sábado, 21 de marzo de 2020

Me lo callo para mí


Las redes están que arde. Hay, como siempre, de todo, pero ahora en cantidad y a todas horas. Y me refiero a personas. Todo el mundo estamos escarbando, como gallinas en el estiércol, para ver qué descubrimos en el montón de abono, digno de ser trasportado a nuestro pico (teclado) y lanzarlo a la red. Algo que sea lo último, ultimísimo y nos aporte muchos “likes”. Yo también. Nada más que lo veáis, si me estáis leyendo.

Me preocupa sobremanera eso que ahora han dado en llamar “Fake news”. Bulos, mentiras… que, si antes ya eran malas ahora son peores. Todos estamos un poco alterados y este tipo de mensajes no ayudan. Somos capaces de llegar, hasta bien abajo en el montón de basura, y sacar los trapos más viejos para caldear más si cabe el ambiente. ¡POR FAVOR, no publiquemos cosas que no vengan de fuentes fidedignas y que no estén bien contrastadas! Paremos las cadenas. Eso, sí está en nuestras manos. Seamos adultos, seamos serios, seamos responsables.

Por si fuera poco, la ociosidad en masa, libera más las lenguas que las mentes y estamos raudos a la crítica y lentos en la reflexión. Da igual si nuestro comentario destruye una buena y bonita iniciativa, siempre hay “idiotas” que secundarán la crítica con los ojos cerrados, y eso nos llena de satisfacción…que es de lo que se trata, de engordar nuestro ego. Piensa, pensemos antes de lanzar una “inocente preguntita”, “un comentario ingenioso”, ese reenvío fácil, el veloz “tweet”… ¿nuestro gesto aporta algo positivo? El efecto dominó pude ser arrollador. Si lo que tenemos que decir no va a ayudar y/o mejorar la situación… mejor nos lo guardamos. ¡Guárdatelo para ti! Me lo guardo para mí.

Parece que aún seguimos sin entender: Es tiempo de sumar, aunar y, si no podemos o no sabemos, al menos que no restemos. Si no ayudamos a tranquilizar, calmar los ánimos, no favorezcamos la crispación. Que ya hay más que suficiente. No son momentos de andar mirando lo bien que quedamos en la foto y dónde nos colocamos… o salimos todos o no salimos.

A lo mejor al lema “quédate en casa” habría que sumarle otro que dijera “y cállate la boca” porque la ociosidad da para mucho y en estos momentos, si de algo andamos sobrados, es precisamente de ociosidad.

Soy Ana Casado y estoy en casa ociosa como tú. Desde mi humilde observatorio, os invito, te invito a sumar desde la contención.

Un saludo.

domingo, 15 de marzo de 2020

Un momento de deleite



-Oye mamá, ¿por qué pasan estas cosa? ¿y por qué dios no hace algo?

-Verás, yo no sé mucho de “esto” pero, sí sé que, nuestro tiempo no es el tiempo de Dios: un segundo para él es toda una eternidad para nosotros.

(Miguel me miró desde sus enormes ojos negros, abiertos como platos, como diciendo: no he entendido nada.)

-¿Quieres que te cuente una historia?

Resultó que, aquella mañana Dios se había levantado muy tranquilo y satisfecho después de una semanilla celestial muy atareado creando el mundo. Con una sonrisa plena, que caracteriza al que sabe que ha hecho un buen trabajo, nuestro Señor se dispuso a dar una vuelta… ¿por el paraíso? ¡nooo! Por el universo tan recientemente creado. Bajó hasta aquí y, en cuanto puso los pies en la tierra, un bichito muy curioso al que no recordaba haber creado distrajo su atención:

- “¿Cuándo he creado yo esto? ¡Anda que soy despistado! ¿fue en el tercero o en el cuarto día? Umm ¡Mira que no me acuerdo!”.

El extraño bichito andaba muy atareado, como si toda la creación dependiera de él. Se afanaba revisando cada una de las flores que encontraba a su paso… ¡y eran muchísimas! Aquello parecía una tarea ingente. ¡Allá dónde miraras había flores! Se posaba en los pétalos con cuidado e inmediatamente desaparecía en la intimidad de la flor. Hecha su inspección volvía rápidamente al exterior, toda cubierta de un polvito amarillo, para irse zumbando y repetir la misma acción en la flor más inmediata.

