viernes, 28 de abril de 2017

"Una verdá como un puñu"

Mis padres son, bueno, mi padre, porque mi madre murió hace unos años, de esa pocas personas que aún van  quedando y que, han vivido antes de la guerra, la guerra y obviamente las consecuencias de esta. No dispusieron de mucho tiempo para acudir a la escuela. Su situación económica o posición social no les podía permitir más que asistir unos años, los necesarios para aprender los rudimentos de la lectura y las cuatro, o quizás alguna menos, reglas de la aritmética fundamental.

Recuerdo, siendo niña, haberles escuchado leer aquella revistilla de su tierra “La luz de Liébana” que recibíamos en casa, no sé si mensual o trimestralmente, y que recorrían, primorosamente, con las manos primero, tratando con ello de acariciar a tantos seres queridos que se habían quedado allí; con sus ojos después, intentando encontrar el retrato de alguna persona conocida; y por último leyendo, con aquella lectura lenta, entrecortada… de balbuceo infantil como del que está aprendiendo… Y nos iban explicando: “Éste era…”, “por aquí vivía…” y desgranaban entre párrafo y párrafo historias de una gente que no conocíamos, de un tiempo que nunca ya viviríamos… Y escuchábamos con deleite sus historias y, ¡cómo no!, también descubríamos sus sentimientos, ocultos en las pausas…, en los puntos y aparte de la historia cuando, su mirada se quedaba quieta y perdida porque estaba allá, en esa otra vida anterior. Volviendo a vivir… con alegría algunas veces y casi siempre con tristeza… injusticias, miserias…  y aquel gesto inconsciente de negación con la cabeza… como intentando impedir aquello que ya… no tenía remedio o que quizás, nunca debió de ocurrir.

No percibí la vida de mis padres como una vida fácil… A veces parecía de cuento, pero cuento de miedo y dolor, de humillaciones... Fue una época dura para todos, cierto, pero como siempre, más dura para unos que para otros.

Con esas historias crecí… otras parecidas viví y, llegué, casi sin darme cuenta, a la adolescencia. Muchas vivencias y recuerdos se habían quedado en algún rincón olvidado de mi mente, como historias, nada más, que se cuentan frente a una hoguera para entretener; otras, por pura necesidad psicológica, se enviaron al desván del olvido.
Y, allí estaba yo. Sábado por la tarde, como una adolescente más, a la entrada del cine, en espera de que llegara la hora, se abrieran las puertas y  poder coger un buen sitio para ver la película que tanto había dado que hablar en el círculo de amigos: “Los santos inocentes” basada en el libro del mismo nombre de Miguel Delibes.

Para inocencia e ignorancia… la mía de aquel momento previo que, ni por asomo sospechaba a qué me iba a enfrentar en cuanto se apagaran las luces de la sala: las historias de noches de hoguera se hicieron realidad delante de mis ojos y los fantasmas del desván se manifestaron con rotundidad… ¡Todo aquello había sido verdad…! Y me deshice en un mar de lágrimas por mis padres, por mis hermanos y hermanas,…por mí misma.

Fuera ya del cine, cuando la película acabó, me di cuenta de que era un bicho raro dentro del grupo: todos mis amigos hablaban de la caracterización de los personajes, de la interpretación de los actores, de lo acertado de los escenarios… Estaba tan afectada y me quedé tan atónita de oírles hablar de lo que a mí me parecieron frivolidades que les grité: “Pero… ¿de qué coño estáis hablando?...”. Ellos, hijos de papá y mamá en su mayoría, no podían entender, bajo ningún concepto, de la misma manera que yo, aquella película. Vieron sólo la parte técnica de la ejecución pero, aquello que Miguel Delibes denunció y que la película evidenciaba… el abuso de poder al que el propio ser humano somete a sus congéneres, la humillación por la que se les hace pasar por el mero hecho de que alguien se considerase una clase social superior y las injusticias y vejaciones a las que son sometidas las personas sencillas y humildes… Parecía ser ajeno a todos ellos.

