domingo, 11 de noviembre de 2018

Otra vez David contra Goliat

Juzguen ustedes mismos…
Recientemente volví a tener que coger el coche para hacer un recado en el que no podía prescindir de vehículo. El volumen y el peso de los bultos, que debía trasportar, hacían inviable la posibilidad de llevarlos en la mano y, por tanto, también me veía en la necesidad de aparcar lo más cerca posible de la casa de mi amigo. Para más “inri” vive en la zona céntrica de la ciudad, dónde encontrar un aparcamiento es, algo así, como que te toque la lotería primitiva.
Os digo por adelantado que soy de esas personas que respetan las normas de tráfico, especialmente las que tienen que ver con los aparcamientos, paradas en la vía… Por un pudor excesivo, que tiene que ver, lógicamente, con el respeto a los demás, si no lo hago correctamente, ese diablillo interior no deja de gritar mi infracción hasta que subsano la falta. Por eso, me tomo mi tiempo en estas tareas y les dedico todo el necesario para que el coche quede bien aparcado. No importa si luego me toca caminar más.
Pero, en este caso, necesitaba aparcar en un espacio muy concreto por aquello del peso y demás así es que, di vueltas y vueltas por el mismo sitio esperando que, en cualquier momento, alguna persona moviera su vehículo… Lógicamente iba más despacio incluso de lo que marcaban las señales de tráfico y, soy consciente que en alguna de las vueltas enervé al conductor que iba detrás. ¡Lo siento! 
En una de tantas ¡oh maravilla de las maravillas¡ vi a lo lejos, justo delante de la casa de mi amigo, cómo se encendían las luces traseras de un vehículo y que este iniciaba las maniobras para salir de su aparcamiento. Bailando de alegría con mi Ford Fiesta me fui aproximando, frené, marque mi intención de aparcar con el intermitente, esperé que saliera el otro coche y cuando este se fue, inicié la maniobra de aparcamiento: avanzo, paro, introduzco la marcha y, antes de levantar el pie del embrague para iniciar la maniobra, miro por el espejo retrovisor y… ¡PERO QUÉ ES ESO…! ¡En el espacio en el que pensaba aparcar mi “fiesta” se había metido de frente y atravesado el vehículo que esperaba detrás de mí..!. Yo no daba crédito a lo que estaba viendo. Me quedé quieta en el coche sin saber qué hacer hasta que… ¡el muy cabrón! (Perdonen la palabreja pero no se merece otra mejor), empezó a pitar y a hacerme gestos raros y agresivos. Bajé indignada del coche y él siguió haciéndome gestitos desde su gran cochazo. Le pedí explicaciones… y, aparte de reírse, ¡el muy hijo de la gran…¡ bajó intimidatorio de su coche y todo chulesco va y me dice que no marqué la maniobra con la suficiente antelación!
Nos enzarzamos. David contra Goliat. Me temblaban las piernas de indignación, cabreo y canguelo. Por si fuera poco, en su coche había una “viborita” que salió a sumarse a la disputa con comentarios ofensivos hacia mi persona, aspecto y cualidades físicas. Nadie en el entorno que pudiera haber visto lo ocurrido y echarme un capote. Coches que empezaban a llegar y a acumularse en la calle sentido único…¡¡¡Vergüenza, rabia, dolor, impotencia y más indignación!!!
Llorando, me volví a mi Ford. Por suerte, apenas unos metros más adelante, había quedado libre otro aparcamiento. La maldad me asaltó y por un momento deseé tener una herramienta adecuada para volver y rajarle las cuatro ruedas de su flamante auto.
… y ahora díganme si el hecho que les acabo de contar hubiera tenido lugar de haber conducido un “Gran Galoper”, medido un metro ochenta, pesado noventa kilos y tener un par de huevos y colgajo entre las piernas…

domingo, 21 de octubre de 2018

El hijo trajeado

Finales de noviembre. Ocho y cuarto de la mañana. Confiaba en que el frío hubiera  llamado a la pereza y encontrar la sala de espera más descongestionada. No puedo ocultar mi decepción  al ver todos los asientos ocupados. Sólo quedan libres los dos de la entrada. Justo donde me encuentro. Hice bien en traer el ebook para distraerme. Tendré un largo rato de espera.