-Mientras, y esto no pudo verlo Dios, a pesar de que digan que todo lo ve y tan distraído como estaba observando el trajín que se traía el bichito, en su abdomen, se iba acumulando un dulce néctar.
(Miguel sonrió al darse cuenta de qué estaba hablando. Supe que tenía toda su atención)

Así andaba Dios: entretenido como un crio con su juguete nuevo, persiguiendo al incansable insecto con la vista… y preguntándose, a qué le llevaría tanto afán. Y sin querer, sin querer la pequeña creatura le llevó hasta su casa.

 De la rama de aquel árbol pendía una bola, a modo de balón de rugby con un agujero por el que entraban y salían más criaturas como aquella, en perfecto orden, revoloteando y danzando de contento… ¿por haber llegado?

Dando rienda suelta a la infinita curiosidad que caracteriza a todo buen artista, Dios se aproximó confiado, a mirar qué baile era aquel con el que se demoraba el bichito a la puerta de su casa pero, no le dio tiempo a ver mucho porque… un hilillo dorado, meloso y tentador rebosó los límites de capacidad de aquella bola. Su instinto goloso, porque Dios es muy goloso, le llevó a extender su real dedo, ¡sí!, ¡el que utiliza para dar órdenes!, colocarlo bajo aquella sustancia viscosa y después… se lo llevó a la boca. ¡mmmmmm! En un gesto, de divino placer, Dios cerró los ojos durante una milésima de segundo celestial y cuando volvió a abrirlos…

¡¡¡LA CATRASTROFE!!!

Debajo de la peculiar pelota de Rugby se amontonaban inertes los cuerpecitos de aquellas maravillosas criaturas que tanto placer acababan de proporcionar a su paladar.

Profundamente impactado miró alrededor buscando la causa y origen de tal tremendo desastre y, no encontrando nada aparente que lo justificara, decidió acercarse por el paraíso a preguntar. Allí, Adan y Eva, como encargados de la creación, gestionaban todo el universo. Pero… Por más que llamó a la puerta no encontró respuesta.

-“¡¡No hay nadie!! ¿Dónde estarán?”.

En un gesto de preocupación, porque Dios es muy respetuoso, se atrevió a correr la cancela e introducirse en el jardín… 

-“¿¡¡Cómo puede ser esto!!?” Dijo Dios con los ojos saliéndosele de las órbitas.

 Un inmenso desierto árido y seco se encontraba en lo que hacía apenas una semana celestial fuera un rico vergel.

- “¿Qué ha pasado con el paraíso que he construido hace un par de días? ¿quién se ha atrevido a destruir mi obra? ¡Adán, Eva!  ¿Dónde estáis?”.

Una ráfaga de viento abrasador y abrasivo se levantó de aquel desierto hiriendo su rostro como respuesta.

Decidido a dar con la explicación a tan calamitosa situación fue preguntando a cuantos animales, plantas, quedaban y se encontraba a su paso…

- “¿tú sabes dónde están los administradores?”  Y, a cada encuentro, se sorprendía y preocupaba  más y más. Nada se parecía a lo recién creado.

Mientras buscaba, tuvo tiempo de descubrir otros muchos y grandes desastres: plantas sin color ni olor, astros llenos de basura espacial, animales famélicos a punto de fallecer, océanos llenos de plásticos…

 -“¡¡¡¡QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ¡¡¡” dijo Dios inconsciente del tiempo terráqueo transcurrido.

-“Porque hay otros mundos ¿sabes? que también los ha creado Dios pero, este era el más bonito.
-SÍ, ¡EL PLANETA AZUL! Nos lo han dicho en el colegio.
-SÍ, pero, sigamos con la historia que se me va el hilo.

“-Tendrás que ir a los Servicio Generales.”

 Le dijo un viejo y escuálido elefante, incapaz de sostener su propia trompa, al escuchar los alaridos de Dios, cuando pasó por África.

 -Allí es dónde se decide todo. Pregunta al “Roblón” que es el árbol más longevo. Él sabrá decirte.

Y después de mucho andar y preguntar Dios llego a una especie de ¿bosque?...

-Bueno, en realidad no tenía nada que ver con un bosque de lo feo y gris que era. Pero sí parecía un bosque por la enormidad de los edificios: viviendas apiladas unas encima de las otras que se elevaban hasta casi tocar el cielo…
- ¡Era una ciudad! ¿verdad, mamá?
¡Sí!, eso. Era una ciudad.

