sábado, 12 de enero de 2019

Un oficio a extinguir

Todo hace pensar, no sé si por fortuna o desgracia, que el oficio más viejo de la humanidad está a punto de la extinción. No, no vayáis a pensar que me refiero a la prostitución, de eso hablaremos en otro momento, más viejo aún que ésta profesión, o cuando menos paralelas, está el oficio de “ama de casa”.
Cada vez descubro, para mi alegría, cómo este sector tan desprestigiado sirve de inspiración en la creación de nuevas empresas que ofertan servicios que le eran propios al “ama de casa”. Hoy en día, se puede prescindir de él… si se dispone de recursos, claro. Toooodo se debe de pagar… si sales del ámbito del hogar.

Hace tiempo que, con los restaurantes, la posibilidad de no cocinar estaba ahí pero, pocos eran los que podían solventarse el tema de la manduca cotidiana por este medio. La mayoría usábamos este recurso, y algunos seguimos usándolo, en días muy  señalados para los que incluso nos vestimos de forma especial.
Hoy, existen tantas ofertas gastronómicas y a precios tan asequibles que una se pregunta si realmente merece la pena todo el trajín de pensar, comprar, limpiar, almacenar, guisar… Lo de cocinar una misma se está quedando desfasado  “¿A pero aún lo haces tú?”... ¡Por supuesto!

 “COCINO POR TI” “COCINA CASERA”, “UN MENÚ PARA CADA DÍA”… por nombrar algunos de los  establecimientos que te hacen la comida. Luego, pasas a recogerla y la llevas a casa donde te lo comes sentadito en tu sofá y en zapatillas… Ni compras, ni cocinas, ni friegas porque tooooodo va en envases de plástico desechables, (¡esta es otra!), mucho más económico y cómodo, ¡con diferencia! que un restaurante. ¡Barato, barato!

¡Pero es que hay más!: Empiezan a verse  lavanderías en las que te hacen tooooda la colada. ¿Aquellas a las que llevabas a limpiar una vez al año el traje que utilizabas para las bodas…? ¡No! ¡Esas no! Otras nuevas que también por un módico precio te lavan los calcetines, los calzoncillos y braguitas, camisas y demás prendas. Y si son un poco cuidadosos… ya ni planchar necesitas y, dado el caso, ¡todos tranquilos!, ya existe otra empresa “YO TE LO PLANCHO” que por otro módico precio te ahorra esta tarea. ¡Ahhhh pero, si además, se te ha caído un botón… estos mismos se encargarán de llevar tu camisa a… “YO COSO POR TI” o “YO TE LO COSO” que en un abrir y cerrar de ojos te colocará un botón idéntico al que se te había perdido. ¡Barato, barato!

¿Y la limpieza de la casa? Si os lo estabais preguntando, ya de esto hemos hablado con anterioridad en otra reflexión,  por un salario irrisorio y casi sin derechos, puedes “contratar” a “una mucama”, “una chacha” que,  ¿¡por cuánto has dicho!? Jajaja un salario irrisorio, además, puede hacerte todas las tareas anteriores… Lo mejor de todo está en esas empresas que gestionan esta actividad quedándose, como no iba a ser  menos,  con un pequeño porcentaje del exiguo salario, de las mujeres que contratan. Porque, no nos engañemos todos estos trabajos considerados socialmente de segunda, “propios de mujeres”, seguirán siendo ocupados por mujeres. ¡Todo Barato, barato!

Paradójicamente, muchas mujeres abandonamos el oficio de Amas de casa para incorporarnos al mundo laboral y, lo  que nos ofertan es hacer lo mismo pero en peores circunstancias…y en condiciones medievales ¡¡¡Y nos dejamos convencer!!!… ¿por la igualdad? ¿acaso con la futura esperanza de poder cobrar algún día una mísera pensión?

Bueno, diréis, pero aún nos quedan la gestación y crianza de los hijos… ¡¡¡Falso!!! Todo está programado y calculado para que sólo te ocupes de tus vástagos unos escasos meses en tu vida. Ya existen recursos suficientes para que dejes a tus criaturas a cargo de otras personas a partir de los tres meses desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche. Llegan  a casa listos para que los metas en la cama y descansen… ellos y tú. De todo lo que estamos perdiendo, abandonando, esto me parece lo peor.