Seguí llorando los días siguientes mientras rememoraba las historias que mis padres me habían contado y desempolvaba los recuerdos que yo misma había acumulado. Interpreté palabras, gestos, silencios…”!Maldita o dichosa película que me sacó de la inocencia…¡”. Ya no pude volver a ser la misma. Desarrollé una sutil sensibilidad para captar situaciones de injusticia que me dejó el alma a la intemperie…
No fue un cuento de viejos, ni la imaginación delirante de una adolescente; no fue la fantasía de un escritor, ni la habilidad de un cineasta… fue, y es siempre ESA REALIDAD que está ahí y que muchos no ven porque ellos mismos la generan…  y otros muchos… la sienten y padecen, la que de cuando en cuando salta insultante a las grandes pantallas…

“Los Santos Inocentes” fue el único libro que recuerdo haber visto leer a mi madre. La oí bisbisear cada renglón, asentir con la cabeza… y cuando lo acabó  me dijo con su acento lebaniego: “ En ese libru se dice una verdá como un puñu”. (A mi madre)


viernes, 21 de abril de 2017

El señor de traje que no traía niño


Íbamos con cita previa. Las 8.30 era buena hora. Seríamos los primeros en la consulta. Ya había tenido cuidado en pedir esa hora para evitar la acumulación de retrasos e imprevistos. Además, con un poco de suerte, el niño no perdería ninguna clase y mi marido llegaría a la oficina antes del café. Salimos de casa con tiempo más que de sobra conscientes, de que, en el hospital y su entorno, no suele ser fácil aparcar. Llegamos a la consulta con diez minutos de antelación como “Dios manda” o cuando menos  como debería mandar la educación y el respeto hacia el otro: “norma de buena educación y cortesía”.

Lógicamente la sala de espera de la consulta estaba vacía y en la consulta, según nos dijo la enfermera, que llegó minutos después que nosotros, tampoco había nadie. Nos sentamos tranquilamente a esperar. Cada uno sacamos nuestro pasatiempo llevado ya a propósito por si tuviéramos que esperar. En estos sitios nunca se sabe…

A las 8.30 exactamente apareció un señor alto, joven, bien parecido, todo trajeado, con su maletín… y sin niño. En una consulta de pediatría, a no ser que seas el pediatra…, es algo raro acudir sin un infante ¿no?... el maletín… podía hacer sospechar que lo fuera pero en cuanto preguntó a la enfermera por el doctor “X X” quedó bien claro que no.  “Vendrá a recoger algún resultado” pensé sin darle más importancia y volví a sumergirme en mi lectura.

Media hora después, los asientos de la sala estaban casi todos ocupados. El señor del traje miraba cada dos por tres su bonito reloj de pulsera, señal de que comenzaba a dar muestras de cansancio y aburrimiento. Nosotros comenzábamos a estar aburridos también pero nos mantenía la esperanza de que en cualquier momento nos llamaran, ¡porque éramos los primeros!… y el doctor no podía tardar mucho más en llegar.
Pasó otra media hora. Padres, niños, carritos… y el señor del traje, abarrotaban el espacio. En la sala no cabía un alma más y el ambiente… “empezaba a caldearse”. Entre los padres corrió la pregunta, tan típica de las salas de espera, para saber el tiempo de retraso que lleva el profesional de turno…¿a qué hora tenía cita usted y a qué hora dice que ha llegado?...que incrementaba el descontento y el nerviosismo de la gente.
Cuarto de hora después apareció, esta vez sí, otro hombre, sin niño, no tan joven, “de peor ver”, también con su maletín y con bata blanca. Cruzó la sala de espera con aire de soberbia y superioridad y… tan enfrascada como estaba en la lectura… ¡¡NO OÍ!! el saludo de buenos días y, por supuesto, tampoco pude escuchar las DISCULPAS por el RETRASO. El doctor se metió en el despacho seguido de la enfermera y, todavía tuvimos que esperar diez minutos más para que se abriera  de nuevo la puerta y llamaran… ¡AL SEÑOR DEL TRAJE QUE NO TRAÍA NIÑO!...