Pues eso, una ciudad.  Pero ¡tan fea, como no la hayas visto nunca! Y tampoco se libraba de la maldición que perseguía a la creación. Dios preguntó y, perdiéndose por el laberinto de calles y callejuelas, consiguió llegar hasta los Servicio Generales.

- Si ya la ciudad era fea, tendrías que haber visto los Servicios Generales. ¡Aquello era deprimente!

“¡Buenos días! ¿Podría decirme dónde están Adán… “.

Ni terminar la pregunta le dejaron. Es más, ni le reconocieron porque nadie se acordaba ya de Dios. Y tampoco le miraron por si, su atuendo, túnica blanca y triángulo amarillo en la cabeza, les hubiera podido dar alguna pista. El recepcionista, tan gris como el edificio, ni sacó su nariz de la pantalla que tenía delante para saludar. Con un tono rancio, de purita rutina, interrumpió sin ningún respeto la pregunta de Dios y le espetó:

- ¿Tiene usted cita?

A Dios sólo le dio tiempo a abrir desmesuradamente los ojos antes de volver a escuchar:

- ¡Si no tiene cita rellene el formulario número 15 y espere!

¡¡¡¡…Y Dios se topó con los servicios Generales¡¡¡

Por su altíiiisma parsimonia y su excesiva burocracia y… El creador comenzó a entender. Fue entonces cuando se arrepintió de haber dejado al hombre como encargado de todo y de no habérselo dejado a aquel bichito tan hacendoso….

Se había despistado unos segundos contemplando y degustando… había sido suficiente para dar al traste con el mejor de los mundos creados.

-Y eso es lo que pasó, nada más y nada menos que unos escasos segundos.
-Pero, mamá, ¡es Dios!… ¿podrá hacer algo?
-Pues claro. Y lo está haciendo. Ha pasado al tiempo humano y está muy ocupado rellenando formularios.

domingo, 8 de marzo de 2020

La manzana de Eva



¡Para, para, para! ¿Pero qué me estás diciendo? Eso es sólo un documento escrito más donde se puede constatar lo viejo y antiguo que es esto del maltrato a la mujer. Y esta historia o mito o como quieras llamarlo de Eva y la manzana puede ser interpretado de muchas otras maneras.

Se me ocurre una por ejemplo: 

Pues allí estaban el soso de Adán y la sosa de Eva paseándose por el jardín del Edén sin ninguna voluntad ni ninguna otra cosa que hacer que no fuera comer, crecer, multiplicarse y mirar al sol como dos animalillos más de la creación. Y, “hete tú aquí” que a Eva, y presta mucha atención que estoy diciendo “a Eva”, como así lo marca el texto bíblico, y no “a Adán”, se le movió la neurona animal y pensó: “Esto del árbol de la ciencia del bien y del mal suena interesante”.  ¡¡¡PENSÓ!!!

 Mientras, Adán, correteaba y saltaba jugando entre los arbustos con unos ratoncillos, sin ninguna conciencia. Y, Eva, como no podía ser menos, dejándose llevar por esa arcaica intuición animal, observaba el paraíso tan perfecto y a aquel apetitoso y llamativo manzano… “¿qué está pasando aquí?”  Se preguntó.  Y aproximándose al frutal prohibido, ¡¡¡TUVO CURIOSIDAD!!!, tomó en sus manos una jugosa manzana, la observó, la olisqueó con su olfato animal y, el visceral instinto le dijo:” Esto tiene que ser bueno porque si no, no estaría aquí “.

Adán continuaba a lo suyo, ajeno a toda reflexión, confiando siempre en que Eva le avisaría cuando la comida estuviera lista.

Eva se atrevió a cuestionar ridículos tabús y prohibiciones y… sin darle más vueltas, dejándose llevar por lo que le decían sus intestinos… ¡¡¡PROBÓ!!!.. el dulce fruto prohibido. Su mente apagada de animal domesticado se abrió al mundo. Y he aquí, que su buen corazón la llevó a compartir con su inconsciente compañero aquel magnifico descubrimiento.

Accedió al mundo del saber porque cuestionó lo establecido y se atrevió a ir un poco más allá.
¡Fue la mujer la que abrió las puertas al mundo del conocimiento! ¿Qué hizo Adán en todo esto? ¡Nada! Si todo hubiera dependido de él aún seguiríamos pastando en el campo.