Creo que, no tardando mucho, viendo cómo avanza de rápido la medicina, la ciencia y la tecnología tendremos vientres tecnológicos, artificiales o algo así que se ocuparán también de la procreación y gestación a demanda… ¡O acaso ya existan y me haya vuelto a quedar otra vez obsoleta!
Se han dado alternativas para  la cocina, la limpieza, la plancha, la costura y hasta la crianza de los hijos… ¿qué queda del oficio de “ama de casa“? Creo que ni siquiera es una cuestión de igualdad  o de lucha de géneros porque, todo esto realmente ¿A QUIÉN ESTÁ BENEFICIANDO?..

miércoles, 26 de diciembre de 2018

La manzana de Eva

¡Para, para, para! ¿Pero qué me estás diciendo? Eso es sólo un documento escrito más donde se puede constatar lo viejo y antiguo que es esto del maltrato a la mujer. Y esta historia o mito o como quieras llamarlo de Eva y la manzana puede ser interpretado de muchas otras maneras.

Se me ocurre una por ejemplo: 

Pues allí estaban el soso de Adán y la sosa de Eva paseándose por el jardín del Edén sin ninguna voluntad ni ninguna otra cosa que hacer que no fuera comer, crecer, multiplicarse y mirar al sol como dos animalillos más de la creación. Y, “hete tú aquí” que a Eva, y presta mucha atención que estoy diciendo Eva, como así lo marca el texto bíblico, y no Adán, se le movió la neurona animal y pensó: “Esto del árbol de la ciencia del bien y del mal suena interesante”.  ¡¡¡PENSÓ!!!

 Mientras, Adán correteaba y saltaba jugando entre los arbustos con unos ratoncillos sin ninguna conciencia. Y, Eva, como no podía ser menos, dejándose llevar por esa arcaica intuición animal, observaba el paraíso tan perfecto y aquel apetitoso y llamativo manzano… “¿qué está pasando aquí?”  Se preguntó.  Y aproximándose al frutal prohibido, ¡¡¡TUVO CURIOSIDAD!!!, tomó en sus manos una jugosa manzana, la observó, la olisqueó con su olfato animal y el visceral instinto le dijo:” Esto tiene que ser bueno porque si no, no estaría aquí “.

Adán continuaba a lo suyo, ajeno a toda reflexión, confiando siempre en que Eva le avisaría cuando la comida estuviera lista.

Eva se atrevió a cuestionar ridículos tabús y prohibiciones y… sin darle más vueltas, dejándose llevar por lo que le decían sus intestinos… ¡¡¡PROBÓ!!! el dulce fruto prohibido. Su mente apagada de animal domesticado se abrió al mundo. Y he aquí, que su buen corazón la llevó a compartir con su inconsciente compañero aquel magnifico descubrimiento.

Accedió al mundo del saber porque cuestionó lo establecido y se atrevió a ir un poco más allá.
¡Fue la mujer la que abrió las puertas al mundo del conocimiento! ¿Qué hizo Adán en todo esto? ¡Nada! Si todo hubiera dependido de él aún seguiríamos pastando en el campo.

Eva dio el primer paso hacia la evolución y ¿cómo se lo ha premiado la humanidad? Milenios de castigo y vejaciones. ¡No, no, noooo! No cometió ningún error ¿o quizás si?  ¡Claro que lo cometió! Su error fue adelantarse a su compañero: saborear en primicia el fruto del saber, ir por delante…  y compartirlo. Ella vio que aquello era bueno y quiso hacer partícipe a su compañero. Adán en vez de agradecérselo… tuvo miedo. El saber tenía implicaciones y le sobrepasaron.  No estaba aún preparado para dar aquel mordisco.
¡Pobrecito! ¡Jamás he visto personaje más infantil, inmaduro, sin ninguna voluntad ni criterio! Siempre un bien mandado que ni arriesga ni asume…  y deja que otros decidan lo que tiene que hacer. Sólo un animal más que hace girar la noria en un paraíso eterno de inconsciencia.