Se produjo un murmullo de cabreo entre todos los presentes. A esa hora ya todos sabíamos perfectamente cual debería de ser el orden de entrada en la consulta y que, “el señor del traje” no tenía cita. Por si la temperatura del ambiente aún no hubiera llegado a su límite, la enfermera, quizás también enfadada como nosotros y harta de ser el parapeto de un jeta irresponsable, vino a subirla un par de grados más y nos comunicó, eso sí muy dulcemente que “el señor del traje” era un comercial.

Aquello fue como quitar el pitorro de una olla a presión en plena ebullición… Hubo padres que se levantaron de sus asientos incapaces de contener tanta mala leche, otros negaban con la cabeza mirando hacia el suelo, algunos hacíamos esfuerzos por contener las lágrimas de impotencia… y hubo quien comenzó a levantar la voz… para volverla a silenciar en cuanto otro profesional nos recordó aquello de “¡Señores, esto es un hospital…!, ¡guarden silencio!.” Y por respeto a otros pacientes…


Eso sí, tengo que reconocer que, esa mañana, avancé bastante  en la lectura de mi libro.

viernes, 14 de abril de 2017

Esa extraña edad

Tengo una amiga que trabaja para una Asociación cultural de ocio y tiempo libre donde se imparten, un día a la semana, clases de modelado para niños en edades comprendidas entre tres y doce años. Recientemente, por asuntos familiares, la persona que daba las clases tuvo que faltar a la actividad. Y como la inmediatez, y la brevedad de la ausencia, no daban para buscar una sustituta ni para avisar de la suspensión de la actividad,  me pidieron el favor de realizarla durante un par de días. Más por mantener que por enseñar.

Tengo que decir que me asusté un poco: “Pero, ¡si yo no tengo ni idea de modelar!”…”Pásate hoy por la tarde para que veas lo que hacemos”. Me dijeron… “Ya verás cómo no es tan complicado”. ¡Y allá que me fui! Todo sea por una buena amistad.

 ¡Vaya, vaya, vaya…! Cuál sería mi sorpresa al descubrir que “las clases de modelado” no eran otra cosa que… ¡hacer figuritas con plastilina como hemos hecho toda la vida! Renombrar las viejas actividades con nombres menos sobados… da cierto empaque y mueve a la curiosidad. Es una forma de reinventarse. No es lo mismo decir  “hago figuritas de plastilina con los niños” que, “doy clase de modelado”. Lo primero… lo puede hacer cualquiera que, en algún momento, haya tenido una bola de plastilina en la mano, como es mi caso. Lo segundo… ya… requiere o se presupone una preparación algo más especial… Suena más a artista ¿verdad?  Y el que lo ve desde fuera, el posible alumno, capta esa diferencia y se apunta más ilusionado a las clases de modelado que al viejo “churro, churro”.

Tengo que decir que, aunque mi comentario pueda parecer algo despectivo o trivial, hacia la profesional que desempeña habitualmente esta tarea, nada más lejos de esa intención. Puesto que, en cuanto vi a la profesora coger la bola de plastilina, ya en su forma de hacer, descubrí que había algo más. Y, efectivamente, hay que ser un gran artista para trabajar tan bien y con tanta habilidad y rapidez un pedazo de plastilina. En cuestión de segundos, y delante de mis ojos, aquella masa informe se transformó en un precioso gatito. ¡A eso llamo yo magia!