Eva dio el primer paso hacia la evolución y ¿cómo se lo ha premiado la humanidad? Milenios de castigo y vejaciones. ¡No, no, noooo! No cometió ningún error ¿o quizás si?  ¡Claro que lo cometió! Su error fue adelantarse a su compañero: saborear en primicia el fruto del saber, ir por delante…  y compartirlo. Ella vio que aquello era bueno y quiso hacer partícipe a su compañero. Adán en vez de agradecérselo… tuvo miedo. El saber tenía implicaciones y le sobrepasaron.  No estaba aún preparado para dar aquel mordisco.

¡Pobrecito! ¡Jamás he visto personaje más infantil, inmaduro, sin ninguna voluntad ni criterio! Siempre “un bien mandado” que ni arriesgó ni asumió…  y deja que otros decidan lo que tiene que hacer. Sólo un animal más que hace girar la noria en un paraíso eterno de inconsciencia.
 Y el acusica de él, en vez de asumir su responsabilidad, va y se chiva haciéndose el mártir: ¡Fue la mujer!, ¡Fue la mujer!  ¡Ella me obligó¡ ¡Ella me obligó!...

En fin, este fue el primer gran pecado: el de envidia, no de desobediencia como quieren hacernos creer.  Cuando Adán se dio cuenta, cuando tomó conciencia de la grandiosidad de aquel hallazgo… no fue capaz de soportar no haber sido el artífice de aquella hazaña y se dedicó a vilipendiar a Eva llegando hasta nuestros días.

 Y yo, Ana Casado, de profesión Ama de casa me pregunto: ¿Les gustaría a muchos hombres ver la historia contada así?


domingo, 22 de diciembre de 2019

Una inocente preguntita




Allí estaba yo, en la cocina planchando, porque en mi casa no hay espacio para cuarto de la plancha,  abstraída de toda otra actividad que no fuera dejar impoluta la ropa de mis seres queridos y de fondo… el sempiterno “casette” de Mocedades cuando, sin venir a cuento, mi hijo mayor que, por entonces contaba con siete u ocho años, va y me salta, así a bocajarro: “¡oye mamá!, ¿tú cuando eras pequeña… ya soñabas con ser ama de casa?”.
Una preguntita inocente que sale de la boca que tantos besos te ha dado… ¿¡cómo puede ser que consiga remover todos los cimientos de tu existencia!? ¿pues no fue que de repente vi pasar ante mí todo aquello con lo que siempre había soñado de niña e incluso de no tan niña y al mismo tiempo la descarnada realidad en la que me había convertido?... ¡¡¡Niño por qué no te vas a jugar a las canicas y dejas de… importunar con tus ridículas preguntitas!!!
Supongo que, detrás de aquella pregunta, a su manera, Carlos había estado reflexionando sobre su propio futuro. Importunado, y cansado a su vez por tanto adulto curioso… la preguntita “¿y tú que vas a ser de mayor?” habría terminado por calarle y hacer mella. La realidad puede llegar a ser abrumadora con la cantidad de posibilidades, el deseo de probar y conocer de todo, y generar desorientación… Él, quizás, buscaba tranquilizar el miedo y la inquietud que le generaba tanta variedad, el no saber por dónde, el querer varias cosas… todo propio de la edad. Pero a mí, aquella inocente preguntita, me generó todo un tsunami de sentimientos.
Mis sueños… la mujer que soñé ser un día nada tenían que ver con la que estaba en aquella cocina planchando, en chanclas, con un chándal viejo y raído, sin peinar… Me hubiera dejado caer en una silla y hubiera dado rienda suelta al llanto si Carlos, pacientemente, no hubiera seguido allí, mirándome, en espera de una respuesta. ¡Cómo explicarle…! Obviamente “ser ama de casa” nunca estuvo entre mis opciones y mucho menos entre mis prioridades.
Hubiera podido ser muchas cosas: soñé con bailar de tutú y durante una temporada destrocé sin piedad la puntera de varios pares de zapatos hasta conseguir mantenerme recta y en equilibrio; después decidí que sería flamenca y busqué ritmos taconeando y atronando los oídos de toda la familia; la pubertad y el deseo por el conocimiento del propio cuerpo y el ajeno me llevó a desear ser médico pero eso, duró poco tiempo; después le siguieron la abogacía, la pintura, la escultura, la enseñanza… ¡y tantas otra que fueron cayendo!
Hacer memoria de lo que uno ha ido dejando por la vida y recordarlo como pérdida puede llegar a ser muy doloroso.  La pregunta de Carlos me dejó por un momento al descubierto y, si él no hubiera sido tan tenaz en la espera, posiblemente el impacto me hubiera arrastrado, cuando menos, hacia… un mar de lágrimas. La estampa que mi mente forjó de aquel instante era una buena tierra donde la desesperanza pudiera acampar.
 Pero, allí estaba él, parado frente a mí, como testigo de lo acertado de todas las decisiones tomadas, esperando una respuesta…
No, hijo. Nunca soñé con ser ama de casa. Tuve muchos sueños y unos sustituyeron a otros. Siempre en búsqueda, decidiendo, aprendiendo, cogiendo y dejando… hasta que te soñé a ti y después a tu hermano Miguel. Ahora, mi sueño sois vosotros y seguiré aquí hasta que vosotros encontréis los vuestros.