 Y el acusica de él, en vez de asumir su responsabilidad, va y se chiva haciéndose el mártir: ¡Fue la mujer!, ¡Fue la mujer!  ¡Ella me obligó¡ ¡Ella me obligó!...

En fin, este fue el primer gran pecado: el de envidia, no de desobediencia como quieren hacernos creer.  Cuando Adán se dio cuenta, cuando tomó conciencia de la grandiosidad de aquel hallazgo… no fue capaz de soportar no haber sido el artífice de aquella hazaña y se dedicó a vilipendiar a Eva llegando hasta nuestros días.


 Y yo, Ana Casado, de profesión Ama de casa me pregunto: ¿Les gustaría a muchos hombres ver la historia contada así? 

domingo, 16 de diciembre de 2018

...en ese sentido...

Cada cierto tiempo, ocurre que se pone de moda el uso de alguna expresión, palabra o frase y “en ese sentido” parece que, si no la utilizas un par de veces dentro de la conversación cotidiana, no estás al día. Da igual si viene a cuento o no, si queda bien o no encaja de ninguna de las maneras…hay que decirla: al principio, en el medio o al final…

En ese sentido” vemos como la frasecita sirve lo mismo de relleno durante unos segundos, en el que alguien se ha quedado en blanco, que para aquel que necesita pensar un momento para que su discurso tenga coherencia o, para aquel otro que, en el fondo, sólo quiere darse más importancia de la que en realidad tiene. 

Nos pasamos, “en ese sentido”, como buenos simios, el día entero observando a nuestros congéneres y ambicionando ser, en algún momento, el macho o la hembra alfa. La pose, los gestos, la forma de moverse, las palabras que utiliza… y, “en ese sentido” vamos configurando a todas luces una imagen artificial y efímera que, más que alzarnos a la cima del éxito, nos catapulta a la sima del ridículo.

Vamos tomando trocitos de aquí y de allá: de Fulano he tomado el gesto de la mano, de Citana la sonrisa permanente y de su compañero la literalidad de una frase graciosilla… pero resulta que, “en ese sentido”, lo has querido amalgamar todo en un bloque sin tener el gracejo para removerlo y, de resultas de tu estupidez, te ha salido un exabrupto del que no sabes cómo desprenderte. Lógicamente la educación exige una disculpa y aquí es donde terminas diciendo con toda la razón: No lo he dicho “en ese sentido”.

Últimamente no hago más que oír esta locución “en ese sentido”, bien como coletilla, pausa, encabezamiento o pura tontería. Me da la impresión de que todo el mundo la utiliza y, como dicen los adolescentes “ya me raya”. Me raya y las voy contando cuando escucho a alguien hablar… ¿sabes que la he llegado a contar hasta doce veces dicha por una misma persona en una conversación trivial? Me distrae tanto que “en ese sentido” dejo de escuchar.

Todo el mundo o casi todos tenemos una o varias palabras comodín que inconscientemente repetimos a modo de coletilla. Yo, por ejemplo, tengo tendencia, cuando hablo,  a utilizar en exceso la palabra “digo” y en  casa, mis seres queridos se ríen cuando les suelto una parrafada en la que aparece una veintena de veces. Siempre apostillan el final de mi discurso con un número: “¡siete! ¡Jajaja! ¡Siete veces lo has dicho!” Me muero de rabia cuando me lo hacen pero, ciertamente, es una forma de tomar conciencia y no seguir atormentándoles los oídos.

Cuando una frase, sin  más, se extiende tanto y tan rápido… una se pregunta: ¿Quién habrá sido el famosete que la ha puesto de moda, en qué contexto la habrá dicho y cuántas veces repetido para que haya calado de esta manera en la sociedad de a pie? Lo cierto es que, esta locución, tiene “cierto airecillo intelectual”… cuando se dice es como si lo anteriormente hablado o lo que se va a concluir fuera de una importancia vital y… da empaque a algo que puede ser pura cháchara y palabrería vacía de contenido. Intentad introducirla en una conversación de lo más cotidiana y ya veréis cómo aquello toma otro aire. De todas formas  no sé vosotros, pero yo me pongo a discursear en voz alta tratando, con toda intención, de introducirla en el monólogo y…, “en ese sentido” me siento terriblemente ridícula y absurda… ¡no lo consigo ni para atrás!


