nada tiene que ver con la leguminosa esa. Seguro que a vosotros como a mí, la mente se os haya ido, como la velocidad del rayo, a lo que todos estábamos pensando hace rato.

¡Qué se puede decir! Verdaderamente había escuchado llamar cariñosamente a la pareja de muchas maneras: “cari”, que vale para los dos; “papá y mamá” por aquello de los hijos, o con el diminutivo con ese aire latino “papi y mami”, a veces incluso “corazón” o “amor” para aquellos más románticos…pero ¡¡¡¡CHOCHO!!!!

Hoy, antes de terminar estas líneas he querido hacer un experimento casero. Cuando ha llegado mi marido a casa le he dedicado un afectuosa bienvenida: - ¿Cómo te ha ido hoy “Escrotito mío”? 
Lo mismo he hecho con mis hijos: -¿Qué tal os ha ido en el insti “escrotitos”?
Las reacciones no se hicieron esperar: caras raras, miraditas soslayadas entre ellos...
Y vino la segunda envestida: “Escrotos, ¿podéis ir poniendo la mesa?” 
Fue mi marido el que no se contuvo:
 -“ Pero, ¿se puede saber que te pasa hoy? ¿a qué viene esa palabrita?”
-No , nada, sólo estaba haciendo un experimento  cariñoso y comprobando una cosita…-
 -¡Pues a mí no me hace ninguna gracias!
- ¡ESO ME PARECÍA A MÍ también!

sábado, 21 de marzo de 2020

Me lo callo para mí


Las redes están que arde. Hay, como siempre, de todo, pero ahora en cantidad y a todas horas. Y me refiero a personas. Todo el mundo estamos escarbando, como gallinas en el estiércol, para ver qué descubrimos en el montón de abono, digno de ser trasportado a nuestro pico (teclado) y lanzarlo a la red. Algo que sea lo último, ultimísimo y nos aporte muchos “likes”. Yo también. Nada más que lo veáis, si me estáis leyendo.

Me preocupa sobremanera eso que ahora han dado en llamar “Fake news”. Bulos, mentiras… que, si antes ya eran malas ahora son peores. Todos estamos un poco alterados y este tipo de mensajes no ayudan. Somos capaces de llegar, hasta bien abajo en el montón de basura, y sacar los trapos más viejos para caldear más si cabe el ambiente. ¡POR FAVOR, no publiquemos cosas que no vengan de fuentes fidedignas y que no estén bien contrastadas! Paremos las cadenas. Eso, sí está en nuestras manos. Seamos adultos, seamos serios, seamos responsables.

Por si fuera poco, la ociosidad en masa, libera más las lenguas que las mentes y estamos raudos a la crítica y lentos en la reflexión. Da igual si nuestro comentario destruye una buena y bonita iniciativa, siempre hay “idiotas” que secundarán la crítica con los ojos cerrados, y eso nos llena de satisfacción…que es de lo que se trata, de engordar nuestro ego. Piensa, pensemos antes de lanzar una “inocente preguntita”, “un comentario ingenioso”, ese reenvío fácil, el veloz “tweet”… ¿nuestro gesto aporta algo positivo? El efecto dominó pude ser arrollador. Si lo que tenemos que decir no va a ayudar y/o mejorar la situación… mejor nos lo guardamos. ¡Guárdatelo para ti! Me lo guardo para mí.

Parece que aún seguimos sin entender: Es tiempo de sumar, aunar y, si no podemos o no sabemos, al menos que no restemos. Si no ayudamos a tranquilizar, calmar los ánimos, no favorezcamos la crispación. Que ya hay más que suficiente. No son momentos de andar mirando lo bien que quedamos en la foto y dónde nos colocamos… o salimos todos o no salimos.

A lo mejor al lema “quédate en casa” habría que sumarle otro que dijera “y cállate la boca” porque la ociosidad da para mucho y en estos momentos, si de algo andamos sobrados, es precisamente de ociosidad.

Soy Ana Casado y estoy en casa ociosa como tú. Desde mi humilde observatorio, os invito, te invito a sumar desde la contención.