sábado, 25 de mayo de 2019

Transgresores a voluntad

Y allí estábamos en la sala de exposición de un artista contemporáneo del que nunca habíamos oído hablar.
El verano tiene esas extrañas oportunidades de poder mostrarte, a cualquier parte que vayas, una amplísima oferta cultural y artística. ¡Carta abierta para todos los gustos y públicos! La casualidad había obrado a su favor: un folleto estratégicamente colocado sobre la barra de un bar, el asfixiante calor del exterior y el supuesto aire acondicionado de la sala de exposición, tuvieron mucho que ver para que, aquella tarde tan sofocante, termináramos allí. Ciertamente la temperatura de las salas era reconfortante e invitaba  con agrado a demorar la estancia.
La casualidad hizo también que el artista en cuestión se encontrase en aquellos momentos en la exposición y, no tan casualidad para ellos pero sí para nosotros, que en esos instantes llegasen  los reporteros de un periódico local a entrevistarle. Seguimos nuestra visita como si tal cosa, como si aquello no fuera con nosotros pero, puesto que la entrevista iba a ser publicada…  ningún delito había en “pegar la oreja” y escuchar qué se decía. Conocer al artista es un buen punto de partida para entender la obra… o quizás no.
En este caso y desde mi perspectiva, hubiera sido mejor no conocer, porque la escucha me predispuso negativamente. Desde mi  punto de vista  existen dos grandes tipos de artistas: los que lo son y los que se lo hacen. Los primeros no necesitan explicar su obra, se explica así misma, habla por sí sola. Los segundos necesitan adornar y llenar con grandes discursos su producción por que no tiene nada, ¡está vacía!
“Hay que transgredir, romper…” Dijo el artista. Aquellas palabras me produjeron cierta grima. ¿Quién ha dicho que el arte necesariamente ha de ser transgresor? El mismo discurso de siempre manido y gastado de pseudo-artistas que no han entendido nada. El arte se tiene o no se tiene. Es como el “duende” del flamenco. Y habrá aristas como la copa de un pino que no rompan con nada y artistas en los que la trasgresión surge espontánea. Ambos dos son auténticos, fieles a sí mismos, libres. El arte les sale de dentro como un manantial de la tierra.
Y estarán aquellos otros, los transgresores a voluntad… que no saben aún ni quiénes son, y se empeñan en diferenciarse, que han oído que el artista debe de ser transgresor y buscan sin más acoplarse a esa máxima pensando que el arte es únicamente eso. Dependen de las modas y son esclavos del momento. Arañan la tierra con sus manos buscando un hilillo de agua y… a veces llega y a veces no. Pero, se han aprendido el discurso y saben vender bien… ¡humo! Se acomodan a las circunstancias, al mejor postor…y se pavoneas en reuniones sociales siempre a la caza y atentos a aquello que les pueda aupar ya que su arte no lo va a hacer.
¡Y me condicionó!
El discurso del artista me condicionó la mirada. Ya no fui capaz de mantener la actitud abierta que tan necesaria es para apreciar el arte. Y no digo que no lo hubiera allí sólo que,  yo ya no fui capaz de verlo. Sus palabras de pataleta infantil “¡hay que romper! ¡hay que romper!” se impusieron a la sugerencia artística de su obra.
Ahora sí, del arte ya no disfruté pero, ¡cuidado que estuvimos fresquitos¡

martes, 7 de mayo de 2019

Parca en palabras


Mi padre no hablaba mucho. Tampoco lo necesitaba. Todos entendíamos a la perfección su lenguaje. Siempre había sido así.