Pido la vez. Un hombre de unos cuarenta años, muy repeinado, con traje, y me imagino oliendo a colonia, levanta la mano. Con mucha parsimonia comienzo a acomodarme y despojarme de las prendas de abrigo. Allí dentro el calor es sofocante: guantes, gorro, abrigo… todo bien colocado en el regazo, para que no se caiga. No hay más sitio. ¿El bolso? En la cima del montón (así puedo sacar el ebook y guardarlo rápidamente cuando me toque el turno). Una conocida, que seguro habría estado observando mi “tejemaneje”, me saluda desde el extremo opuesto de la sala. Respondo al saludo con un movimiento de cabeza y una sonrisa  ¡las manos las tengo ocupadas sujetando el montón!

¡Ya! Me siento con el ebook en la mano y, antes de iniciar la lectura, con la mirada periférica, hago un recorrido rápido  sobre las personas que me preceden: la mamá con el bebé, el padre con el niño, las dos señoras con ropa deportiva, el jovencito que moquea, la conocida, el señor del traje,  dos ancianos… Calculo el tiempo aproximado de espera: mínimo una hora y eso, si no surge alguna urgencia o imprevisto ¡nunca se sabe!

La pareja de ancianos y el señor del traje se encuentran justo delante de mí. Observo que mantienen una charla confidencial y sigilosa. Entre ellos hay algún tipo de relación porque, en un momento el señor trajeado  posa su mano sobre la de ella. Interpreto  que es un gesto de cariño tranquilizador. Ella, a su vez, se gira ligeramente y coloca su mano derecha sobre la del anciano. Hay complicidad entre ellos. Me enternece la imagen ¿a quién no? : un hijo que acompaña a sus padres ancianos al médico…

Me enfrasco en la lectura y por un rato ni veo ni oigo. Finalizado el capítulo, relajo la vista volviendo a hacer un barrido rápido sobre el resto de pacientes. Falta una de las señoras de chándal; los abuelitos y su hijo siguen con sus confidencias; el chico “moqueante” pide un pañuelo… y aparecen siete. Sigo con la lectura para no perder hilo. En un momento dado, lo allí escrito, llama especialmente mi atención y levanto la vista inconscientemente pero metida hacia dentro en mis pensamiento. ¡Esta era la señal! La señal que esperaba “el hijo trajeado” para verificar que no interrumpía mi lectura. – “¡Perdone!” Llamó mi atención bajito y educadamente. – “Quería decirle que ya no va usted detrás de mí.” Puse cara de poker… (¿será que se va?) – “Es que ahora va usted detrás de estos señores” (señaló a los ancianos). Luego… ¡no eran sus padres! – “Es que, me han cambiado el puesto”.  Entonces… ¡¡¡era eso!!!

La anciana, con el gesto de la bondad tatuado en su cara, se adelantó a mi estupor… ¿en su defensa? ¿Justificación…?  – “Es que tiene que ir a trabajar y va a llegar muy tarde.” ¿Trabajar…? ¿Llegar tarde…?
Algo distorsionó mi estado mental y ya no fui capaz de retomar  la lectura.