Un saludo.

domingo, 15 de marzo de 2020

Un momento de deleite



-Oye mamá, ¿por qué pasan estas cosa? ¿y por qué dios no hace algo?

-Verás, yo no sé mucho de “esto” pero, sí sé que, nuestro tiempo no es el tiempo de Dios: un segundo para él es toda una eternidad para nosotros.

(Miguel me miró desde sus enormes ojos negros, abiertos como platos, como diciendo: no he entendido nada.)

-¿Quieres que te cuente una historia?

Resultó que, aquella mañana Dios se había levantado muy tranquilo y satisfecho después de una semanilla celestial muy atareado creando el mundo. Con una sonrisa plena, que caracteriza al que sabe que ha hecho un buen trabajo, nuestro Señor se dispuso a dar una vuelta… ¿por el paraíso? ¡nooo! Por el universo tan recientemente creado. Bajó hasta aquí y, en cuanto puso los pies en la tierra, un bichito muy curioso al que no recordaba haber creado distrajo su atención:

- “¿Cuándo he creado yo esto? ¡Anda que soy despistado! ¿fue en el tercero o en el cuarto día? Umm ¡Mira que no me acuerdo!”.

El extraño bichito andaba muy atareado, como si toda la creación dependiera de él. Se afanaba revisando cada una de las flores que encontraba a su paso… ¡y eran muchísimas! Aquello parecía una tarea ingente. ¡Allá dónde miraras había flores! Se posaba en los pétalos con cuidado e inmediatamente desaparecía en la intimidad de la flor. Hecha su inspección volvía rápidamente al exterior, toda cubierta de un polvito amarillo, para irse zumbando y repetir la misma acción en la flor más inmediata.

-Mientras, y esto no pudo verlo Dios, a pesar de que digan que todo lo ve y tan distraído como estaba observando el trajín que se traía el bichito, en su abdomen, se iba acumulando un dulce néctar.
(Miguel sonrió al darse cuenta de qué estaba hablando. Supe que tenía toda su atención)

Así andaba Dios: entretenido como un crio con su juguete nuevo, persiguiendo al incansable insecto con la vista… y preguntándose, a qué le llevaría tanto afán. Y sin querer, sin querer la pequeña creatura le llevó hasta su casa.

 De la rama de aquel árbol pendía una bola, a modo de balón de rugby con un agujero por el que entraban y salían más criaturas como aquella, en perfecto orden, revoloteando y danzando de contento… ¿por haber llegado?

Dando rienda suelta a la infinita curiosidad que caracteriza a todo buen artista, Dios se aproximó confiado, a mirar qué baile era aquel con el que se demoraba el bichito a la puerta de su casa pero, no le dio tiempo a ver mucho porque… un hilillo dorado, meloso y tentador rebosó los límites de capacidad de aquella bola. Su instinto goloso, porque Dios es muy goloso, le llevó a extender su real dedo, ¡sí!, ¡el que utiliza para dar órdenes!, colocarlo bajo aquella sustancia viscosa y después… se lo llevó a la boca. ¡mmmmmm! En un gesto, de divino placer, Dios cerró los ojos durante una milésima de segundo celestial y cuando volvió a abrirlos…

¡¡¡LA CATRASTROFE!!!

Debajo de la peculiar pelota de Rugby se amontonaban inertes los cuerpecitos de aquellas maravillosas criaturas que tanto placer acababan de proporcionar a su paladar.

Profundamente impactado miró alrededor buscando la causa y origen de tal tremendo desastre y, no encontrando nada aparente que lo justificara, decidió acercarse por el paraíso a preguntar. Allí, Adan y Eva, como encargados de la creación, gestionaban todo el universo. Pero… Por más que llamó a la puerta no encontró respuesta.

-“¡¡No hay nadie!! ¿Dónde estarán?”.

En un gesto de preocupación, porque Dios es muy respetuoso, se atrevió a correr la cancela e introducirse en el jardín… 

-“¿¡¡Cómo puede ser esto!!?” Dijo Dios con los ojos saliéndosele de las órbitas.

