sábado, 12 de diciembre de 2020

AQUELLOS OTROS


Hay personas de dos tipos: los guapos, esos seres tan perfectos, con esa armonía de formas y dimensiones que semejan ángeles sexuados. Y los feos, esa gran mayoría con un espectacular dimorfismo: sus cuerpos, rostros… se salen o no llegan de los cánones establecidos para pertenecer a la clase de “AQUELLOS OTROS”.

A mí, me ha caído la “suerte” de pertenecer a este segundo grupo ¿o acaso os pensabais que el hecho de no tener una foto en el facebook respondía a otra cosa? Dios, o la naturaleza, tuvieron a bien concederme todas las cualidades necesarias para ser el prototipo representante de esta gran masa de seres humanos llamados feos.  Así, yo diría que soy el “anti-modelo” de “aquellos otros”. 

A primera vista me asemejo más a un tapón de botella de champán invertido, ancha de hombros, con cintura caída y  estrecha que da paso a un descomunal trasero, que al perfecto y fino tapón de botella de vino. Me falta longitud de piernas o me sobra cuerpo para tener un poco de armonía. Mis dos grandes y hermosos ojos negros no han sido obsequiados con un buen marco y se pierden en la profundidad de una inmensa nariz que sobresale en el perfil alargado y estrecho. El pelo, abundante, liso y negro, a juego con los ojos, no vuela libre al viento anunciando el último champú de moda, sino que se adhiere a los costados para ocultar unas orejas… pequeñas pero, con intenciones aéreas. Eso sí, muevo con mucha gracia y soltura mi descompensada humanidad. 

Y qué le vamos a hacer, este es el traje que me ha tocado vestir. Porque, ¡por supuesto!, soy de las que piensa, aunque sólo sea para consolarme, en esa máxima que tanto ha contribuido Disney a popularizar con la Bella y la Bestia, de que la belleza está en el interior, y que esto que se ve, no es más que un casual caparazón. Pero claro, hay que esperar a que el cascarón se rompa, se caiga… y eso, obviamente, puede o no puede suceder. Y mientras tanto ¿Qué? ¿Vamos, los feos, a quedarnos quietecitos y encerrados en nuestras feas envolturas? Yo por lo menos ¡no! Hago todo lo posible para que esa belleza interior salga cuanto antes de su ridículo envase.

Porque, no nos engañemos, a todos nos hubiera gustado haber nacido guapos. Los guapos además de alegrar la vista y atraer las miradas lo tienen todo más fácil. Nadie somos capaces de escapar a su influjo. La belleza capta naturalmente nuestra atención. Nuestros ojos están hechos para el disfrute y buscan espontáneamente aquellas imágenes que les hagan gozar: un cuadro, un paisaje, una buena fotografía… una persona. Cuando algo nos gusta lo buscamos con la mirada y hasta queremos tocarlo, aunque, casi siempre está prohibido. 

Los feos, tenemos que esforzarnos más para ser vistos. No nace natural ni espontáneo mirar algo feo. Tenemos que hacer tonterías, disfrazarnos… para que otro feo o “aquellos otros” nos vean. Verte y luego que te presten atención… ¡eso ya son palabras mayores!… requiere tiempo, dedicación y esfuerzo por parte de los OTROS. Pero, están tan acostumbrados a recibirlo todo por su cara bonita… que se piensan que es lo normal y que a todo el mundo les ocurre.

Pues, ¿no te ha pasado que en el turno de presentaciones y saludos te han saltado o que tu mano se queda eternamente extendida, sin que se choque nunca contra otra? O peor aún ¿no has adelantado la cara para dar o recibir un beso de saludo o despedida y… te has quedado ahí... sin otra opción que la de retirarte con disimulo rogando que nadie se hubiera dado cuenta? Esto, a una persona  guapa, nunca le pasaría.

Si vamos por la calle, es más de lo mismo, los feos pasamos totalmente inadvertidos. Los que tenemos la autoestima alta, nos decimos y decimos a los que nos acompañan: “va, es que iba despistado” ¡¡¡No te engañes!!! ¡ES QUE NO HA QUERIDO VERTE porque eres feo! Y los que no la tenemos tan alta, dejamos, incluso, de saludar, de tantas veces como nuestra mano se ha quedado en el aire cazando mariposas. Preferimos esperar… ¡a ver qué pasa! para ahorrarnos el bochorno. 

Los feos tenemos muchos espacios vedados o si no, decidme ¿Cuántos actores, cantantes, modelos, aparte de Rosi de Palma y Pedro Guerra, conocéis que sean feos? Y eso, porque estamos en España…

Podría seguir y seguir contando ejemplos, incluso constituir una asociación para defender nuestros derechos y como está muy de moda, pedir que no se hagan chistes de feos para no sentirnos discriminados y de paso solicitar ayudas que compensen nuestra diferencia.

Un saludo y a reír.


sábado, 17 de octubre de 2020

...YA LO HAGO YO

Todos soñamos con el fin de semana para descansar, desconectar de las labores cotidianas y dedicarnos a otras actividades, a ser posible, que no tengan nada que ver con lo que hacemos a diario: ni aspirador, ni trapo del polvo, ni fregona. Y, si es posible ni cocina. 

Mi marido también desconecta de su actividad diaria incluso espacialmente: los días de diario está allí, y los fines de semana está aquí. ¡Se queda en casa! Curiosamente a mí no me pasa lo mismo: los días de diario estoy aquí y, los fines de semana también estoy aquí. ¿Haciendo qué? Los días de diario TODAS las tareas de la casa y los fines de semana, si me descuido… también. 

Pero, vayamos a los que me ocupa hoy. 

Mi marido, para los fines de semana, además de un espacio diferente, dispone de cantidad de actividades alternativas: ver las carreras de motos, las carreras de coches, el futbol, baloncesto… y hacer chapucillas... ¡Ay, chapucillas! ¿Qué pasa cuando mi marido está en casa y su otra actividad es ejercer de chapucillas?  Que desconecta de su trabajo, sí, pero… ¡sigue siendo jefe! Todo el mundo debe de estar a su disposición…

Ayer decidió dedicarse a la electricidad y comenzó la mañana presentándole batalla al enchufe de la cocina. Se colocó frente a él, observó la avería y… - “¡Ana! ¿Puedes cortar un momento la corriente?”. Ana, es decir yo, deja lo que tenía entre manos, se va hasta el contador, desconecta el interruptor y regresa de nuevo a sus tareas. Dos segundos después: “¡Ana, puedes traerme el destornillador de línea pequeño!”. Ana vuelve a dejar sus tareas va a al armario de la terraza, coge el destornillador, se lo lleva y vuelve otra vez a sus quehaceres. No he conseguido ni siquiera colocar la sábana en la cama cuando nuevamente vuelvo a oír: “¡Ana!, ¿me puedes traer la cinta aislante?”.  ¡Calma! me digo y, sin decir palabra, con una sonrisa en los labios, vuelvo a la terraza y esta vez le llevo la caja de herramientas ENTERA para que él se pueda servir a gusto.  “¡A ver si así ya me deja en paz y puedo hacer algo!” Pienso para mis adentros.

Regresando a mis quehaceres, sonreí cínicamente por lo bajito por la idea tan estupenda que había tenido e ingenuamente creí haberle dado una lección cuando… “¡Ana! ¿Puedes venir un momentín?”... En cuanto oí otra vez mi nombre con muy mal “jerolé” en un gesto de rabia e impotencia… tiré lo que tenía en la mano… ¿y ahora qué querrá?! Me digo bajito ¡Calma, Ana, calma! – “¿Te importaría sujetar aquí mientras yo atornillo esto? Y, ya que has venido (¡porque tú me has llamado!) ¿me puedes acercar la tijera que la he dejado sobre el radiador?” Viendo que aquello estaba prácticamente terminado, hice un ejercicio de retención de emociones negativas: sujeté la carcasa del enchufe, le acerqué la tijera y además…  conseguí articular un “¡qué bien te ha quedado cariño!” 

Los dos sonreímos y los dos estábamos muuuy felices de haber acabado. Pero... ¡Ay Dios mío! Se sintió, tan satisfecho y animado en su personaje de “chapucillas dominguero” que, mira tú, ¡¡¡le apetecía seguir!!!  - “Ana, ¿dónde están esas lámparas que habías comprado para la habitación?” Mi mente viajó rauda hacia un inmediato tiempo futuro y visualizó el taladro, las brocas, los tacos, …y grité ¡¡¡NOOOOO!!!  Me vi toda la mañana ejerciendo de chico de los recados, sin poderme dedicar a otra cosa.  ¿Fin de semana…? ¿para qué y para quién? 