Yo creo que en el fondo, ¡viva mi cinismo! , me sentí  molesta porque aquello no acortaba el tiempo de espera y además desbarataba mi intuitiva predicción primera, de la que siempre me he sentido tan orgullosa: ¡haber visto  ternura donde sólo había interés! ¡¡¡Cómo pude estar tan ciega!!! ¡¡¡¡Sólo era un jeta más, aprovechándose de la bondad!!!

domingo, 7 de octubre de 2018

Derechos-pantalla

Esta mañana, mientras esperaba mi turno en la frutería, volví a escuchar una de esas conversaciones que me
Fotografía de Wikipwedia. Autor: Certo Xornal
sacan de mis casillas. Una señora se quejaba amargamente de un policía “con muy mal carácter” que “siempre” le llamaba la atención cuando llevaba los niños al colegio. “El policía avinagrado” ya le había puesto con antelación una multa por mal aparcamiento y hoy, había vuelto a recordarle que no podía estacionar allí. Misma señora, mismo policía, mismo lugar, misma infracción.

La señora, según comentó ella misma, con bastante mal carácter también, le replicó aludiendo a “su derecho a” llevar a sus hijos al colegio que quiera… ¡Qué gracia me hace usted señora y, tantos otros y otras que, enseguida, se atreven a sacar a pasear el listado de derechos, como único legado de la Constitución y con la sola intención de hacer prevalecer SU santa voluntad! ¡Pues claro que usted tiene derecho a llevar a sus hijos al colegio que le dé la gana… y los señores y señoras a los que su coche, por mal estacionamiento, no dejaba pasar… también tienen “derecho a”… o ¿ acaso se pensaba que este asunto de los derechos se hizo sólo para usted?

Escuché en silencio, la larga perorata de la señora y el asentimiento del señor frutero que, como buen comerciante, daba la razón al cliente. Apreté la mandíbula y los puños en un gesto de contención mientras me repetía: “No es momento ni lugar Ana que tú sólo has venido a comprar el pan y unas manzanas.”  Pero ella siguió y siguió despotricando contra los policías con la única intención de desviar la atención de su falta y justificar una actitud de “jeta empedernida” a pesar de que su turno de compra ya había terminado…

 Y yo me estaba… mordiendo la lengua por decirle: ¡Señora ”su derecho a” lleva de la mano izquierda “la responsabilidad de”, y de la derecha “la obligación para”, que, curiosamente, era lo que quería hacerle entender el policía al que usted tanto critica y lo que él, a su vez, estaba haciendo: “cumplir con su obligación en la regulación del tráfico y con la responsabilidad de atender con justicia a todos los ciudadanos”.

Cuando oigo a personas así, “exigiendo” sus derechos de una manera tan egocéntrica, tergiversando la realidad de forma descarada, haciendo que, lo que a todas luces es una justificación a su falta de civismo, quede convertido, con su verborrea, en una acusación de abuso de  poder…. se me agria el carácter. Son personas apabullantes y hay que hilar fino para darse cuenta de la trampa y no caer en ella. Y, no puedo dejar de preguntarme qué clase de sociedad estamos construyendo. Yo sólo veo una sociedad llenita de  “yoes”. Unos “yoes”, eso sí, muy inteligentes, capaces de hacer uso de la mejor oratoria sobre los derechos individuales, pasando por alto los derechos colectivos.

“¡Pobre, -dijo otra mujer-, si tenía que dejar a los niños… aparcar mal un ratito no será para tanto!” ¡La tiparraca aquella había conseguido su objetivo! Me encendí y ya no pude callar. Los argumentos que, anteriormente me habían generado desasosiego y pugnaban por salir, le cayeron, como un vómito incontrolado, a la pobre señora que sólo había sido una víctima de la primera. ¡Mis disculpas segunda señora, su buen corazón la precede!

Hacemos y perpetuamos una sociedad inmadura por temor. Se utilizan derechos fundamentales como “derechos-pantalla” para enmascarar lo que a todas luces es una “jetada”, un abuso… ¡y todos callamos!..  aunque sintamos ese hormiguillo por dentro que nos dice que algo está siendo manipulado. No sería políticamente correcto ir en contra. El miedo a ser señalados nos hace callar.