Pues bien. A lo que iba. Al día siguiente, y después de modelar un rebañico entero de ovejas en mi casa para coger práctica y que los niños no notasen demasiado el cambio, me presenté toda animosa en la asociación. Allí estaban todos los niños en fila a la puerta del aula esperando. Les recordé de nuevo mi nombre, por si lo habían olvidado y les expliqué también el motivo de mi presencia. Una niña, con más desparpajo que el resto que no había estado el día anterior, mirándome fijamente y sin cortarse un pelo me dijo: “Profe, eres un poco VIEJA ¿no?”… Pongo puntos suspensivos para no parar a explicar cómo se me quedó la cara ni a dónde se fue todo mi ánimo.

Tengo que reconocer que, la espontaneidad de la niñita, dio un buen mordisco a mi autoestima. Pasé la hora distraída pensando en mi edad y mirándome de soslayo en los cristales de las estanterías: ¿tan estropeada y avejentada estoy?.. Claro, nos miramos al espejo cada día y, de día en día no captamos el paso del tiempo. Es en comparación con nuestros coetáneos, menos frecuentados, con los que observamos ese paso del tiempo y nos preguntamos al encontrárnoslos: ¿ Me habrá hecho a mi esa jugarreta el tiempo?...

No me lo había planteado hasta ahora pero, es cierto que, estar cerca de la cincuentena… ¡¡ya son añitos ya!! de jovenzuela poco queda y, efectivamente, bien podría ser la abuela de algunos de los niños que allí estaban pese a tener hijos en edad escolar. Y es que… es… esa extraña edad en la que, curiosamente te sientes plena,  más joven que nunca y con ganas renovadas de hacer cosas y, por otro lado, biológicamente es el inicio del declive y el comienzo de la invisibilidad social…

viernes, 7 de abril de 2017

Hijos de la abundancia y el aburrimiento

Recientemente mi marido y yo fuimos a visitar a unos amigos que tienen dos niños, uno de siete años y otro de tres. Hacía tiempo que no quedábamos y, un encuentro fortuito en la calle hizo que retomáramos la relación. Como sus hijos eran bastante más pequeños que los nuestros decidimos reencontrarnos en su casa, por aquello de mantener las rutinas y demás.
Recordaba perfectamente la vivienda de esta pareja de cuando estábamos todos recién casados: el orden, la elegancia, los espacios libres… todo indicaba armonía y equilibrio. Por lo que esperaba volver a encontrarme con aquel espacio de sosiego. No contaba yo con que dos churumbeles fueran capaces de acabar, drásticamente, con un ambiente tan oriental. Casi se me escapa una exclamación, de sorpresa e incredulidad, al contemplar aquel salón tan repleto de telares infantiles que no dejaba espacio ni para el aire.
De mi boca no salió ni una palabra pero mi cara… debió de ser menos discreta porque, acto seguido, escuché una retahíla de justificaciones, pedagógico-psicológico-didácticas, que me dejaron más abrumada todavía. ¡Santo Dios!... en mi vida había visto y escuchado tanta… ¿cómo se llama esto?… Tengo dos hijos, uno adolescente y otro a las puertas de serlo. Vivimos en un piso pequeño con dos habitaciones. Cada uno tenemos nuestro espacio y están los espacios comunes. Nadie invade permanentemente el espacio del otro o el común y creo que cuando menos “nuestro sistema educativo” no ha sido tan malo.
Después de la conferencia justificativa, que nadie pidió, nos mostraron el resto de la casa. Todo en la misma línea.  Mientras ellos terminaban de ultimar los detalles de la comida, nosotros les dedicamos esos minutos a los niños y, nos dejamos llevar, de estantería en estantería y de rincón en rincón, VIENDO… “el almacén de la tienda de juguetes” de nuestro barrio. Había juguetes de todas las clases y de todas las épocas. Muchos ni los conocía. Ni qué decir sobre libros infantiles y películas… dos vidas se necesitarían para ver y leer todo aquello. Por supuesto no faltaban los más modernos y sofisticados: PSps, tablets, ordenadores…
Pero lo peor aún estaba por llegar.
Cuando la comida llegaba a su fin y los niños ya se habían levantado de la mesa, por abreviar y no despistarme, comenzó la cantinela del hijo mayor: “¡Me aburro!.., ¡Me estoy aburriendo!.., ¿ya os he dicho que me estoy aburriendo?... ¡cuántas veces os tengo que decir que me estoy aburriendo?...” Ni recuerdo la de veces que repitió la frasecita y sus padres no daban abasto ofreciéndole una alternativa distinta cada vez… Yo no salía de mi asombro y, para mis adentros, pensaba: ¿será este un niño  hiperactivo o con “déficit de atención” o será por el contrario un exceso de la misma?...
Éramos extraños rompiendo el ritmo familiar y,  también como madre, sé que, en estas circunstancias, los niños suelen ponerse un poco pesados y aprovecharse para hacer todo lo prohibido o demandar más atención pero… aquello… el servilismo de los padres… la cantidad ingente de juegos, juguetes… y ¡que nada le entretuviera!..