Con mucha calma, filosofía y mano izquierda le dije: Déjalo cariño, que hoy ya has hecho mucho. Siéntate en el sofá a ver las motos y tómate una cervecita que, ESO …  ya lo hago yo. 

(Con cariño a mi suegra que inspiró esta historia)


viernes, 1 de mayo de 2020

No somos lo mismo

No recuerdo qué ha sido lo que ha hecho que mientras fregaba los platos me viniera a la cabeza un pequeño intercambio de opinión que tuve hace tiempo con una amiga sobre “el día de la mujer trabajadora”. Y pensaba yo, entre cacerolas y platos sucios que, a lo largo de la historia, amplia y compleja, de la que yo apenas conozco una milésima parte, siempre ha habido grupos humanos que se han apropiado de símbolos que, en realidad,  no les pertenecían: los cristianos se quedaron con la cruz latina, los nazis con la esvástica, los de derechas con la bandera española,  los gays y lesbianas con el arcoíris y… las mujeres autónomas y asalariadas con la expresión “mujeres trabajadoras”. 

Este era el “quiz” de la cuestión. El día “D”, del que desconozco su origen, vaya por delante mi ignorancia, salen a la calle a celebrar TODAS las mujeres (confieso secretamente que yo nunca he salido). Mi amiga, miembro de una asociación de mujeres “trabajadora autónomas y asalariadas”, manifestaba el malestar de su asociación por el “totum revolutum” que había en la calle ese día. “No somos lo mismo” decían. ¡Por supuesto! Siempre hubo clases. Y, desde su grupo, buscaban hacer “algo” que las distinguiese de entre la marabunta. 

Claro que no somos lo mismo, el resto somos mujeres trabajadoras en paro, amas de casa, trabajadoras sin ninguna retribución, mujeres solas que crían a sus hijos como pueden, mujeres con míseras pensiones de viudedad que trabajan en negro para llegar a fin de mes… y un largo etcétera de falta de reconocimiento y valoración. Me alegra que algunas hayan salido de esta sombra, en la que permanecemos el resto, y sean reconocidas a nivel social. Y supongo que, de esto se trata eso de la igualdad de géneros: de que todas vayamos saliendo de la oscuridad independientemente de que percibamos o no un salario. Reconocimiento, respeto, valoración… Pero, si en cuanto unas afloran buscan inmediatamente distinguirse y diferenciarse de “la chusma” ¿qué clase de solidaridad existe entre las mujeres?

Ni siquiera es una cuestión de semántica, pero, jugamos con ella y repetimos estereotipos: la mujer sólo es trabajadora si sale del hogar, entra en el mercado laboral… y percibe un salario…Triste ¿no?
La mujer siempre es trabajadora: la casa, los hijos, la familia extensa, el empleo… y lo seguirá siendo incluso después, cuando su edad diga que es tiempo de descansar, de jubilarse… ¡Que ahora la economía, la percepción de un salario nos haga sentirnos en el derecho de apropiación de este “adjetivo calificativo” y convertirlo en lo contrario, “descalificativo”, para diferenciar, separar… me apena! Y, sobre todo, me apena porque, aunque ahora queramos distinguirnos para manifestar nuestra individualidad… esto es y ha sido siempre una lucha colectiva. Las mujeres independientes económicamente hoy, deben su autonomía a la lucha de otras, que buscaron en la unión la fuerza para salir.

Y confieso que no soy muy dada a celebraciones de ningún tipo de días “D”, todos me parecen, al final, discriminatorios para “alguien” pero, imagino que, quien quiso dar nombre y notoriedad a este, no pretendía generar discriminación. Y, ahora que lo pienso, nos hubiera bastado con un simple “día de la mujer” limpio, orondo, sin adjetivos que dieran lugar a derechos de representación y confusiones. O, por el contrario, crear un sinfín de días “D”: De la mujer asalariada, de la mujer autónoma, de la mujer parada, de la mujer ama de casa, de la mujer empobrecida, de la mujer discriminada, de la mujer explotada…

Soy Ana Casado. Soy ama de casa y soy una mujer muy trabajadora.



Aclaración: Casi la totalidad de las imágenes que aparecen en este blog proceden de Pixabay.

jueves, 23 de abril de 2020

...a una mujer como ésta

El oído… ¡qué gran sentido! Aporta una ingente cantidad de información y a veces ni nos percatamos o… ¡quizás es que no nos queremos percatar! Hoy, centro mi atención en ese “parece que no oigo, pero sí oigo”. No estoy escuchando, pero, la onda llega, estimula los receptores, hace saltar las alarmas y… ¡mensaje recibido!

Pues bien, así nos encontrábamos una noche cualquiera, después de cenar, sentados en el sofá, mientras esperábamos la hora de comienzo de la serie semanal. Cada uno estábamos a lo nuestro: a la lectura uno y el fisgoneo en facebook el otro. De fondo, la verborrea incansable del televisor. Eso sí, a un volumen bajito para que no distrajera nuestros quehaceres. 

¡De repente lo oí! Entró aporreando mis orejas, hiriendo el tímpano y clavándose en mi cerebro como si de un gran sopapo se hubiera tratado. No importó que el televisor tuviera poco volumen ni que la lectura fuera grata y acaparara toda mi atención. Aquella frase, que pretendía ser galante, era una montaña de piedras arrojadas al conjunto de las mujeres. ¡o quizás no de todas!

A un veterano y prestigioso presentador de televisión, de los que se encuentran en la palestra  y se jactan de modernos y respetuosos, se le escapó esta… no sé si llamarlo pildorita o esputo. El susodicho, a la vista de una hermosa y joven “señorita” que esperaba a su acompañante, tuvo a bien decirle a éste, como quien no dice nada, la frasecita siguiente: “¡Vamos hombre! ¡que no se puede hacer esperar a UNA MUJER COMO ESTA!”. 

Brindo por ella que realmente era preciosa e iba arreglada con una sencillez exquisita. Mirarla, era un placer para la vista. A mí también me llamó la atención. Lo confieso: Soy una “voieur”. Me gusta mirar y contemplar la belleza provenga de donde provenga.

Pero, volvamos a la frasecita porque, su contenido no tiene desperdicio y…, ahora que lo pienso, quizás, “lo mío” no era tanto un exceso de puntualidad… -a fin de cuentas, la puntualidad es eso, llegar a la hora justa: ni antes, ni después- … y es que, siempre me tocaba esperar a mis acompañantes… Claro, si yo hubiera sido “UNA MUJER COMO ESA”… Esto, según el presentador, explicaría aquella ingente cantidad de minutos que pasé esperando… Y me imagino que, lo mismo le habrá ocurrido a muchas mujeres, que como yo, no llegan a dar la talla del 90-60-90. No cumplir con el canon de belleza establecido tiene estas… penalizaciones.

Sí, un aproximado ochenta por ciento de la mitad de la humanidad, entre el que me incluyo, podemos sentarnos tranquilamente y tomarnos una, dos o tres cervezas mientras esperamos a que llegue nuestra cita… y cogernos una buena borrachera. Podemos morirnos de asco contemplando el reloj y oteando el horizonte porque, por el mero hecho de ser como somos físicamente, no tenemos la dignidad ni el caché suficiente como para que un varón nos respete “hasta el punto” de llegar a tiempo a su cita.

¡O, a lo mejor, me estoy equivocando y resulta que los dos televisivos varones, que hasta aquí me han traído, ya conocían en “profundidad” a la “dama” siendo muy conscientes de la cantidad de cualidades valiosas que ésta ocultaba detrás de su sorprendente belleza...!

De todas formas, ¿No hubiera sido mucho más elegante y menos nocivo haber dicho: “No es correcto hacer esperar a una persona”?... La educación no sabe de géneros y engrandece a todos.

Volviendo a lo que me traía aquí esta mañana, mi oído selectivo, como si de una alarma ancestral se tratase, abrió todos los canales de comunicación para advertir del peligro que, aquellas “inocentes” palabritas, llevaban adheridas y me sacó de la lectura al tiempo que gritaba: ¡Pero tú has oído lo que ha dicho ese imbécil!

domingo, 12 de abril de 2020

Sobre ahorros y tarima flotante


Pero, ¡cómo nos han engañado!

Poquito a poquito, fueron conquistando, con el pago de “los réditos” de la cuenta corriente, nuestra codicia primero y nuestro dinero, después. Todos consultábamos, los intereses producidos a final de año, gozosos. Ahorrar tenía un buen aliciente pecuniario a parte de la satisfacción.