Y así, esa señora, dejó bien sentado que “un policía” le había cuestionando “su derecho a escoger el colegio de sus hijos” y se fue “de rositas” sin escuchar que en realidad, el asunto ponía de manifiesto su falta de responsabilidad por no madrugar un poquito más para tener tiempo de buscar un aparcamiento correcto, no molestar ni entorpezca el tráfico y de paso respetar el “derecho a“  de otras personas….


Esta mañana, la sociedad calló otra vez, cobardemente, dejando que la señora se fuera tan ricamente creyendo que todos los allí presentes le habíamos dado la razón aunque sólo fuera por omisión. YO INCLUIDA.

domingo, 16 de septiembre de 2018

¡¡¡Una red de viejos!!!

¡Pues mira tú que van a tener razón!

Recientemente vinieron a visitarme mis sobrinos, les invité a un cafetito, nos sentamos a la mesa de la cocina e iniciamos una charla desenfadada. En un arranque de confidencialidad les conté, toda emociona, que me había abierto una cuenta en Facebook. No sé si fue la emoción pueril, que me embargaba en aquel momento, lo que les hizo tanta gracia, o la constatación de  que llegaba demasiado tarde. Algo que para mí era tan novedoso, para ellos había pasado a ser antediluviano. ¡Qué rápido se mueve todo!

Después de la cariñosa risotada, porque ellos saben, y yo sé, que siempre ando poniendo resistencias a todo lo nuevo, muy amablemente mi sobrina me dice: “¡Pero tía, si eso es una red de viejos!”… ¡¡¡UNA RED DE VIEJOS!!!

En aquel “pero tía si es una red de viejos” yo quise entender que era aún demasiado joven como para relacionarme con aquellos carcamales que, supuestamente, frecuentaban esta red y, confieso que me sentí alagada. ¡Que una persona joven sea capaz de valorarte, sin llevar por delante el número escandaloso de tus años, y después de escuchar a mis hijos infinidad de veces eso de, “mamá estás mas trasnochada que un “Pentium ”… aquella exclamación era como canela para mi olfato y paladar.

Me explicaron que, ahora, Facebook ya no está de moda. Que lo que más éxito tiene es “eso de Snapchat” e “Instagram”. ¡Ni idea!  Aunque les dejé que hablaran, no presté demasiada atención.  Andaba yo ya... elucubrando: ¡Otro asunto más!, ¡Con lo que me ha costado entender y hacerme a esto del Facebook…!. Saltaron enseguida las voces de la resistencia…Yo, de momento… ¡Mejor me quedo con esto! ¡Qué miedo! ¡Algo nuevo!

Lógicamente me intrigaba más la otra parte más decepcionante: ¿Cómo podía ser que Facebook fuera algo de viejos? Repasé mi lista de amigos… que por cierto, acabó enseguida. Y, bueno, como no podía ser de otra manera, mis amigos eran pocos y la mayoría, era obvio, más o menos de mi edad, salvo un par de excepciones. “¡Lo ves… viejos!” que dirían mis hijos. Para ellos viejo es todo aquel que supere los veinticinco… Pero, como treinta personas  no es que se puedan considerar una muestra representativa, decidí fisgonear un poco por el Facebook de mi marido y… ¡oye tú!…la imagen fue exactamente la misma.

Me sentí decepcionada, no porque me viera “perteneciente a…”, que también, pero, sobre todo, porque, yo pensaba que aquí cohabitábamos todos en un “totum revolutum” y que, unas y otras generaciones quedábamos difuminadas enriqueciéndonos mutuamente sin tener en cuentas nuestras edades. Y.., ¡mira tú por dónde! las generaciones jóvenes que, habían sido, precisamente, las que habían puesto de moda este espacio, parece como que hubieran estado esperando a que nosotros lo colonizáramos para, acto seguido, buscarse otro lugar y volver a poner distancia entre padres e hijos, jóvenes y mayores...