Intenté recordar algún momento semejante con mis hijos… y lo encontré. No tan acentuado pero ahí estaba. ¿No será, acaso, que les estemos dando demasiado y al mismo tiempo solventándoles todas sus dudas y dificultades?.. Quizás debamos permitir que el aburrimiento realmente lo sea y darle el espacio que se merece en la educación. El aburrimiento forma parte del proceso creativo y necesita tiempo para despertar. Y, por nuestra parte,  no dejarnos asustar por el vacio de actividades ni sucumbir al chantaje del dame más y el… ¡Me aburro!

viernes, 31 de marzo de 2017

Síndrome del ama de casa


Ayer, cuando por fin mi marido y mis hijos se fueron al trabajo y al colegio, antes de dejarme imbuir por la monotonía de los trabajos domésticos, decidí concederme un homenaje de relax y placer. Sin pensármelo dos veces, con el sentido de culpabilidad queriendo despertarse y sin darle tiempo a que soltara sus recriminaciones, me puse el bañador, cogí la mochila y me marché a chapotear a la piscina un ratito desafiando la helada de la mañana.


A primeras horas, en la piscina del centro deportivo, suele haber poquita gente con lo que  predomina el silencio y la tranquilidad. Ayer, cuando llegué, no había nadie en los vestuarios y todas las taquillas estaban a mi disposición, aunque soy animal de costumbres y siempre utilizo la misma. Me quité la ropa y me preparé, sin decir esta boca es mía, totalmente relajada y tranquila. En la piscina, en el espacio destinado al baño, predominaba ese mismo ambiente de serenidad roto sólo por el monótono ronroneo de las máquinas de fitnes del piso superior. Dentro del vaso, únicamente tres personas parecían acariciar el agua con su nado suave temerosas de romper la serenidad reinante. Algo inusual a cualquier otra hora donde  lo normal es que nos amontonemos en las calles.

Me metí en una de las calles libres más alejada de la puerta de entrada y me entregué al placer del dejarme envolver por la tibieza del agua. Sin prisas. Sin afán. Sin ninguna preocupación más que la de respirar rítmicamente… Olvidándome de camas, platos, fregonas… niños, marido… durante… ¡nada más y nada menos que media hora! Esa sensación de ingravidez o cuando menos ligereza que te aporta el agua… como el retorno a un gran útero… ¡Qué placer!

Salí del agua renovada y relajada. Dispuesta a enfrentarme nuevamente a la alienante tarea del ama de casa, con una sonrisa en los labios y los mejores deseos. Pero, ¡ay…! Fue cruzar aquella puerta que separa los espacios de la piscina y el vestuario y, darme de frente con la dura realidad. Allí se encontraba el “boom” de mamás y amas de casa que, como yo, después de dejar a sus retoños en los colegios, venían buscando un lugar donde poder expandirse. Y no fue eso lo que más me aterró, ¡por Dios! Tanto derecho tienen ellas como yo. Lo terrorífico fue el parloteo incesante de dos de ellas que, incapaces de desconectar de su anodina cotidianidad, se empeñaban, además, en hacernos a todas partícipes. ¡Como si cada una de nosotras no tuviera ya suficiente con sobrellevar lo suyo..!