Desde que he escrito esta reflexión y mientras esperaba para hacérosla llegar, ha cambiado la moda y ahora se utilizan a diestro y siniestro  los sustantivos ”épico y legendario”. Me han explicado que su origen está en los videojuegos. Pero, encabezando la lista de uso está el adjetivo “POTENTE”: potente es una teoría, potente es un discurso, potente es un ambiente, potente es una música, potente es un plato de comida… Presta atención a ver cuántas veces eres capaz de escucharlo en un día.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Otra vez David contra Goliat

Juzguen ustedes mismos…
Recientemente volví a tener que coger el coche para hacer un recado en el que no podía prescindir de vehículo. El volumen y el peso de los bultos, que debía trasportar, hacían inviable la posibilidad de llevarlos en la mano y, por tanto, también me veía en la necesidad de aparcar lo más cerca posible de la casa de mi amigo. Para más “inri” vive en la zona céntrica de la ciudad, dónde encontrar un aparcamiento es, algo así, como que te toque la lotería primitiva.
Os digo por adelantado que soy de esas personas que respetan las normas de tráfico, especialmente las que tienen que ver con los aparcamientos, paradas en la vía… Por un pudor excesivo, que tiene que ver, lógicamente, con el respeto a los demás, si no lo hago correctamente, ese diablillo interior no deja de gritar mi infracción hasta que subsano la falta. Por eso, me tomo mi tiempo en estas tareas y les dedico todo el necesario para que el coche quede bien aparcado. No importa si luego me toca caminar más.
Pero, en este caso, necesitaba aparcar en un espacio muy concreto por aquello del peso y demás así es que, di vueltas y vueltas por el mismo sitio esperando que, en cualquier momento, alguna persona moviera su vehículo… Lógicamente iba más despacio incluso de lo que marcaban las señales de tráfico y, soy consciente que en alguna de las vueltas enervé al conductor que iba detrás. ¡Lo siento! 
En una de tantas ¡oh maravilla de las maravillas¡ vi a lo lejos, justo delante de la casa de mi amigo, cómo se encendían las luces traseras de un vehículo y que este iniciaba las maniobras para salir de su aparcamiento. Bailando de alegría con mi Ford Fiesta me fui aproximando, frené, marque mi intención de aparcar con el intermitente, esperé que saliera el otro coche y cuando este se fue, inicié la maniobra de aparcamiento: avanzo, paro, introduzco la marcha y, antes de levantar el pie del embrague para iniciar la maniobra, miro por el espejo retrovisor y… ¡PERO QUÉ ES ESO…! ¡En el espacio en el que pensaba aparcar mi “fiesta” se había metido de frente y atravesado el vehículo que esperaba detrás de mí..!. Yo no daba crédito a lo que estaba viendo. Me quedé quieta en el coche sin saber qué hacer hasta que… ¡el muy cabrón! (Perdonen la palabreja pero no se merece otra mejor), empezó a pitar y a hacerme gestos raros y agresivos. Bajé indignada del coche y él siguió haciéndome gestitos desde su gran cochazo. Le pedí explicaciones… y, aparte de reírse, ¡el muy hijo de la gran…¡ bajó intimidatorio de su coche y todo chulesco va y me dice que no marqué la maniobra con la suficiente antelación!
Nos enzarzamos. David contra Goliat. Me temblaban las piernas de indignación, cabreo y canguelo. Por si fuera poco, en su coche había una “viborita” que salió a sumarse a la disputa con comentarios ofensivos hacia mi persona, aspecto y cualidades físicas. Nadie en el entorno que pudiera haber visto lo ocurrido y echarme un capote. Coches que empezaban a llegar y a acumularse en la calle sentido único…¡¡¡Vergüenza, rabia, dolor, impotencia y más indignación!!!
Llorando, me volví a mi Ford. Por suerte, apenas unos metros más adelante, había quedado libre otro aparcamiento. La maldad me asaltó y por un momento deseé tener una herramienta adecuada para volver y rajarle las cuatro ruedas de su flamante auto.
… y ahora díganme si el hecho que les acabo de contar hubiera tenido lugar de haber conducido un “Gran Galoper”, medido un metro ochenta, pesado noventa kilos y tener un par de huevos y colgajo entre las piernas…