Cuando tenía quince años, los de mi edad llamábamos mayores a los de veinte y viejos a los de treinta. Con treinta, mayores eran los de cincuenta y viejos los de setenta. Ahora con “cincuentaitantos”… ¡dejémoslo estar!


Lo que sí veo claro es que, para mis hijos no puede ser muy distinto de lo que lo fue para mí por lo que  si  para ellos Facebook es ya una antigualla, lógicamente los que lo frecuentamos, a sus ojos, somos auténticos dinosaurios.

domingo, 17 de junio de 2018

Enfermedades de género

Ya sabéis que, mi humilde hogar no es un gran laboratorio donde archivar documentos, ni dispongo de una gran base de datos… en mi cocina. Polvo, acaso sí, se me va quedando en abundancia en las estanterías si me descuido y entretengo en estos menesteres de escribir.  No vayáis por tanto a buscar en mis escritos verdad científica avalada por sesudos estudios, abundante bibliografía o un muestreo exhaustivo. La cosa es mucho más sencilla. Observo, percibo, siento… y concluyo. Dejo para los expertos los análisis pormenorizados y la rigurosidad documental. Aún así, no creo que tanta parafernalia sea necesaria para poder opinar y constatar algunas realidades.

Una de esas cosas que me ha llamado mucho la atención es que, en el mundo de la publicidad, existen enfermedades propias del sexo masculino y enfermedades propias del sexo femenino. Y no me refiero únicamente a que ellos padezcan de próstata y nosotras de dismenorrea. Eso es tan obvio que no tiene ni gracia. Estoy pensando en cosas mucho más sutiles pero tan a la vista… que a veces me resultan hasta escandalosas. 

A los hombres, en la publicidad, casi siempre se les asignan enfermedades ubicadas de la cintura para arriba: angina de pecho, infartos cerebrales…el corazón y la cabeza son los lugares por excelencia que se les estropea a nuestros varones, quizás  por aquella antigua teoría griega de que son los órganos donde se albergan las cualidades más altas y nobles atribuidas a este sexo: el pensamiento, la pasión y el impulso y, por ende, las que ellos más cultivan y utilizan. 

Sin embargo a las mujeres nos asignan enfermedades ubicadas de la cintura para abajo. Más propias del bajo vientre donde se albergan los instintos más básicos y primarios: comer. defecar, orinar, procrear… aquello que de común tenemos con los animales. Sí, ya sé que es una visión terriblemente primitiva y arcaica. Pero, no creo yo que esté tan superada como las mentes bien pensantes creen.

¿Díganme entonces cómo es que en los anuncios de la tele siempre son los hombres los que cuidan el corazón y por el contrario sólo las mujeres sufrimos de hemorroides? ¿Por qué a ellos les sigue doliendo la cabeza y nosotras somos las que corremos al retrete por que sufrimos de estreñimiento? Y para colmo… deben de creerse  que nos gusta eso de introducir algo por el ano para evacuar… porque la cara de placer y satisfacción que les obligan a poner a esas mujeres…

Ya no vamos a entrar en el negociazo que se ha hecho con la mujer en torno a la menstruación… para nosotras compresa, tampax… que hacen de esos días una fiesta nacional. ¡Pero si estamos jodidas aunque usemos tampax! No conozco ninguna mujer de la vida real que haga tanta idiotez por que le ha bajado el periodo. Cómo si para nosotras tener la regla fuera el sumun de nuestro ser y  lo único a lo que aspiramos.
Para ellos sin embargo,  coches de alta gama y, en el peor de los casos, un desodorante… eso sí para realzar su masculinidad. Tengo ganas de que en algún momento aparezcan compresas de incontinencia para ellos. Ya veo el anuncio con un atractivo y sonriente cuarentón diciendo: “Para que la última gota… no quede en el calzón”…y todas las demás por supuesto. Porque claro, los hombres ¡por dios, no sufren esa vergüenza! ¡Como que no supiéramos las mujeres lo que hay! ¿Os imagináis a George Cloney diciendo un slogan del tipo: “Pon este paño “sir” junto a tu paquete, lo sentirás seco y grandote… ¿qué si no?” mientras en su mano muestra sonriente un artilugio de celulosa en forma de huevera y una cámara obscena se acerca despacito hacia el lugar de colocación…¡¡¡¡Gritarían las mentes decentes!!!! E “ipso facto” sería retirado de las pantallas.