No me quedó más remedio que escuchar pacientemente lo mucho que les había costado, el día anterior, encontrar la respuesta del ejercicio número tres de los deberes de Conocimiento del Medio de sus hijos… Sí, porque las madres, si hemos estudiado, repetimos curso tantas veces como hijos tenemos;  y si no hemos estudiado, la preocupación por nuestros hijos y nuestro deseo de ayudarles, nos prepara para que al término de sus etapas, nosotras también podamos estar preparadas y examinarnos de las mismas asignaturas que nuestros hijos y de los mismos niveles con grandes posibilidades, esta vez sí, de aprobar...¡y con nota!

Y es cierto que, en nuestro ser madres-maestras entra el rememorar todos los conocimientos adquiridos antaño, actualizarlos en algunos casos y en otros aprenderlos para explicárselos a nuestros hijos de forma adaptada a su edad. Esto requiere tiempo y más si no se hizo en su momento. Pero, y aquí me pregunto si seré buena madre, me gusta aparcar esta tarea en cuanto el niño entiende y termina sus deberes. Continuar con ella  más allá del tiempo establecido… me parece aberrante.

 No me parece lógico pasar todo el día con el mismo tema en la cabeza, como tampoco me lo parece que lo único que tenga que ocupar mi mente sean las ofertas del supermercado, las rebajas o la limpieza que me toca hacer en la casa. Hay un mundo fuera de las tareas del hogar, hay otras cosas interesantes además de quitar el polvo, otra tecnología más moderna que la lavadora… Dejarse arrastrar por el “síndrome del ama de casa” puede resultar muy empobrecedor y devastador para nosotras.

Y, aunque el parloteo de aquellas dos buenas madres rompió la magia de la serenidad que me había proporcionado aquel inmenso útero, me sirvió para reflexionar en mi ser como persona y, reafirmarme en lo bueno y sano que es, para mí y en consecuencia para toda la familia,  romper de vez en cuando con la rutina y dejar que entre aire fresco en la cotidianidad. Desconectar  y  buscar otros horizontes más allá del ser ama de casa, madre, maestra…