Después, como a niños chicos, nos quitaron el tan rico caramelo y nos dieron una suave gominola disfrazada con un enorme lazo: aquellas famosas campañas de entrega de regalos directos con imposición de una cantidad determinada, encaminadas, a sacarnos los ahorrillos que escondíamos, ¡por si acaso!, debajo de la baldosa.

Y caímos, perdonen la expresión señores asiáticos, como chinos. Fruto del ansia de tener y aparentar, acudimos en tropel, con nuestros dineritos escondidos en la faltriquera, para intercambiarlos por aquellas gominolas. ¡Quién no recuerda ver salir desfilando de los bancos a  tantos  pequeños ahorradores con sus enormes cajas de regalos: Mantas, albornoces, cuberterías, maletas…! Ni nos dimos cuenta del cambiazo. ¡Todo era dulce al paladar! Cuando se aseguraron de que, debajo de las baldosas, no quedaba nada… nos retiraron el azúcar y, a partir de aquí, comenzaron a decirnos que, si queríamos dar “unas chupaditas” a nuestras piruletas, teníamos que esforzarnos en ahorrar más dinero y conseguir puntos…

No fuimos capaces de ver tampoco que, tras aquella servicialidad viperina: “no hace falta que venga usted todos los meses, si usted domicilia su nómina, además de unos caramelillos ganará en comodidad…” Ese día les dimos algo más que dinero: el fruto de nuestro trabajo y ese placer sin igual de abrir “el sobre” a fin de mes.

 Y tras ésta, vinieron, un sinfín de domiciliaciones, “para nuestro descanso”… ¡y para nuestra perdición! Fuimos delegando responsabilidades en aquellos parásitos fagocitadores y hoy… tenemos que pagar por nuestro dinero. Ellos se lo guisaron, ellos se lo comieron y nosotros pusimos la materia prima a cambio de… unas migajas que rápido dejaron de existir.

¿Os acordáis de los “sloganes” que utilizaban para captar nuestra atención y adueñarse de nuestro dinero? Todos hacían hincapié es su labor altruista “al servicio del ciudadano”. ¿Del ciudadano? ¡De vuestros intereses capitalistas! ¡Pero qué necios hemos sido! Alienación del trabajo… y ahora alienación del salario¡

Antaño, las puertas del banco se te abrían y eras bienvenido a cualquier hora. Tus asuntos parecían interesarles y, procuraban buscar soluciones a tu problema desde la misma oficina. Ahora, sólo puedes hacer tus gestiones los martes entre diez y once y media (día y hora depende de cada banco), tienes que pedir cita para ser atendido o coger un número. Te atienden con bastante indiferencia y desdén (¡un pobrezuco que se cree inversor!), se te limita la cantidad a sacar, aunque tu cuenta diga que tienes suficientes fondos, o te obligan a solicitarlo con anticipación. Si la cantidad que necesitas es demasiado pequeña… ¡no te molestes en entrar, tienes que hacerlo desde el cajero!  Y lo que es más gracioso, en la era de la tecnología en la que todo está interconectado, en una oficina del color rojo, no puedes hacer una gestión de otra de ese mismo color y, te obligan a trasladarte a aquella de origen que ahora te queda… lejos de tu domicilio. Ya no os cuento con lo de las comisiones… “¿pero, cómo..? ¿te tengo que pagar por dejarte mi dinero? ¿y una comisión por mantenimiento de qué? ¿y otra por hacer un donativo? ¡Aaaah! ¡sin más palabras!

¡Perdónenme ustedes! Yo no sé de economía más allá de la calderilla que maneja un ama de casa pero, a mí, todo esto, me suena a “chufla”. Se están riendo  y aprovechando de nosotros. Hemos generado tal dependencia de los bancos que nos tienen a todos cogidos por… “los perandones” y lo triste es que ya, no podemos prescindir de ellos porque “PARA TODO” se necesita tener una cuenta bancaria. Hoy en día es más importante que el DNI. ¡Qué bien han jugado “arriba” sus cartas estos parásitos!

Y lo peor es que, con la tarima flotante ya no quedan baldosas en las viviendas donde poder volver a esconder nuestros ahorritos.

sábado, 4 de abril de 2020

¡Eso me parecía a mí!


Nadie por la calle a las ocho de la mañana y, de repente, te cruzas con otro madrugador y, al llegar a tu altura, te suelta: “Pero, ¿lo tienes claro o no lo tienes claro?”.  ¡Perdón! ¿Cómo dice? ¡Aaaah que no está hablando conmigo! ¡Perdón, perdón! Y te devuelven una mirada reprobadora como diciendo: ¡Tú de que vas! No ves que voy hablando por mi “Iphone 10”.  Y, efectivamente, descubres que de su oreja cuelga un cablecito… Pasé tanta vergüenza que, he decidido no volver a responder ni siquiera cuando oigo mi nombre. Vete tú a saber…Hay tantas “Anas” en el mundo…

Sí, esta y otra son las cosas que tiene la telefonía móvil.

Las personas vamos hablando por la calle creyendo que tenemos una conversación privada y lejos de ser eso, lo que hacemos es incomodar y media humanidad se pone al corriente de nuestros asuntos.

El otro día escuché una conversación…Ya sé que, una debe de ser respetuosa y no prestar oído a conversaciones ajenas, “no pegar la hebra” que se decía en mi tiempo. Pero, ese día, aunque pasaba ligera por la zona comercial, para no dejarme arrastrar por las rebajas… si el sonido de su teléfono no había sido suficiente llamativo y escandaloso, la respuesta y el saludo a la llamada me frenó en seco: “- ¡Hola chocho!”.  Busqué impactada y rauda a la persona que lo había dicho, pensando que podría haberse equivocado, y le seguí disimuladamente para verificar mi error. ¡Pues no! No había sido un error. Siguió su conversación como si tal cosa a voz en grito: “Chocho” para acá, “Chocho” para allá, como tú digas “Chocho”, vale “Chocho”, hasta pronto “Chocho”, yo también te quiero “Chocho”… Se me puso una cara  de emoticono ¡sí!, los ojos desorbitados y la boca desencajada. ¿Qué nombre admite como diminutivo o apelativo cariñoso “chocho? ¿Será que ha cambiado el significado de esa palabra y no me haya enterado…? ¡Qué me estaré perdiendo! 

Estaba deseando llegar a casa para consultar el diccionario. Y llegué. Y miré. Cómo adjetivo hubiéramos librado. No está mal estar o ponerse “chocho”. Eso indica que estamos contentos, satisfechos con algo, pero, ¡sería un adjetivo! Y, de lo que aquí se trataba, quedó suficientemente claro, era, nada más y nada menos que, de un “sustantivo”. Y como sustantivo… ¡Mire usted!  el asunto ya toma otros matices menos melosos. Vamos, que a alguien le llamen “altramuz”, esas cositas circulares y amarillas que se venden en los puestos de encurtidos de las ferias… ya sería rarito de salero. Nombres más feos y extraños he oído, y darle ese apelativo cariñosamente con ese significado de una legumbre a una persona…pues qué le vamos a hacer, sería aceptable. ¡Para gustos se han hecho los colores! Pero, tengo la ligera sospecha, más que fundada, que aquí el tema nada tiene que ver con la leguminosa esa. Seguro que a vosotros como a mí, la mente se os haya ido, como la velocidad del rayo, a lo que todos estábamos pensando hace rato.

¡Qué se puede decir! Verdaderamente había escuchado llamar cariñosamente a la pareja de muchas maneras: “cari”, que vale para los dos; “papá y mamá” por aquello de los hijos, o con el diminutivo con ese aire latino “papi y mami”, a veces incluso “corazón” o “amor” para aquellos más románticos…pero ¡¡¡¡CHOCHO!!!!

Hoy, antes de terminar estas líneas he querido hacer un experimento casero. Cuando ha llegado mi marido a casa le he dedicado un afectuosa bienvenida: - ¿Cómo te ha ido hoy “Escrotito mío”? 
Lo mismo he hecho con mis hijos: -¿Qué tal os ha ido en el insti “escrotitos”?
Las reacciones no se hicieron esperar: caras raras, miraditas soslayadas entre ellos...
Y vino la segunda envestida: “Escrotos, ¿podéis ir poniendo la mesa?” 
Fue mi marido el que no se contuvo:
 -“ Pero, ¿se puede saber que te pasa hoy? ¿a qué viene esa palabrita?”
-No , nada, sólo estaba haciendo un experimento  cariñoso y comprobando una cosita…-
 -¡Pues a mí no me hace ninguna gracias!
- ¡ESO ME PARECÍA A MÍ también!

sábado, 21 de marzo de 2020

Me lo callo para mí


Las redes están que arde. Hay, como siempre, de todo, pero ahora en cantidad y a todas horas. Y me refiero a personas. Todo el mundo estamos escarbando, como gallinas en el estiércol, para ver qué descubrimos en el montón de abono, digno de ser trasportado a nuestro pico (teclado) y lanzarlo a la red. Algo que sea lo último, ultimísimo y nos aporte muchos “likes”. Yo también. Nada más que lo veáis, si me estáis leyendo.