Tampoco quiero pasarme al otro lado pero, me queda la sensación que, del trato degradante y evidente de la mujer en la publicidad hemos pasado a una degradación más sutil y menos visible y eso, me parece más peligroso. 

Algunas marcas ya cuidan un poco estos temas y comienzan a verse tímidamente anuncios que publicitan por igual y con el mismo producto para los dos géneros, pero aún queda mucho camino que recorrer.

sábado, 2 de junio de 2018

Patchwork por necesidad

Se me había acabado la pila del reloj y aquella tarde decidimos salir a pasear y aprovechar para pasar por la joyería y ponerle una pila nueva. Era víspera de una fiesta comercial y… en la calles se notaba ese aire apresurado de quienes aún no habían encontrado lo que necesitaban para agasajar a su ser querido. Como no podía ser menos, la joyería sufría del mismo “síndrome de la última hora” y se encontraba abarrotada de personas ansiosas e indecisas que exasperaban más todavía al resto de clientes. 

Como la cosa parecía que iba para largo y, presionar con una mirada inquisitiva no iba a acelerar el proceso, me decanté por fisgonear en los estantes pero, en realidad, lo que hacía era escuchar las conversaciones ajenas… ¡Ya sé!, ¡ya sé  que no está bien¡ pero, es que… ¡es una fuente de información excepcional! 

Una de las señoras, que estaba siendo atendida, comenzó a contar una historia de cuando era pequeña y, discretamente, me coloqué detrás de ella para no perder detalle. La buena mujer había llegado allí con la secreta esperanza de poder arreglar el viejo reloj de cadena de “su difunto marido” y poder regalárselo a su hijo en la fiesta que se aproximaba. Mientras el reloj era valorado por el técnico, la dependienta, como propietaria y buena profesional que cuida de su negocio, siguió prestando toda la atención a su anciana clienta. El gesto me llenó de ternura, por la delicadeza que manifestó y por la  prioridad que dio a la persona. Esto hizo que la señora se relajara y nos deleitara con la historia que paso a relataros a continuación:

“Antes, no había tanto dinero cómo ahora y lo poco que había se gastaba con mucha prudencia. La verdad es que había mucha necesidad y en mi casa no era menos que en las otras. Siempre se miraba cómo arreglar las cosas que se estropeaban, o como darles un nuevo uso o alargarles la vida de la forma que mejor se le ocurriese a cada uno. Jajajaja. Recuerdo que mi madre siempre me decía “Si remiendas el sayo, pasas el año y, si lo vuelves a remendar… lo vuelves a pasar”.  Jajajaja ¡y tanto que lo hacía! Todavía guardo la imagen de aquellas sábanas de algodón tan “requeterremendadas” y que, siempre me pregunté si quedaría algo de la sábana original.

Pero, de lo que más me acuerdo, siguió la señora,  es de la ropa. Cada año estrenábamos ropa. Pero, no os engañéis. No íbamos a ningún centro comercial. Todo se confeccionaba en el taller-cocina de mi madre de cuatro a seis de la tarde, mientras de fondo se escuchaba la novela radiofónica. El vestido del año anterior se iba estirando por arriba y por abajo. Primero se sacaban los bajos y costuras y después, se iban añadiendo trozos de otras telas  viejas que mi madre guardaba enrolladas. Lo colocaba todo sobre la mesa e iba buscando la mejor combinación posible. Luego, lo cosía con gusto y primor dando un nuevo aire a lo que ya parecía no tener ni aliento. 