viernes, 24 de marzo de 2017

Ama de casa y madre

Soy ama de casa y, aunque en ningún sitio nos preparan para este oficio y apenas se reconoce en nuestra sociedad, se requiere de unos mínimos conocimientos interdisciplinares para poder salir un poco airosa de cada situación: entiendo un poco de cocina y puedo prepara un cocido sin grandes esfuerzos; algo sé de enfermería y, capto a simple vista quien en mi casa tiene fiebre; conozco las reglas básicas de matemáticas y gramática y puedo supervisar los deberes de mis hijos… Pero, de todos los “oficios” de los que un ama de casa debe saber, el que me parece más complejo y delicado es el de “ser madre”.
Pienso en mi experiencia como hija y… eran otros tiempos. Me sirve de muy poco, la verdad… Los roles estaban perfectamente definidos, en exceso diría yo…  no te atrevías ni a rechistar.  Se hacía simple y llanamente lo que marcaban los padres y estos, a su vez, lo que marcaba una sociedad rígida y jerárquica. Los hijos éramos propiedad de… “Todo” era bueno como método pedagógico y allí nadie se metía.
Me alegra que socialmente hayamos superado aquello.
En mis tareas como ama de casa, nadie viene a juzgar por qué hago esto o aquello, por qué un día se me ha pasado el arroz o roto la lavadora, o por qué he decidido ese color para las cortinas y no otro… y  las consecuencias, obviamente, no van más allá del mero comentario si se da el caso. Sin embargo, si te equivocas en tu “ser madre/padre”… ¡Prepárate! Aquí tiene derecho a opinar todo el mundo y las consecuencias, en algunos casos, pueden llegar a ser desastrosas. Hemos girado y hemos pasado de ser “propiedad de nuestros padres” a ser “esclavos de nuestros hijos”.
Me considero una buena madre y he aprendido a serlo… “siendo”, como la mayoría de padres. A mis hijos los he deseado, los quiero con toda mi alma y sería capaz de hacer cualquier cosa por ellos y…  lo confieso, en algún momento ha salido la vieja educación recibida y… los he pegado. No por eso me mortifico, un azote, una bofetada…, aunque sean pequeñas agresiones, no están fuera de lugar. No debe ser lo habitual pero a veces… siento decirlo, son muy eficaces. Del mismo modo que, un león da un zarpazo a una cría para ponerla en su sitio, o una cierva da una coz para advertir que no es hora de comer… Algunas veces grandes dificultades requieren respuestas rápidas, drásticas y duras. En estas circunstancias, los padres sufrimos tanto como los hijos. Ningún padre en su sano juicio disfrutaría con ello y, de seguro que habrá agotado todas las otras vías.
Permitidme que os cuente: Nosotros vivíamos en un sexto piso. Mi hijo mayor tendría entonces dos años y medio. La casa siempre fue un espacio abierto para él y corría y jugaba a placer en cualquier rincón. Yo trajinaba en mis quehaceres, serena y tranquila. Hasta que, al pasar por la cocina, descubrí a David con el abdomen apoyado en el alfeizar de la ventana y la cabeza fuera colgando. Estaba feliz viendo pasar los coches de la calle. Había arrastrado una silla… Bueno,… fueron segundos en los que creí morir. El corazón casi se salió de su sitio y la mente viajó a la velocidad del rayo diciéndome: “no le asustes, acércate con cuidado para que una reacción brusca no le haga caer…“ Cuando le cogí en brazos y ya a salvo, las piernas se me aflojaron y tuve que sentarme… Aquel día salvamos la situación. Le expliqué, como mejor creí, que no tenía que hacer aquello porque era muy peligroso… Pasados unos días… volvió a repetirse la situación. Con todo el dolor de mi corazón… le di una buena azotina.
La segunda vez lloramos los dos… nos dolió pero, no volvió a asomarse por las ventanas. Yo digo que, gracias a eso, mi hijo sigue vivo.

Hoy, en el día a día de la educación de los hijos, siempre me queda la duda de saber si he acertado o no, si he llegado o por el contrario me he quedada corta o me he pasado…no hay, o al menos yo no encuentro, quién te diga por dónde tirar… Pensé, al nacer mi segundo hijo, que aquello iba a ser pan comido… nada que ver. Hijo distinto… método diferente.  Ser madre y ejercer y educar desde el hogar las veinticuatro horas del día… es difícil y complejo. Ninguna escuela de padres prepara para esto.