Me preocupa sobremanera eso que ahora han dado en llamar “Fake news”. Bulos, mentiras… que, si antes ya eran malas ahora son peores. Todos estamos un poco alterados y este tipo de mensajes no ayudan. Somos capaces de llegar, hasta bien abajo en el montón de basura, y sacar los trapos más viejos para caldear más si cabe el ambiente. ¡POR FAVOR, no publiquemos cosas que no vengan de fuentes fidedignas y que no estén bien contrastadas! Paremos las cadenas. Eso, sí está en nuestras manos. Seamos adultos, seamos serios, seamos responsables.

Por si fuera poco, la ociosidad en masa, libera más las lenguas que las mentes y estamos raudos a la crítica y lentos en la reflexión. Da igual si nuestro comentario destruye una buena y bonita iniciativa, siempre hay “idiotas” que secundarán la crítica con los ojos cerrados, y eso nos llena de satisfacción…que es de lo que se trata, de engordar nuestro ego. Piensa, pensemos antes de lanzar una “inocente preguntita”, “un comentario ingenioso”, ese reenvío fácil, el veloz “tweet”… ¿nuestro gesto aporta algo positivo? El efecto dominó pude ser arrollador. Si lo que tenemos que decir no va a ayudar y/o mejorar la situación… mejor nos lo guardamos. ¡Guárdatelo para ti! Me lo guardo para mí.

Parece que aún seguimos sin entender: Es tiempo de sumar, aunar y, si no podemos o no sabemos, al menos que no restemos. Si no ayudamos a tranquilizar, calmar los ánimos, no favorezcamos la crispación. Que ya hay más que suficiente. No son momentos de andar mirando lo bien que quedamos en la foto y dónde nos colocamos… o salimos todos o no salimos.

A lo mejor al lema “quédate en casa” habría que sumarle otro que dijera “y cállate la boca” porque la ociosidad da para mucho y en estos momentos, si de algo andamos sobrados, es precisamente de ociosidad.

Soy Ana Casado y estoy en casa ociosa como tú. Desde mi humilde observatorio, os invito, te invito a sumar desde la contención.

Un saludo.

domingo, 15 de marzo de 2020

Un momento de deleite



-Oye mamá, ¿por qué pasan estas cosa? ¿y por qué dios no hace algo?

-Verás, yo no sé mucho de “esto” pero, sí sé que, nuestro tiempo no es el tiempo de Dios: un segundo para él es toda una eternidad para nosotros.

(Miguel me miró desde sus enormes ojos negros, abiertos como platos, como diciendo: no he entendido nada.)

-¿Quieres que te cuente una historia?

Resultó que, aquella mañana Dios se había levantado muy tranquilo y satisfecho después de una semanilla celestial muy atareado creando el mundo. Con una sonrisa plena, que caracteriza al que sabe que ha hecho un buen trabajo, nuestro Señor se dispuso a dar una vuelta… ¿por el paraíso? ¡nooo! Por el universo tan recientemente creado. Bajó hasta aquí y, en cuanto puso los pies en la tierra, un bichito muy curioso al que no recordaba haber creado distrajo su atención:

- “¿Cuándo he creado yo esto? ¡Anda que soy despistado! ¿fue en el tercero o en el cuarto día? Umm ¡Mira que no me acuerdo!”.

El extraño bichito andaba muy atareado, como si toda la creación dependiera de él. Se afanaba revisando cada una de las flores que encontraba a su paso… ¡y eran muchísimas! Aquello parecía una tarea ingente. ¡Allá dónde miraras había flores! Se posaba en los pétalos con cuidado e inmediatamente desaparecía en la intimidad de la flor. Hecha su inspección volvía rápidamente al exterior, toda cubierta de un polvito amarillo, para irse zumbando y repetir la misma acción en la flor más inmediata.

-Mientras, y esto no pudo verlo Dios, a pesar de que digan que todo lo ve y tan distraído como estaba observando el trajín que se traía el bichito, en su abdomen, se iba acumulando un dulce néctar.
(Miguel sonrió al darse cuenta de qué estaba hablando. Supe que tenía toda su atención)

Así andaba Dios: entretenido como un crio con su juguete nuevo, persiguiendo al incansable insecto con la vista… y preguntándose, a qué le llevaría tanto afán. Y sin querer, sin querer la pequeña creatura le llevó hasta su casa.

 De la rama de aquel árbol pendía una bola, a modo de balón de rugby con un agujero por el que entraban y salían más criaturas como aquella, en perfecto orden, revoloteando y danzando de contento… ¿por haber llegado?

Dando rienda suelta a la infinita curiosidad que caracteriza a todo buen artista, Dios se aproximó confiado, a mirar qué baile era aquel con el que se demoraba el bichito a la puerta de su casa pero, no le dio tiempo a ver mucho porque… un hilillo dorado, meloso y tentador rebosó los límites de capacidad de aquella bola. Su instinto goloso, porque Dios es muy goloso, le llevó a extender su real dedo, ¡sí!, ¡el que utiliza para dar órdenes!, colocarlo bajo aquella sustancia viscosa y después… se lo llevó a la boca. ¡mmmmmm! En un gesto, de divino placer, Dios cerró los ojos durante una milésima de segundo celestial y cuando volvió a abrirlos…

¡¡¡LA CATRASTROFE!!!

Debajo de la peculiar pelota de Rugby se amontonaban inertes los cuerpecitos de aquellas maravillosas criaturas que tanto placer acababan de proporcionar a su paladar.

Profundamente impactado miró alrededor buscando la causa y origen de tal tremendo desastre y, no encontrando nada aparente que lo justificara, decidió acercarse por el paraíso a preguntar. Allí, Adan y Eva, como encargados de la creación, gestionaban todo el universo. Pero… Por más que llamó a la puerta no encontró respuesta.

-“¡¡No hay nadie!! ¿Dónde estarán?”.

En un gesto de preocupación, porque Dios es muy respetuoso, se atrevió a correr la cancela e introducirse en el jardín… 

-“¿¡¡Cómo puede ser esto!!?” Dijo Dios con los ojos saliéndosele de las órbitas.

 Un inmenso desierto árido y seco se encontraba en lo que hacía apenas una semana celestial fuera un rico vergel.

- “¿Qué ha pasado con el paraíso que he construido hace un par de días? ¿quién se ha atrevido a destruir mi obra? ¡Adán, Eva!  ¿Dónde estáis?”.

Una ráfaga de viento abrasador y abrasivo se levantó de aquel desierto hiriendo su rostro como respuesta.

Decidido a dar con la explicación a tan calamitosa situación fue preguntando a cuantos animales, plantas, quedaban y se encontraba a su paso…

- “¿tú sabes dónde están los administradores?”  Y, a cada encuentro, se sorprendía y preocupaba  más y más. Nada se parecía a lo recién creado.

Mientras buscaba, tuvo tiempo de descubrir otros muchos y grandes desastres: plantas sin color ni olor, astros llenos de basura espacial, animales famélicos a punto de fallecer, océanos llenos de plásticos…

 -“¡¡¡¡QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ¡¡¡” dijo Dios inconsciente del tiempo terráqueo transcurrido.

-“Porque hay otros mundos ¿sabes? que también los ha creado Dios pero, este era el más bonito.
-SÍ, ¡EL PLANETA AZUL! Nos lo han dicho en el colegio.
-SÍ, pero, sigamos con la historia que se me va el hilo.

“-Tendrás que ir a los Servicio Generales.”

 Le dijo un viejo y escuálido elefante, incapaz de sostener su propia trompa, al escuchar los alaridos de Dios, cuando pasó por África.

 -Allí es dónde se decide todo. Pregunta al “Roblón” que es el árbol más longevo. Él sabrá decirte.

Y después de mucho andar y preguntar Dios llego a una especie de ¿bosque?...

-Bueno, en realidad no tenía nada que ver con un bosque de lo feo y gris que era. Pero sí parecía un bosque por la enormidad de los edificios: viviendas apiladas unas encima de las otras que se elevaban hasta casi tocar el cielo…
- ¡Era una ciudad! ¿verdad, mamá?
¡Sí!, eso. Era una ciudad.