 Un inmenso desierto árido y seco se encontraba en lo que hacía apenas una semana celestial fuera un rico vergel.

- “¿Qué ha pasado con el paraíso que he construido hace un par de días? ¿quién se ha atrevido a destruir mi obra? ¡Adán, Eva!  ¿Dónde estáis?”.

Una ráfaga de viento abrasador y abrasivo se levantó de aquel desierto hiriendo su rostro como respuesta.

Decidido a dar con la explicación a tan calamitosa situación fue preguntando a cuantos animales, plantas, quedaban y se encontraba a su paso…

- “¿tú sabes dónde están los administradores?”  Y, a cada encuentro, se sorprendía y preocupaba  más y más. Nada se parecía a lo recién creado.

Mientras buscaba, tuvo tiempo de descubrir otros muchos y grandes desastres: plantas sin color ni olor, astros llenos de basura espacial, animales famélicos a punto de fallecer, océanos llenos de plásticos…

 -“¡¡¡¡QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ¡¡¡” dijo Dios inconsciente del tiempo terráqueo transcurrido.

-“Porque hay otros mundos ¿sabes? que también los ha creado Dios pero, este era el más bonito.
-SÍ, ¡EL PLANETA AZUL! Nos lo han dicho en el colegio.
-SÍ, pero, sigamos con la historia que se me va el hilo.

“-Tendrás que ir a los Servicio Generales.”

 Le dijo un viejo y escuálido elefante, incapaz de sostener su propia trompa, al escuchar los alaridos de Dios, cuando pasó por África.

 -Allí es dónde se decide todo. Pregunta al “Roblón” que es el árbol más longevo. Él sabrá decirte.

Y después de mucho andar y preguntar Dios llego a una especie de ¿bosque?...

-Bueno, en realidad no tenía nada que ver con un bosque de lo feo y gris que era. Pero sí parecía un bosque por la enormidad de los edificios: viviendas apiladas unas encima de las otras que se elevaban hasta casi tocar el cielo…
- ¡Era una ciudad! ¿verdad, mamá?
¡Sí!, eso. Era una ciudad.

Pues eso, una ciudad.  Pero ¡tan fea, como no la hayas visto nunca! Y tampoco se libraba de la maldición que perseguía a la creación. Dios preguntó y, perdiéndose por el laberinto de calles y callejuelas, consiguió llegar hasta los Servicio Generales.

- Si ya la ciudad era fea, tendrías que haber visto los Servicios Generales. ¡Aquello era deprimente!

“¡Buenos días! ¿Podría decirme dónde están Adán… “.

Ni terminar la pregunta le dejaron. Es más, ni le reconocieron porque nadie se acordaba ya de Dios. Y tampoco le miraron por si, su atuendo, túnica blanca y triángulo amarillo en la cabeza, les hubiera podido dar alguna pista. El recepcionista, tan gris como el edificio, ni sacó su nariz de la pantalla que tenía delante para saludar. Con un tono rancio, de purita rutina, interrumpió sin ningún respeto la pregunta de Dios y le espetó:

- ¿Tiene usted cita?

A Dios sólo le dio tiempo a abrir desmesuradamente los ojos antes de volver a escuchar:

- ¡Si no tiene cita rellene el formulario número 15 y espere!

¡¡¡¡…Y Dios se topó con los servicios Generales¡¡¡

Por su altíiiisma parsimonia y su excesiva burocracia y… El creador comenzó a entender. Fue entonces cuando se arrepintió de haber dejado al hombre como encargado de todo y de no habérselo dejado a aquel bichito tan hacendoso….

Se había despistado unos segundos contemplando y degustando… había sido suficiente para dar al traste con el mejor de los mundos creados.

-Y eso es lo que pasó, nada más y nada menos que unos escasos segundos.
-Pero, mamá, ¡es Dios!… ¿podrá hacer algo?
-Pues claro. Y lo está haciendo. Ha pasado al tiempo humano y está muy ocupado rellenando formularios.

domingo, 8 de marzo de 2020

La manzana de Eva



¡Para, para, para! ¿Pero qué me estás diciendo? Eso es sólo un documento escrito más donde se puede constatar lo viejo y antiguo que es esto del maltrato a la mujer. Y esta historia o mito o como quieras llamarlo de Eva y la manzana puede ser interpretado de muchas otras maneras.