domingo, 21 de octubre de 2018

El hijo trajeado

Finales de noviembre. Ocho y cuarto de la mañana. Confiaba en que el frío hubiera  llamado a la pereza y encontrar la sala de espera más descongestionada. No puedo ocultar mi decepción  al ver todos los asientos ocupados. Sólo quedan libres los dos de la entrada. Justo donde me encuentro. Hice bien en traer el ebook para distraerme. Tendré un largo rato de espera.

Pido la vez. Un hombre de unos cuarenta años, muy repeinado, con traje, y me imagino oliendo a colonia, levanta la mano. Con mucha parsimonia comienzo a acomodarme y despojarme de las prendas de abrigo. Allí dentro el calor es sofocante: guantes, gorro, abrigo… todo bien colocado en el regazo, para que no se caiga. No hay más sitio. ¿El bolso? En la cima del montón (así puedo sacar el ebook y guardarlo rápidamente cuando me toque el turno). Una conocida, que seguro habría estado observando mi “tejemaneje”, me saluda desde el extremo opuesto de la sala. Respondo al saludo con un movimiento de cabeza y una sonrisa  ¡las manos las tengo ocupadas sujetando el montón!

¡Ya! Me siento con el ebook en la mano y, antes de iniciar la lectura, con la mirada periférica, hago un recorrido rápido  sobre las personas que me preceden: la mamá con el bebé, el padre con el niño, las dos señoras con ropa deportiva, el jovencito que moquea, la conocida, el señor del traje,  dos ancianos… Calculo el tiempo aproximado de espera: mínimo una hora y eso, si no surge alguna urgencia o imprevisto ¡nunca se sabe!

La pareja de ancianos y el señor del traje se encuentran justo delante de mí. Observo que mantienen una charla confidencial y sigilosa. Entre ellos hay algún tipo de relación porque, en un momento el señor trajeado  posa su mano sobre la de ella. Interpreto  que es un gesto de cariño tranquilizador. Ella, a su vez, se gira ligeramente y coloca su mano derecha sobre la del anciano. Hay complicidad entre ellos. Me enternece la imagen ¿a quién no? : un hijo que acompaña a sus padres ancianos al médico…

Me enfrasco en la lectura y por un rato ni veo ni oigo. Finalizado el capítulo, relajo la vista volviendo a hacer un barrido rápido sobre el resto de pacientes. Falta una de las señoras de chándal; los abuelitos y su hijo siguen con sus confidencias; el chico “moqueante” pide un pañuelo… y aparecen siete. Sigo con la lectura para no perder hilo. En un momento dado, lo allí escrito, llama especialmente mi atención y levanto la vista inconscientemente pero metida hacia dentro en mis pensamiento. ¡Esta era la señal! La señal que esperaba “el hijo trajeado” para verificar que no interrumpía mi lectura. – “¡Perdone!” Llamó mi atención bajito y educadamente. – “Quería decirle que ya no va usted detrás de mí.” Puse cara de poker… (¿será que se va?) – “Es que ahora va usted detrás de estos señores” (señaló a los ancianos). Luego… ¡no eran sus padres! – “Es que, me han cambiado el puesto”.  Entonces… ¡¡¡era eso!!!

La anciana, con el gesto de la bondad tatuado en su cara, se adelantó a mi estupor… ¿en su defensa? ¿Justificación…?  – “Es que tiene que ir a trabajar y va a llegar muy tarde.” ¿Trabajar…? ¿Llegar tarde…?
Algo distorsionó mi estado mental y ya no fui capaz de retomar  la lectura.