Pues eso, una ciudad.  Pero ¡tan fea, como no la hayas visto nunca! Y tampoco se libraba de la maldición que perseguía a la creación. Dios preguntó y, perdiéndose por el laberinto de calles y callejuelas, consiguió llegar hasta los Servicio Generales.

- Si ya la ciudad era fea, tendrías que haber visto los Servicios Generales. ¡Aquello era deprimente!

“¡Buenos días! ¿Podría decirme dónde están Adán… “.

Ni terminar la pregunta le dejaron. Es más, ni le reconocieron porque nadie se acordaba ya de Dios. Y tampoco le miraron por si, su atuendo, túnica blanca y triángulo amarillo en la cabeza, les hubiera podido dar alguna pista. El recepcionista, tan gris como el edificio, ni sacó su nariz de la pantalla que tenía delante para saludar. Con un tono rancio, de purita rutina, interrumpió sin ningún respeto la pregunta de Dios y le espetó:

- ¿Tiene usted cita?

A Dios sólo le dio tiempo a abrir desmesuradamente los ojos antes de volver a escuchar:

- ¡Si no tiene cita rellene el formulario número 15 y espere!

¡¡¡¡…Y Dios se topó con los servicios Generales¡¡¡

Por su altíiiisma parsimonia y su excesiva burocracia y… El creador comenzó a entender. Fue entonces cuando se arrepintió de haber dejado al hombre como encargado de todo y de no habérselo dejado a aquel bichito tan hacendoso….

Se había despistado unos segundos contemplando y degustando… había sido suficiente para dar al traste con el mejor de los mundos creados.

-Y eso es lo que pasó, nada más y nada menos que unos escasos segundos.
-Pero, mamá, ¡es Dios!… ¿podrá hacer algo?
-Pues claro. Y lo está haciendo. Ha pasado al tiempo humano y está muy ocupado rellenando formularios.

domingo, 8 de marzo de 2020

La manzana de Eva



¡Para, para, para! ¿Pero qué me estás diciendo? Eso es sólo un documento escrito más donde se puede constatar lo viejo y antiguo que es esto del maltrato a la mujer. Y esta historia o mito o como quieras llamarlo de Eva y la manzana puede ser interpretado de muchas otras maneras.

Se me ocurre una por ejemplo: 

Pues allí estaban el soso de Adán y la sosa de Eva paseándose por el jardín del Edén sin ninguna voluntad ni ninguna otra cosa que hacer que no fuera comer, crecer, multiplicarse y mirar al sol como dos animalillos más de la creación. Y, “hete tú aquí” que a Eva, y presta mucha atención que estoy diciendo “a Eva”, como así lo marca el texto bíblico, y no “a Adán”, se le movió la neurona animal y pensó: “Esto del árbol de la ciencia del bien y del mal suena interesante”.  ¡¡¡PENSÓ!!!

 Mientras, Adán, correteaba y saltaba jugando entre los arbustos con unos ratoncillos, sin ninguna conciencia. Y, Eva, como no podía ser menos, dejándose llevar por esa arcaica intuición animal, observaba el paraíso tan perfecto y a aquel apetitoso y llamativo manzano… “¿qué está pasando aquí?”  Se preguntó.  Y aproximándose al frutal prohibido, ¡¡¡TUVO CURIOSIDAD!!!, tomó en sus manos una jugosa manzana, la observó, la olisqueó con su olfato animal y, el visceral instinto le dijo:” Esto tiene que ser bueno porque si no, no estaría aquí “.

Adán continuaba a lo suyo, ajeno a toda reflexión, confiando siempre en que Eva le avisaría cuando la comida estuviera lista.

Eva se atrevió a cuestionar ridículos tabús y prohibiciones y… sin darle más vueltas, dejándose llevar por lo que le decían sus intestinos… ¡¡¡PROBÓ!!!.. el dulce fruto prohibido. Su mente apagada de animal domesticado se abrió al mundo. Y he aquí, que su buen corazón la llevó a compartir con su inconsciente compañero aquel magnifico descubrimiento.

Accedió al mundo del saber porque cuestionó lo establecido y se atrevió a ir un poco más allá.
¡Fue la mujer la que abrió las puertas al mundo del conocimiento! ¿Qué hizo Adán en todo esto? ¡Nada! Si todo hubiera dependido de él aún seguiríamos pastando en el campo.

Eva dio el primer paso hacia la evolución y ¿cómo se lo ha premiado la humanidad? Milenios de castigo y vejaciones. ¡No, no, noooo! No cometió ningún error ¿o quizás si?  ¡Claro que lo cometió! Su error fue adelantarse a su compañero: saborear en primicia el fruto del saber, ir por delante…  y compartirlo. Ella vio que aquello era bueno y quiso hacer partícipe a su compañero. Adán en vez de agradecérselo… tuvo miedo. El saber tenía implicaciones y le sobrepasaron.  No estaba aún preparado para dar aquel mordisco.

¡Pobrecito! ¡Jamás he visto personaje más infantil, inmaduro, sin ninguna voluntad ni criterio! Siempre “un bien mandado” que ni arriesgó ni asumió…  y deja que otros decidan lo que tiene que hacer. Sólo un animal más que hace girar la noria en un paraíso eterno de inconsciencia.
 Y el acusica de él, en vez de asumir su responsabilidad, va y se chiva haciéndose el mártir: ¡Fue la mujer!, ¡Fue la mujer!  ¡Ella me obligó¡ ¡Ella me obligó!...

En fin, este fue el primer gran pecado: el de envidia, no de desobediencia como quieren hacernos creer.  Cuando Adán se dio cuenta, cuando tomó conciencia de la grandiosidad de aquel hallazgo… no fue capaz de soportar no haber sido el artífice de aquella hazaña y se dedicó a vilipendiar a Eva llegando hasta nuestros días.

 Y yo, Ana Casado, de profesión Ama de casa me pregunto: ¿Les gustaría a muchos hombres ver la historia contada así?


domingo, 22 de diciembre de 2019

Una inocente preguntita




Allí estaba yo, en la cocina planchando, porque en mi casa no hay espacio para cuarto de la plancha,  abstraída de toda otra actividad que no fuera dejar impoluta la ropa de mis seres queridos y de fondo… el sempiterno “casette” de Mocedades cuando, sin venir a cuento, mi hijo mayor que, por entonces contaba con siete u ocho años, va y me salta, así a bocajarro: “¡oye mamá!, ¿tú cuando eras pequeña… ya soñabas con ser ama de casa?”.
Una preguntita inocente que sale de la boca que tantos besos te ha dado… ¿¡cómo puede ser que consiga remover todos los cimientos de tu existencia!? ¿pues no fue que de repente vi pasar ante mí todo aquello con lo que siempre había soñado de niña e incluso de no tan niña y al mismo tiempo la descarnada realidad en la que me había convertido?... ¡¡¡Niño por qué no te vas a jugar a las canicas y dejas de… importunar con tus ridículas preguntitas!!!
Supongo que, detrás de aquella pregunta, a su manera, Carlos había estado reflexionando sobre su propio futuro. Importunado, y cansado a su vez por tanto adulto curioso… la preguntita “¿y tú que vas a ser de mayor?” habría terminado por calarle y hacer mella. La realidad puede llegar a ser abrumadora con la cantidad de posibilidades, el deseo de probar y conocer de todo, y generar desorientación… Él, quizás, buscaba tranquilizar el miedo y la inquietud que le generaba tanta variedad, el no saber por dónde, el querer varias cosas… todo propio de la edad. Pero a mí, aquella inocente preguntita, me generó todo un tsunami de sentimientos.
Mis sueños… la mujer que soñé ser un día nada tenían que ver con la que estaba en aquella cocina planchando, en chanclas, con un chándal viejo y raído, sin peinar… Me hubiera dejado caer en una silla y hubiera dado rienda suelta al llanto si Carlos, pacientemente, no hubiera seguido allí, mirándome, en espera de una respuesta. ¡Cómo explicarle…! Obviamente “ser ama de casa” nunca estuvo entre mis opciones y mucho menos entre mis prioridades.
Hubiera podido ser muchas cosas: soñé con bailar de tutú y durante una temporada destrocé sin piedad la puntera de varios pares de zapatos hasta conseguir mantenerme recta y en equilibrio; después decidí que sería flamenca y busqué ritmos taconeando y atronando los oídos de toda la familia; la pubertad y el deseo por el conocimiento del propio cuerpo y el ajeno me llevó a desear ser médico pero eso, duró poco tiempo; después le siguieron la abogacía, la pintura, la escultura, la enseñanza… ¡y tantas otra que fueron cayendo!
Hacer memoria de lo que uno ha ido dejando por la vida y recordarlo como pérdida puede llegar a ser muy doloroso.  La pregunta de Carlos me dejó por un momento al descubierto y, si él no hubiera sido tan tenaz en la espera, posiblemente el impacto me hubiera arrastrado, cuando menos, hacia… un mar de lágrimas. La estampa que mi mente forjó de aquel instante era una buena tierra donde la desesperanza pudiera acampar.
 Pero, allí estaba él, parado frente a mí, como testigo de lo acertado de todas las decisiones tomadas, esperando una respuesta…
No, hijo. Nunca soñé con ser ama de casa. Tuve muchos sueños y unos sustituyeron a otros. Siempre en búsqueda, decidiendo, aprendiendo, cogiendo y dejando… hasta que te soñé a ti y después a tu hermano Miguel. Ahora, mi sueño sois vosotros y seguiré aquí hasta que vosotros encontréis los vuestros.