Se me ocurre una por ejemplo: 

Pues allí estaban el soso de Adán y la sosa de Eva paseándose por el jardín del Edén sin ninguna voluntad ni ninguna otra cosa que hacer que no fuera comer, crecer, multiplicarse y mirar al sol como dos animalillos más de la creación. Y, “hete tú aquí” que a Eva, y presta mucha atención que estoy diciendo “a Eva”, como así lo marca el texto bíblico, y no “a Adán”, se le movió la neurona animal y pensó: “Esto del árbol de la ciencia del bien y del mal suena interesante”.  ¡¡¡PENSÓ!!!

 Mientras, Adán, correteaba y saltaba jugando entre los arbustos con unos ratoncillos, sin ninguna conciencia. Y, Eva, como no podía ser menos, dejándose llevar por esa arcaica intuición animal, observaba el paraíso tan perfecto y a aquel apetitoso y llamativo manzano… “¿qué está pasando aquí?”  Se preguntó.  Y aproximándose al frutal prohibido, ¡¡¡TUVO CURIOSIDAD!!!, tomó en sus manos una jugosa manzana, la observó, la olisqueó con su olfato animal y, el visceral instinto le dijo:” Esto tiene que ser bueno porque si no, no estaría aquí “.

Adán continuaba a lo suyo, ajeno a toda reflexión, confiando siempre en que Eva le avisaría cuando la comida estuviera lista.

Eva se atrevió a cuestionar ridículos tabús y prohibiciones y… sin darle más vueltas, dejándose llevar por lo que le decían sus intestinos… ¡¡¡PROBÓ!!!.. el dulce fruto prohibido. Su mente apagada de animal domesticado se abrió al mundo. Y he aquí, que su buen corazón la llevó a compartir con su inconsciente compañero aquel magnifico descubrimiento.

Accedió al mundo del saber porque cuestionó lo establecido y se atrevió a ir un poco más allá.
¡Fue la mujer la que abrió las puertas al mundo del conocimiento! ¿Qué hizo Adán en todo esto? ¡Nada! Si todo hubiera dependido de él aún seguiríamos pastando en el campo.

Eva dio el primer paso hacia la evolución y ¿cómo se lo ha premiado la humanidad? Milenios de castigo y vejaciones. ¡No, no, noooo! No cometió ningún error ¿o quizás si?  ¡Claro que lo cometió! Su error fue adelantarse a su compañero: saborear en primicia el fruto del saber, ir por delante…  y compartirlo. Ella vio que aquello era bueno y quiso hacer partícipe a su compañero. Adán en vez de agradecérselo… tuvo miedo. El saber tenía implicaciones y le sobrepasaron.  No estaba aún preparado para dar aquel mordisco.

¡Pobrecito! ¡Jamás he visto personaje más infantil, inmaduro, sin ninguna voluntad ni criterio! Siempre “un bien mandado” que ni arriesgó ni asumió…  y deja que otros decidan lo que tiene que hacer. Sólo un animal más que hace girar la noria en un paraíso eterno de inconsciencia.
 Y el acusica de él, en vez de asumir su responsabilidad, va y se chiva haciéndose el mártir: ¡Fue la mujer!, ¡Fue la mujer!  ¡Ella me obligó¡ ¡Ella me obligó!...

En fin, este fue el primer gran pecado: el de envidia, no de desobediencia como quieren hacernos creer.  Cuando Adán se dio cuenta, cuando tomó conciencia de la grandiosidad de aquel hallazgo… no fue capaz de soportar no haber sido el artífice de aquella hazaña y se dedicó a vilipendiar a Eva llegando hasta nuestros días.

 Y yo, Ana Casado, de profesión Ama de casa me pregunto: ¿Les gustaría a muchos hombres ver la historia contada así?