¿Y los jerséis? Jajaja, las franjas de colores iban apareciendo en las mangas y el cuerpo y,  con los años, quedaba un bonito arcoíris. Podían haber sido la envidia de los pediatras actuales… pues, ¿no era aquello una auténtica  curva  de crecimiento?  El grosor de la franja marcaba los centímetros crecidos”.
Evocaba la anciana sus recuerdos con pausas de pequeños silencios… ¡lo que hubiera dado por ver y oír esos espacios! Y, después de una de esas paradas, un poco más pronunciada que el resto, a modo de conclusión, nos volvió a decir: “… Y a veces, me daba vergüenza salir a la calle o ir a la escuela con aquella ropa… (Silencio)…Y hoy, mira tú por dónde, ¡estaría de moda!”.

Los que escuchábamos nos reímos con una carcajada espontánea y llena de empatía hacia la simpática señora, conscientes de lo trágico del tema y, del desenfado y alegría con que lo narraba.

Me quedé callada permitiendo que sus recuerdos calaran en mi interior y sin querer, como una saetilla, nació el título para esta reflexión: “Patchwork por necesidad”…

¡¡ ¿Patchword? Ana!! … Lo confieso, aunque me duela reconocerlo, nació así. Pero, mi ser española y castellana no me permite concluir de esta manera la reflexión de hoy. ¿No es acaso nuestro idioma rico en palabras y matices?... Pues… ¡RETACERÍA! El arte de construir algo a base de trozos se llama RETACERÍA. Y en nuestro país, como en muchos otros, se lleva haciendo desde… ¡toda la vida! Y, lo que surgió para cubrir una necesidad hoy, se ha convertido en toda una técnica artística. Un aplauso para las que lo han hecho posible.

sábado, 19 de mayo de 2018

Desafortunados bichitos

La verdad es que me quedé muy sorprendida con aquel correo: Sanguijuelas… ¿había leído sanguijuelas? La palabra en sí, nada más leerla ya me produjo cierto desasosiego, rechazo, repugnancia… y no precisamente porque haya tenido algún desafortunado encuentro con alguno de estos “bichitos”.

Sin embargo, creo que, mi estimado lector, para nada quería perturbar la vida pacífica de  esos tranquilos anélidos. A lo que quería hacer referencia era a una característica de un tipo de ellos los “Hirudo Medicinalis” que, han sido los que han generado ese rechazo popular tan visceral a los de su especie. No os vayáis a pensar que soy una docta en el tema. ¡Para nada! La ignorancia y la curiosidad me han llevado a recurrir a la “Wikipedia”. Y es que, este tipo de bichitos tienen la buena costumbre, como su nombre indica, de alimentarse del precioso fluido que nos recorre interiormente a los vertebrados, ¡sí también a nosotros!, pegarse a sus cuerpos e ir satisfaciendo sus necesidades a placer…  Su único trabajo y esfuerzo en la vida consiste en mantenerse bien adherido para seguir succionando. 

Y  fue esta característica, sin ninguna duda, la que llevó  a mi seguidor a pedirme una pequeña reflexión sobre estos animales. He tenido que recurrir, como siempre, a la RAE para encontrar y confirmar lo que ya sabía y que no aparece en la gran enciclopedia de internet: ¡¡¡“Existen sanguijuelas de dos patas”!!! ¡Esto es lo que nos interesaba¡… y son muchísimo peores que los invertebrados anélidos! Porque, la sanguijuela animal, se pega a su portador y toma de él únicamente la cantidad necesaria para vivir, cantidad que este a su vez regenera con relativa facilidad, pudiendo continuar su vida sin ninguna dificultad. Una vez satisfecha su apetito, ella sola se desprende y abandona a su presa.