sábado, 25 de mayo de 2019

Transgresores a voluntad

Y allí estábamos en la sala de exposición de un artista contemporáneo del que nunca habíamos oído hablar.
El verano tiene esas extrañas oportunidades de poder mostrarte, a cualquier parte que vayas, una amplísima oferta cultural y artística. ¡Carta abierta para todos los gustos y públicos! La casualidad había obrado a su favor: un folleto estratégicamente colocado sobre la barra de un bar, el asfixiante calor del exterior y el supuesto aire acondicionado de la sala de exposición, tuvieron mucho que ver para que, aquella tarde tan sofocante, termináramos allí. Ciertamente la temperatura de las salas era reconfortante e invitaba  con agrado a demorar la estancia.
La casualidad hizo también que el artista en cuestión se encontrase en aquellos momentos en la exposición y, no tan casualidad para ellos pero sí para nosotros, que en esos instantes llegasen  los reporteros de un periódico local a entrevistarle. Seguimos nuestra visita como si tal cosa, como si aquello no fuera con nosotros pero, puesto que la entrevista iba a ser publicada…  ningún delito había en “pegar la oreja” y escuchar qué se decía. Conocer al artista es un buen punto de partida para entender la obra… o quizás no.
En este caso y desde mi perspectiva, hubiera sido mejor no conocer, porque la escucha me predispuso negativamente. Desde mi  punto de vista  existen dos grandes tipos de artistas: los que lo son y los que se lo hacen. Los primeros no necesitan explicar su obra, se explica así misma, habla por sí sola. Los segundos necesitan adornar y llenar con grandes discursos su producción por que no tiene nada, ¡está vacía!
“Hay que transgredir, romper…” Dijo el artista. Aquellas palabras me produjeron cierta grima. ¿Quién ha dicho que el arte necesariamente ha de ser transgresor? El mismo discurso de siempre manido y gastado de pseudo-artistas que no han entendido nada. El arte se tiene o no se tiene. Es como el “duende” del flamenco. Y habrá aristas como la copa de un pino que no rompan con nada y artistas en los que la trasgresión surge espontánea. Ambos dos son auténticos, fieles a sí mismos, libres. El arte les sale de dentro como un manantial de la tierra.
Y estarán aquellos otros, los transgresores a voluntad… que no saben aún ni quiénes son, y se empeñan en diferenciarse, que han oído que el artista debe de ser transgresor y buscan sin más acoplarse a esa máxima pensando que el arte es únicamente eso. Dependen de las modas y son esclavos del momento. Arañan la tierra con sus manos buscando un hilillo de agua y… a veces llega y a veces no. Pero, se han aprendido el discurso y saben vender bien… ¡humo! Se acomodan a las circunstancias, al mejor postor…y se pavoneas en reuniones sociales siempre a la caza y atentos a aquello que les pueda aupar ya que su arte no lo va a hacer.
¡Y me condicionó!
El discurso del artista me condicionó la mirada. Ya no fui capaz de mantener la actitud abierta que tan necesaria es para apreciar el arte. Y no digo que no lo hubiera allí sólo que,  yo ya no fui capaz de verlo. Sus palabras de pataleta infantil “¡hay que romper! ¡hay que romper!” se impusieron a la sugerencia artística de su obra.
Ahora sí, del arte ya no disfruté pero, ¡cuidado que estuvimos fresquitos¡

martes, 7 de mayo de 2019

Parca en palabras


Mi padre no hablaba mucho. Tampoco lo necesitaba. Todos entendíamos a la perfección su lenguaje. Siempre había sido así.

Antes de que llegase mi madre, e incluso antes de que lo hiciera mi abuela, la mujer entendía, obedecía y se adelantaba a las necesidades del hombre. Mi abuelo no fue hombre de grandes discursos, se lo oí decir a mi abuela y, ese mismo silencio, más que heredarlo, mi padre lo aprendió pronto y a la perfección. ¡Como no podía ser de otro modo!

Yo entonces era muy pequeña y no entendía mucho, pero escuchaba y, sobre todo, observaba. Era una niña… era mi cometido, aún sin saberlo. Siempre me preguntaba cómo sabría mi madre lo que quería mi padre si nunca lo decía. Pronto aprendí a interpretar. Descubrí que mi padre tenía un rico conjunto de gestos que mi madre conocía y a los que se apresuraba a dar respuesta: si mi padre tocaba con el dedo el borde del vaso… eso significaba que quería más vino; si movía ligeramente el plato hacia adelante… eso era que no quería comer más. Y mi madre leía aquellas órdenes y obedecía… servía, retiraba. Me gané una sonrisa, gesto de aprobación, el día que me adelanté a mi madre y le traje las zapatillas…

 Del mismo modo ocurría con sus escasas palabras: frases muy cortas, a veces, incluso, una sola palabra que, en la mente de mi madre, se debían de traducir como todo un discurso, por la gran actividad que su pronunciación conllevaba en los trajines que venían a continuación.  “Mañana bajo a la feria” era uno de los discursos más largo que se solía repetir una vez al mes, más o menos, y que desencadenaba, en casa, casi una hecatombe: lavar y planchar la ropa, calentar agua para el baño, preparar comidas…

Me costó mucho descubrir cómo sabía mi madre que mi padre estaba de regreso. Yo había observado que, unos minutos antes de que mi padre se hiciera presente en la casa, mi madre echaba agua caliente en la palangana. Eso indicaba que estaba llegando. Salía corriendo a la puerta y, efectivamente, le veía aparecer por delante de la peña Moña. - “Maite, trae la palangana que voy a prepararle el agua a tu padre”, me pidió mi madre una tarde. - ¿y tú cómo sabes que viene padre?  Mi madre, a la fuerza parca en palabras, me dijo: “mañana siéntate en el poyo y presta atención”.  Así lo hice… ¡¡¡un silbido!!! Mi padre dio un largo e intenso silbido al llegar a la peña y en unos segundos vi aparecer su cabeza en el horizonte. ¡Eso era!

¡Juegos de niña que me divirtieron hasta que llegué a la pubertad! A partir de aquí, ya no quería que mi vida se redujese a interpretar los gestos de un hombre y obedecerlos con rapidez y sumisión. Puse la vista detrás de la peña Moña donde sabía que había todo un mundo por descubrir, miles de palabras que pronunciar y cientos de gestos que interpretar totalmente distintos a los de mi padre, mi abuelo, mi tatarabuelo…

“Mañana a las siete te esperan en la casona”. Dijo aquel día. Sin más. Estaba todo más que dicho. Vi a mi madre girarse para que no la viéramos llorar. Ni eso se le permitía. Nunca supe si las lágrimas salieron por tristeza, liberación, o las dos cosas. Se dirigió, sin mediar palabra a la habitación y del viejo arcón sacó una maleta vieja que nunca había visto. La dejé hacer. Acto seguido, entró en mi habitación y comenzó a sacar del armario mis mejores ropas y a meterlas en la maleta. A mí se me rompía el corazón y supe que el suyo también estaba roto cuando, a escondidas con el mayor secreto, puso en mis manos una especie de bolsilla de tela con algo dentro, que adiviné era dinero. Por un instante nuestras miradas se cruzaron y los largos años de interpretación se concentraron en aquel instante para hablar de todo lo que hasta ese momento no hubo necesidad de decir: amor, dolor, esperanza…

A todas esas mujeres que aún viven sometidas al lenguaje de la interpretación, que aprendieron a mirar con sus padres, escucharon los gestos de sus maridos y ahora, sin querer y tristemente, leen los de sus hijos… con la esperanza, de un día, poder oír su voz.

sábado, 13 de abril de 2019

¡A mi hermano le has dado más!