Antes de que llegase mi madre, e incluso antes de que lo hiciera mi abuela, la mujer entendía, obedecía y se adelantaba a las necesidades del hombre. Mi abuelo no fue hombre de grandes discursos, se lo oí decir a mi abuela y, ese mismo silencio, más que heredarlo, mi padre lo aprendió pronto y a la perfección. ¡Como no podía ser de otro modo!

Yo entonces era muy pequeña y no entendía mucho, pero escuchaba y, sobre todo, observaba. Era una niña… era mi cometido, aún sin saberlo. Siempre me preguntaba cómo sabría mi madre lo que quería mi padre si nunca lo decía. Pronto aprendí a interpretar. Descubrí que mi padre tenía un rico conjunto de gestos que mi madre conocía y a los que se apresuraba a dar respuesta: si mi padre tocaba con el dedo el borde del vaso… eso significaba que quería más vino; si movía ligeramente el plato hacia adelante… eso era que no quería comer más. Y mi madre leía aquellas órdenes y obedecía… servía, retiraba. Me gané una sonrisa, gesto de aprobación, el día que me adelanté a mi madre y le traje las zapatillas…

 Del mismo modo ocurría con sus escasas palabras: frases muy cortas, a veces, incluso, una sola palabra que, en la mente de mi madre, se debían de traducir como todo un discurso, por la gran actividad que su pronunciación conllevaba en los trajines que venían a continuación.  “Mañana bajo a la feria” era uno de los discursos más largo que se solía repetir una vez al mes, más o menos, y que desencadenaba, en casa, casi una hecatombe: lavar y planchar la ropa, calentar agua para el baño, preparar comidas…

Me costó mucho descubrir cómo sabía mi madre que mi padre estaba de regreso. Yo había observado que, unos minutos antes de que mi padre se hiciera presente en la casa, mi madre echaba agua caliente en la palangana. Eso indicaba que estaba llegando. Salía corriendo a la puerta y, efectivamente, le veía aparecer por delante de la peña Moña. - “Maite, trae la palangana que voy a prepararle el agua a tu padre”, me pidió mi madre una tarde. - ¿y tú cómo sabes que viene padre?  Mi madre, a la fuerza parca en palabras, me dijo: “mañana siéntate en el poyo y presta atención”.  Así lo hice… ¡¡¡un silbido!!! Mi padre dio un largo e intenso silbido al llegar a la peña y en unos segundos vi aparecer su cabeza en el horizonte. ¡Eso era!

¡Juegos de niña que me divirtieron hasta que llegué a la pubertad! A partir de aquí, ya no quería que mi vida se redujese a interpretar los gestos de un hombre y obedecerlos con rapidez y sumisión. Puse la vista detrás de la peña Moña donde sabía que había todo un mundo por descubrir, miles de palabras que pronunciar y cientos de gestos que interpretar totalmente distintos a los de mi padre, mi abuelo, mi tatarabuelo…

“Mañana a las siete te esperan en la casona”. Dijo aquel día. Sin más. Estaba todo más que dicho. Vi a mi madre girarse para que no la viéramos llorar. Ni eso se le permitía. Nunca supe si las lágrimas salieron por tristeza, liberación, o las dos cosas. Se dirigió, sin mediar palabra a la habitación y del viejo arcón sacó una maleta vieja que nunca había visto. La dejé hacer. Acto seguido, entró en mi habitación y comenzó a sacar del armario mis mejores ropas y a meterlas en la maleta. A mí se me rompía el corazón y supe que el suyo también estaba roto cuando, a escondidas con el mayor secreto, puso en mis manos una especie de bolsilla de tela con algo dentro, que adiviné era dinero. Por un instante nuestras miradas se cruzaron y los largos años de interpretación se concentraron en aquel instante para hablar de todo lo que hasta ese momento no hubo necesidad de decir: amor, dolor, esperanza…

A todas esas mujeres que aún viven sometidas al lenguaje de la interpretación, que aprendieron a mirar con sus padres, escucharon los gestos de sus maridos y ahora, sin querer y tristemente, leen los de sus hijos… con la esperanza, de un día, poder oír su voz.

sábado, 13 de abril de 2019

¡A mi hermano le has dado más!