Pero, esos otros “seres de dos patas”, se pegan a sus congéneres, generalmente más débiles y desvalidos, para vivir a su costa hasta que acaban con todos sus bienes y energías. “Las desposeen…” dice el diccionario… que es más educado que yo.

Dejadme que os cuente cómo fue mi experiencia: Empezó por preparar un escenita “¡uy, no llevo nada encima ¿te importaría prestarme diez euritos?”. Ahí estaba comprobando de qué calado era mi corazón. Y como eres buena persona te apresuras a echar mano de la cartera e instintivamente vas por el billete azul  que no el rojo. ¡Faltaría más!  Ahí, ¡ya la has liado!
Pasados unos días se repitió el asunto con un escenario parecido. Esta vez la cartera se la habría dejado sobre la mesilla y la cantidad solicitada, curiosamente, era la que le había dado la vez anterior. El instinto, que aunque de bondadoso tiene mucho y no es tonto, esta vez iba más tranquilo, en busca de la cartera, sopesando las posibilidades: “huy, fíjate sólo tengo un billete de cincuenta”. ¡Vayaaaaaa! ¡Volviste a caer! “¡Estupendo, ya te lo devuelvo todo en cuanto cobre!” Y no me dio tiempo a reaccionar. Me quedé con la boca abierta y la cartera pelada. 

Así pasaron unos meses mientras él preparaba las siguientes estrategias. Primero necesitó dinero para un proyecto magnifico que detalladamente me explicó, y más tarde para subsanar una emergencia que no admitía demora. En cualquiera de ambos casos apeló al chantaje emocional. ¡Cómo no vas a ayudarle! Tampoco soy una desalmada. ¿Y si resulta que es el negocio del siglo y por no darle esos seiscientos euros que le faltan pierde la oportunidad? ¿Y si efectivamente por no hacer el pago en este momento luego la deuda se triplica?... Intentas alargar un poco la situación valorando…: “Es que ahora no tengo ese dinero en efectivo. Tendría que ir al banco”. Mmmmm  ¡Te volvió a pillar! “No sabes cuánto te lo agradezco, ya te acompaño al banco”. Pura estrategia. Lo hizo para que no pensara por el camino, no fuera a ser que cambiase de opinión. Y mientras tanto seguía manteniendo altos mis niveles de generosidad con su verborrea. 

Y así, esos seres van succionándote poco a poco hasta acceder a tu tarjea de crédito. Terminas por ser tú quien pide permiso a ellos para poder disponer de tu dinero y tus bienes. ¡Y te hacen un favor! 

¡¡¡Malditas sanguijuelas de dos patas!!!

 Seguro que todos conocéis a algún bichejo de estos. En mi caso, así fue. Por eso quizás, tuvo  eco el correo de antaño y, a pesar de la repugnancia que me produjo el animal, que ninguna culpa tiene de ser lo que es y de alimentarse de la forma que lo hace, su presencia siguió acompañándome hasta hoy, día en el que he decidió dedicarle unas líneas para que se vaya de una vez. 

El asunto, ahora mi querido lector es, cómo desprenderse de un parásito así. Parece imposible ¿verdad? La “wikipedia” sigue diciendo que es relativamente fácil. Te hago un resumen… a mi manera claro: Hay que ser decididos, ágiles y contundentes; no tenerles miedo, aunque nos resulte repulsivo o amenazador; no mostrar dudas ni debilidad, confiar en que vamos a ser capaces de hacerlo; eso sí, siempre pillarlos por sorpresa, como cuando quieres despegar una lapa de la roca, para que no se agarren con más fuerza, hacerlo con rapidez para que no le dé tiempo a reaccionar; y por último, sacudirlo lejos, con contundencia, para evitar que se vuelva a agarrar. No darles otra oportunidad.

Mi querido lector, si sigues por ahí, te deseo una feliz desparasitación. Por mi parte, con esto, también quedo curada.