Me viene a la memoria un viejo cuento que escuché hace mucho que decía algo así: “A una mujer que tenía muchos hijos le preguntaron en una ocasión a cuál de ellos quería más. La mujer escuchó la pregunta en silencio y dio tiempo a su corazón para que fuera buscando la respuesta. Después de lo cual respondió: al que está fuera o lejos mientras está fuera o lejos, al que está enfermo mientras está enfermo, al pequeño mientras es pequeño…”

La intuición y sabiduría de una madre son únicas captando las necesidades particulares de cada hijo y buscando en cada momento satisfacer de la manera más conveniente aquello que le es necesario a cada uno de ellos. Bien sabe que no siempre la equidad es la respuesta adecuada: una persona enferma ni come ni trabaja igual que una sana…

Y es que se me antoja comparar “esto de las cuestiones sociales”: inmigrantes, minorías étnicas, personas maltratadas, personas diferentes, de distintas tendencias religiosas, etc… con una gran familia. El estado como un gran progenitor debería velar y cuidar por igual de todos sus hijos y facilitarles el acceso a los recursos de forma justa (esto ya lo dijo alguien antes que yo pero no recuerdo quien). Todo el mundo deberíamos  tener un hueco de pertenencia en la sociedad, nuestro hueco, como en la familia,  así como disponer de esos ingresos mínimos, como los que nos garantiza la casa familiar, sin necesidad de tener que reclamarlos.

Supongo que no debe de ser tan fácil y que, debajo de lo que vemos haya otros asuntos que las personas de “a pie”, en este caso yo, desconozcamos. Ya sólo con observar la realidad cercana, mis hijos, me doy cuenta de la complejidad del asunto.

El problema surge innato en la propia diferencia: Algunos hijos se acomodan al sustento y no buscan más,  otros lo rentabilizan aprovechando las oportunidades y sacándole el máximo partido, también están los que nunca tienen suficiente y acaparan más de lo que les corresponde y aquellos a los que ciertamente por sus peculiaridades se les debe de mantener siempre “bajo la tutela de los padres”… La equidad podría ser buena para empezar pero, luego, hay que avanzar: hay que soltarse de la mano de la madre, dar la oportunidad a otros hermanos que vienen detrás, caminar solos. Anclarse únicamente si no hay otra opción. Y es aquí, al alzar el vuelo, cuando surgen los problemas.

Aunque el punto de partida haya sido el mismo, no todos alcanzamos las mismas metas disponiendo de los mismos recursos. Cada uno rentabiliza las oportunidades y recursos desde su ser distinto: personas diferentes… diferentes necesidades… distintos recursos. Aunque haya habido equidad, siempre habrá diferencia. La equidad es conflictiva. Por añadidura hay que tener en cuenta que si el reparto hubiera sido como el de una madre, respetando las cualidades y necesidades de cada cual… el conflicto hubiera estado servido también desde el principio: “¡a mi hermano le has dado más!” a no ser que, previo a todo esto, haya habido una auténtica educación en el concepto de necesidad…

¿Cómo se hace esto? … la respuesta al interrogante también puede ser innata por que TODOS somos diferentes. Aceptar la diferencia con naturalidad. ¿Quién dijo que somos iguales? No es la afectación por algún síndrome, la ausencia de algún miembro, la forma de vestir o cómo viva mi sexualidad lo que me hace distinto. La diferencia está más adentro y lo que tenemos que aprender, como esa madre, es a captar en cada momento la diferencia y por ende la necesidad, la debilidad… que es lo que hace a una persona acreedora prioritaria, en ese momento, del amor... de los recursos. Y esa quizás sea la verdadera equidad, más que una cuestión numérica, una cuestión de situación: “dar a cada uno lo que necesita en el momento concreto”… y cuando desaparece la situación… volver a la cotidianidad.

¡Ya me gustaría ser esa madre! Pese a todo, en casa siempre resulta más fácil detectar una necesidad o ver una debilidad sencillamente porque somos menos.  Por ser menos, se actúa más rápido sin tanta burocracia y aún así… alguna vez confieso que me he inclinado hacia el que tenía menos necesidad pero… quizás fue más zalamero.

jueves, 21 de marzo de 2019

DeTV y de platos sin fegar

Recogemos la mesa de la cena con celeridad y dejamos todos los cacharros metidos en la fregadera, el mantel sin sacudir sobre la mesa… para estar sentados en el sofá, justo a tiempo, de que empiece el capítulo y no perdernos ni un segundo de lo que promete ser la serie del año y… ¡¡¡pero si esto ya lo hemos visto!!! ¡Tanto correr  “pa ná”! ¡Oiga usted que la primaria ya la hemos acabado hace años! ¡…y una primaria de las de antes que te explicaban una vez y… a correr! ¡Había que andar muy listos!

¿Os habéis parado a pensar qué  imagen de los españolitos,  tienen los directores de las serie de televisión? Para mí que se piensan que los televidentes somos necios. Muy necios me atrevería a decir porque, si no, díganme ustedes cómo debemos de entender que, antes de iniciar el nuevo episodio de la serie, o como parte del mismo, van y  nos colocan un resumen de diez minutos de duración del capítulo anterior… ¿Es porque acaso sospechan que sufrimos de algún tipo de amnesia cerebral y en siete días se nos ha escapada el hilo de la trama?

Y aquello empieza y… te quedas así, con cara de… “pasmao”, “¡qué remedio!” volviendo a ver lo ya visto. Resignación….  Cuando por fin va a empezar “lo nuevo”… ¡Zas! ¡¡la publicidad!! El caso es tenernos sentados frente al televisor como sea. ¡¡Qué rabia me da!! Y pienso: “me había dado tiempo a dejar fregados los platos”. Pero claro, te tienes que volver a levantar, ir a la cocina… y al final, consiguen que te tragues la tira de anuncios.

Empieza, ¡ya sí!, ¡por fin, la parte nueva! … interesante, con intriga como la semana anterior, original pero, ¡taaaan lentita!,  rizos innecesarios, historias dentro de la historia que más que enriquecer ralentizan… y comienzo a tener la sensación de que aquello toma un cariz de novela latinoamericana  de sobremesa en la que nada ha ocurrido después de veinte capítulos. Es un quiero y no puedo. Ni es serie, aunque prometía teniendo todas las papeletas,  ni es la novela que descartas por pesada y cansina. Pero aguantas el tirón en el sofá porque, realmente, es lo mejor que se proyecta a estas horas y por que el cuerpo ya no te da para  más.

Diez minutos de serie nueva…  ¡otra vez vamos a publicidad!… Y los cacharros… ¡¡¡en el fregadero!!! …  y sin fregar claro, y en cada intermedio se van haciendo más presentes… otros diez minutos más… y ¡¡llevas ya una hora y media!!… ¡SENTADA!.... Pero, permaneces allí por la curiosidad, el aburrimiento… porque parece que aquello aún no ha terminado y… lo que terminas por ver es… ¡¡¡Un avance del próximo capítulo!!! ¡NO ME LO PUEDO CREER!! Ya te digo yo… ¡como en primaria! Somos televidentes con déficit de neuronas en la memoria y nos lo tienen que dar todo bien masticadito y en pequeñas dosis para que no se nos atragante y vaya haciendo poso.

¡¡¡¡Hora y media solamente para ver veinte minutos de serie nueva!!!!

Finalmente, te han dado, otro día más, las doce de la noche frente a la caja tonta. Sigues igual de aburrida que cuando te sentaste y además ahora cansada, con sueño y… ¡los platos sin fregar! Mientras vas apagando la tele y las luces, camino de la habitación, no puedes por menos de repetirte una vez más: ¡Quién me habrá mandado quedarme a ver esta chorrada! Y te prometes y “requeteprometes” que la próxima semana  no volverás a caer en la tentación.

Ya en la habitación, con los ojos más cerrados que abiertos, observas ese montón de libros sobre la mesilla que, desde el verano pasado no hace más que crecer y crecer… y en tu cabeza se fragua la promesa adormilada, mientras te rascas somnolienta el cogote : Mañññana, ¡sí señor!, mañññana voy a leer.