Yo creo que en el fondo, ¡viva mi cinismo! , me sentí  molesta porque aquello no acortaba el tiempo de espera y además desbarataba mi intuitiva predicción primera, de la que siempre me he sentido tan orgullosa: ¡haber visto  ternura donde sólo había interés! ¡¡¡Cómo pude estar tan ciega!!! ¡¡¡¡Sólo era un jeta más, aprovechándose de la bondad!!!

domingo, 7 de octubre de 2018

Derechos-pantalla

Esta mañana, mientras esperaba mi turno en la frutería, volví a escuchar una de esas conversaciones que me
Fotografía de Wikipwedia. Autor: Certo Xornal
sacan de mis casillas. Una señora se quejaba amargamente de un policía “con muy mal carácter” que “siempre” le llamaba la atención cuando llevaba los niños al colegio. “El policía avinagrado” ya le había puesto con antelación una multa por mal aparcamiento y hoy, había vuelto a recordarle que no podía estacionar allí. Misma señora, mismo policía, mismo lugar, misma infracción.

La señora, según comentó ella misma, con bastante mal carácter también, le replicó aludiendo a “su derecho a” llevar a sus hijos al colegio que quiera… ¡Qué gracia me hace usted señora y, tantos otros y otras que, enseguida, se atreven a sacar a pasear el listado de derechos, como único legado de la Constitución y con la sola intención de hacer prevalecer SU santa voluntad! ¡Pues claro que usted tiene derecho a llevar a sus hijos al colegio que le dé la gana… y los señores y señoras a los que su coche, por mal estacionamiento, no dejaba pasar… también tienen “derecho a”… o ¿ acaso se pensaba que este asunto de los derechos se hizo sólo para usted?

Escuché en silencio, la larga perorata de la señora y el asentimiento del señor frutero que, como buen comerciante, daba la razón al cliente. Apreté la mandíbula y los puños en un gesto de contención mientras me repetía: “No es momento ni lugar Ana que tú sólo has venido a comprar el pan y unas manzanas.”  Pero ella siguió y siguió despotricando contra los policías con la única intención de desviar la atención de su falta y justificar una actitud de “jeta empedernida” a pesar de que su turno de compra ya había terminado…

 Y yo me estaba… mordiendo la lengua por decirle: ¡Señora ”su derecho a” lleva de la mano izquierda “la responsabilidad de”, y de la derecha “la obligación para”, que, curiosamente, era lo que quería hacerle entender el policía al que usted tanto critica y lo que él, a su vez, estaba haciendo: “cumplir con su obligación en la regulación del tráfico y con la responsabilidad de atender con justicia a todos los ciudadanos”.

Cuando oigo a personas así, “exigiendo” sus derechos de una manera tan egocéntrica, tergiversando la realidad de forma descarada, haciendo que, lo que a todas luces es una justificación a su falta de civismo, quede convertido, con su verborrea, en una acusación de abuso de  poder…. se me agria el carácter. Son personas apabullantes y hay que hilar fino para darse cuenta de la trampa y no caer en ella. Y, no puedo dejar de preguntarme qué clase de sociedad estamos construyendo. Yo sólo veo una sociedad llenita de  “yoes”. Unos “yoes”, eso sí, muy inteligentes, capaces de hacer uso de la mejor oratoria sobre los derechos individuales, pasando por alto los derechos colectivos.

“¡Pobre, -dijo otra mujer-, si tenía que dejar a los niños… aparcar mal un ratito no será para tanto!” ¡La tiparraca aquella había conseguido su objetivo! Me encendí y ya no pude callar. Los argumentos que, anteriormente me habían generado desasosiego y pugnaban por salir, le cayeron, como un vómito incontrolado, a la pobre señora que sólo había sido una víctima de la primera. ¡Mis disculpas segunda señora, su buen corazón la precede!

Hacemos y perpetuamos una sociedad inmadura por temor. Se utilizan derechos fundamentales como “derechos-pantalla” para enmascarar lo que a todas luces es una “jetada”, un abuso… ¡y todos callamos!..  aunque sintamos ese hormiguillo por dentro que nos dice que algo está siendo manipulado. No sería políticamente correcto ir en contra. El miedo a ser señalados nos hace callar.

Y así, esa señora, dejó bien sentado que “un policía” le había cuestionando “su derecho a escoger el colegio de sus hijos” y se fue “de rositas” sin escuchar que en realidad, el asunto ponía de manifiesto su falta de responsabilidad por no madrugar un poquito más para tener tiempo de buscar un aparcamiento correcto, no molestar ni entorpezca el tráfico y de paso respetar el “derecho a“  de otras personas….