sábado, 18 de marzo de 2017

Matiz lingúístico

Ayer a las tres de la tarde, como cada día del año, me encontraba ya acostada en el sofá. Bien arropadita
por mi marido: una mantita para el cuerpo y otra para los pies… a punto de capturar la estela del sueño “siestero” cuando…, unos impertinentes timbrazos, me rompieron el tejido del sueño. Mi cabreo fue monumental: ¿Quién en este país, en su sano juicio,  no sabe que a estas horas ni se debe ir a casa de nadie, ni llamar a la puerta ni al teléfono?... ¿Es que es éste un país poblado de extranjeros que no saben que el invento más genuino español es la siesta y que se debe respetar?
Hice el amago de darme la vuelta y olvidar que lo había oído como tantas otras veces. En el “impasse” de recolocarme y volver a cerrar los ojos, recordé que teníamos pendiente la recepción de un paquete y, ante la posibilidad de que fuera eso, con más desgana de la que os podáis imaginar y, confieso, con bastante mal humor, retiré el envoltorio que tan amorosamente me había preparado mi marido antes de irse a trabajar, me levanté y respondí al telefonillo.
.- ¿Quién es? Pregunté con voz cortante, para que quien quiera que fuera se  enterase de que su presencia era inoportuna y que estaba molestando.
 .-“LA” compañía eléctrica. Fue su respuesta.
Sin pararme a pensarlo pulsé el botón de apertura y de inmediato me di cuenta… ¡Me han vuelto a engañar!... ¡Será hijo de la gran rosa!... Escuché para cerciorarme y… efectivamente el ascensor se puso en marcha y eso me indicó que el personaje que subía no era un empleado de “LA” compañía eléctrica con la que nosotros tenemos contratado el suministro eléctrico si no de otra clase… Si hubiera sido de nuestra compañía, como ya sé desde hace 20 años, se hubiera quedado en el bajo donde se encuentran los contadores. Además, los técnicos de mi compañía siempre vienen por la mañana.
Muy hábilmente los publicistas de esa otra compañía habían aleccionado fantásticamente a su empleado en el uso de los artículos determinados: el, la, los, las que, limitando el significado del nombre al que acompañan, le concede a su vez un carácter de proximidad y cercanía. Y eso fue, la confianza que me generó el “LA”, lo que me impulsó a abrir la puerta sin preguntar más: era “LA” compañía, “MI” compañía. Así lo interpretó mi subconsciente.
Por segundos me puse roja de rabia al darme cuenta del engaño, como la cara de los emoticonos de los móviles, y me debatía entre ponerle a caldo por mentiroso o tratarle con la misma educación cínica-lingüística que había utilizado él. Opté por hacerle saber mi disgusto por la inoportunidad de la hora y la incursión en mi mundo privado. Pero, volvió a repetirme la frasecita: “Soy de “LA” compañía eléctrica…” y me mostró un recibo, efectivamente, de mi compañía.
Reculé de mi propósito y le concedí unas palabras de explicación… por si realmente era de mi compañía. Para poco le sirvió la oportunidad porque, enseguida se vio atajado por mis comentarios y peticiones. No le quedó más remedio que decir de qué compañía era y qué quería, que, en el fondo, para eso había venido. Quise ser respetuosa con la persona que tenía delante por considerar que era “alguien” que trata de ganarse el pan lo mejor que podía aunque, me costaba dejar de ver al “jeta” que había tratado en engatusarme…
Creo que fue su gesto de superioridad y el comentario: “señora, yo estoy haciendo mi trabajo”, lo que terminó por desencadenar mi ira: “Sí señor, usted hace su trabajo y yo estoy en mi casa. No recuerdo haberle dado permiso para venir a importunarme ni para hacer de mi casa su oficina. Además es usted un mentiroso y, si hubiera sido honesto desde el principio, ni yo le hubiera abierto la puerta ni estaríamos teniendo esta discusión porque, no es de “LA” compañía eléctrica si no de “UNA” compañía eléctrica.“
Un, “UNA”, unos, unas : “determinantes indefinidos que, limitando también al nombre que acompaña, además le dota de una cierta desconfianza porque uno de los dos, oyente o hablante, desconocen parte o la totalidad de la información”¡ea! Los publicistas sabían que, decir la verdad y utilizar el determinante gramaticalmente correcto llevaría por mi parte a preguntar: ¿de qué compañía? … Y a responder: Lo siento. Yo no trabajo con esa compañía.  Con lo cual, se acabaría su oportunidad de… convencerme.
Nota: Dedicado, con todos mis respetos, a aquellas personas que se ven en la necesidad y obligación de tener que trabajar, puerta a puerta,  bajo las órdenes y directrices de estos publicistas manipuladores.