Pero, la tele tiene ese extraño poder cautivador que los directores de serie, como buenos  profesionales, conocen tan bien: intriga y curiosidad en dosis exactas que nos mantienen pegados a la pantalla como las moscas  a la miel.

sábado, 23 de febrero de 2019

La magia no existe


Muchas personas, algunos maridos entre ellas, por desgracia, se piensan que las amas de casa nos pasamos
el día entero sentadas frente al televisor viendo novelas lacrimógenas y programas de cocina o del corazón. No deja de ser curioso, por otro lado, que esas mismas personas, disfruten al ponerse la ropa limpia y planchada y ni siquiera se pregunten por el espacio y tiempo que va del cesto de ropa sucia a la percha. Pumuky debe de andar por la casa mientras  nosotras nos entregamos  a los placeres televisivos.

Como decía mi marido recientemente en tono de humor: “Lo gracioso es que yo siempre veo la casa igual”. ¡Y tiene toda la razón! Él se levanta cada mañana, y al igual que nuestros hijos, sólo tiene que ocuparse de asearse y tomar el desayuno que, por extrañas circunstancias, siempre está preparado sobre la mesa de la cocina. Lo mismo ocurre con los bocadillos de los almuerzos: a la hora del recreo o del café, siempre aparece uno en la cartera… ¿no será que acaso sus mochilas y bolso tienen el mismo poder mágico que el bolsillo de Doraemon? Algo extraño debe de ocurrir…  Las amas de casa tenemos una varita mágica escondida, como la de Merlín, y sabemos una canción, como la de Mary Popins y en cuanto ellos salen… una leve agitación del palito estrellado o una buena entonación de la dulce melodía… y en un santiamén, se hizo el orden y la limpieza. ¡¡¡TOOOODO vuelve a estar como ayer!!! Y debe de ser entonces… cuando nosotras nos sentamos felizmente frente al televisor a empaparnos de todos los cotilleos de famosos y famosillos. ¡Cuánta fantasía!

Claro, claro, que cuando ellos regresan, a mediodía, cansados y agotados… es algo como muy normal que la mesa esté puesta y la comida caliente y en el plato… ¡Oye tú y siempre está…! Y, ¿Cómo ha llegado hasta allí?… Nadie se lo pregunta. Ya les digo yo que de ver la televisión: Arguiñano, mediante ondas televisivas ha enviado el primer plato; los hermanos Torres el segundo que ha llegado vía whatsapp;  el postre, medio pixelado, lo ha mandado Samanta por Instagram… Y el resto,  lo hace el mayordomo del algodón… El proceso es sencillo: se conectan todos los aparatos y nosotras nos sentamos en el sofá con sus mandos respectivos al alcance de la mano. Según va saliendo en las pantallas lo que nos interesa… ¡Zas! Lo capturamos, le damos a seleccionar, al carro y al OK. ¡Listo, todo hecho!  Y con eso ya se come.

¡Pues claro que está todo igual! ¡De eso trata, precisamente, el trabajo del ama de casa: mantener el orden y la limpieza para que todo esté igual y al regresar a casa, esa imagen de quietud, nos haga recuperar y sentir la serenidad y el equilibrio que con frecuencia perdemos fuera!... Igual de limpio, igual de ordenado, igual de rico… ¡Qué paz!

Y el “todo igual” no permite ver y, si no se ve,  no se valora, y en consecuencia, la crítica les sale rápida y mordaz cuando, al final de la tarde, les pides que te dejen ver esa novela milenaria, más por rutina y descansar que por interés,  y te saltan: “Te pasas el día entero viendo novelas…”. Pero, ¡Cuánta ingratitud añadida! ¡Dios mío! Y aún queda día por pasar…

¡Señores maridos! ¡Señores hijos e hijas! ¡Sepan ustedes que LA MAGIA NO EXISTE, que el “todo está igual” no es porque aquí no ha pasado nada ni nadie. Que esto no se mantiene solo, que lo que hay es un trabajo silencioso, rutinario, callado, no siempre reconocido ni valorado porque, las amas de casa trabajamos por amor a nuestros seres queridos que, con mucha frecuencia, sufren de una extraña minusvalía : ¡la ceguera del corazón!

Y sí, muchas mujeres encendemos el televisor bien temprano: para mantenernos informadas, para seguir aprendiendo, para escuchar otras opiniones,  para no sentirnos tan solas, para oír hablar a otros seres humanos… Hay tantas razones como mujeres. Porque, a veces, cuando la valoración, por rutina, desaparece, cuando el amor se da por sentado y llega con cuentagotas, cuando la conversación es escasa y el silencio abundante… aparecen sin querer sustitutos que compensen las carencias. Y es doblemente triste además, escuchar el comentario…

Recordando a F.F.J que inspiró esta reflexión.

domingo, 3 de febrero de 2019

Vamos pal pueblo

Recientemente vi en la televisión regional un programa que me generó un gran desagrado. No tengo muy claros cuales fueron los objetivos del mismo. En principio pensé que se trataba de un programa destinado a la promoción del mundo rural y, como buena hija de pueblo, me planté frente al televisor con la intención de regodearme con alguno de los muchos encantos y ventajas que tiene la vida en el mundo rural.

Daba la impresión que la persona que lo estaba presentando no había estado nunca en un pueblo y se pensaba que las personas que aquí vivimos somos seres inferiores porque, la actitud que mantuvo para con los lugareños fue de total desdén, como si les estuviera haciendo el favor de salvarles la vida y eso de salir en la tele fuera el acontecimiento más importante de sus vidas. Y, ésta persona, más que llegar allí para informar y mostrar los grandes valores del mundo rural, parece que lo hacía para dejar bien sentadito lo preparada y culta que era frente a la supuesta ignorancia que presuponía iba a encontrar en el pueblo. Obviamente no se digno dar una oportunidad. Lo tenía muy claro.

Para empezar, este/a pseudoperiodista, fue incapaz de plantear una pregunta medianamente interesante a los lugareños, si es que a aquello se pudiera llamar preguntas: comentarios obvios con la respuesta ya incluida que no dan lugar más que a confirmar, al modo “rocín”, asintiendo con la cabeza. Lógicamente, a una pregunta tonta le corresponde una respuesta más tonta aún. ¡Qué se cabria esperar! Y se reía la respuesta simplona que le dio el vecino sin caer en la cuenta que lo idiota había sido la pregunta…

Quizás se pensó, también, que las personas de pueblo no tenemos ni pizca de dignidad y que se nos puede filmar sin permiso y sin cuidar nuestro decoro: “aquí te pillo aquí te mato”. Quizás, también por eso, la gente se escondía a su paso y sólo algunos más atrevidos, más inconscientes o más guasones le acompañaban y reían sus “gracias”, en un acto de divertimento y pasar el rato.

Sentí un pelín de cabreo con esos vecinos que, en vez de parar la mofa, poniendo a esa persona en su sitio, contribuyeron con su actitud de chanza a perpetuar esa imagen  estereotipada, a cambio de salir cinco minutos riendo y saludando en televisión.

Aunque, podría llegar a entenderlo. Sé que la soledad, en el mundo rural, puede ser tan grande que a veces se agradezca alguien con quien charlar independientemente de quien sea y las intenciones que traiga.
Y sentí, sobre todo, una rabia infinita y gran indignación por la poca calidad humana del profesional de la comunicación que lo único que pretendía era  reírse de personas sencillas y  utilizarlas para llenar espacios de pantalla.

Si eso fue todo lo que aprendió en la universidad… bien poco le cundieron los años de estudio. Ya lo sabían nuestros ancestros cuando dijeron aquello de: “Lo que la naturaleza no da… Salamanca no lo otorga”. Coger una cámara y un micrófono es capaz de hacerlo cualquiera. Respetar la dignidad del la persona que tienes enfrente y engrandecerla, si cabe, sacando lo mejor de ella… eso, sólo lo saben hacer los auténticos profesionales.

A mí personalmente no me estaba haciendo ninguna gracia cómo se estaba llevando el programa. La vergüenza ajena y la indignación actuaron de resorte y me llevaron a desconectar el televisor antes de que acabara el programa. No conocía el pueblo y por supuesto tampoco a las personas que salieron. No vi nada interesante de él: ni iglesia, ni bodegas,… ¡¡seguro que algo tendría bueno!! Todos los pueblos lo tienen. Los pocos vecinos que salieron tampoco aportaron gran cosa. Se notaba que querían pasar un buen rato distrayendo la ociosidad. De la pacífica vida rural: el encuentro con lo natural, la vuelta a los orígenes… ¡nada!  Y, los “profesionales” de la comunicación  que hasta allí se llegaron… ¿Para qué fueron?

Soy Ana Casado, nací en un pueblo, me crié en un pueblo, vivo en un pueblo y… ojalá pueda envejecer en mi pueblo.