Esta mañana, la sociedad calló otra vez, cobardemente, dejando que la señora se fuera tan ricamente creyendo que todos los allí presentes le habíamos dado la razón aunque sólo fuera por omisión. YO INCLUIDA.

domingo, 16 de septiembre de 2018

¡¡¡Una red de viejos!!!

¡Pues mira tú que van a tener razón!

Recientemente vinieron a visitarme mis sobrinos, les invité a un cafetito, nos sentamos a la mesa de la cocina e iniciamos una charla desenfadada. En un arranque de confidencialidad les conté, toda emociona, que me había abierto una cuenta en Facebook. No sé si fue la emoción pueril, que me embargaba en aquel momento, lo que les hizo tanta gracia, o la constatación de  que llegaba demasiado tarde. Algo que para mí era tan novedoso, para ellos había pasado a ser antediluviano. ¡Qué rápido se mueve todo!

Después de la cariñosa risotada, porque ellos saben, y yo sé, que siempre ando poniendo resistencias a todo lo nuevo, muy amablemente mi sobrina me dice: “¡Pero tía, si eso es una red de viejos!”… ¡¡¡UNA RED DE VIEJOS!!!

En aquel “pero tía si es una red de viejos” yo quise entender que era aún demasiado joven como para relacionarme con aquellos carcamales que, supuestamente, frecuentaban esta red y, confieso que me sentí alagada. ¡Que una persona joven sea capaz de valorarte, sin llevar por delante el número escandaloso de tus años, y después de escuchar a mis hijos infinidad de veces eso de, “mamá estás mas trasnochada que un “Pentium ”… aquella exclamación era como canela para mi olfato y paladar.

Me explicaron que, ahora, Facebook ya no está de moda. Que lo que más éxito tiene es “eso de Snapchat” e “Instagram”. ¡Ni idea!  Aunque les dejé que hablaran, no presté demasiada atención.  Andaba yo ya... elucubrando: ¡Otro asunto más!, ¡Con lo que me ha costado entender y hacerme a esto del Facebook…!. Saltaron enseguida las voces de la resistencia…Yo, de momento… ¡Mejor me quedo con esto! ¡Qué miedo! ¡Algo nuevo!

Lógicamente me intrigaba más la otra parte más decepcionante: ¿Cómo podía ser que Facebook fuera algo de viejos? Repasé mi lista de amigos… que por cierto, acabó enseguida. Y, bueno, como no podía ser de otra manera, mis amigos eran pocos y la mayoría, era obvio, más o menos de mi edad, salvo un par de excepciones. “¡Lo ves… viejos!” que dirían mis hijos. Para ellos viejo es todo aquel que supere los veinticinco… Pero, como treinta personas  no es que se puedan considerar una muestra representativa, decidí fisgonear un poco por el Facebook de mi marido y… ¡oye tú!…la imagen fue exactamente la misma.

Me sentí decepcionada, no porque me viera “perteneciente a…”, que también, pero, sobre todo, porque, yo pensaba que aquí cohabitábamos todos en un “totum revolutum” y que, unas y otras generaciones quedábamos difuminadas enriqueciéndonos mutuamente sin tener en cuentas nuestras edades. Y.., ¡mira tú por dónde! las generaciones jóvenes que, habían sido, precisamente, las que habían puesto de moda este espacio, parece como que hubieran estado esperando a que nosotros lo colonizáramos para, acto seguido, buscarse otro lugar y volver a poner distancia entre padres e hijos, jóvenes y mayores...

Cuando tenía quince años, los de mi edad llamábamos mayores a los de veinte y viejos a los de treinta. Con treinta, mayores eran los de cincuenta y viejos los de setenta. Ahora con “cincuentaitantos”… ¡dejémoslo estar!


Lo que sí veo claro es que, para mis hijos no puede ser muy distinto de lo que lo fue para mí por lo que  si  para ellos Facebook es ya una antigualla, lógicamente los que lo frecuentamos, a sus ojos, somos auténticos dinosaurios.