Me viene a la memoria un viejo cuento que escuché hace mucho que decía algo así: “A una mujer que tenía muchos hijos le preguntaron en una ocasión a cuál de ellos quería más. La mujer escuchó la pregunta en silencio y dio tiempo a su corazón para que fuera buscando la respuesta. Después de lo cual respondió: al que está fuera o lejos mientras está fuera o lejos, al que está enfermo mientras está enfermo, al pequeño mientras es pequeño…”

La intuición y sabiduría de una madre son únicas captando las necesidades particulares de cada hijo y buscando en cada momento satisfacer de la manera más conveniente aquello que le es necesario a cada uno de ellos. Bien sabe que no siempre la equidad es la respuesta adecuada: una persona enferma ni come ni trabaja igual que una sana…

Y es que se me antoja comparar “esto de las cuestiones sociales”: inmigrantes, minorías étnicas, personas maltratadas, personas diferentes, de distintas tendencias religiosas, etc… con una gran familia. El estado como un gran progenitor debería velar y cuidar por igual de todos sus hijos y facilitarles el acceso a los recursos de forma justa (esto ya lo dijo alguien antes que yo pero no recuerdo quien). Todo el mundo deberíamos  tener un hueco de pertenencia en la sociedad, nuestro hueco, como en la familia,  así como disponer de esos ingresos mínimos, como los que nos garantiza la casa familiar, sin necesidad de tener que reclamarlos.

Supongo que no debe de ser tan fácil y que, debajo de lo que vemos haya otros asuntos que las personas de “a pie”, en este caso yo, desconozcamos. Ya sólo con observar la realidad cercana, mis hijos, me doy cuenta de la complejidad del asunto.

El problema surge innato en la propia diferencia: Algunos hijos se acomodan al sustento y no buscan más,  otros lo rentabilizan aprovechando las oportunidades y sacándole el máximo partido, también están los que nunca tienen suficiente y acaparan más de lo que les corresponde y aquellos a los que ciertamente por sus peculiaridades se les debe de mantener siempre “bajo la tutela de los padres”… La equidad podría ser buena para empezar pero, luego, hay que avanzar: hay que soltarse de la mano de la madre, dar la oportunidad a otros hermanos que vienen detrás, caminar solos. Anclarse únicamente si no hay otra opción. Y es aquí, al alzar el vuelo, cuando surgen los problemas.

Aunque el punto de partida haya sido el mismo, no todos alcanzamos las mismas metas disponiendo de los mismos recursos. Cada uno rentabiliza las oportunidades y recursos desde su ser distinto: personas diferentes… diferentes necesidades… distintos recursos. Aunque haya habido equidad, siempre habrá diferencia. La equidad es conflictiva. Por añadidura hay que tener en cuenta que si el reparto hubiera sido como el de una madre, respetando las cualidades y necesidades de cada cual… el conflicto hubiera estado servido también desde el principio: “¡a mi hermano le has dado más!” a no ser que, previo a todo esto, haya habido una auténtica educación en el concepto de necesidad…

¿Cómo se hace esto? … la respuesta al interrogante también puede ser innata por que TODOS somos diferentes. Aceptar la diferencia con naturalidad. ¿Quién dijo que somos iguales? No es la afectación por algún síndrome, la ausencia de algún miembro, la forma de vestir o cómo viva mi sexualidad lo que me hace distinto. La diferencia está más adentro y lo que tenemos que aprender, como esa madre, es a captar en cada momento la diferencia y por ende la necesidad, la debilidad… que es lo que hace a una persona acreedora prioritaria, en ese momento, del amor... de los recursos. Y esa quizás sea la verdadera equidad, más que una cuestión numérica, una cuestión de situación: “dar a cada uno lo que necesita en el momento concreto”… y cuando desaparece la situación… volver a la cotidianidad.

¡Ya me gustaría ser esa madre! Pese a todo, en casa siempre resulta más fácil detectar una necesidad o ver una debilidad sencillamente porque somos menos.  Por ser menos, se actúa más rápido sin tanta burocracia y aún así… alguna vez confieso que me he inclinado hacia el que tenía menos necesidad pero… quizás fue más zalamero.